
Abundancia sin límites | Economía de mercado y población
Abundancia sin limites
Tabla de contenidos
- Abundancia sin límites | Economía de mercado y población
- Interpretación económica de los recursos
- Clasificación teórica de los recursos
- Una historia continuada de equivocadas previsiones
- Julian Simon los rebatió a todos: Los recursos son cada vez más abundantes
- La teoría de la abundancia sin límites
- La propia escasez del recurso empieza a hacer rentable la invención en tecnologías que ahorran su gasto
- La propia escasez del recurso empieza a hacer rentable la invención en tecnologías que lo reciclen
- La tecnología se muestra capaz, en situaciones de escasez, de encontrar recursos sustitutivos del recurso escaso
- A largo plazo los recursos se vuelven abundantes: La cantidad de recursos conocidos se va ampliando con el tiempo
- Descubrimiento de más cantidad de un recurso, un uso más eficiente de las técnicas de extracción y el descubrimiento de recursos sustitutivos o complementarios: El petróleo y otras fuentes de energía
- El problema poblacional con China y la India se resuelve solo
- El poder creador de la sociedad libre
- Entonces, ¿es imposible que se cumplan las predicciones de los neo-maltusianos?
- Un nuevo error: El Desarrollo Sostenible
- Estas llamadas al sacrificio económico son absurdas y peligrosas.
- Conclusiones
- ( FiN) Abundancia sin límites
He hablado en anteriores post de que el aumento de la población es generador de ideas para conseguir aumentar los recursos de forma que podemos hablar de superabundancia.
Interpretación económica de los recursos
Si observamos los recursos desde el punto de vista de una concepción económica de los mismos, que los interpreta como medios para los cambiantes y inacabables fines creativos del hombre actuando en libertad desaparece la concepción de los recursos como finitos. En cuanto dejamos de lado el ámbito puramente físico y empezamos a considerar los fines, las ambiciones del hombre, hemos entrado en otro ámbito, que necesita de un estudio sistemático y formal de las acciones humanas, el de la praxeología. A este respecto conviene citar a Ludwig von Mises:
“La praxeología no se ocupa propiamente del mundo exterior, sino de la conducta del hombre al enfrentarse con él; el universo físico per se no interesa a nuestra ciencia; lo que ésta pretende es analizar la consciente reacción del hombre ante las realidades objetivas. La teoría económica no trata sobre cosas y objetos materiales; trata de los hombres, sus apreciaciones y, consecuentemente, las acciones humanas de que aquéllas derivan. Los bienes, la riqueza y todas las demás nociones de conducta no son elementos de la naturaleza sino elementos de la mente y de la conducta humana. Quien desee entrar en este segundo universo debe olvidarse del mundo exterior, centrando su atención en lo que significan las acciones que persiguen los hombres”.
Ludwig von Mises
Quienes proclaman el acabamiento final sin remedio de los recursos han olvidado el universo de las ideas, valoraciones y acciones humanas, contemplando los recursos sólo, y exclusivamente, como entidades medibles fisicamente y no como medios para la libre acción humana. El mundo de los bienes no contempla sólo los recursos desde una visión estática y finita, sino que incluye lo que el hombre incorpora a su dominio. Los hombres actuamos para satisfacer necesidades, para cumplir deseos o fines no satisfechos, una carencia creada por ellos que necesita ser subsanada.
La economía es la ciencia que estudia el mejor modo de utilizar unos recursos escasos de una sociedad frente a unas necesidades cada vez mayores para lograr el máximo bienestar posible entre sus miembros. En su búsqueda de medios para conseguir sus fines, el hombre ha ido extendiendo su dominio sobre una parte creciente del mundo; y al incorporarlos a la corriente de la producción, asignándoles un valor, los ha ido creando en un sentido económico; de este modo, los recursos naturales no se han ido haciendo más escasos, sino más abundantes.
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Desde un punto de vista humano, económico, los objetos materiales que no ha incorporado a la corriente de bienes porque no resulta económico hacerlo, porque no son útiles a sus propósitos, porque desconoce que lo sean o porque no sabe que existan, no son bienes. Desde este punto de vista un recurso surge, aparece o es detectado para conseguir los medios que permiten alcanzar los fines del «hommo economicus». Por ese motivo el acto de incorporarlos y darles un valor es un acto creativo que parte de ideas nuevas puestas en práctica a tal efecto. Los recursos económicos, de este modo, son cada vez más abundantes, gracias a la capacidad creativa de millones de seres humanos interactuando en el comercio y en el intercambio de conocimientos. Así, aunque la cantidad de energía y materia sea siempre constante, la cantidad de bienes no lo es. Citemos otra vez a Ludwig von Mises, para quien la producción:
“Implica sólo la transformación de ciertos elementos mediante tratamientos y combinaciones. Quien produce no crea. El individuo crea tan solo cuando piensa e imagina (…) La producción consiste en manipular las cosas que el hombre encuentra dadas, siguiendo los planes que la razón traza. Tales planes –recetas, fórmulas, ideologías- constituyen lo fundamental; vienen a transformar los factores originales –humanos y no humanos- en medios. El hombre produce gracias a su inteligencia; determina los fines y emplea los medios idóneos para alcanzarlos”.
Ludwig von Mises
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Estas consideraciones se tienen que extender al concepto de escasez. La escasez es un concepto subjetivo, como todos los relacionados con las valoraciones humanas y procede del hecho de que los medios nunca son suficientes para cumplimentar todos los fines que la imaginativa mente humana es capaz imaginar o desear. Se puede afirmar que es el mismo carácter creativo de la mente del hombre lo que hace que los medios siempre sean escasos, siempre los encontrará a faltar o escasos para conseguir sus fines.
Por tanto, el concepto de escasez es un fenómeno propio de la mente humana, del ámbito de la praxeología y no del mundo físico-material. Decir que un elemento, el cobre por ejemplo, es escaso porque es físicamente finito no tiene ningún sentido. Si nunca lo hubiéramos descubierto, porque se escondiera en las profundidades de la corteza terrestre, jamás habría sido escaso. Una vez descubierta la fibra óptica como sustituto el cobre existente deja de ser escaso y el cobre usado podrá ser reutilizado para otros fines , es decir, volverá a ser escaso cuando se encuentre otra utilidad que satisfaga necesidades humanas y, aun en ese caso, el aumento de productividad humano – que requiere cada vez menos cantidad de ese recurso- volverá a lograr que no sea escaso, sino superabundante. Se deduce de ello, que la escasez no tiene relación alguna con la cantidad física de un recurso sino con el valor que cada porción del mismo puede llegar a tener para los fines humanos.
«Los huevos podridos son mucho menos en número que los que no lo están pero eso no los hace escasos, a menos que encontremos una utilidad, un fin, para ellos. Son, por ello, superabundantes, ya que no sirven a ningún propósito del hombre».
Lionel Robbins,
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¿Es verdad que los recursos naturales son finitos?
La sociedad, mediante el uso de la mente humana, capaz de ideaciones impensadas, ha encontrado un mecanismo que transmite las valoraciones humanas sobre los medios y su escasez en un sistema sencillo y eficaz: es el sistema de precios. Éste sistema recoge la información dispersa, el conocimiento desperdigado entre millones o miles de millones de personas, y que hace referencia a la escasez y valor de bienes y recursos, y la condensa en relaciones de intercambio, precios, que son oportunamente interpretados por los agentes del mercado para servirles de guía para su toma de de decisiones y conseguir un eficiente comportamiento económico.
Los precios se adaptan a la escasez relativa de los bienes, subiendo y bajando cuando lo hace ésta. Por ese motivo, para conocer si los recursos se han hecho más o menos escasos lo que tenemos que observar es la evolución de sus precios y el veredicto es siempre el mismo: los recursos naturales no se hacen más escasos, sino que con el paso del tiempo se hacen más abundantes, como veremos a lo largo de este escrito.
El Índice Simon de la Abundancia 2021
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Clasificación teórica de los recursos
Julian Simon, economista del que ya he hablado en anteriores entradas, hizo una importante clasificación teórica de los recursos en su obra The ultimate resource 2. Según su teoría, habría en primer lugar una cantidad total (física) de un determinado recurso. Seguidamente nos encontramos con una primera limitación que es que, puede ocurrir, que no resulte técnicamente explotable con la tecnología disponible en ese momento. Una segunda limitación que sería de índole económica, unos son suficientemente escasos como para que resulte económica su explotación, otros no. Es un fenómeno que se puede observar, por ejemplo, con la tierra. La inmensa mayor parte no está cultivada, dado que el coste del trabajo y el capital necesario para su explotación excede el rendimiento que de ella se pueda obtener. Lo mismo ocurre con otros recursos materiales, como el petróleo, los metales y en general los minerales.
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=> Ver el artículo: Julian Simon tenía razón: medio siglo de crecimiento demográfico, creciente prosperidad y caída de los precios de las materias primas <=
De los recursos que son técnica y económicamente explotables sólo conocemos una parte. Hay otra mucho mayor en principio que queda aún por descubrir, otra que es sólo hipotética y especulativa y otra que simplemente no hemos llegado a concebir – la mente humana no ha considerado su uso porque no ha surgido una necesidad que requiera de su consumo-.
Los estudios abundantes que concluyen el pronto agotamiento de los recursos materiales útiles al hombre se han basado en gran parte en los recursos conocidos o probados, sin darse cuenta de que los mismos no son sino una exigua fracción del total. Una fracción, además, cuyos límites no hacen más que cambiar en función del conocimiento, la capacitación y la tecnología humanas; funciones estas últimas que dependen exponencialmente del número de individuos que habiten el planeta que adquieren conocimientos y que intereccionan entre ellos. Por este motivo las predicciones sobre próximos agotamientos de los recursos no han hecho más que fracasar una tras otra, como en seguida veremos.
“Los recursos conocidos son una guía totalmente engañosa para los recursos que estarán disponibles en el futuro”.
Julian Simon, The ultimate resource 2., pág. 44
Una historia continuada de equivocadas previsiones
Las predicciones de que la humanidad se quedaría en breve sin recursos, o de que al menos éstos se harían cada vez más escasos, han fracasado miserablemente; todas, sin excepción.
- De todas ellas, la más llamativa fue la del libro The limits to growth, editado en 1972, que vendió nueve millones de copias, fue traducido a 22 idiomas y ha tenido un impacto enorme y duradero en los medios de comunicación. En este libro el Club de Roma hizo una proyección del consumo de recursos de entonces sobre las reservas conocidas, con lo que se concluyó que el mundo carecería de oro en 1981, de mercurio en 1985, de aluminio en 1987, de zinc en 1990, de petróleo en 1992 y de cobre, plomo y gas natural en 1993.
No solo no se han cumplido estas predicciones, sino que las reservas conocidas de estos minerales son hoy mayores que en 1972. Más tarde la propia institución reconoció que las conclusiones de este informe no eran correctas, y que engañaron a propósito al público con el objetivo de “despertar” su preocupación. En 1992 sacó otro libro, titulado Beyond the limits, en el que predice que el mundo se quedará sin petróleo en 2031 y de gas natural en 2050. Empero siguen aun en la misma línea errónea de pensamiento.
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Parece ser que los estrepitosos, rotundos, inapelables y vergonzosos fracasos de sus predicciones alarmistas no sólo no les han restado credibilidad, sino que ésta ha ido creciendo con la abundancia de los recursos que ellos creían en trance de agotarse. Por un lado se les ha hecho demasiado caso, ya que sus predicciones estaban mal fundamentadas teóricamente. Por otro no se les ha hecho suficiente, ya que sus fracasos habrían debido ser tenidos en cuenta para su oprobio. De hecho, ningún fracaso les ha hecho rectificar en lo más mínimo. Dennis Meadows, autor del citado Beyond the limits, escribió en sus páginas que “el problema subyacente no ha cambiado un ápice: es la imposibilidad de un crecimiento físico sostenido en un mundo finito”.
Ehrlich aún escribía en 1997 que “puesto que los recursos naturales son finitos, el consumo creciente debe llevar inevitablemente al agotamiento y la escasez”, y en una reciente entrevista ha afirmado que en 50 años la Tierra será habitable para un 97% de los que somos si llevamos la vida de grupos dispersos de homo sapiens, pero solo para el 10% de la población actual en caso de mantener el nivel de vida de los estadounidenses de hoy.
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Julian Simon los rebatió a todos: Los recursos son cada vez más abundantes
Esta visión pesimista de la gestión humana de los recursos fue contestada por el economista Julian Simon, inicialmente maltusiano pero que pasó a ser discrepante al ver que esas teorías eran erróneas. Los datos recopilados por Simon le hicieron ver a él en primer lugar, y a toda una generación de economistas más tarde, que las teorías maltusianas no se sostienen, (ver Julian Simon tenía razón).
El convencimiento de Simon era tan alto que ofreció a quien quisiera aceptar una apuesta. Estaba seguro de que cualquier materia prima bajaría de precio si se elige un período suficientemente largo, respondiendo a la tendencia de los recursos a ser más abundantes y no más escasos. Aceptó la apuesta, junto con dos colegas, Paul Ehrlich, quien en 1970 había dicho: “Si fuera un jugador, incluso me apostaría dinero a que Inglaterra no existirá en el año 2000”. El acuerdo se firmó en 1980, y Paul Ehrlich eligió cinco materias primas (cobre, cromo, níquel, aluminio y tungsteno); la evolución de sus precios pasados diez años determinaría el resultado de la apuesta. Se jugaron 10.000 dólares, 2.000 por cada una de las materias primas, y el biólogo Ehrlich declaró que aceptaba “la sorprendente oferta de Simon antes de que salten otras personas codiciosas”, reconociendo que “la seducción del dinero fácil puede ser irresistible”. En las propias palabras de Julian Simon: “En el momento fijado de septiembre de 1990 no sólo la suma de los precios, sino también el precio de cada metal individual, habían caído. Pero esto no es sorprendente. Las opciones estaban en su contra porque los precios de los metales han caído a lo largo de la historia de la humanidad (…) Por supuesto, ofrecí hacer de nuevo la apuesta, en mayores cantidades, pero el grupo de Ehrlich no ha recogido la oferta”.
Un posterior estudio realizado por el discípulo de Simon, Stephen Moore, demostraría que el acierto de Simon no se debió a la suerte. Moore observó los precios de las 33 principales materias primas durante el mismo período, y todas, a excepción de dos, bajaron los precios. Once cayeron en más de un 50%. Pero nada impide que las predicciones neo-maltusianas se renueven una y otra vez.
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Los datos demuestran, a las claras, que las negro-pesimistas visiones de los neo-maltusianos no tienen ninguna base. Por un lado, la situación actual, según algunos estudios, no es en absoluto desesperada. El economista Wilfred Beckerman, basándose en datos del Banco Mundial, ha calculado que los minerales que se hallan en la primera milla de profundidad de la corteza terrestre son suficientes para satisfacer las crecientes necesidades humanas durante cien mil millones de años. Herman Kahn y Asociados han concluido que el 99,9% de la demanda mundial de materias primas es de metales cuya oferta es “claramente” o “probablemente” inextinguible. W. D. Nordhouse ha concluido que, con la tecnología de hoy, “hay recursos para más de 8.000 años al actual nivel de consumo” (David Osterfield, ‘The increasing abundance of resources’, The Freeman, junio de 1984.)
Por otro lado, los recursos no solo no son más escasos, sino que son crecientemente abundantes (Ver mi post: No pongamos límites al hombre: A más población más riqueza que detalla la conclusiones de Simon y ver el artículo «Julian Simon tenía razón: medio siglo de crecimiento demográfico, creciente prosperidad y caída de los precios de las materias primas«
La producción de petróleo se ha multiplicado casi por cuatro desde 1960 – esto a fecha de 2004-, mientras que el precio en dólares constantes del crudo se ha mantenido estable desde 1880, con la excepción de la crisis de los setenta, si bien en términos de oro el precio del crudo ha caído. El de los combustibles, por su parte, ha disminuido claramente, ya que han mejorado espectacularmente dos factores claves de su producción, el refino y el transporte, que han caído dramáticamente de coste.
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En cada momento histórico hay unas reservas conocidas de crudo, que al ritmo de consumo en ese momento determinan una determinada cantidad de años de consumo. Pero, a medida que ha ido pasando el tiempo, los años de previstos de consumo no han caído, sino que han aumentado según los los datos recogidos por Wilfred Beckerman. Entre 1920 y principios de los cuarenta las reservas daban para unos diez años de consumo. Superaron el doble de esa cifra a mediados de esa década, hasta el comienzo de la siguiente, cuando de nuevo aumentaron los años factibles de consumo, hasta alcanzar los 40 a finales de los cincuenta.
Las reservas han variado entre los 40 y los 30 años durante las tres décadas siguientes, para luego aumentar de nuevo hasta los 45 años en los noventa y 2000. Todo ello con producciones crecientes a un ritmo muy alto. El transcurso del tiempo ha significado, no el fin del recurso, sino sucesivas reevaluaciones (rectificaciones) en el cálculo de agotamiento de estos, lo que apuntala la teoría de la abundancia sin límites de Simon.
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En lo que respecta al gas natural su precio ha subido desde los cincuenta hasta la actualidad en dólares constantes, con el previsible pico en los setenta. La producción ha aumentado a un ritmo muy vivo, y con ella el número de años previsibles de consumo, con las reservas conocidas. En 1975 eran casi 50 los años de consumo que se podía permitir el mundo simplemente con los recursos conocidos y en 2000, con una producción que casi doblaba la de 25 años antes, el número de años de consumo había subido a los 60.
El carbón, por su parte, que había preocupado tanto a William S. Jevons, aumentó su producción en gran medida en los 20 primeros años del siglo XX, cayó por su substitución por el petróleo hasta los sesenta, cuando ha recuperado una tendencia al alza. Sus precios en dólares constantes han caído en gran medida a lo largo del siglo XX. El mundo se podría abastecer de este negro mineral desde los setenta durante más de 200 años sólo con las reservas probadas. Si comparamos los precios de los combustibles fósiles con los del trabajo, la caída de los primeros se puede calificar de dramática. Con un índice 100 para 1990, los precios respectivos de petróleo y carbón eran en 1900 de 400 y 650, y los del oro negro no alcanzan en este momento los 50 puntos.
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La situación de los minerales no relacionados con la energía no es distinta. El índice de The Economist de los precios industriales ha caído desde 1845 en un 80%. Un índice de base más extensa elaborado por la OCDE ha demostrado que el precio de las materias primas se ha reducido un 33% a lo largo del siglo XX. Otro índice del FMI a partir de 1957, muestra una caída de más del 50%. El número de años previsibles de consumo no ha dejado de crecer desde 1950 para los principales metales. De este año hasta 2000 las reservas de aluminio han pasado de 170 a 275 años, tendencia que se observa también en el hierro (de 50 a 300), el cobre (de 40 a 50) o el zinc (de 34 a 60), en todos los casos con producciones crecientes (Lomborg, op. cit., capítulo 12. ). El peso de las materias primas, energéticas y no energéticas, más la agricultura que rondaba el 50% del PNB estadounidense en 1890. Para inicios del s. XX había descendido al 32%, y al 23% en 1919. En 1957 el porcentaje había caído al 13%, para quedarse en el 3,7% en 1988.
La teoría de la abundancia sin límites
El violento contraste entre los datos y las predicciones vs la realidad de los neo-maltusianos tiene una explicación. Por un lado tienen una visión estrecha y estática de los recursos.
“La tierra es un lugar físicamente finito. Pero los recursos no son ni fijos ni finitos. El concepto de recurso es dinámico”
Osterfeld (1992)
No tienen en cuenta que deseamos esos recursos no por sí mismos, sino por el servicio que nos proporcionan, los medios para alcanzar nuestros fines. Una vez entendido eso, gran parte de la dificultad de entender porqué los recursos son potencialmente ilimitados se desvanece. Por otro, se ajustan a las reservas conocidas, que son solo una parte ínfima de las que pueden acabar siendo controladas por el hombre.
Finalmente, hay una teoría que explica sin dificultad las razones de porqué los recursos, en lugar de más escasos, son más abundantes, y que predice que la creciente abundancia no es una situación coyuntural, sino esencial en un mundo dominado por los precios de mercado y los libres intercambio, la de Julian Simon:
Julian Simon, que ha unido definitivamente su nombre con esta teoría, cita sus antecedentes en su último libro, The great breakthrough and its Cause, Michigan, The University of Michigan Press, 2003. El primer autor que habría adoptado esta visión sería Theodore Schultz, en un ensayo de 1951 titulado ‘The declining importance of land’, Economic Journal, nº 61, 725-40. Le siguieron Simon Kuznets, Population redistribution and economic growth: United States 1870-1950, American Philosophical Society, 1957-60; y Friedrich A. Hayek, The constitution of liberty, Chicago, The University of Chicago Press, 1960, capítulo 2. Los tres economistas recibieron el premio Nobel de economía (en 1979, 1971 y 1974, respectivamente). Simon hubiera merecido el mismo reconocimiento. El propio Hayek, en su última obra (citada en la nota 54), ofrece su propia lista de autores (en la página 125). Cita a Julian Simon, Ester Boserup (Population and technological change. A study in long-term tren desarrollo sostenible, Chicago, The University of Chicago Press, 1981), Douglass North (The rise of the Western World, Cambridge, Cambridge UP, 1973;
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Esta teoría podríamos explicarla, sucintamente de esta manera:
Supongamos que la sociedad empieza a tener escasez de un determinado material. Resulta entonces que durante un período, como ha ocurrido en numerosas ocasiones, parece que las más pesimistas predicciones de los agoreros se hacen realidad. Las disponibilidades se van haciendo más escasas para unas necesidades que van en aumento. ¿Qué podemos esperar que ocurra en una sociedad de mercado?
Un primer efecto es que el consumo se va restringiendo, abandonando los usos menos urgentes para salvaguardar los que lo son más, y como consecuencia van aumentando los precios. Es muy importante percatarse de que no se consumiría el recurso sin más, sino que este se iría haciendo más restrictivo, y que el precio, adaptándose a la creciente escasez, permitiría su uso aunque solo para los destinos más urgentes. Si el carbón se hiciera crecientemente escaso acabaría siendo utilizado para joyería y otros usos muy exclusivos, por lo que no se agotaría, como en un análisis demasiado rudo y tosco afirman los neo-maltusianos.
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La propia escasez del recurso empieza a hacer rentable la invención en tecnologías que ahorran su gasto
Pero no pararían aquí las consecuencias; con este encarecimiento se disparan los beneficios potenciales asociados a un mejor y más efectivo uso del recurso. Empieza a ser económicamente rentable invertir en tecnologías que permitan un ahorro en el uso del recurso, o que permitan con la misma cantidad un volumen mayor de productos o servicios.
Esto ocurrió en los setenta, cuando el aumento de los precios del petróleo forzó a que se invirtiera en tecnologías que permitieran un uso más eficiente del oro negro. Claro está que antes, dados los bajos precios del mismo, no resultaba económico realizar esas inversiones, ya que era demasiado abundante como para que mereciera la pena.
Un ejemplo de esa mejora en la eficiencia en el consumo del recurso es que los coches en los Estados Unidos recorren hoy con la misma cantidad de combustible un 60% más de kilómetros que en 1973. La eficiencia en la calefacción de los hogares ha mejorado en ese país y en Europa entre un 24% y un 34%. La cantidad de carbón necesaria para mover una tonelada se redujo a menos de la décima parte de 1830 a 1890. Los coches de hoy contienen la mitad de metal que los de los setenta. El valor del producto nacional por unidad de energía no ha cesado de crecer. En los Estados Unidos, con un exajulio (1018 J) se podía producir 19.000 millones de dólares del año 2000 en 1800, mientras que la misma cantidad de energía daba lugar, en el primer año, a 90.000 millones de dólares. Esta tendencia se ha acelerado desde la década de los setenta.
Cuando con una misma, determinada cantidad física de recurso aumentamos los servicios que podemos obtener por unidad del mismo en un 100%, es equivalente a doblar la cantidad de materia prima disponible con la antigua tecnología, dada la disminución del gasto del recurso conseguida. De este modo, con un aumento en la productividad anual del 5%, por ejemplo, y un aumento en el consumo del 3%, se podría aumentar indefinidamente el consumo posible acrecentando al mismo tiempo la cantidad de servicios que presta el recurso. La conceptualización –errónea- de un mundo finito que necesaria e inevitablemente limita el consumo de los recursos que podemos extraer del suelo se quiebra, así, definitivamente.
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La propia escasez del recurso empieza a hacer rentable la invención en tecnologías que lo reciclen
Otro aspecto de la tecnología que hace más efectivo el uso de los recursos es el del reciclaje. Aunque hay bienes como los combustibles fósiles que apenas se pueden reciclar, no es el caso de otros materiales no energéticos. Aunque el reciclaje tiene evidentes limitaciones (y otras menos evidentes, como que la combustión de basura exige en muchas ocasiones más energía que la que produce), este aspecto del uso de los recursos se ha incorporado plenamente, y se desarrolla y hace más efectivo a medida que lo permiten la tecnología y los costes, con unos precios dados.
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La tecnología se muestra capaz, en situaciones de escasez, de encontrar recursos sustitutivos del recurso escaso
La tecnología no solo aumenta la productividad en el uso de los recursos y permite su reciclaje más efectivo. Incluso crea un recurso donde antes no lo había. El proceso es que la tecnología convierte a un recurso antes inútil en un medio adecuado para las necesidades humanas. De este modo transforma lo que era un elemento inerte del medio en un recurso con valor. Como dice David Osterfeld:
“Los avances tecnológicos de hecho crean recursos al encontrarles usos para materiales previamente inservibles. El uranio es un ejemplo; la energía hidroeléctrica, otro. Pero el petróleo es, quizás, el más dramático. Antes de mediados del siglo XIX el petróleo era una carga, y la tierra de que se supiera que lo contendría porque rezumaba valía muy poco. Solo con el surgimiento de la era de las máquinas devino un recurso”.
David Osterfeld
Otro proceso que se pone en marcha con la escasez y con el aumento del precio subsiguiente del recurso, en nuestro supuesto, es su sustitución por otros bienes que pueden ofrecer los mismos servicios pero que no habían sido utilizados porque con la antigua estructura de precios no resultaba económico hacerlo. Si estos recursos o medios alternativos no son suficientes, los potenciales beneficios de su obtención son tan grandes que los empresarios en seguida destinan recursos para su desarrollo. El proceso de substitución en este campo se ha dado en numerosas ocasiones en la historia. A modo de ejemplos valgan los siguientes:
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– En la Edad Media europea la principal fuente de energía era el carbón vegetal extraído de los árboles. Con el paso de los años y su explotación creciente el precio del carbón vegetal comenzó a subir, dado que se hacía más y más escaso. Entonces se buscaron otros combustibles, y se dio con el carbón mineral, que previamente había sido un recurso sin valor. Lo mismo ocurrió con el propio carbón en la segunda mitad del siglo XIX. Precisamente cuando W. S. Jevons se planteaba la cuestión del carbón se estaba buscando un sustituto, posición que finalmente ocuparía el petróleo.
– A mediados del XIX las lámparas se encendían con aceite de ballena. Cada vez su captura se fue haciendo más costosa, y el precio del aceite comenzó a subir de forma notable. Los miedos a un pronto agotamiento de este aceite se ahogaron con el descubrimiento de que se podía extraer aceite del carbón, que podía realizar la misma función.
– A finales del mismo siglo empezó a escasear el marfil con el que se hacían las bolas de billar. En respuesta al aumento de precio y la creciente escasez se ofreció un premio para quien hallara un material sustitutivo. De este modo se inventó el celuloide, material que utilizamos no solo para las bolas de billar sino para infinidad de productos, en unas cantidades y a unos precios que quien convocó el premio no podría imaginar.
– Zaire, el principal productor de cobalto del mundo, pasó por un momento de inestabilidad política en los setenta, lo que llevó a que la oferta de este metal se restringiera en 1978 un 30%, con el consiguiente aumento espectacular de los precios. Los imanes que se hacían con aleaciones de cobalto se substituyeron por imanes cerámicos, mientras que las pinturas hechas con una base de cobalto se substituyeron con las que utilizaban en su lugar manganeso.
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A largo plazo los recursos se vuelven abundantes: La cantidad de recursos conocidos se va ampliando con el tiempo
Los ejemplos se multiplican. Precisamente una de las ramas de la tecnología que mayor desarrollo ha tenido en la segunda mitad del siglo XX es la de los nuevos materiales.
En definitiva, aunque puede haber procesos maltusianos a corto plazo, a medio y largo plazo el desarrollo de la tecnología permite mayores productividades, un mejor reciclaje y la sustitución por otros medios, todo esto movido por el mecanismo de los precios y de la acción emprendedora, lo que hace que a largo plazo la cantidad de recursos no sea más escasa sino más abundante.
Si se permite el libre desarrollo de la sociedad no hay motivo para esperar que la finitud física de los materiales impida un desarrollo potencialmente ilimitado de los bienes. Esto no quiere decir que se llegará a un punto en el que no haya escasez, ya que ésta está ligada al mismo concepto de acción humana. La riqueza está limitada temporalmente por el capital acumulado y el uso que se haga del mismo, pero lo que hay que tener en cuenta es que no lo está por consideraciones físicas, como la finitud de la Tierra.
Ni siquiera hay motivos para albergar preocupaciones más que a muy corto plazo. Los recursos conocidos no son más que las reservas que ha merecido la pena encontrar, dados el precio, la demanda previsible del mismo y los costes de explotación. Siempre que se comienzan a hacer escasos salta el mecanismo de búsqueda de nuevos yacimientos. Pero nunca va demasiado lejos, ya que la búsqueda conlleva costes, en que los empresarios no incurrirán a no ser que crean que les reportarán beneficios, en los actuales o previsibles niveles de precios. Por ese motivo siempre hay un nivel de reservas suficiente para varias décadas, pero nunca se aleja demasiado del momento presente. Esta situación puede dar un sentimiento de provisionalidad que ha alimentado las más pesimistas previsiones aunque, como hemos demostrado, sin fundamento. De este modo, la barrera de los recursos conocidos se va ampliando con el tiempo.
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Descubrimiento de más cantidad de un recurso, un uso más eficiente de las técnicas de extracción y el descubrimiento de recursos sustitutivos o complementarios: El petróleo y otras fuentes de energía
En el caso particular del petróleo los datos nos permiten ser especialmente optimistas. El yacimiento de Alberta, que no ha sido todavía explotado, alberga unas tres veces las reservas de Arabia Saudita, el mayor productor de crudo del mundo, mientras que hay un tipo de petróleo viscoso que supondrían, en las reservas del Orinoco, en Venezuela, un billón de barriles y 1,8 billones en el río Athabasca, en Canadá. El petróleo sintético, elaborado a base de alquitrán mineral, podría aumentar la oferta de crudo en más de un 50% a un precio de 30 dólares. Se calcula que en 25 años podría suponer una oferta que doble en cantidad la del petróleo. Y los recursos totales de alquitrán mineral se calculan en 242 veces los de petróleo, lo que supondría más de 5.000 años de consumo a los actuales niveles. Suficiente tiempo como para ofrecer alternativas a los combustibles fósiles.
Se ha descubierto la forma de explotar el gas metano que se produce en las minas de carbón. Si se logra incorporar este gas a la oferta mundial puede suponer el impacto de sumar el doble de las reservas de gas natural. Julian Simon comenta la posibilidad de que se produzcan aceites substitutivos a partir de biomasa, en cosechas.
No solo se descubren nuevos yacimientos, sino que los que ya se conocen se explotan de forma más intensiva. Si no se habían explotado plenamente es porque la estructura de precios y costes no lo hacía recomendable, o porque la tecnología no lo permitía. Ambas barreras, la económica y la tecnológica, no han hecho más que ampliarse en consonancia con las necesidades mundiales. Por otro lado, hay otras fuentes de energía. La era nuclear no ha hecho más que empezar, y hay otras formas de energía que aún no son alternativa a los combustibles fósiles pero que están jugando un creciente papel en la oferta mundial de energía.
Además hay otras fuentes que aún no hemos comenzado a explotar, como el movimiento de las mareas o las tormentas, en las que se genera una cantidad de energía de proporciones realmente impresionantes; se descarga más energía en una tormenta que la que consume la humanidad en un año. A ello hay que añadir posibles fuentes de energía que no hemos concebido todavía, como en su momento no se pudo concebir extraer energía de la fusión o fisión de átomos.
Abundancia sin límites | Economía de mercado y población
El problema poblacional con China y la India se resuelve solo
Hoy, sin embargo, nos encontramos en una situación a la que la humanidad no se ha enfrentado anteriormente, se nos dice. La India, y especialmente China, suponen nuevas amenazas para el mantenimiento de los recursos, ya que en el segundo caso hablamos de una economía de 1.200 millones de personas que ha crecido a un ritmo medio anual del 8% desde que se introdujeron las medidas favorables a la economía de mercado, cada vez menos tímidas. Se lo llevan todo para sustentar un sector industrial de enormes proporciones, que deja la impronta de made in China en un número creciente de productos y pronto reemplazará a los Estados Unidos como primer contaminante mundial.
Estas preocupaciones concuerdan con la visión del hombre como “devorador” de recursos. Pero así como es consumidor, el hombre es también productor, y cuando se le permite actuar en libertad, cuando puede aplicar la razón a la gestión económica sin trabas, siempre triunfa el último aspecto. China ejerce una creciente demanda mundial, pero lo hace para utilizar los recursos en nuevas producciones, lo que abaratará los costes y aumentará la riqueza mundial. Con ésta aumentan las posibilidades del hombre de control de los recursos y para encontrar sustitutos si estos se hacen necesarios. Por otro lado, el crecimiento chino permite la aparición de nuevas tecnologías, intensifica el uso racional de los recursos y alienta la obtención de otros nuevos, que en el pasado han quedado intactos porque el opresor sistema chino no ha favorecido su descubrimiento y obtención.
Finalmente, el peso de los recursos en la economía ha ido decreciendo de forma sostenida con el paso de los años. El desarrollo de las tecnologías de la información y la sustitución de la tecnología analógica por la digital son un clara ilustración de que las preocupaciones sobre el agotamiento de las materias primas comienza a ser una discusión cada vez menos importante. Hoy se pueden vender en el mercado programas informáticos por muchos miles de euros sobre el soporte de un CD, DVD o descargándolos de los repositorios de app´s cuya producción cuesta unos cuantos céntimos. La substitución de la fotografía analógica por la digital está reduciendo la demanda de la plata. La fibra óptica está realizando la labor del cobre con una eficacia muy superior y eso libera al cobre para otros posibles usos como recurso.
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El poder creador de la sociedad libre
Con estas palabras titulaba Friedrich A. Hayek el segundo capítulo de su obra Los Fundamentos de la Libertad (PDF). Hasta ahora hemos visto que, puesto que no necesitamos los recursos por ellos mismos sino por los servicios que nos prestan, y éstos dependen del uso que hagamos de ellos, el concepto de productividad es esencial para entender la economía de los recursos. Un continuado aumento de la productividad permite aumentar el consumo de un recurso y al mismo tiempo hacerlo más abundante. Históricamente se ha observado ese aumento en la productividad, lo que ha provocado que los recursos sea más y no menos abundantes.
Abordaremos aquí, someramente, porqué en una sociedad libre se produce espontáneamente ese aumento de la productividad para con posterioridad analizar de qué manera, cuando el libre desarrollo de la sociedad se limita con intervenciones e interferencias, como proponen los acólitos del Desarrollo Sostenible, con lo que ese aumento de la productividad que precisamente hace sostenible el desarrollo se ve capitidisminuido.
La productividad de un recurso depende de la posición que tenga en el entramado productivo. En una economía robinsoniana la práctica totalidad de los recursos carecen de valor. A medida que crece la división del trabajo una porción mayor de los recursos pasa a formar parte de la estructura productiva, por lo que pasan a tener valor en sí. Al mismo tiempo aumentan los posibles usos a que los que pueden ser destinados.
El mundo material, así como los deseos y necesidades de los individuos, son muy variados y complejos, lo que aumenta las posibilidades de intercambio y las oportunidades de beneficio. Del mismo modo, se amplían las posibilidades para la especialización para la obtención de un bien, confiando en que el mercado provea de los otros bienes necesarios y convenientes, lo que incrementa la productividad. Asimismo, la creciente división del trabajo ofrece mayores opciones a la inversión y la acumulación de capital.
Ambos factores, división del trabajo o del conocimiento y acumulación del capital, son los dos pilares del crecimiento económico. Con la tecnología y las formas productivas aumenta la productividad de los factores originarios, como son los recursos naturales. Y es que “con la intensificación del intercambio y la mejora de las técnicas de comunicación y transporte se hace posible el desarrollo de nuevos factores de producción y se aumenta la productividad” (Hayek).
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La creciente especialización permite un trabajo más heterogéneo y complementario, lo que a su vez hace posible retornos crecientes, y no decrecientes. El proceso, no obstante, no es automático y ha de estar movido por el emprendimiento y el conocimiento creciente, que descubre las oportunidades y las aprovecha
Un ejemplo histórico de la importancia de la división y propagación del conocimiento en la mejora de la vida humana lo tenemos en Tasmania. La isla se separó del continente de Oceanía, y sus moradores perdieron el contacto con otras poblaciones humanas durante 10.000 años; cuando un barco europeo arribó a esas costas en 1642, sus tripulantes pudieron comprobar que los 4.000 habitantes de la isla no sabían iniciar un fuego, no tenían instrumentos hechos con huesos ni herramientas complejas, como una flecha compuesta por una punta unida a una vara, o utensilios de piedra de alguna complejidad. Ni siquiera comían pescado o tenían instrumentos para adquirirlo, pese a que vivían en la costa.
Entonces, ¿es imposible que se cumplan las predicciones de los neo-maltusianos?
Los datos recogidos en este escrito permiten ser muy optimistas. Y la teoría económica, que explica el funcionamiento de los precios y el comportamiento de los agentes económicos en función de las circunstancias, nos asegura que en una sociedad libre, basada en el voluntario intercambio de propiedad y en la producción para el mercado, no hay en absoluto motivo para compartir las preocupaciones de los más agoreros.
Pero si cambiamos el sistema económico-social introduciendo medidas de control estatal y sustituimos la libre formación de precios por el sistema de mando y planificación centralizado, muchas de las predicciones neomaltusianas pueden hacerse trágicamente certeras. Una vez suprimimos el mecanismo de los precios, los gestores de los recursos actúan a ciegas, sin saber cuál es el valor de los mismos, cuál es su mejor uso, o si una mayor o menor producción es conveniente. Es el problema del cálculo económico que descubrió Ludwig von Mises. Además, los gestores, al no estar movidos por el beneficio empresarial, tienen incentivos que divergen de la buena gestión de los recursos. Y la búsqueda y adopción de nuevas tecnologías se hace más perezosa y, sobre todo, más arbitraria:
“No obstante, la inteligencia y esfuerzo humanos sólo pueden florecer en un ámbito donde exista libertad para producir, intercambiar e investigar nuevas formas más eficaces de satisfacer nuestras necesidades. Y tanto la teoría como la experiencia han demostrado que ese ámbito sólo puede proporcionarlo el capitalismo o economía de mercado, el único sistema que permite armonizar los intereses de todos los individuos y que rompe el maleficio que tanto se complacen en airear los enemigos de la libertad: Eso de que “El progreso de unos implica el empobrecimiento de otros” es precisamente lo que ocurre cuando se aplican las medidas de control propuestas por los ecologistas, lo que ocasiona la parálisis del crecimiento y la aparición de las hambrunas.
José Ignacio del Castillo y Jesús Gómez Ruiz
Los ejemplos en el socialismo son innumerables: puesto que bajo este sistema no hay propiedad privada, falta el elemento que liga el esfuerzo individual y la aportación de valor con la remuneración. Ésta, por tanto, ha de basarse en criterios arbitrarios basados en cuotas de producción, que crean unos incentivos perversos.
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Por ejemplo, la industria petrolera rusa cumplía con las cuotas no con el criterio de petróleo hallado, sino con el de metros perforados, por lo que los gestores se afanaban más en perforar terrenos que en encontrar petróleo, que acaba siendo una cuestión secundaria. Pravda se quejaba de que había expediciones de varios años que, pese a no obtener nada, se presentaban como éxitos por el ingente volumen de perforaciones. No es el único problema asociado al socialismo. Puesto que los gestores tienen el incentivo de mantener las cuotas, y la introducción de nuevos métodos productivos puede llevar a una reducción a corto plazo de la producción, no se querían introducir nuevos métodos, lo que suponía un freno al crecimiento de la productividad.
Para salvar estos problemas se introdujo la valovaia proucksia, o val, que elegía como criterio el incremento del valor del producto en rublos. El resultado era previsible: inflación en lo posible de los costes de producción. El resultado es la ineficiencia, “una ineficiencia que era especialmente aguda en el área de los recursos, donde los incentivos creados por los planes fomentaban el despilfarro (como en el petróleo), mientras que simultáneamente se impedían las innovaciones y la búsqueda de sustitutos y de fuentes adicionales de oferta”.
Un nuevo error: El Desarrollo Sostenible
No obstante, ya pocos proponen el socialismo como alternativa a las sociedades libres. Cuando queda claro que el capitalismo trae desarrollo y prosperidad, el ataque pasa ahora a argumentar que este desarrollo no es sostenible: Bien por una supuesta falta de recursos o por un exceso poblacional que los agota – cosa que no ocurre como hemos explicado- o porque los humanos somos los responsables del supuesto Cambio Climático.
En consecuencia, dicen, lo que tenemos que encontrar es un nuevo desarrollo que no asiente, como supuestamente hace el capitalismo, las bases para su propia destrucción; que sea compatible con el mantenimiento de los recursos y no los agote para las generaciones venideras. Es la idea del desarrollo sostenible, principio que fue expresado por primera vez en el Brundtland Report, conocido como Nuestro Futuro Común, de 1987: “Desarrollo que cumple las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de cumplir sus propias necesidades”.
El principio fue luego adoptado por el Tratado de la Unión Europea de 1992, y por la Convención de Río de Janeiro del mismo año. En la actualidad es un principio ampliamente aceptado en la gestión de los recursos. La idea resulta atractiva, y es lo suficientemente sencilla como para asegurar su éxito. Pero cuando más se acerca uno a la idea de Desarrollo Sostenible, especialmente si se le quiere encontrar una aplicación práctica, más se desvanece lo que pudiera tener de interesante.
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En realidad, parte de conceptos precientíficos en economía, ya que no encaja con el marginalismo y vuelve al tratamiento que de las necesidadesque hacían los economistas clásicos. Además, cumplir las necesidades del presente no tiene un sentido concreto. ¿Qué necesidades? ¿Todas? No se pueden cumplir todas las necesidades presentes, porque nos encontramos con la sempiterna escasez. Por otro lado, si dedicáramos todos los recursos que tenemos a cumplir en la medida de lo presente las necesidades de hoy, los agotaríamos con rapidez para el futuro, y la segunda parte del principio no se podría cumplir.
Por tanto, lo que necesitamos es un criterio en el que comencemos a renunciar a las necesidades inmediatas ahorrando recursos que sirvan para el futuro. En el libre mercado este criterio está asegurado, ya que las distintas valoraciones que los individuos dan a la urgencia en el cumplimiento de sus fines, lo que los economistas llaman preferencia temporal, dan lugar a un precio que coordina intertemporalmente los bienes presentes y los futuros: el tipo de interés.
El mercado se forma con una miríada – cuanto más grande mejor- de valoraciones individuales, y las coordina independientemente de cuáles sean estas, pero los defensores del Desarrollo Sostenible quieren encontrar otros baremos distintos de las valoraciones libremente expresadas en el mercado. Un criterio cierto y aprensible sería el Desarrollo Sostenible estricto o duro, por el que no se podría consumir ningún mineral por encima de su tasa natural de reposición. En el caso concreto del petróleo, esto supondría consumir unos 50.000 barriles al año, o un minuto en los niveles actuales de consumo. En otros casos simplemente no se podrían consumir, a no ser que cayera algún meteorito en la tierra.
Otros intentos menos absurdos apuntan al mantenimiento de la calidad de vida, pero resulta imposible hallar tal baremo con distintas culturas, clases sociales y con gustos y tecnologías cambiantes. Al final, los distintos intentos por perfilar la definición de Desarrollo Sostenible han acabado en un conjunto vago de diversos objetivos. Pero cualquier objetivo tiene su coste, por el principio de escasez, y, como ha señalado Wilfred Beckerman, “aquí el concepto de desarrollo sostenible no tiene nada que añadir. De hecho resta del objetivo de maximización del bienestar humano, porque el eslogan de Desarrollo Sostenible parece dar una justificación general para casi cualquier política designada para promover casi cualquier ingrediente del bienestar humano independientemente de sus costes y, por tanto, independientemente del sacrificio de otros ingredientes de la riqueza”.
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Estas llamadas al sacrificio económico son absurdas y peligrosas.
Siguiendo a Wilfred Beckerman, podemos hacer el siguiente ejercicio:
En los últimos 40 años la tasa anual de crecimiento ha sido del 2,1%. Si hacemos una previsión de crecimiento absurdamente conservadora para el futuro, por ejemplo del 1,5%, eso implicará que en 2100 (él escribe en 2003) seremos 4,43 veces más ricos que ahora. Con tasas más creíbles esa cifra se podría aumentar a la veintena. ¿Cuánto tenemos que sacrificar el presente para mejorar nuestro futuro, si teniendo en cuenta previsiones muy conservadoras esa mejora ya será más que sustancial?
Pero la absurdidad del planteamiento es doble. Porque el tipo de sacrificios que impone el Desarrollo Sostenible según sus partidarios redundaría en un menor crecimiento, y por tanto en menores disponibilidades de recursos para el futuro. La riqueza del futuro se construye a partir de la acumulada previamente, y si la sacrificamos hoy mañana habrá menos con que crear. El principio puede sonar razonable, porque sugiere un ahorro para futuras generaciones, pero no hay que confundir renunciar a la creación de riqueza con renunciar al consumo presente en favor del consumo futuro.
De acuerdo con la Conferencia Económica de las Naciones Unidas para Europa, “para conseguir el Desarrollo Sostenible las políticas han de estar basadas en el Principio de Precaución. Las medidas medioambientales deben anticipar, prevenir y atacar las causas de la degradación medioambiental. Si hay amenazas de daños serios o irreversibles o falta de certidumbre científica total, habrá razones para proponer medidas que prevengan la degradación medioambiental”. Dado que es muy difícil, por no decir imposible, controlar todas las consecuencias de las acciones humanas, el Principio de Precaución llevaría, finalmente, a la inacción total.
Para evitarlo se propone que todo movimiento tendría que estar aprobado por un comité científico-ecologista – la vuelta del politburorismo a la economía que establecerá las cuotas de producción o crecimiento sosteniblemente adecuadas-, verdadero objetivo de proclamar el Principio de Precaución. Por otro lado, la humanidad ha realizado enormes avances sin hacer caso de este principio, y cabe esperar que en la medida en que no se cumplan las recomendaciones políticas tras estos eslóganes, y las personas mantengan su libertad de actuación, la racionalidad informada y la empresarialidad aportarán soluciones a los problemas que se pudieran producir.
Como señala Wilfred Beckerman, “la alternativa al Principio de Precaución no es la inacción, sino la acción informada”. Analicemos un poco más el asunto:
El desarrollo de las ciudades ha limitado el alcance al que habitualmente ve el ojo humano, lo que se ha hecho más agudo con la extensión de la lectura. Dado que el ojo evolucionó para ver con precisión a largas distancias, el que esté forzado a enfocar a distancias más cortas que las que prevé su diseño genético ha sido la causa de multitud de miopías. Pero, por un lado, no vamos a renunciar a la lectura o a vivir en ciudades por ese efecto, que en su momento no se previó; por otro, el desarrollo de la óptica y, recientemente, las operaciones quirúrgicas han enmendado en gran parte ese problema.
Un nuevo ejemplo de cómo una sociedad libre resuelve los problemas no previstos de la aplicación de nuevas tecnologías. El mismo ingenio y el mismo proceso social que ha dado lugar a la solución de un problema sería capaz de superar las consecuencias negativas e imprevistas de esta solución cuando aparecieran. Pero no se puede esperar a que un comité científico dé con todas las posibles consecuencias; primero, porque no sería capaz de cumplir su cometido y, segundo, porque detendría el único proceso capaz de hallar nuevas soluciones a viejos y nuevos problemas: la sociedad libre. Otro efecto negativo añadido es que daría un poder enorme a los citados comités, aunque no es descartable que el Principio de Precaución no sea para algunos más que un pretexto ideológico para situarse en una posición que no les corresponde.
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Conclusiones
La riqueza no tiene como última causa los recursos naturales, sino el ingenio humano y el conocimiento, y su crecimiento depende de la aplicación de criterios de economía de mercado y de mayores poblaciones que aumenten los intercambios, aumenten el conocimiento y reunifiquen el conocimiento disperso y, por último y no menos importante, que generen nuevas ideas.
El primero no cambia con el tiempo, pero el segundo aumenta con la población, que por tanto no es un freno sino un acicate para el crecimiento y el aumento de la productividad. Peter Bauer ha destacado que “la disponibilidad de recursos naturales no puede ser un elemento crítico para el logro económico”, lo que se puede observar en “las amplias diferencias en el desempeño económico y la prosperidad entre individuos y grupos que viven en el mismo país y tienen acceso a los mismos recursos naturales”. Un reciente artículo, titulado ‘Wordly Wealth’, concluye que una población de 9.000 millones de personas que tuvieran el estilo de vida de los ricos de hoy sería sostenible y no dañaría el medio ambiente.
Los agoreros han estado cantando el fin de los recursos una y otra vez, con sucesivos y minuciosos fracasos que no han destruido, sino aumentado, el prestigio de sus augurios. El error del que parten es una visión estática de los recursos, y al final una falta de familiaridad con conceptos esenciales de la economía como servicios, productividad, división del trabajo o emprendimiento. La idea esencial es que no queremos los recursos por ellos mismos, sino por los servicios que nos prestan, y la cantidad que podemos obtener de ellos no es fija, sino que aumenta con la productividad, lo que ha ocurrido históricamente.
Además, la teoría económica revela las razones de porqué las sociedades libres, en las que el ingenio humano y la empresarialidad están libres para aportar soluciones a los problemas y las necesidades sociales, son testigos de estos aumentos en la productividad que aseguran el crecimiento de los recursos. Las propuestas alternativas a la sociedad libre minan las bases del desarrollo y harían aparecer los problemas que erróneamente le achacan. En definitiva y en última instancia, como dice George Reisman, “la última clave para la disponibilidad económica de los recursos naturales es la inteligencia humana motivada, lo que quiere decir una sociedad capitalista”.













