
La mitología futurista totalitaria
La mitología futurista totalitaria
Lo que es seguro y de pura obviedad, tengan la certeza de que es falso, o serán ustedes negacionistas de manual, y lo que es altamente improbable incluso artificioso, falso de toda falsedad, es avalado por la ciencia impostada o cientismo manumitido y el constructivismo futurolizante de los augures sitos en las élites. Coadyuva al relato dominante las cándidas mentes sodomizadas por el nihilismo-relativista. Algo de esto está fuertemente hendido en las sociedades posmodernas y está provocando la manipulación profunda de la realidad por parte de las oligarquías dominantes: El político ha encontrado en las teorías filosóficas negativas – o antihumanistas- y en la psicología conductista las palancas para hacernos seres sumisos.
Lo primero que se puede pensar es que la política regurguita veneno mental para esconder la realidad o para imponer su relato de la misma, palabro este que suplanta la objetividad por una tramoya interesada – al poder siempre le mueve esconder sus ansias de permanencia bajo relatos de bien común y la erótica del poder reside en eternizarlo- y conduce hacia un teatro del absurdo que lleva al sometimiento por sumisión a un tal ‘mensaje revelado’ por las élites supremas, cuales mesías laicisteos, y a la tiranía de la oligarquía que ha terminado suplantando al Dios asesinado por la soberbia humana; mientras el común de los mortales se autoendiosaba mirándose su ombligo nihilista. Y, mientras, la democracia se ha convertido en la sacerdotisa que inciensa las mentes de los incautos ciudadanos con la fe en el deber moral de votar y de la fuerte creencia en la importancia de su voto.
Lo segundo, es que la irrupción del Estado en todos los órdenes y facetas de la vida de los individuos, extrayendo al máximo su bien merecido peculio para menoscabar la libre acción humana, e imponer sus variopintas ideas megalomaníacas que vierten los medios a base de manumitirlos y convirtiendo, por otro lado, a la ciencia – Trust Science– en similar compra de voluntades que hace del científico un constructor de sesudas verdades paracientíficas, un funcionario certificador de ideas futurológicamente preconcebidas que toman la forma de verdad revelada por los élite-profetas.
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Dicho de otra manera, todo esto lleva ineludiblemente al manejo torticero y gotagoteante de la opinión pública mediante la opinión sesgopublicada machaconamente y a la conversión de la ciencia en panfletería cientifista mediante el manejo de modelos ad hoc que legitiman lo profetizado. No hay sujección de esta paraciencia, así instituida, a crítica alguna que pueda refutarla puesto que adquiere el rango de dogma y el que lo discute, el que osa rebatirlo, científicamente incluso, es excomulgado y cancelado: ¡Expulsado del nuevo mundanal paraíso!
Desechada y mellada exprofeso la navaja de Ockham que sugiere que «en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la más probable», viene a resultar que la explicación más probable ya no es la más sencilla, sino la más retorcida puesto que prevalece la complejidad fantaseada sobre la sencillez de lo obvio.
La fase final del control del discurso no es, como en la propaganda totalitaria de antaño, darnos una versión falsa de lo que no sabemos hasta que por repetición monocorde la interioricemos, sino convencernos de que no es cierto lo que podemos ver o elucubrar o deducir, no es real lo que ven nuestros ojos, no es real lo que deduce nuestra mente, nuestro subjetivismo nos engaña y no sabemos manejar los contextos, dicen. Ellos, sí.
La subjetivación de la realidad y el mantra del contexto nos proclaman como idiotas que necesitan ser instruidos y orientados por quienes dícense sabedores de lo que nos conviene, que se proclaman como mesías de una ´verdad revelada´, sólo a ellos claro está. Los nuevos sacerdotes futurólogos nos dicen que conocen el porvenir y que vienen a salvarnos. Nos venden la sostenibilidad como la panacea de nuestro futuro cuando no es más que la muerte en vida y la disminución poblacional sin entender que el crecimiento de la población es el principal recurso humano en la creación de riqueza.
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Se entiende esta deriva bajo dos visiones ontológicas muy distintas pero colusorias.
Por un lado, el nihilismo, instalado en la mente del hombre tresmilenario, que niega el sentido a la vida, niega la realidad vistiéndola de apariencia y rechaza la existencia de una verdad absoluta. Resulta que es en estos dos últimos postulados donde se produce la potente colusión con el relativismo que reniega también de la verdad absoluta y tiñe de subjetivismo la experiencia vital humana, y la imposibilita de acción y de propósito cognoscible. El hombre deja de ser el dueño de su vida puesto que el ejercicio de la libertad deja de ser posible bajo la maraña ominosa de la supuesta ignorancia supina, como problema insuperable al que conducen ambas filosofías del absurdo.
En suma, una subversión en toda regla de la visión humanista del mundo que nos ha traído hasta aquí, una negación del libre albedrío y un cambio de valores fundamentado en la negación de todos los anteriores por peligrosos, insanos y bionocivos.
La verdad sólo está al alcance de los nuevos profetas duchos en el nuevo arte de mitologizar el futuro. El nuevo paradigma humano es la mitofuturología que no es más que mitomanía recalcitrante. La verdad presente no es alcanzable por el hombre pero el futuro sí lo es. Pura magia potagia. Una «contradictio in terminis» como una casa, vamos.
Esto de la mitofuturología como religión basada en un mito futuro es realmente novedoso. Si el mito era una narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico – pero siempre construido sobre un pretérito indefinido- protagonizada por personajes divinos o heróicos, ahora el rango del mito se construye con augures de futuro, que es como basar la nasciente religión en un prediccionismo mitificado. La pretensión última es que un futuro tácitamente inventado pero manejado como cierto en modo dogmático es lo que determinará nuestro comportamiento presente, haciéndonos esclavos de los que manejan ese relato futuro. No nos ofrecen el cielo sino el infierno en la tierra como amenaza para teledirigir nuestro comportamiento.
La adaptación de las élites políticas a todo lo que he explicitado ha sido precisamente convertirse en augures catastrófistas del futuro. Junto con la culpabilización del hombre, en un nuevo pecado original, que consiste en el supuesto mal que provoca a la humanidad y al planeta con su forma libre de actuar. ‘No se nos puede dejar solos’.
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El pecado sigue siendo el mismo, la soberbia del hombre está llevándole a su perdición. Entendida como soberbia todo lo que el hombre ha hecho en el pasado y aún obra sobre el presente. Y ese pecado nos lo atribuyen quienes por una suerte de iluminación apócrifa se instituyen en sabedores catastrofistas del futuro.
Se ha incardinado tanto sobre su absoluto relativismo el superhombre nietzschiano que, pretendiendo la destrucción de la religión después de destruir a Dios, ha construido la suya propia como única forma de derrotarla, creando su propia mitología futurista en forma de religión apocalíptica: ¡Una nueva religión que no consiste en el más allá sino el más acá!
Esta sublimación artera de las élites políticas sobre los individuos, asumiendo para sí la ‘voluntad de poder’ privada que pregonaba Nietzsche, deja de estar al servicio de la sociedad – puesto que, en su subjetivismo, en su imposibilidad de conocer la verdad, el pópulo no sabe lo que quiere- pero ellos, sí. Y se sitúan en la imposición dogmática de su visión futur-mesiánica, esta sí, pública y publicada a machamartillo. Se sitúan como próceres auguristas sobre la sumisa plebe necesitada de dirección mundano-laico-espirituosa. En esto, último, sí que no ha cambiado mucho el modo totalitario de proceder de antaño.
FiN
By petrusvil














