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Una generación de infantilizados y traumatizados

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
17/08/2022
Tiempo de lectura 6 minutos.
Una generación de infantilizados y traumatizados

Si los millennials son frágiles, es porque sus maestros e instituciones los han hecho así por su propia conveniencia. (Una generación de infantilizados y traumatizados)

Los hijos cuando son pequeños y se caen, siempre miran a los padres para medir su reacción. Si el padre responde con preocupación, «Oh, Dios mío, ¿estás bien?» inevitablemente comienzan a llorar. Si, en vez de eso, les dijera que se sacudieran, se levantarían y seguirían jugando. Los niños son resistentes por naturaleza, pero pueden volverse delicados y neuróticos si están constantemente sujetos a una reacción exagerada y sobreprotectora de los padres. Una cierta cantidad de negligencia benévola es muy útil. Ser de piel dura y de mente dura son características valiosas para que los niños se desarrollen libremente – bajo un cierto control- a medida que aprenden a manejarse con este mundo.

Cuando les decimos a los estudiantes que no están seguros, internalizan la afirmación y llegan a creerse que el mundo es un lugar peligroso donde las personas están constantemente yendo a por ellos. Como resultado, los estudiantes se vuelven cada vez más frágiles e incapaces de lidiar con la fricción y la decepción habituales de la vida social. Eso ocurre porque ese miedo inducido les paraliza.

Haríamos bien en enseñarles y recordarles una y otra vez que una vida útil está marcada por la lucha, las penalidades, el fracaso, la dificultad y el dolor. Podemos tratar de aislarnos de todo eso, pero nos convertiríamos en verdaderos inútiles en el proceso, en parásitos inadaptados.

Una generación de infantilizados y traumatizados

Goethe señaló que todos los regímenes regresivos se obsesionan con la subjetividad y elevan el sentimiento por encima de la razón. Y eso es lo que está sucediendo hoy: Todo es evaluado desde la emoción o el sentir. La razón si no muerta del todo se ha convertido en cosa secundaria, un simple instrumento al servicio de la subjetividad de cada uno.

La tiranía del sentimiento, argumentó el sociólogo Robert Nisbet, marcó la vida en una edad de hierro, la última etapa del declive de la civilización. Y continuó: “hay quien siente y siente que siente; los que sienten y no sienten que sienten; los que no sienten y los que no sienten que no sienten. Y lo más triste de todo en la escena actual, aquellos que no sienten y sienten que no sienten”. Debemos tomar el sentimiento como algo ineludible y autorizado. Así como debemos tomar la “experiencia vivida” como una forma especial de experiencia que justifica cualquier interpretación de la misma. Referirse a “experiencia vivida”, como sentimiento, no es una invitación a la conversación sino una barrera para ella.

Esta psychoburbuja emocional y su enfoque exclusivo en el sentimiento fomenta el egoísmo. Ya que los sentimientos son de uno mismo, propios y son elevados a la exigencia de que sean reconocidos por los demás. En sí, es el peor tipo de egoísmo, porque estipula que cualquier insulto o agresión autosentida (no necesariamente real) que experimente uno mismo tiene que ser reconocida (en forma exigente y obligada) por todos los demás como un insulto. En ausencia de cualquier código de honor, el insulto se vuelve puramente subjetivo. Este desplazar hacia afuera el sentimiento personal no permite el crecimiento o la maduración, impide sugerir que alguien es sensible y necesita endurecerse. Así, al no madurar, el hombre actual no termina de salir de su adolescencia. Permanece en ella y exige que se le roconozca su peculiaridad inmadura. 

Relacionalmente este desborde emocional de dentro afuera nos lleva a que, en su lugar, los demás debemos asentir pensativamente, fruncir los labios, fruncir el ceño y ser «empáticos». Lo que en realidad significa enredarse en los sentimientos inmaduros del otro. Dios nos perdone, pero deberíamos decir lo obvio. Una vez más y tantas veces como sea necesario: el mundo es un lugar duro e indiferente donde a la mayoría de las personas con las que te encuentras no les importan tus sentimientos, solo les importa si estás a la altura de tus responsabilidades.

Una generación de infantilizados y traumatizados

Una generación de infantilizados y traumatizados

Así Robert Nisbet lamentaba de su era «la autoespeleología, la intoxicación de la conciencia y la inmersión en el ego«. El destino le ahorró contemplar nuestro momento presente. De los adolescentes se espera que sean todo pasión y sin razón, y hasta egocéntricos. Es el trabajo de los adultos romper o cuanto menos encauzar esos malos hábitos. En cambio, nuestras escuelas (primaria, secundaria y postsecundaria) no solo alientan este comportamiento, sino que las personas que dirigen nuestras instituciones enmarcan activamente la experiencia del mundo del estudiante con la intención de hacerlos sentir asustados, inseguros y dañados: Esto es manipulación ideológica a través del miedo inducido. Ese marco es patológico, porque se preocupa menos por el bienestar del estudiante que por confirmar las preferencias ideológicas de la facultad y el personal. Más concretamente, es un abuso de poder en toda regla.

Se presta poca atención a las formas en que la facultad y el personal preparan a los estudiantes para que tengan respuestas emocionales a eventos que no afectan directamente a los estudiantes o de los cuales tienen un conocimiento insuficiente para hacer juicios razonados. Los sentimientos no manejan bien la complejidad, ese es el territorio de la razón. Un mundo donde solo importan los sentimientos requiere una simplificación constante. 

Muchos estudiantes se dedicarían felizmente a sus asuntos si no fuera porque los profesores y el personal les dicen constantemente por qué deberían estar molestos. El acoso de las ideologías woke, generista, lgtbiana y otras es contínuo y asfixiante en las universidadesde occidente. La mayoría de los estudiantes se encogerían de hombros ante el resultado de una elección presidencial si el profesorado no hubiera comenzado la clase llorando literalmente por los resultados. Muchas clases se cancelaron el día después de las elecciones de 2016 en USA. Eso supuso un abuso de autoridad por parte del profesorado para privilegiar sus sentimientos privados cuando, imperativamente, su trabajo es enseñar, no emocionar.

No debería ser el interés de los estudiantes magnimizar los sentimiento a toda costa. Y poner en práctica prácticas y políticas obviamente infantilizantes construidas sobre lo emocional ( como lo woke, el generismo, lo lgtbi, etc.), sino exclusivamente aprender y formarse, conocimiento y razón. No están las facultades y su personal para decirles cómo se supone que deben sentirse, para manipularles ideológicamente, sino para formarles. 

El principal objetivo de establecer la tiranía del sentimiento sobre los alumnos no es el bienestar de los estudiantes, sino los intereses profesionales, ideológicos e institucionales de los profesores y los burócratas universitarios. Quienes justifican su propia existencia o razón de ser y aumentan su poder al exacerbar los agravios de los estudiantes e interviniendo hasta el más mínimo detalle en la vida de los estudiantes, cuando estos preferirían centrarse en su educación y perspectivas de carrera, y que los profesores hicieran lo mismo por ellos. 

Una generación de infantilizados y traumatizados

Es moralmente desastroso definir el nivel universitario como un asunto de mínimos, hacia abajo, hacia los peores. Y es educativamente desastroso definir la fuerza de una comunidad por sus miembros más débiles. Sin embargo, esto es consistentemente lo que están haciendo. No elevamos la mirada sino que la bajamos y se la hacemos bajar a los estudiantes. No privilegiamos el caso normal ni mantenemos estándares de excelencia. De hecho, estamos activamente comprometidos en “redefinir” la excelencia – siempre a la baja-. 

El nivel debería ser definido como un asunto de máximos, insistir en la fuerza de carácter o la resiliencia frente a la adversidad, el esfuerzo y la excelencia. Pero, en su lugar, se establecen estándares y políticas para dar cabida a los estudiantes más débiles intelectualmente y los más frágiles psíquicamente, muchos de los cuales probablemente no deberían estar en la universidad para empezar. Y lo que es peor, sistemáticamente se tira hacia abajo de todos los alumnos al exacerbar la emoción personal sobre el raciocinio, el autocontrol, la autoexigencia, la fortaleza y la templanza.

Los estudiantes siguen el ejemplo de aquellos que tienen autoridad, aquellos a quienes admiran y en quienes confían. Si nos ocupamos de nuestros asuntos y hacemos nuestro trabajo, los estudiantes nos seguirán. Pero si seguimos enviándoles mensajes de que deberían estar molestos y llorando, no deberíamos sorprendernos cuando estén molestos y llorando. Las cosas empeoran cuando exageramos la naturaleza del problema y las reacciones del estudiante ante él. 

Una generación de infantilizados y traumatizados

Las ideas heterodoxas o distintas no hacen que las personas sean «inseguras». El desacuerdo de alguien con una política no es «perjudicial». Las personas normales y psicológicamente sanas no se asustan cuando alguien no está de acuerdo con ellas. Las personas con autoridad tampoco creen eso. Los ideologizantes de las escuelas usan palabras como trauma, exclusión, miedo, etc.  no porque describan con precisión algo, sino porque son armas psicológicas para silenciar a sus oponentes. Es cínico. 

Lo peor de todo es el uso promiscuo de la palabra “trauma”. El trauma es un asunto serio. Es la reacción que tiene la gente cuando ha presenciado algo verdaderamente horrible: una guerra, una muerte violenta, la pérdida inesperada de un ser querido. El trauma los hará incapaces de funcionar, al menos temporalmente, en la vida diaria. La persona traumatizada reproducirá imágenes en su mente que no puede detener. Nada volverá a ser igual para una persona traumatizada. El trauma real altera la vida.

Sin embargo, si a cualquier minucia que le sucede a un estudiante la calificamos de trauma impedimos que el estudiante lo supere, le convertimos en un ser traumatizado, llorón y débil. El suspenso no debe originar un trauma que hay que paliar, sino una oportunidad de mejora y de superación. De otra manera, lo único que conseguimos son seres exclavizados por sus emociones y sentimientos e impedimos el proceso natural de maduración por el cual la emoción y el sentimiento o bien se aceptan y se canalizan o bien se descartan o bien se tienen en cuenta cuando son auténticamente relevantes.

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