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Opinión pública y encuestas

11/10/2024

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
Tiempo de lectura 20 minutos.
Opinión pública y encuestas

Tabla de contenidos

Opinión pública y encuestas

Opinión pública y encuestas

¿Auge y caída de las encuestas?

Las encuestas de opinión y sobre todo las políticas alcanzaron su auge y empezó su caída en 2008, dado que fue un máximo al comenzar entonces su declive. En 2008, Nate Silver, un juven periodista deportivo, se convirtió en una celebridad al predecir la victoria electoral de Barack Obama con una precisión impensable hasta ese momento. Su método consistía en ponderar múltiples encuestas en función de varios factores y luego someterlas al ya conocido análisis estadístico forense que ya se utilizaba para evaluar el rendimiento de los jugadores de béisbol.

Cuatro años después, en las elecciones presidenciales de 2012, atinó con el ganador en los cincuenta estados, mientras que los encuestadores habituales ofrecían resultados dispares. Según Marie Davidian, presidenta de la Asociación Estadounidense de Estadística, la razón por la que Silver “pudo predecir las elecciones perfectamente” fue simple: “el uso desapasionado de los datos”. Desde las elecciones de 1936 – año en que se lanzaron las encuestas modernas, cuando encuestadores como George Gallup y Elmo Roper predijeron la victoria de Franklin D. Roosevelt, eclipsando los pronósticos electorales más antiguos mediante la aplicación del muestreo mediante la elección de grupos representativos de la población- no se había producido cosa parecida. Setenta y seis años después Silver superó la encuesta por muestreo llevándola a la era del big data.

El entusiasmo de 2012 se esfumó en una legislatura. En las siguientes elecciones de 2016, las encuestas y los pronósticos electorales fueron omnipresentes en las cadenas de televisión, pero Donald Trump desafió todas sus predicciones y ganó la presidencia. Entre otras explicaciones, se acusó a las encuestas de facilitar su victoria al crear una niebla de complacencia y seguridad en la candidatura en la candidatura de Hillary Clinton que la hundió.

La victoria de Trump ocasionó que la industria de las encuestas coludiera con los periodistas buscando sus propios intereses más que la predicción, más o menos atinada, de los posibles resultados electorales. La pregunta que se hicieron fue: ¿Cómo ocurrió que sus métodos supuestamente objetivos subestimaran el apoyo a Trump? La circunstancia temporal de que sus colegas británicos tampoco previeran el voto a favor del Brexit meses antes aumentó el clima de duda e introspección. Luego, en 2020, después de los esfuerzos concertados de las empresas de encuestas y sus agregadores para corregir errores previos, las encuestas terminaron siendo más inexactas que en cualquier otro momento desde 1980: Se buscó entonces influir en los resultados electorales más que la objetividad. La industria de las encuestas se hundió en una crisis de reputación de la que aún no se ha recuperado por completo.

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La explicación, rallana en el totalitarismo que nos invade hoy en día, fue que había que “educar” a los votantes para que aprendieran a interpretar las encuestas. Es decir, la culpa es del público que no sabe interpretar los sondeos y, la consecuencia inmediata de calibre claramente interventivo fue “influir en la interpretación” por parte de los ciudadanos para que esta se ajustara a los resultados previstos en la encuesta. (Strength in Numbers: How Polls Work and Why We Need Them, G. Elliott Morris). Ni una sola autocrítica sobre la necesaria mejora en la calidad del proceso de encuestación, ya ven. El autoendiosamiento y el optimismo disciplente de la industria de las encuestas les impide enfrentarse a cuestiones cruciales sobre la utilidad política y social de las encuestas. Tal como hoy se culpa a la opinión en las RRSS de fakes news con la misma intención, incluyendo su control mediante la censura.

La razón objetiva de las encuestas políticas es que midan la opinión pública es “revelar la voluntad del pueblo”, y toda democracia debería querer que sus líderes sepan más sobre lo que piensa el público que sobre los resultados generales que pueden proporcionar las elecciones; y la conversión de este fin en una endémica causa misma es argumentar que condenarlas por inútiles es peligroso. Y, la realidad es que su fin último, en esas estamos, es su influencia, que no reside en ninguna predicción o servicio particular a la democracia, sino en la completa cooptación por parte de la industria de nuestra comprensión de la opinión pública. La opinión pública siempre ha sido un concepto elusivo y sobre esta vaguedad se ha construido todo un sistema de manipulación.

 “¿Cómo se expresa la opinión pública, esa cosa vaga, fluctuante y compleja que llamamos opinión pública, omnipotente pero indeterminada, un soberano cuya voz todo el mundo escucha, pero cuyas palabras, porque habla en tantas lenguas como las olas de un mar embravecido, son tan difíciles de captar?”, se preguntaba James Bryce en The American Commonwealth (1888). Medio siglo después, Gallup invocó a Bryce y anunció que había encontrado la respuesta: las encuestas por muestreo. Era como si las encuestas fueran a revelar a una amplia audiencia lo que antes era imperceptible a simple vista. Se pasó de intentar saber lo que piensa el ciudadano medio, cosa ya de por sí abstrusa a pesar de la potencia estadística a querer adivinar lo que iba a votar. Pero,  las afirmaciones narcisistas sobre la precisión de las encuestas, hasta el punto de llamarlas  “radiografía psicológica”, ocultaban un engaño intrínseco: era demasiado fácil olvidar cómo el diseño del medio enmarca, aplana y deforma la realidad.

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La implosión de las encuestas

Tras su éxito en 1936, Gallup y sus colegas encuestadores (el término se acuñó en 1939) prometieron que las encuestas revolucionarían no sólo nuestra comprensión de la opinión pública, sino la democracia misma. Los votantes ya no tendrían que depender de las elecciones para hacerse oír. Los políticos ya no tendrían que medir la opinión pública por el tamaño y el volumen de las multitudes que los vitoreaban o abucheaban o por la ventriloquia de los periodistas. Gracias a su “nuevo instrumento”, escribió Gallup, “la voluntad de la mayoría de los ciudadanos puede determinarse en todo momento”, haciendo realidad una “democracia más verdadera” y asegurando –“con poca probabilidad de error”– que las dictaduras “se convertirán en meros cuentos para asustar a nuestros bisnietos”. Roper compartía ese optimismo, quien afirmaba que la encuesta de opinión pública representaba “la mayor contribución a la democracia desde la introducción del voto secreto”.

Los primeros encuestadores prefirieron basar la historia del origen de la industria en el método científico en lugar de en el afán de lucro. Con este fin, en las primeras décadas de la disciplina proliferaron revistas, instituciones y terminología compleja, lo que dio a las encuestas el aura de una investigación científica. Gallup desempeñó el papel de científico, comparando su oficio con el de un meteorólogo. Gallup y Roper importaron su invento del campo cada vez más profesionalizado de la investigación de mercados.

Es difícil determinar si promover la democracia era un objetivo honesto o simplemente parte de su discurso de marketing, pero está claro que pensaban que las encuestas políticas los harían ricos. “Si funciona para la pasta de dientes, ¿por qué no para la política?”, razonó Gallup. “Lo vi como una verdadera mina de oro si pudiéramos aprender lo suficientemente rápido cómo utilizarlo en todas sus ramificaciones”, dijo Roper.

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Los problemas de base de las encuestas para medir la opinión pública

Algunos de los problemas de las encuestas para medir la opinión pública son consustanciales con las ciencias sociales: Se impregnan de los prejuicios de su época, creando puntos ciegos y distorsiones que sólo se hacen evidentes en retrospectiva.

En las primeras décadas de las encuestas, por ejemplo, se suponía ampliamente que los hombres blancos con educación universitaria estaban más interesados ​​en la política que cualquier otra persona, y por eso las encuestas subrepresentaban drásticamente a los negros, las mujeres y los hogares de bajos ingresos en busca de precisión. (Los encuestadores también preferían pasar tiempo en áreas y hogares más ricos, mientras que a veces evitaban los barrios más pobres por miedo). Esos problemas persisten: una explicación de que las encuestas no hayan podido predecir la victoria de Trump en 2016 es que los graduados universitarios, que tenían más probabilidades de favorecer a Clinton, estaban sobrerrepresentados entre los encuestados.

Pero el mayor problema de las encuestas es que cada intento de estudiar cómo piensa y actúa la gente tiene el potencial de influir en cómo piensa y actúa, modificando así lo que se está registrando, ya sea de manera autocumplida o autonegativa. Una suerte de principio de indeterminación de Heisemberg en la mecánica cuántica aplicado a los sondeos.

Es decir, los resultados de cualquier encuesta sobre un tema en particular pueden cambiar la forma en que la gente piensa sobre ese tema, de la misma manera que cualquier encuesta que muestre la popularidad de un candidato puede influir en la popularidad de ese candidato. Los efectos son impredecibles. Se ocasiona un efecto de arrastre, cuando la gente se une a un candidato que va por delante en las encuestas, mientras que otros estudios apuntan a un efecto de repulsión, cuando sucede lo contrario.

También, y lo que es peor, en el delicado proceso de encuestación se suele producir una impostación. El encuestado suele matizar, ocultar o expresar una opinión distinta a la suya propia por la tendencia natural que tenemos todos a ocultar nuestra opinión ante ajenos en función de nuestra conveniencia y porque no queremos desnudarnos ante ellos. El arquetipo de la máscara para mostrar a otros sólo lo que queremos que vean.

Por otro lado, ocurre una hipersensibilidad de los encuestados hacia la redacción y el orden de las preguntas (Dicen los expertos que “se puede hacer una pregunta de tal manera que se obtenga la respuesta que se quiera”). Cualquier analogía entre las encuestas de opinión y “un pronóstico del tiempo”, se derrumba. Al igual que el manido concepto de la “instantánea” no deja de ser un simple argumento de vendedor de crecepelo.

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Pero el problema más fundamental de las encuestas es que el fenómeno que pretenden registrar —la opinión pública— no tiene un significado ni una existencia coherentes. La industria de las encuestas resuelve este enigma simplemente haciendo que la “opinión pública” sea sinónimo de sus métodos: las encuestas registran la opinión pública. Concluyen entusiásticamente que la opinión pública es lo que registran las encuestas. Es por eso que debemos mantenernos escépticos sobre este truco de magia que nos proponen. Sobre todo cuando suponer que la estimación, al responder a ciertas preguntas, diría ‘sí’ o ‘no’ o ‘no sé’ – un lenguaje ciertamente infantil- sea sentir el pulso de la democracia no es más que es un canto al sol.

En este análisis, las encuestas no eran tanto una ciencia social como una argucia infantil: los asuntos políticos se constreñían a dicotomías simplistas de “o esto o aquello”, sin preocuparse en demasía por la ligereza o la intensidad con la que uno sostenía una opinión o si la opinión siquiera existía antes de la encuesta. Uno de los conceptos más antiguos y ambiguos de las ciencias sociales (una encuesta sobre la literatura en 1965 citaba casi cincuenta intentos contradictorios de definir la “opinión pública”) se reducía a un simple porcentaje: “el 60% piensa esto, el 40% piensa aquello”.

Las presunciones de esos simplificados porcentajes se ocultan en el espejismo de una ciudadanía omniscientemente informada y comprometida con el proceso. El mensaje que transmiten de “el país ha hablado” han sido criticadas por figuras tan diversas como Martin Luther King Jr. y Pierre Bourdieu, para quienes la opinión pública era demasiado amorfa e impresionable para ser fijada en forma de números. Esas enhiestas presunciones también han sido expuestas por muchos investigadores.

Casos como que una parte de los encuestados podía ser incitada a dar una opinión con una pregunta complementaria (“¿Cuál [postura] se acerca más a lo que usted siente?”), o los que, supuestamente, los encuestados opinaran sobre un político inexistente (“que diría ud. un político dijera: …”) pero que en realidad resultara que contestaran pensando en un político relativamente popular, o como los que asienten diciendo sí al escuchar o ver un nombre que nunca habían escuchado o visto, con la esperanza de evitar la vergüenza de la ignorancia (“Conoce Ud. a …”).

Ninguna encuesta puede asegurar la respuesta espontánea del encuestado o en qué medida mantienen sus posiciones fuera del ámbito de la misma. El sociólogo Leo Bogart dijo en 1972: “La primera pregunta que un encuestador debería hacer es: ‘¿Ha pensado usted en esto? ¿Tiene una opinión?’”. Pero por lo general las empresas de encuestas no quieren saber: agregar preguntas cuesta tiempo y dinero, y lo ideal es que todos tengan una opinión sobre todo.

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Bolas de cristal

Sin embargo, después de todo lo dicho, el mensaje euforizante es que las encuestas siguen siendo “una de las fuerzas más democratizadoras”; que pueden “revelar la voluntad del pueblo”; que sirven “como un conducto entre los gobernados y el gobierno y como un baluarte contra los déspotas”; son “la clave del conocimiento social”; “le dan un megáfono a la voz del pueblo, haciéndola resonar por los pasillos del gobierno”; o que “en muchos casos, la denigración de las encuestas la hacen las élites, los funcionarios electos y los activistas ideológicos que tienen interés en que la voz del público no sea escuchada. (“La unión hace la fuerza: cómo funcionan las encuestas y por qué las necesitamo”,  G. Elliott Morris)

Lo cierto es que las encuestas interfieren la comprensión de la participación política y que los vínculos fundamentales entre la industria de las encuestas y la investigación de mercado con intereses las más de las veces contrapuestos la perjudican.

La realidad es que, “en democracia” –ampuloso bipalabro el uso del léxico político en España- , las encuestas se han convertido en “bolas de cristal” pero no admiten bajo ningún concepto su falibilidad. ¿Puede una ciencia social objetiva hablar de nebulosidades como “la voluntad del pueblo”, “el poder del pueblo” y “la voz del pueblo”? Es hilarante la pretensión de que “la voluntad del pueblo ahora está cuantificada y sea fácilmente accesible para cualquier reformista, legislador o ciudadano interesado gracias a las encuestas”.

Atrapada entre la seriedad de su ciencia y la necesidad de comercializar su producto, toda la industria de las encuestas está apresada en esta dicotomía. Un “pueblo es tan diverso como su tierra” y el mítico “hombre promedio” descubierto por las encuestas no deja de ser una patraña.

Para ponerse de lado ante las críticas suelen echar la culpa no a encuestadores ni a sus métodos, sino al público y, sobre todo, a la prensa. Recuerdan las palabras de Oscar Wilde: “La obra fue un gran éxito. El público fue un fracaso”. Dícense que el público es culpable porque no ha sabido apreciar que todas las encuestas tienen un margen de error, por lo que en realidad ninguna puede equivocarse: “Los consumidores de encuestas y modelos electorales no deberían engañarse a sí mismos confundiendo las encuestas y las proyecciones con una ciencia que no son, y probablemente nunca serán”.

La industria de las encuestas y los medios de comunicación

La industria de las encuestas y los medios siempre han tenido una relación difícil, aunque también de dependencia mutua. Si bien muchos periodistas inicialmente se resistieron a las encuestas por considerarlas una intrusión en su oficio y autoridad también es cierto que desde el principio, el cliente más importante de los encuestadores fue la prensa, y los dos rápidamente establecieron vínculos simbióticos.

La prensa encargaba encuestas para generar noticias y reforzaba su información con estadísticas persuasivas, mientras que las encuestas dependían de la prensa para su financiación y, fundamentalmente, su publicidad. A finales del siglo, la mayoría de las principales organizaciones de noticias tenían sus propias operaciones de encuesta internas o asociaciones formales con empresas de encuestas.

Esta asociación afectó inevitablemente la naturaleza y el propósito de las encuestas: los periódicos no querían pagar por resultados aburridos; querían historias atractivas y dramáticas, relatos de conflicto y controversia. La industria de las encuestas accedió, con distintos grados de renuencia y entusiasmo, y recibió no sólo dinero y publicidad sino una coartada: los medios podían ahora ser culpados por sus peores rasgos: exagerar el conflicto social, simplificar los problemas, exagerar la exactitud.

En la misma línea, Morris insiste en que mientras que los medios “quieren predicciones confiables y que llamen la atención”, los encuestadores comprenden “todos los matices e incertidumbres inherentes a sus datos”. En otro lugar, Morris admite que “los encuestadores sobreestiman sistemáticamente su propia exactitud”, pero la naturaleza y la gravedad de esta contradicción –que los encuestadores comprenden y sistemáticamente ignoran verdades incómodas– se le escapan.

El hecho es que las empresas de encuestas necesitan resultados atractivos y espectaculares, no sólo porque esos resultados mantienen contentos a sus clientes en la prensa, sino también porque los resultados de encuestas interesantes se difunden más y más rápido, difundiendo el nombre de la empresa y atrayendo así a más clientes. En pos del deseado acierto y las ganancias, se hacen concesiones.

Con todo esto dicho, no se olviden de la sistemática colusión que existe entre los gobiernos, las opciones políticas, la empresas de encuestación (con más motivo las Estatales) y los medios (subvencionados) que resta credibilidad a todo el tinglado; y más después de las elecciones USA de 2020 u otras en otros paises de Occidente.

Para las empresas de encuestas, las campañas electorales son, por tanto, campañas de marketing. En un mercado ciertamente saturado por el número de empresas del sector y la enorme inversión que implica hacen que juegen sus órdagos, aun con pérdidas transitorias, por las ganancias futuras que traería acertar los resultados.

Tal vez la posición de la industria de las encuestas en la sociedad actual sea más análoga a la de la industria publicitaria que la engendró: las organizaciones de encuestas son igualmente ubicuas, rentables y tratadas con cinismo por miembros del público, que sospechan un motivo ulterior. Al igual que la publicidad, las encuestas políticas se asocian cada vez más con intentos de manipular la opinión pública, adaptar los mensajes de manera superficial e informar las estrategias de relaciones públicas.

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Nuevos tiempos: Internet

En la década de 1990, una nueva tecnología empezó a competir con las encuestas como herramienta para conocer la “opinión pública”: Internet. Las personas podrían hablar y compartir sus opiniones en todo momento, lo que daría lugar a un público mejor informado, a gobiernos más receptivos y a una versión más auténtica de la democracia para todos. Del mismo modo que Gallup prometió trasladar el ideal de la “reunión ciudadana” al siglo XX, Internet prometía trasladarlo al siglo XXI. “La función de la red, en esta concepción, es facilitar una encuesta nacional continua de la opinión pública, con una retroalimentación electrónica inmediata de los ciudadanos al gobierno y viceversa”, explicó el politólogo Bruce Bimber en 1998.

Pronto, tipos específicos de sitios webs se convirtierin en el medio para estas esperanzas y sueños: las plataformas de medios sociales, Facebook y Twitter que se lanzaron en 2004 y 2006 respectivamente. Twitter se presentó, de una manera que recordaba a las primeras encuestas de Gallup, como «La reunión del ayuntamiento… en su bolsillo» y una «medición en tiempo real de la opinión pública». También parece relevante que, siendo un estudiante de segundo año de Harvard de diecinueve años, Mark Zuckerberg se hizo un nombre por primera vez al diseñar una encuesta en línea: FaceMash hizo que los usuarios eligieran a la más atractiva de dos estudiantes femeninas de entre sus fotos en Internet y construyó una clasificación para toda la universidad. «Casi quiero poner algunas de estas caras junto a fotos de animales de granja y que la gente vote cuál es más atractiva», escribió el joven Zuckerberg en su blog antes de lanzar el sitio de corta vida. Facebook siguió un año después, y pronto fue celebrado como un defensor de la democracia.

Al igual que la industria de las encuestas, los vínculos de las plataformas de redes sociales con la industria publicitaria fueron minimizados o soslayados: el objetivo era dar voz a la gente para enriquecer la democracia (y luego usar lo que decían y hacían para venderles cosas de formas cada vez más sofisticadas). Las plataformas de redes sociales llegaron a la misma conclusión conveniente que la industria de las encuestas: los mercados saludables y las democracias saludables necesitaban lo mismo: saber lo que piensa el público.

Pero las encuestas ya no eran necesarias: a través de las redes sociales, los pensamientos y acciones de los usuarios podían rastrearse en todo momento. Para 2008, anunciaron con entusiasmo los gurús de la publicidad, Internet ya había superado todos los demás métodos de investigación de mercado – «el correo postal, el cara a cara y el teléfono» – para convertirse en «la principal modalidad global para la recopilación de datos cuantitativos»:  “Si el tema es de interés, entonces el material ya está ahí… así nace la ‘Era de Escuchar’ en oposición a la ‘Era de Preguntar’”.

Sin embargo, lo que la industria publicitaria celebraba como “escuchar”, otros lo veían como algo más siniestro: El uso de la opinión de los individuos para su propio provecho. Esta economía digital, basada en la invasión de la privacidad, pronto fue denunciada como “capitalismo de vigilancia”. La información se convirtió en su savia y las empresas digitales desarrollaron un apetito insaciable por cada vez más información sobre los usuarios, por trivial que fuera. Esto creó una doble dinámica: un deseo no solo de registrar información, sino de generar más información: Los “Trending Topics” daban de comer a la nueva bestia.

Esta es una de las resonancias más significativas de las redes sociales con la industria de las encuestas. Así como las encuestas quieren que los encuestados tengan una opinión sobre todo, dando pistas sobre los puntos de vista a través de preguntas específicas y retratando a un público opinativo mientras afirman un desapego neutral, las plataformas de redes sociales como Facebook y Twitter, ahora X, repiten el mismo truco a una escala aún mayor. «No tienes que tener una opinión sobre todo» se ha convertido en un estribillo en línea, lo que refleja cuánta presión se aplica en la dirección opuesta. Facebook pregunta a sus usuarios: «¿Qué piensas?» mientras X les pregunta a sus usuarios: «¿Qué está pasando?» (El signo de exclamación de pánico es una nueva adicción, que simboliza claramente tanto la necesidad de la plataforma hacia la información de sus usuarios como nuestro desorientado momento presente). Poco después de comprar la plataforma en octubre de 2022, Elon Musk imploró a los usuarios: «Si me permiten su indulgencia, ¡suma su voz al diálogo público!»

Las empresas de redes sociales aseguran al público que su voraz sed de opiniones simplemente surge de su profundo deseo de dar a la gente “voz” (en un discurso de 2019 en la Universidad de Georgetown, Zuckerberg utilizó la palabra “voz” más de treinta veces en su discurso de treinta y cinco minutos). Pero lo que realmente quieren es una reacción: un “me gusta”, un “compartir”, un emoji, un comentario breve o alguna otra forma de comunicación cuantificable que, siguiendo a Lindsay Rogers, podríamos llamar “baby-talk” del siglo XXI: información que luego se puede empaquetar, analizar (Big Data) y luego vender. En esta visión monetizada de la “plaza o del bar del pueblo”, más charla significa más ganancias, y los usuarios son, idealmente, encuestadores perpetuos gratuitos (siempre cortejando reacciones a sus pensamientos y experiencias) y encuestadores obsesivos, que ofrecen puntos de vista simplificados sobre una enorme cantidad de cuestiones, desde la política hasta cualquier marca de productos de consumo.

La afinidad entre las redes sociales y las encuestas se refleja perfectamente en la función de encuestas que han agregado muchos sitios de redes sociales, que lleva la encuesta informal a la era del big data. Twitter lanzó una en 2015, y Facebook la siguió dos años después. Como nuevo director ejecutivo de Twitter , a Musk inicialmente le gustaba usar la función. En noviembre de 2022 anunció que su decisión de restituir a Trump, que fue expulsado de la plataforma después del asalto al Capitolio el 6 de enero, se determinaría mediante una encuesta de Twitter. Más de 15 millones de usuarios votaron y el 51,8 por ciento votó «sí». «El pueblo ha hablado», tuiteó Musk. «Trump será restituido. Vox Populi, Vox Dei». (La cuenta de Trump fue restaurada, pero no fue hasta agosto de este año que volvió a sumar su voz al diálogo público de la plataforma).

En diciembre de 2022, ante las crecientes críticas por su liderazgo en Twitter, Musk realizó otra encuesta en Twitter sobre si debía continuar como director ejecutivo . La encuesta online duró doce horas y 17,5 millones de usuarios respondieron, de los cuales el 57,5 ​​por ciento quería que se fuera. Musk se convirtió en presidente ejecutivo y sigue tomando las decisiones. A raiz de ese descalabro su afición por las encuestas parece haber pasado, pero sigue defendiendo su integridad. En marzo, difundiendo la teoría de la conspiración de que la industria de las encuestas utiliza entrevistas falsas, publicó: “La gran mayoría de las encuestas son una tontería. Las encuestas en esta plataforma al menos llegan a algunos usuarios reales”.

Conclusión

En 1921, cuando era editor del periódico estudiantil de la Universidad de Iowa, George Gallup, de diecinueve años, quería atraer nuevos lectores. Publicó un famoso artículo titulado “Las mujeres poco atractivas”, que adoptaba la forma de una conversación aparentemente escuchada por casualidad entre dos estudiantes varones y declaraba que era “el deber de las mujeres… hacerse lo más atractivas posible”, un deber que, al igual que Zuckerberg unas ocho décadas después, Gallup parecía pensar que muchas mujeres de su campus no cumplían. El artículo provocó un aumento de la circulación y la misoginia en el campus. “Todas las chicas estaban enfadadas”, recordó Gallup más tarde, pero “desde ese día, el periódico fue leído con entusiasmo”.

El interés de Gallup por llamar la atención y su deseo de descubrir “lo que quiere el público” eran dos caras de la misma moneda. Su tesis doctoral pretendía ser la pionera de una forma “objetiva” de medir a qué partes de un periódico dedicaban tiempo los lectores. Gallup descubrió que a los lectores les gustaba mucho mirar tiras cómicas e imágenes, no las noticias duras que les gustaba proclamar en las encuestas, y pidió al “periódico moderno” que ofreciera más de ambas cosas “para hacerse leer” y volverse más atractivo “desde un punto de vista publicitario”.

En la búsqueda de Gallup de complacer al público, las encuestas eran doblemente útiles: eran un medio para descubrir lo que la gente quería (a pesar de la deshonestidad de los encuestados) y un producto que la gente quería: una forma de periodismo que, como las caricaturas y las imágenes, podía hacer que la política fuera liviana y accesible. 

Hoy en día, ese producto sigue siendo abrumadoramente popular: las encuestas saturan la cobertura electoral, convierten la política en un deporte para espectadores y brindan una ilusión de control sobre fuerzas sociales complejas, impredecibles y fundamentalmente volubles. Eso no quiere decir que las encuestas no tengan usos más allá del entretenimiento: pueden ser un gran activo para las campañas, ayudando a los candidatos a refinar sus mensajes y orientar sus recursos; pueden proporcionar desgloses de los resultados electorales que son mucho más esclarecedores que el recuento general de votos; y pueden darnos una idea (vaga y a veces engañosa) de lo que piensan millones de personas sobre un tema.

Sin embargo, el tiempo de celebrar las encuestas como bastión de la democracia o como medio para acercar a las élites a los votantes seguramente ha terminado. Aun así, la industria de las encuestas sigue en auge por su efecto monetizador y manipulador de masas a la vez que a la democracia no le va tan bien.

La justificación de la industria de las encuestas es que las élites no responden al público en general porque no pueden oír sus voces, y que si pudieran oírlas, por supuesto que las escucharían y actuarían. Pero, hoy en día, a los políticos no les interesa esto, sí que quieren escuchar y lo hacen, pero su intención última es hacerte cambiar de opinión imponiéndote la suya. El resultado es una esfera pública ruidosa, testaruda e impotente, embrutecida por las divisiones sociales y económicas y aún más desilusionada por el descubrimiento de que, en política, hace falta algo más que una voz para ser escuchado.

(FiN) Opinión pública y encuestas

La paradoja del capitalismo

By Petrusvil