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Una Constitución sin libertad política

21/06/2024

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
Tiempo de lectura 6 minutos.
Una Constitución sin libertad política

Una Constitución sin libertad política lo

La Constitución nos fue impuesta solapadamente por un grupúsculo de santificados “padres constitucionales” teledirigidos por los prebostes de los partidos preconstitucionales, y no provino de unas Cortes Constituyentes que establecieran las reglas del ejercicio de la libertad política en una Constitución – esta sí- como debería haber sido al modo de toda democracia formal que se precie como la americana, la británica o la Suiza por nombrar algunas.

A lo largo de este artículo no me verán Udes. mentar al rey, auténtico hombre de paja colocado por las oligarquías políticas para evitar un más que probable rechazo de otra república – hubiera sido la tercera- que hubiera nacido estigmatizada por los desastrosos hechos ocasionados por las dos precedentes.

La Constitución con su Título Preliminar, art. 1 («España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho»: Una socialdemocracia que impregna el obrar político de TODOS los partidos que entran a jugar en el sistema terminando todos – absolutamente todos- comportándose como socialdemócratas y evitando cualquier otra opción política que pudiera originar el buen uso de la libertad política. Es evidente que no puede existir libertad política si sólo hay una opción política, luego está en España no existe, claro.

Pero es que art. 2° da la puntilla a la nación pues «… reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran…» frasecita que deshace la unidad de España, como se ha demostrado al paso de los años. Y, finalmente, se estableció el desarrollo del constructo disgregante de la nación española en el título VIII. Este octavo título fue redactado para vaciar paulatinamente el Estado en las CC.AA.

La Constitución del 78, digo, nuestro régimen Partitocrático del 78, ha obrado, inexorable y metódicamente, en esa dirección en la cual la fuerza centrífuga (separatista) ha superado (desbaratado) a la centrípeta, la unitaria de la Nación, durante 46 años. De la nación española sólo quedan sus restos exangües.

En el artículo 1º, el 2º y el título VIII está todo el meollo de todo el mal que nos acontece. Si bien la Constitución no impone un bloque de competencias concreto para todas las CC.AA., ni para algunas Comunidades Autónomas en particular, sino que deja en principio esa decisión a los territorios interesados (lo ven: deciden ellos, el gobierno central ha sido sólo un mero ente cedente de sus competencias), que la ejercerán sin más condicionamientos que la observancia de las reglas constitucionales sobre reparto de atribuciones. Hay que tener en cuenta que el “condicionamiento” que menciona es fácilmente salvable, como hemos venido observando- con un Tribunal Constitucional sodomizado por los partidos.

¡Ha quedado clarito! Todo está en manos de “los territorios interesados” via estatutaria y de la “negociación” (imposición, más bien) con el Estado de las “nacionalidades” que comercian con sus votos a cambio de la gobernabilidad obteniendo pingües concesiones. Todo lo que han obtenido las CC.AA. ya estaba concedido en el Título VIII de la Organización del Estado. Sólo que, conscientes los partidos del camino federalizante al que conducían, urdieron – así lo establece la Constitución- un proceso menos doloroso, un tránsito persuasivo, adormecedor y, en cierto modo, subliminal; que nos ha llevado a 46 años de vaciamiento del Estado en las nacionalidades. ¿O podemos ya hablar de naciones? Todo se andará.

Una Constitución sin libertad política

Las reglas generales para la distribución de competencias – digamos mejor “cesión sin condiciones”- se contienen en los artículos 148 y 149, que contienen dos largas listas de materias en las que se describen las atribuciones o facultades que pueden asumir las Comunidades Autónomas – casi todo- y las que se queda el estado –casi nada-. A más inri a cada competencia atribuida al gobierno central se le añade el latiguillo de “sin perjuicio de las especialidades derivadas de la organización propia de las Comunidades Autónomas”. Y el toque final de salvaguarda lo da el apartado 3 del art. 149, donde el Estado queda como garante de aquello que no haya sido asumido por las CC.AA. Como si no lo quisieran todo para sí, vamos. El colmo es que, en ese mismo art. se explicita que “El derecho estatal será, en todo caso, supletorio del derecho de las Comunidades Autónomas”.

Es más, como Udes. habrán podido comprobar, lo poquito que le queda al Estado ( Nacionalidad, inmigración, emigración, extranjería y derecho de asilo, Relaciones internacionales, Defensa y Fuerzas Armadas y Administración de Justicia) ya ha venido siendo objeto de canibalización por parte de País Vasco y Cataluña mientras las demás se ponen sistemáticamente a la cola, como pajaritos hambrientos, para reclamar lo mismo. A la vuelta de unos pocos años todo estará cedido.

Así pues, tenemos lo que sistemáticamente hemos legitimado con nuestros votos, dándole carta blanca a la partitocracia y a los nacionalismos. El plan era desgajarmos en mil patrias mediante un engaño sistemático y continuado durante 46 años.

Toda esta retórica liberal falsaria que apela a la democracia – se llenan la boca con su superioridad moral “en democracia …-, al Estado, a la Constitución, a la ciudadanía y a los derechos individuales, pero nunca a la nación; que minusvalora o niega la naturaleza humana con su necesidad de identidad y pertenencia; que pretende aplicar en España un enfoque ilusoriamente post-nacional que en realidad tiene mucho de chovinismo anglosajón y que sirve solo para naciones que, sitas en su mejor momento no necesiten defender su propia continuidad (si es que las hay), es todo ello una confusión entre causas y consecuencias,…

Porque ese nacionalismo sin nación, sin vértigo patriótico, cívico, ilustrado, universalista, descafeinado, pasteurizado, sin sal y sin azúcar, homeopático, no es el que un país en momentos de crisis y fragmentación necesita: no moviliza a la gente, no ocupa el lugar que los nacionalismos periféricos están encantados de monopolizar por incomparecencia del rival. No hay un plan común que conduzca a la nación sino un robo desatado de las competencias de la misma, es decir, no hay futuro unitario posible con finalidad propia.

Los nacionalismos imperantes en España morirían entre estertores cuando hubieran conseguido la independencia, por eso la rehuyen, no la quieren, aunque nos vendan lo contrario, por eso digo que el fin último es una federalización que conceptualmente no tiene sentido porque no nace de la unión de naciones con un fin común. Si no existen los sujetos fundantes la federalización es un fraude. Ya veremos como lo resuelven imaginativamente -ironía- cuando llegue el momento.

Una Constitución sin libertad política

Lo que ahora requiere España es volver a un nacionalismo centrípeto y soberanista de buena graduación alcohólica que pegue fuerte en la sesera del españolito de a pie. ¡La ocasión lo merece!»

Hay gente que tiene la CE78 incrustada en el cerebro. Cree que es buena per se pero que se usa mal. Cualquier Constitución que permita que se mal use porque no tiene controles – como los tiene la Constitución americana- y que no esté basada en el libre ejercicio de la libertad política es un espanto y un fraude. No hay separación de poderes: El ejecutivo controla al legislativo y judicial. Ya he dicho muchas veces que la alabada Transición nos ha conducido a una dictadura de partidos o partitocracia. La Constitución es la soga que ahoga la nación – nos ahoga- cuando tiran de ella los partidos.

A todo ello hay que añadir que todo esto ha supuesto un crecimiento elefantiásico del Estado, un sistema extractivo de rentas privadas y una economía de corte keynesiano y monetarista basada en el gasto, el endeudamiento nacional y en la impresión sistemática de dinero por el BCE. Nos llevaron a la CEE – desmontadora de naciones por fuera-, a la OTAN –“de entrada no”- poniéndonos bajo la batuta anglosajona y a las nacionalidades desmontadoras de la nación por por dentro.

Política economía y corrupción

By Petrusvil

La Constitución setentayochera ha permitido la partitocracia y la hipoteca contínua y creciente de los nacionalismos que son todos, en sí, corrupción y esto es, simple y llanamente, porque no hay libertad política. Todo para la clase política en forma de oligarquía de partidos que toma para sí toda la libertad política – de hecho no existe para el españolito porque no sabe ni lo que significa ni como se ejerce- y no deja nada para el pueblo.

Todo lo hurtado por nuestra Constitución del 78 debería corresponder al ciudadano y a la sociedad española, y sólo saldremos de esta maldada alucinación colectiva si luchamos para que nos devuelvan la libertad política que nos sisaron en 1978..

 (FiN)

La Constitución transmutó un régimen autócrata en partitócrata

By Petrusvil