
Política, economía y corrupción
En estos tiempos postmodernos y convulsos la política, la economía y la corrupción están pergeñando un sistema extenso y totalitario. (Política, economía y corrupción)
La primera lección de economía, y quizás la única, que debería aprender un político sería la que explica como los incentivos perversos que provocan las subvenciones, subsidios, y legislaciones «ad hoc» llevan ineluctablemente a la corrupción pública y privada. Su consecuencia directa es sesgar y/o manipular las decisiones de los individuos y las empresas mediante estos incentivos cuando sus decisiones deberían ser sólo producto de la libre acción humana y del libre mercado. Pero claro, sus señorías se agarrarán al clientelismo privado y empresarial, a los lobbys, a las minorías, a todo aquello que genere votos, poder, influencia y, cómo no, dinero. Cada legislación acometida por los Estados lleva aparejado su crecimiento cancerígeno, el clientelismo y el desvío de gran parte del dinero del presupuesto habilitado al efecto hacia todos los actores concurrentes, incluídos, como no, los políticos. Este comportamiento execrable sólo -lo digo bien alto- sólo es posible si no hay democracia..

La corrupción sólo aparece cuando no hay democracia. Esto es: Cuando no hay elecciones a distritos uninominales de diputados para el colegio legislativo y elecciones presidenciales al poder ejecutivo a segunda vuelta. Cuando no hay mandato imperativo de los electores sobre el diputado, cuya función electa es revocable por sus electores en caso de incumplimiento. Cuando hay consensos porque conculcan la voluntad del elector y cuando no hay separación de poderes; entonces no hay poder representativo de la sociedad, es decir, no hay democracia formal. La absorción del Poder Judicial por parte del ejecutivo que ya había absorbido previamente al legislativo – de eso va la oligarquía de partidos- conlleva la perdonanza «legalizada» de todos los corruptos.
Añadamos, porque esto es nuevo, cuando esta nueva «dictadura democrática» – perdón por el oxímoron- decide lo que es o no políticamente correcto alienando el razonamiento crítico del ciudadano. Hay en el túrbido ambiente de inicios de siglo un cedazo que tamiza el pensamiento libre, una obligación de hablar bien de esto y mal de aquello, propiamente un «ministerio de la verdad«.
Ítem más, la imposición del absurdo teorema de que lo que decida la mayoría es lo mejor. O este otro, que tan novedosísimo él, nació con el siglo, que la minoría debe imponer su visión a los demás para ser respetada (discriminación positiva); no puedo contenerme en afirmar que ambas aberraciones son totalitarias.

Hay una gran diferencia entre tratar a los hombres con igualdad e intentar hacerlos iguales. Mientras lo primero es la condición de una sociedad libre, lo segundo implica, como lo describió Tocqueville «una nueva forma de servidumbre»
Fiedrich Von Hayek
Y queda más, las novedades más peligrosas de todas las que han engendrado las clases dominantes de hoy, verbigracia políticos, la democracia de la opinión pública un constructo pseudocientífico que yo llamo la «estadística parlamentarizada» que diseña o adapta la legislación en función de las estadísticas de opinión. Y, por último la imposición colegiada de los expertos – que las más de las veces se usan como justificación de la acción política-. Esto deviene en la opinión sesgada hacia los deseos del poder por parte del subvencionado, de la cohorte de «asesores especialistas» nombrados a dedo, en definitiva, de todos aquellos que medran a costa del presupuesto público –el incentivo más perverso de todos-. Todo esto que acabo de comentar constituye, algo así, como el nuevo oráculo de Delfos que justifica y/o promociona las creaciones totalitarias de los Estados y sus entes.
¿Y quién es hoy el poder fáctico que ha sobrevivido a todos los poderes que hubo en la humanidad?: El Estado. La nueva iglesia de todos los pueblos repleta de dogmas, como ese tan artero de la culpabilización del hombre. Tan religioso y beato, como laicista. La ley que deviene de la dictadura parlamentarizada, ese atroz invento del derecho positivo, se convierte en una suerte de moral dictada por los Estados. Su catequesis, a través de los medios de comunicación – otros que viven de la subvención- es continua, omnímoda e insalvable para el común de los mortales.
Incluyamos – no, no se me escapen por los márgenes- todas las estructuras intranacionales y supranacionales que – válgame Dios- son infinitud y cuelgan presupuestariamente de los Estados y de las aportaciones de los grupos o personajes de poder económico, que son las que deconstruyen la civilización tal como la conocemos y las que implantan los nuevos órdenes morales. Y esto lo llevan a cabo por la puerta de atrás. Todos estos entes con sus gestores, no elegidos democráticamente sino nombrados a dedo por los Estados, diseñan y construyen mecanismos ideológicos y nuevos constructos civilizatorios que vierten sobre los Estados asumiendo, estos, lo que de manera tan antidemocrática les llega por filtración. Esta nueva tiranía múltiple y colusiva se constituye y obra al margen de los deseos del pueblo soberano.

El Estado y sus entes son, hoy en día, los garantes de la alienación y la servidumbre del hombre moderno. Nadie debería llamarles para arreglar nada ni para garantizar nada.
Pero hoy ocurre que, no sólo existe y se tolera la corrupción pública y privada, sino que esta es usada como un mecanismo de imposición totalitaria. Los Estados, sus entes y los grupos de poder compran voluntades de los políticos, de los ciudadanos y de las empresas; además de atraerse las simpatías de las ideologías que campan insidiosamente en nuestros días y de las minorías de clase victimada y manipularlos a todos para sus propios fines.
A este extenso proceso corrupto se han añadido interesada y voluptuosamente las grandes corporaciones, principalmente: las Farmacéuticas, las Big Tech, las Energéticas, los Bancos y los Mass Media. Estados y Corporaciones compran las voluntades de políticos, de científicos, investigadores, médicos, profesores, militares, etc. en un proceso mercantil perverso que se retroalimenta a si mismo y cuyo único objetivo es el poder y la dominación de los ciudadanos.
Mi entrada sobre la corrupción en el capitalismo. By Petrusvil
(FiN)
Entrada actualizada a 17 de julio de 2024
By Petrusvil
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