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El escritor: La llamada del otro

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
17/12/2021
Tiempo de lectura 3 minutos.
El escritor: La llamada del otro

Yo escribo lo que un desconocido en mi interior me dicta, por eso me gusta volver a leer lo que escribo, porque siempre es nuevo a mi vista y siempre algo nuevo me aparece donde parecía todo dicho… ( El escritor: La llamada del otro )


No tengo luces sin sombra
ni sigo renglones derechos
pero mi pulso no zozobra
en los márgenes estrechos
No vacilo en la prosa
ni dudo en mis versos.
Aunque libertad me sobra
y escribo tal como siento,
al volver a leer mis obras
acaso, a veces, tiemblo
¿de dónde salió tal cosa?
¿Por qué se me asemeja nuevo?
¿Cómo llegué a esa forma?
¿De qué manera imaginé ese verbo?
Es búsqueda infructuosa
explicar ese advenimiento.
Solo sé que de mí aflora
como algo divino y cierto.
Está en mi fiebre creadora
y a fuerza de divagar lo enebro:
Será obra de Dios, el verso,
la rima, el ritmo y la prosa.
Lo que escribo lleva su impronta,
su Amor y su Sello.
Él me lo da y yo se lo devuelvo
como buenamente puedo.

Pedro Villegas / Japalpilpa

Ante mi mesa de trabajo, delante del escritorio, pienso que soy un hombre que no oye y que quiere oír, o un ciego que no ve y que desea ver. Oir mi voz que relata algo nuevo. Ver al papel antes blanco, sin preñar, convertido en el relato o la poesía recién volcado desde mi imaginación. Al escribir, una y otra vez me equivoco de camino, pruebo palabras y frases, rimas y versos, e insisto con perseverancia en el convencimiento de que, finalmente, saldrá como yo quiero. Es tan agotador como, a la vez, elevado impulso.

Nadie me puede desviar, y yo mismo menos que nadie. Nada me aparta de la idea que embarazó mi inspiración, pero en crearla hay muchos caminos recorridos de vuelta, después de la ida y vueltos de nuevo a empezar; hay muchos hilos narrativos o poéticos que una vez desmadejados, totalmente desplegados en toda su posible extensión, los corto por unos sitios, desechando algunos y recomponiendo otros. El trabajo de escritor es una de la tareas más agotadoras que conozco. Hércules, se me antoja, lo tuvo fácil comparado con nosotros.

El escritor: La llamada del otro

Lo habitual es que me siente ante mi mesa y escriba con gran dificultad algunas frases – eso con suerte-, unas diez o quince líneas que consigo arrancarme de mi mismo, como si me arrancara partes de mi alma, desbrozándolas como si de la mena de una mina se tratara. El esfuerzo es ímprobo y extenuante porque mirarme por dentro además de invasivo es lacerante pero es agradecido, lleva a un gozo extraño, eufórico una vez terminado. Como el parto es para la parturienta un dolor infinito recompensado con el llanto que anuncia una vida nueva, la de su nuevo hijo, una alegría tan sin medida como el dolor que antes sintió.

Suelo prolongar en demasía el trabajo por el miedo a que, al dejarlo, una vez se ha acabado el día, al nuevo amanecer no encuentre el camino en donde lo dejé. Esas primeras frases – las más dificultosas – son continuación de lo que había escrito la víspera, cuando tuve que detenerme en un momento que creí prometedor o fructífero. Siempre procuro, por ello, dejar todo en un lugar en el que yo presintiera que sería más fácil volver a poner la máquina en marcha en la siguiente reanudación, porque aún conservaba un reservorio de inspiración con el que, la relectura de lo último escrito, hiciera de catalizador para inflamar mi química creadora de nuevo.

Los momentos más duros acontecen cuando hay que empezar un libro, un escrito o una poesía nuevos. Entonces no hay ni idea, ni guión que haga de guía, ni frases antecedentes. Es el momento de mayor dificultad: no hay ningún plan, es necesario comenzar colgado del vacío, sobrevolando la nada. Después de un tiempo indefinido, a veces con intervalos de búsqueda o desatención, algo sucede. ¿Qué? Yo lo llamo «la llamada del otro”.

El escritor: La llamada del otro

No sé de donde sale, ni si soy yo. Tal vez sea la musa de la que hablaron muchos poetas, pero no es una musa, soy yo. Yo en otro estado, como si fuera otro estado cuántico. Como si Dios me susurrara al oido. Yo y el otro que aparece de improviso y me llama, y empieza a hablarme en mi cabeza. Parece como un truco de magia que abre una trampilla escondida y aparece lo que nos conecta a un estado de febril creatividad. Las dificultades desaparecen y la mano, que hasta entonces vacilaba, corre con alegría por el papel, las palabras surgen virginalmente situadas y la rima labra los versos como un arado sobre un fértil campo que poblarán los girasoles.

¿Quién me guía? Si lo supiese sabría el secreto de la creación literaria, pero sin ese abrirse la trampilla que me conecta con el otro yo no habría podido escribir nada. Nada de nada.

Cuando escribo debo obedecer al hombre que me habla y al que no puedo distinguir. Si el extraño se obstina en guardar silencio, y escribo a pesar de todo, lo que he escrito no vale nada. Pero si permanezco quieto, siendo un profundo descorazonamiento, sufro por mi frustrante inacción, y entonces un desasosegante desánimo de que ya no tendré nunca nada que decir me invade. Jamás. Pero vuelve una mañana en la que voy presto, con la prisa del bendecido por la idea, a mi mesa de trabajo, y el acontecimiento lírico surge, con frecuencia poco después de una crisis del espíritu. Tanto que a veces pienso: Sin crisis no hay creación, sin dolor no hay obra,

El escritor: La llamada del otro

FiN

Tener sexo con las palabras

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