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Detesto el último domingo de octubre

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
01/11/2021
Tiempo de lectura 2 minutos.
Detesto el último domingo de octubre

Está uno echando de menos el verano, el calorcito, la playa y la cervecita en el chiringito. Hace dos meses que pasó el tiempo ocioso de la vacación y poco a poco, al ritmo que marca la sabia naturaleza,;los días se van volviendo más cortos y las noches, que se reparten con ellos las veinticuatro horas;que tiene el día, se hacen más largas ( Detesto el último domingo de octubre )

El ritmo estacional es delicado con los seres vivos de los cinco reinos: Animal, Vegetal, Fungi, Protoctista;( eucariotas –células) y Morera (Procariotas -arqueas y bacterias). Los cambios estacionales son paulatinos y se producen a un ritmo cuasi imperceptible.

Pero hete aquí que el ser que está en la cúspide de los seres vivos se empeña en hacer las cosas a su manera,;unas maneras extrañas, hasta rudas, para la naturaleza. Alguno de estos enhiestos homínidos que caminan antinaturalmente de pie;se le ocurrió la peregrina idea de cambiar la hora supuestamente para ahorrar energía sin tener encuenta los perniciosos efectos que tiene sobre sus congéneres. Eso si, los demás seres normales del reino animal siguen a sus cosas y a su ritmo. El gallo seguirá kikireando cuando amanece, como Dios manda claro, no según la hora abruptamente modificada por el hombre,

No, no voy a entrar aquí en la eterna discusión de si es verdad;que ahorra o no sirve más que solo para joder al personal. Pues para mí este asunto, revirando la conocida frase peliculera del “no es personal, sólo negocios”;en lo que para mí es un asunto que me llega hasta el tuétano vital: Para mí si que “es personal” , nada de “sólo negocio”.

Detesto el último domingo de octubre

A mí ese cambio de hora me supone un problema muy gravoso,;muy serio y en serio me lo tomo como todo lo que afecta a mi calidad de vida. Que te quiten o te pongan una hora al día me origina un síndrome “post cambio de horario” que me dura varios días. Mi cuerpo y mi mente se rebelan por cambiar caciquilmente,;sin justificación científica desmostrada, mi ritmo vital al modo de sopetón alevoso, lo tomas o lo dejas.

Ahí están las discusiones de todos los años sobre si sí o sobre si no que a mí se me asemejan mucho al asunto del “cambio climático” quizás;porque llevan la misma palabreja adosada “cambio” y porque tampoco está demostrado científicamente sino que, más que nada, ambos, constituyen un dogma de fe.

La medida se toma a golpe de decreto y más aun, peor que subrepticiamente, con premeditación y alevosía; pero lo que serían graves agravantes en un proceso judicial aquí se aceptan manadilmente;conculcando gravemente mi sagrado ritmo vital, sin que haya juez valeroso y justiciero que ose juzgarlo con la severidad requerida.

De los dos cambios de hora, uno en cada equinocio – mas o menos- particularmente me incomoda sobremanera el de otoño. Me jode, para entendernos. Como explicaba, estando yo amoldándome como cualquier animalillo de Dios, de una manera natural,;al cambio de estación, van y me sueltan de sopetón el cambio de hora y de repente,;de la noche a la mañana, ya es “invierno” y se encienden las luces de Navidad – que esa anticipación consumista también es cosa del bípedo-. Y eso deprime, claro que deprime, más que el de primavera que, al fin y al cabo es un cambio hacia la luz y la vitalidad; pero este es un cambio hacia la oscuridad, hacia el frío, hacia la titiritante invernalidad.

Cuando era joven para mí, como para los jóvenes actuales, era maravilloso “ganar una hora a la juerga”, uno es tan vital y ufano a esas edades que el cambio ni lo nota; se está a otra cosa más que para estos incordios de los adultos. Pero para los mayores, más sensibles y menos alocados, con menos hormonas disparadas – bueno ya casi sin hormonas-, no es ganar una hora sino perder una estación completa, así lo vemos. Para nosotros, debido a esta descalabrante idea, el invierno se nos hace «cincomesino».

La primera tarde del día siguiente a los execrables hechos del «atraco», ¡perdón!, del atraso de la hora es la más deprimente de mi ciclo vital anual. ¿Cómo que ya es de noche? ¡Pero si ayer era aun de dia! Es como si me arrancaran de cuajo la ya escasa vitalidad que aun perduraba del verano y me llevaran preso con grilletes en las manos y en los pies a encerrarme en el calabozo del puto, oscuro y helado invierno. Me han robado el otoño con premeditación, nocturnidad y alevosía. Señor juez, haga algo.

(FiN) Detesto el último domingo de octubre

FiN

Invierno energético

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