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Palacio de Nimrod | Layard – Asiria (II)

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
19/10/2021
Tiempo de lectura 19 minutos.
Relieve mural asirio, detalle de panorama con caza real.

Austen Henry Layard nació en 1817 en el seno de una familia de banqueros y diplomáticos británicos.La vida de Layard se asemeja a la de Botta y Rawlinson: aventureros de corazón, eran hombres de prestigio, científicos de categoría y, al mismo tiempo, hombres abiertos al mundo, seguidores de la política y dotados del don de gentes. (Palacio de Nimrod | Layard – Asiria (II))

Tabla de contenidos

Palacio de Nimrod | Layard – Asiria (II)

El sueño de las “Mil y una Noches”

Su predilección por Oriente, por el lejano Bagdad, por Damasco y Persia tiene su origen en un sueño de juventud. A los veintidós años trabajaba en la oscura oficina de un abogado londinense; pero, ante esa perspectiva de vida acomodada pero monótona, él decidió dejarlo todo en 1839 y salir en pos de su sueño.

Así como el sueño juvenil de Schliemann había sido sugerido por la lectura de Homero, el de Layard fue el de las «Las mil y una noches«. Pero Layard no podía esperar como esperó Schliemann y lleno de impaciencia y entusiasmo emprendió camino sin blanca, hacia la tierra de su sueño; donde esperaba más de lo que le prometían los cuentos que leía. Y en una lucha constante alcanzó glorias y honores y, paso a paso, alcanzó el triunfo.

Layard, ya en su juventud, aprendió todo lo que podría ser útil para la realización de sus viajes al país de sus ensoñaciones. Cosas útiles y prácticas como: el uso de una brújula, la determinación de lugares topográficos, por medio del sextante y otros instrumentos de medición geográfica. Además de los tratamientos para enfermedades infecciosas y tropicales, y primeras curas en caso de heridas; y por último pero no menos importante, un cierto conocimiento de la lengua persa así como sobre el país, y la gente de Irán e Irak.

Palacio de Nimrod | Layard – Asiria (II)

Primer viaje por la tierra de las colinas

Iniciaba así su primer viaje a Oriente. Pronto demostró una capacidad poco común entre sus excavadores coetáneos, como excavador como hombre capaz de comunicar, escribiendo brillantemente, los resultados de sus trabajos. Pero dejemos que sea el propio Layar el que nos narre su viaje:

Asia Menor y Siria

«En el otoño del 1839 y el invierno de 1840 viajé por Asia Menor y Siria. Me acompañaba un hombre que tenía tantas ansias de aprender como yo. Ambos despreciábamos todo peligro, cabalgábamos solos, sin más protección que nuestras armas; la mochila atada a la silla de montar era todo nuestro equipaje. Y si la hospitalidad de los habitantes de aquel pueblo turcomano o una tienda árabe nos daban albergue, nosotros mismos atendíamos a nuestros caballos. Así, pudimos mezclarnos con el pueblo».

«Con alegría en aquellos días felices cuando, al rayar el alba, abandonábamos la modesta choza o la agradable tienda. Y, siguiendo por donde más nos placía, llegábamos, a la puesta del sol, junto a alguna vieja ruina donde un árabe nómada había levantado su tienda. O a algún pueblo en ruinas que ostentaba un nombre todavía famoso…»

«Sentí un irresistible deseo de penetrar en los parajes de la otra orilla del Éufrates, que la Historia y la tradición señalan como cuna de la sabiduría de Occidente. La mayoría de los viajeros experimentan este deseo de cruzar el gran río y explorar la región que en el mapa aparece separada, en las fronteras de Siria, por el inmenso espacio blanco que se extiende desde Alepo hasta las orillas del Tigris. Sobre Asiria, Babilonia y Caldea reina aún la más profunda oscuridad ». .

«Con estos nombres se relacionan grandes naciones y las sombras de la historia de grandes ciudades; entre gigantescos restos de piedra, en medio de los desiertos;, que por su soledad y por la ausencia de toda forma y de vestigios vivos se resisten a las descripciones del viajero, grandes tribus nómadas, según lo anunciado por los profetas,;andarían errantes por el país, por esas inmensas llanuras, que tanto judíos como paganos consideran la cuna de su tribu».

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Llegada a Mosul

«El 18 de marzo abandoné Alepo con mi compañero. Aún seguimos viajando sin guía ni criado alguno. El 10 de abril llegamos a Mossul (Mepsila). Durante nuestra estancia en esta ciudad visitamos con frecuencia las grandes montañas de piedra situadas en la orilla oriental del río; generalmente consideradas como las ruinas de Nínive. Cabalgamos también hacia el desierto y examinamos la colina Kalah Shergat, enorme montaña de piedras situada a orillas del Tigris, a unas cincuenta millas de su confluencia con el Zab.

En el trayecto nos detuvimos en el pequeño poblado de Hamun Alí, a cuyo alrededor se encuentran aún las huellas de una ciudad antigua, donde pasamos la noche. Desde la cumbre de una altura artificial divisamos una amplia llanura de la que solamente nos separaba el río. Una serie de elevadas colinas, una de las cuales, de forma piramidal, superaba a las otras, limitaba esta llanura por el Este».

«Por su situación no era difícil identificarla: era la pirámide que Jenofonte había descrito, y en cuyas proximidades los Diez Mil plantaron sus campamentos. Aquí las ruinas eran idénticas a como las viera veintidós siglos antes el general griego, y ya entonces eran las ruinas de una ciudad antigua. La tradición recogida se refiere al origen de la ciudad cuya fundación se atribuye a Nimrod, nombre que aún llevan las ruinas, relacionándolo con los primeros padres del género humano».

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La leyenda de las figuras extrañas bajo las ruinas

No fue posible a Layard examinar inmediatamente más a fondo las misteriosas colinas, cargadas de tal pasado. Pero le fascinaban y daba vueltas alrededor de ellas una y otra vez, como el avaro da vueltas a una caja cerrada. Siempre habla de ellas en sus narraciones e intenta presentarlas con palabras cada vez distintas:

Palacio de Nimrod | Layard - Asiria (II)
Un rey asirio parte para la guerra.

«Una gigantesca masa informe, ahora cubierta de hierba, que no presenta en ningún sitio huellas humanas, excepto allí donde las lluvias invernales han formado,;en los costados, abismos cortados a pico, que ponen al descubierto su contenido». Y una página más adelante: «El viajero no es capaz de señalar comparativamente una forma que dé idea de estos montones de piedra y tierra que tiene ante sus ojos».

Comparaba el paisaje y las ruinas que había visto en Siria con lo que se veía aquí. «El lugar de la cornisa o del capitel ricamente esculpido, medio cubierto por una abundante vegetación, es sustituido aquí por este montón oscuro de tierra informe que se destaca como una colina en la llanura abrasada por el sol».

«Entre los árabes circulaba una leyenda según la cual bajo las ruinas había figuras extrañas, talladas en piedra negra; pero durante la mayor parte del día estuvimos ocupados en la exploración de los montones de tierra y ladrillos que cubrían gran parte de la orilla del Tigris, pero las hemos buscado en vano».

Y finalmente resumía: «Estos inmensos montones de tierra que se hallan en Asia me impresionaban más; me hacían reflexionar más seriamente que los templos de Balbek y los anfiteatros de Jonia».

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La cuna de la humanidad

Había una colina que le intrigaba especialmente por su magnitud, su extensión y, en suma, por el nombre del lugar cuyas ruinas surgían a sus pies. Un nombre conocido que le parecía tener una relación directa con la «cuna de la humanidad»; como él mismo había descrito: el Nimrod de que nos habla la Biblia.

Dice el capítulo X del primer libro de Moisés: Cus, hijo de Cam, cuyo padre se llamaba Noé y que con tres hijos, sus mujeres y toda clase de animales puros e impuros empezó a engendrar de nuevo, después del gran diluvio, tras muchas generaciones de los hombres, éste fue quien engendró a Nimrod. Desde tiempos antiguos la tradición ha considerado a Nimrod como el constructor de la Torre de Babel.

Pasaron casi cinco años para que pudiera volver

¡Sesenta libras esterlinas!

Pero Layard tenía que volverse por donde había venido. El dinero que llevara para el viaje lo había gastado; en vista de lo cual se trasladó a Constantinopla, donde le presentaron al embajador inglés, sir Stratford Canning. Día tras día le hablaba, cada vez con más insistencia, de las colinas misteriosas que había cerca de Mossul; mientras, habían despertado ya la atención general los hallazgos de Pablo Emilio Botta cerca de Korsabad.

Las elogiosas descripciones de Layard y su entusiasmo impresionaron por fin al embajador. Y un buen día —habían pasado cinco años desde el primer viaje de Layard,; y Botta estaba ya en el apogeo de sus triunfos cerca de Korsabad—, sir Canning regaló a Layard, que entonces contaba veintiocho años, sesenta libras esterlinas. ¡Sesenta libras! Verdaderamente, poco era para los ambiciosos proyectos de Layard, que iban más lejos de lo que Botta había conseguido; pero Botta podía contar con la ayuda del Gobierno francés, ya que tenía un puesto oficial en Mossul.

El 8 de noviembre de 1845, Layard bajaba en barca por el Tigris para empezar las excavaciones en la colina de Nimrod. Y llegando allí, no sólo le deprime la falta de dinero, sino que se enfrenta con dificultades de otra índole. Habían trascurrido cinco años, y cuando Layard atracó su barca, encontró un territorio en plena revolución.

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La revolución con la que se encontró Layard

Después de una gran matanza perpetrada por el bajá, un sádico sátrapa, el país se indignó y levantáronse todas las tribus de la comarca que comprende las estepas próximas a Mossul. Aquella lucha se desarrollaba de una manera muy particular. Incapaces de hacer una revolución organizada, oponían el pillaje al pillaje y no había seguridad en ningún camino ni para ningún extranjero. En tales circunstancias desembarcó Layard con la intención de excavar la colina de Nimrod.

La situación del país no podía ocultársele por mucho tiempo a Layard. Al cabo de unas horas, comprendió que en Mossul no debía revelar sus proyectos; Por lo cual adquirió una escopeta pesada y una lanza corta y contaba a cuantos querían escucharle que iba al valle a cazar jabalíes.

Pocos días después alquiló un caballo y marchó en dirección a Nimrod, encaminándose directamente al poblado próximo, donde acampaba una bandada de beduinos.

De improviso dio un paso gigantesco. Antes de que llegara la noche de aquel mismo día, se había ganado la amistad de Awad, jefe de la tribu cuyas tiendas estaban más próximas a la colina de Nimrod. Más aún, el beduino puso a su disposición seis indígenas que mediante un reducido jornal le ayudaron desde la mañana siguiente a descubrir lo que pudiera contener el «vientre de la montaña».

Aquella noche, en la tienda, seguramente no consiguió pegar ojo. A la mañana siguiente vería si la suerte le acompañaba aún. Al día siguiente o al cabo de meses… ¿No había estado Botta excavando inútilmente durante un año entero?

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Palacio de Nimrod | Layard - Asiria (II)
Recreación del Palacio de Nimrod

El sueño de las mil y una noches a la vista

Los palacios Asirios en venticuatro horas

Lo cierto es que, al cabo de veinticuatro horas, Layard había clavado ya la piqueta en los muros de dos palacios asirios.

Apenas hubo salido el sol, se hallaba trabajando en la colina. Iba de un lado a otro, descubriendo por todas partes ladrillos con inscripciones semejantes a improntas de sellos. Awad, el jefe de las tribus de beduinos, llamó la atención de su amigo sobre un trozo de placa de alabastro que sobresalía del suelo; y este hallazgo resolvió el problema de dónde se debía excavar. Lo primero que encontraron a las pocas horas fueron unas placas de piedra colocadas verticalmente. Habían hallado un trozo de zócalo de los llamados ortostatos, es decir, el lujoso revestimiento de una estancia cuya riqueza decorativa solamente podía corresponder a un palacio.

Layard dividió su pequeño grupo. Para evitar el peligro de pasar por alto un lugar de hallazgos más rico, y con la esperanza de encontrar muros que estuvieran completamente intactos,;ordenó que tres de sus hombres se pusieran a remover un lugar completamente distinto de la colina. Y otra vez su pico actuó con la fortuna de una varita mágica. Al instante tropezó con un muro recubierto con placas de relieves separado por un friso de inscripciones. Había dado con el ángulo de un segundo palacio.

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El primer ortostato asirio

Para darnos perfecta cuenta de la índole de algunos de los hallazgos que Layard hizo en el mes de noviembre, veamos lo que él mismo nos dice al describir uno de estos ortostatos adornados con relieves:

«La escena representa un combate, y en él se ven dos carros tirados por caballos al galope; en cada carro se ven tres guerreros, el principal de los cuales no lleva barba y probablemente es eunuco. Esta figura iba revestida con una armadura completa de chapas metálicas. Tenía la cabeza cubierta con un casco puntiagudo, cuyo adorno se parecía al de los antiguos normandos. La mano izquierda sostenía el arco con firmeza, mientras que la mano derecha tendía la cuerda con una flecha dispuesta para disparar. Llevaba también una espada en su vaina y la empuñadura estaba graciosamente adornada con las figuras de dos leones » .

« En el carro, el conductor va incitando con las riendas y el látigo a los caballos. Y un hombre se protege de las flechas del enemigo con un escudo redondo; dicho escudo seguramente sería de oro batido. Lleno de asombro, contemplaba yo la elegancia y la riqueza de los adornos; el dibujo fiel y delicado de los miembros y de los músculos. Todo lo cual se expresaba en el armonioso grupo de las figuras, en la maestría de la composición en general».

Palacio de Nemrod | Layard - Asiria (II)

Innumerables reproducciones fotográficas han divulgado hoy día estas esculturas; mas cuando Layard las admiraba entre su puñado de árabes, sólo Botta había llevado a París algunos dibujos. Aquellas imágenes constituían, pues, una novedad; novedad llena de emoción para quien las sacaba de la tierra y podía librarlas del polvo milenario.

La oscuridad que hasta entonces reinaba en el país de los dos ríos terminó bruscamente: en 1843, Rawlinson estudiaba en Bagdad el desciframiento de la inscripción de Behistún. En el mismo año, empezaba Botta sus excavaciones cerca de Kuyunjik y Korsabad, y en 1845 exploraba las ruinas de Nimrod.

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La importancia del trabajo realizado en esos tres años se refleja en la comparación siguiente: sólo la inscripción de Behistún nos transmitía conocimientos mucho más exactos sobre los príncipes persepolitanos que todos los hasta entonces recibidos por los textos de algunos autores griegos y romanos.

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Litografía del Noroeste del Palacio de Asurbanippal

El bajá pone en peligro las excavaciones

Pero un déspota no sólo tiene las orejas grandes, sino que las tiene a miles, y sus sentidos se ven multiplicados por los sentidos de todos sus subordinados, para los cuales es un dios al que sirven con temerosa voluptuosidad. En efecto, no tardó mucho el bajá en preocuparse de Layard y sus excavaciones. Un buen día, se presentó allí un capitán con algunos soldados. Hizo una inspección formularia a las trincheras abiertas por Layard, miró las esculturas que habían extraído y se dio por enterado de los indicios de oro que aparecían en algunas partes. Y por último, ceremoniosamente, el capitán entregó una orden a Layard, según la cual se le prohibía seguir las excavaciones. Puede uno imaginarse el efecto que tal contratiempo produjo a Layard. Montó a caballo, marchó a Mossul al galope, y pidió inmediatamente audiencia al bajá.

Le fue concedida, y allí su ardor quedó amortiguado por la brillante ambigüedad del oriental. Con gesto teatral, el bajá aseguró que, naturalmente, él haría todo lo posible por ayudar a Layard, a quien tanto admiraba y por cuyo pueblo tan entusiasta amistad sentía; repetidas veces rogó que le considerase amigo por toda su vida, hasta que Alá le llamara a sí; pero eso de seguir excavando allí era imposible, porque aquel lugar era sagrado por tratarse de un antiguo cementerio. No había más que observar detenidamente aquel lugar para encontrar viejas lápidas sepulcrales; por todo ello, los trabajos de Layard constituían un sacrilegio, lo que le colocaba en gran peligro ante los buenos creyentes, que sin duda le atacarían y se sublevarían contra él mismo por protegerle, por lo cual, sintiéndolo mucho, no podía concederle tal favor.

Aquella visita fue humillante, y lo que es peor, la humillación no había servido para nada.

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Don de gentes, astucia y algo de buena suerte

Por la noche, cuando Layard meditaba sentado ante su tienda, se daba cuenta del riesgo que su trabajo corría. Al volver de la entrevista, marchó inmediatamente a la colina para comprobar si era cierta la afirmación del déspota, si allí se veían lápidas mahometanas. Y, para su sorpresa, halló que era cierto. En un lugar algo apartado encontró la primera lápida, lo que le puso de muy mal humor.

Sin haber adoptado decisión alguna, y sin examinar más detenidamente tales lápidas, se acostó, que era justamente lo que no hubiera debido hacer. Si en vez de dejarse ganar por el desaliento hubiera extremado su vigilancia, habría podido observar un grupo de personas que con todas las precacuciones de sigilo posibles, aunque no suficientes, se dirigían hacia la colina de Nimrod. Durante dos noches consecutivas repitieron su clandestina excursión. ¿Serían ladrones, como en Egipto? Pero si lo eran, ¿qué hubieran podido robar allí, donde el botín consistía solamente en pesadas esculturas de piedra?

Layard tenía un encanto personal extraordinario, y sin duda era maestro en esta cualidad llamada don de gentes. Al día siguiente, por la mañana, cuando se dirigía a la colina, encontróse con el capitán que le comunicara la orden de prohibición; habló con él y al punto se ganó sus simpatías. Sin esperar más, el capitán le habló confidencialmente informándole que él y sus hombres habían tenido que trabajar durante dos noches, por orden expresa del bajá, trasladando a la colina, de los pueblos próximos, todas las lápidas funerarias que pudieron.

Antes de que Layard pudiera aprovechar aquel precioso informe, se resolvieron sus dificultades de modo totalmente inesperado. La segunda visita al bajá no fue ya en el palacio del déspota, sino en la cárcel. ¡En la cárcel, sí, donde el bajá se hallaba! El destino, piadoso, hace que pocos déspotas vivan muchos años, y en este caso adelantó la caída en desgracia del bajá, que por rara excepción tenía que dar cuenta de sus actos. Layard le encontró en un calabozo donde goteaba la lluvia.

La caída del déspota trajo como consecuencia para Layard la libertad de continuar el trabajo.

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“¡Hemos hallado a Nimrod, a Nimrod mismo!”

Una mañana, unos trabajadores, excitados, acudieron del segundo lugar de excavaciones, al correspondiente al ángulo noroeste de la colina, agitando al aire sus picos y gritando y bailando con algarabía. Su emoción revelaba una extraña mezcla de alegría y temor. «¡Corre, bey, corre! —gritaban—. ¡Alá es grande y Mahoma es su profeta! ¡Hemos hallado a Nimrod, a Nimrod mismo! ¡Le hemos visto con nuestros ojos!».

Layard acudió al lugar indicado: una ardiente esperanza le aceleraba el paso. No creía ni por asomo lo que los indígenas suponían, que entre los escombros hubiera aparecido la imagen de Nimrod, sino que su esperanza se basaba en los éxitos de Botta. ¿Habrían hallado uno de aquellos fabulosos hombres-animales, de los que encontrara varios ejemplares?

Así era, y Layard contempló poco después el torso de la escultura. Era una gigantesca cabeza de león alado esculpido en alabastro. «Estaba asombrosamente bien conservado; su expresión era tranquila, majestuosa, y en sus rasgos se manifestaba una agilidad artística y unos conocimientos que difícilmente se hubieran atribuido a época tan remota».

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Leones alados con cabeza humana

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Hoy sabemos que se trata de la primera gran escultura de uno de los dioses astrales asirios, representativos de los cuatro ángulos del mundo, cuyos nombres son: Marduk como animal alado, Nebo como hombre, Nergal como león alado y Ninurta como águila.

Layard escribió cuán profundamente impresionado quedó: «Durante horas enteras contemplé aquellos símbolos misteriosos reflexionando sobre su significación y su historia, ¡Qué formas tan nobles introdujo aquel pueblo en los templos de sus dioses! ¡Qué imágenes tan sublimes supo tomar de la Naturaleza aquella gente que, sin ayuda de una religión revelada, intentaba personificar su concepto de la sabiduría, del poder y de la presencia constante de un Ser Supremo! Para simbolizar la inteligencia y el saber no podían haber hallado mejor modelo que la cabeza del hombre; para representar la fuerza, el cuerpo del león; como alegoría de la omnipotencia, las alas del ave.

Y aquellos leones alados con cabeza humana no eran creaciones triviales, no eran producto absurdo de una fantasía alucinante, sino que su valor simbólico aparece explícitamente escrito en ellos. Inspiraron veneración a generaciones enteras y simbólicamente habían instruido a otras que hace tres mil años se hallaban en su apogeo. Por los umbrales que tales esculturas guardaban, reyes, sacerdotes y guerreros habían llevado sus sacrificios al altar mucho antes que la sabiduría oriental penetrase en Grecia y ésta dotase a su mitología de símbolos ya conocidos por los asirios. Seguramente aquellas estatuas fueron enterradas antes de la fundación de la Ciudad Eterna y su existencia era desconocida por la Antigüedad clásica. Hacía veinticinco siglos que estaban ocultas a la vista de los hombres y ahora surgían de nuevo en su antigua majestad.

Pronto se divulgó la noticia de aquel hallazgo y produjo tal impresión a todos los indígenas, que quedaron más o menos aterrorizados. De lejos y de cerca acudían beduinos. Se presentó también un jeque con la mitad de su tribu y todos ellos dispararon al aire sus armas de fuego en señal de júbilo. Era una fiesta brillante en honor de un mundo sumergido desde tiempo inmemorial.

El nuevo bajá, sucesor del déspota recién caído en desgracia, emitió un juicio verdaderamente salomónico, consistente en recomendar a Layard que de todas formas tratase los «restos» con la máxima veneración y que por el momento suspendiese las excavaciones.

En resumen, otra prohibición de continuar. Layard consiguió una entrevista y en ella convenció al bajá de que los sentimientos de los buenos creyentes no podían ser violados por el trabajo de las excavaciones.

Un permiso que por último llegó del sultán de Constantinopla le libró para siempre de todas las molestias que le ocasionaban las autoridades locales y el fanatismo religioso de los árabes.

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Via libre para continuar excavando

-…comenzaron a surgir una escultura tras otra

A partir de este momento comenzaron a surgir una escultura tras otra, reuniéndose pronto trece parejas de leones y toros alados. El palacio que Layard iba descubriendo lentamente en la esquina noroeste de la colina de Nimrod, cuyo hallazgo daba a su trabajo más fruto que los de Botta, fue identificado más tarde como el palacio de Asurnasirpal II (884-859 a. de J. C., según Weidner), el rey que trasladó su residencia de Asur, a Kalchu. Como sus antecesores y sucesores, seguía las costumbres de Nimrod, que, como dice la Biblia, «era un gran cazador ante el Señor».

En este palacio, Layard halló relieves que representaban escenas de caza e imágenes de animales cuyo naturalismo influyó en la obra de no pocos artistas modernos tan pronto como fue conocido en Europa. La caza era la ocupación cotidiana de los nobles asirios, como lo confirman todas las representaciones e inscripciones. Tenían parques para los animales, precursores de nuestros jardines zoológicos denominados «paraísos», y en vastos cotos tenían gacelas y leones, donde organizaban grandes batidas y practicaban una especie de caza con red que ya no se practica en ninguna parte del mundo.

La mayor preocupación de Layard era el transporte de una de estas parejas de animales alados a Londres. Aquel verano, debido a la mala cosecha, era de esperar un recrudecimiento de las actividades de las cuadrillas de bandidos, que infestarían la comarca próxima a la capital, y aunque Layard había conseguido numerosas amistades, le pareció prudente acelerar la empresa.

Escena de caza – Leona herida – Palacio de Asurbanipal

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Trasladando enormes esculturas

Un día, la gente vio pasar un tropel de árabes y caldeos sobre el puente de madera medio carcomido de Mossul. Empujaban, tiraban y arrastraban un extraño vehículo, especie de carro gigantesco que apenas podía moverse, arrastrado por una pareja de búfalos de gran tamaño. Layard había ordenado la rápida construcción de este artefacto en Mossul. Luego, para el primer transporte, había elegido un toro y un león, dos de los ejemplares mejor conservados, aunque de los más pequeños, pues la empresa parecía arriesgada dados los escasos medios de que se disponía.

Sólo para trasladar un toro fue preciso abrir, desde el lugar del hallazgo hasta la parte exterior de la colina, una trinchera de treinta metros de longitud por cinco de anchura y hasta siete de altura. Mientras Layard se consumía de impaciencia, la empresa constituía una fiesta para los árabes. A diferencia de los fellahs egipcios, que habían acompañado a los restos de sus reyes muertos con tristeza y lamentos cuando Brugsch los trasladó Nilo abajo, nuestros buenos árabes sólo veían en el cortejo una ocasión para exteriorizar su entusiasmo profiriendo ensordecedoras exclamaciones de alegría. Y en medio de tal animación hizo deslizar al coloso sobre rodillos de madera.

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Caía la noche y en la colina de Nimrod aún reinaba un griterío ensordecedor. Se celebraba el triunfo con música y baile. Pálido y gigantesco, el toro alado seguía en su carro mirando un mundo transformado.

A la mañana siguiente se efectuó el transporte hacia el río. Los búfalos que habían de arrastrar el carro no podían con aquella inmensa carga. Layard pidió ayuda, y el jeque le proporcionó los hombres y las cuerdas que necesitaba. Juntamente con Layard, el árabe iba a caballo a la cabeza de la comitiva para indicarles el camino. Detrás de ellos bailaban los músicos tocando sus tambores y flautas.

En tercer lugar venía el carro, empujado por unas trescientas personas que gritaban cuanto podían, animados por sus capataces. Por último, cerraba el cortejo un grupo de mujeres que enardecían a los árabes con sus agudos chillidos. Los jinetes de Abd-er-Rahman daban pruebas de su habilidad hípica, alrededor del grupo, corriendo delante unas veces, detrás otras, y fingiendo librar escaramuzas.

Así, los gigantescos dioses, aquellos animales alados de rostro humano, viajaban después de un reposo de veintiocho siglos. Muchos kilómetros recorrieron en barca por el Tigris; y veinte mil más navegando por aguas de dos océanos para dar la vuelta al África —el actual canal de Suez fue inaugurado en 1869— y establecerse en su nueva sede: el Museo Británico de Londres.

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Layard nos describe un paseo por el palacio de Nimrod

Las notas de Layard

Antes de terminar la labor de aquella temporada, Layard hizo una última inspección a las excavaciones, tomando notas en su cuaderno de apuntes. He aquí la descripción final que contiene su libro “Niniveh and its remains”, que en pocos años se hizo famoso:

«Subimos a la colina artificial y en la cima no se destaca ninguna de las piedras del interior; solamente se ve una forma ancha, lisa, a veces sembrada de cebada, o bien amarilla y seca, sin vegetación, donde sólo crecen algunas plantas silvestres. Por unas escaleras practicadas en la tierra descendemos ahora a la mejor trinchera. Bajamos unos veinte peldaños y nos hallamos de pronto entre una pareja de leones alados con cabeza humana que forman un portal. En el laberinto subterráneo reina gran movimiento y confusión».

«Pasamos entre los leones hasta las ruinas de la sala principal. En ambos lados vemos gigantescas figuras aladas; algunas, con cabeza de águila; otras, como si fuesen seres humanos que llevan en las manos símbolos misteriosos. A la izquierda hay otro portal flanqueado igualmente por leones alados. Pero uno de ellos ha caído transversalmente sobre la entrada, y apenas si hallamos sitio para pasar por debajo. Cuando conseguimos salvar este portal hallamos otra figura alada y dos losas con bajorrelieves, tan deterioradas que apenas si podemos distinguir la más leve huella del objeto reproducido».

«Se hallan de nuevo en pie las placas de alabastro antes caídas y, por entre ellas, penetramos en un laberinto de pequeños bajorrelieves que representan carros, jinetes, batallas y asedios. Acaso los obreros levanten una nueva placa, por lo que nosotros esperamos un rato llenos de impaciencia y curiosidad para ver qué nuevo acontecimiento de la historia asiria, qué costumbre desconocida o qué ceremonia religiosa nos explicará el relieve grabado en la misma».

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«En cuanto hemos andado unos cien pies entre estos escombros diseminados, vestigios de la historia y la cultura del pueblo asirio, llegamos a una puerta formada por dos gigantescos toros alados de piedra caliza amarilla. Uno está entero, pero a su pareja se le ha desprendido la cabeza humana, que ahora yace a nuestros pies».

«Seguimos andando y vemos otra figura alada que tiene en las manos una flor delicada que presenta al toro alado como si fuera una ofrenda. Junto a esta figura hallamos ocho hermosos bajorrelieves. Uno de ellos representa al rey en la caza y triunfante sobre el león y el toro salvaje; otro, el asedio de un castillo en el cual los asaltantes emplean el ariete. Ahora hemos llegado al final de la sala y tenemos ante nosotros una figura trabajada con especial arte: dos reyes ante el símbolo de la divinidad, acompañados por dos figuras aladas entre las cuales se ve el sagrado árbol de la vida. Ante este relieve se halla la piedra donde antaño estaría el trono del monarca asirio, cuando recibía a los enemigos prisioneros o a sus cortesanos».

Palacio de Nimrod | Layard - Asiria (II)
Asurbanipal cazando.

«A la izquierda hay otra salida, guardada por dos leones, que queda al borde de un hondo precipicio sobre el cual se eleva, muy por encima de nosotros, la masa de estas sublimes ruinas. En los muros contiguos a dicha puerta se ven figuras de prisioneros llevando tributos: pendientes y brazaletes, así como dos toros gigantescos y dos figuras aladas, situadas ya al mismo borde, que miden más de catorce pies. Como en esta parte la montaña de ruinas queda cortada a pico, formando un precipicio, tenemos que dar un rodeo, y entrando por la puerta de los toros amarillos damos con una estancia decorada enteramente por figuras con cabezas de águila; a un extremo se halla una puerta flanqueada por dos sacerdotes o divinidades; y en el centro, otra puerta con dos toros alados « .

« Cualquier dirección que elijamos nos lleva a una multitud de habitaciones, y quien no conozca bien aquel laberinto se expone a perderse, pues, además, los escombros se han ido amontonando generalmente en el centro de las habitaciones y la obra de descombro realizada consiste en un laberinto de pasillos estrechos, una de cuyas paredes está recubierta de placas de alabastro y la otra es un gran montón de tierra que por algún punto deja ver medio enterrada alguna que otra vasija rota o un ladrillo barnizado con brillantes colores».

Palacio de Nimrod | Layard – Asiria (II)

«Recorrer estas galerías para ver de prisa las extrañas esculturas o las numerosas inscripciones que allí se ofrecen nos lleva de una a dos horas. Aquí vemos largas hileras de reyes acompañados por sus eunucos y los sacerdotes; más allá, otras hileras, igualmente de figuras aladas, que, llevando picas y emblemas religiosos, parecen dirigirse al místico Árbol de la Vida».

«Otras entradas, siempre formadas por leones o parejas de toros, nos conducen a las demás habitaciones. En cada una de ellas se hallan nuevos motivos de curiosidad y asombro. Cansados, salvamos por último una fosa, por la parte opuesta a la entrada; salimos del edificio y nos hallamos de nuevo en la amplia meseta que la tierra ha formado sobre la montaña de ruinas de la ciudad».

Y Layard, que está sumamente impresionado, añade: «Sobre este campo, yermo en parte, y en parte cultivado, poblado por las tiendas de los beduinos, en vano buscamos huellas de los maravillosos restos que acabamos de contemplar; casi nos sentimos inclinados a creer que hemos soñado o que acabamos de oír la narración de un cuento oriental. Muchos que acaso más tarde pisen de nuevo este lugar, cuando la hierba haya cubierto de nuevo por completo las ruinas de los palacios asirios, sospecharán que yo les he contado una visión».

Espíritu protector en un relieve del palacio de Nimrud. Siglo IX a.C. 

(FiN) Palacio de Nimrod | Layard – Asiria (II)

FiN

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