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Nos basta con la humildad

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
08/11/2021
Tiempo de lectura 4 minutos.
Nos basta con la humildad

Siendo hombres, tan solo, podemos alcanzar cierta similitud o grado minúsculo de la deidad, en la medida en que estamos hechos a su imagen y semejanza. Pero sustancialmente siempre, en última estancia, sólo somos hombres y cualquier pretensión que vaya extemporánea o en exceso más allá de nuestra propia naturaleza de poquedad, de nuestra humilde condición humana, no nos eleva a dioses sino que nos hace esclavos, que es lo que, en definitiva, nos está sucediendo hoy día. (Nos basta con la humildad)

El hombre de hoy debe ser reconstruido desde sus cimientos. Levantar ante él, como se ha hecho, el falaz espejismo de una pseudonaturaleza, llena de conceptos lógicos que destierran al ser: libertad,;derecho, conciencia, dignidad, y toda la secuela sonora del nominalismo moral, es una empresa insensata por cuanto es el germen –;que nace con la Revolución Francesa- de la desintegración social y moral del Hombre.

Nos basta con la humildad

Según el nominalismo las decisiones del hombre son tomadas en libertad, sin ningún condicionante moral o ley natural preexistente en su elección – contradiciendo al Tomismo-. Es decir se trata de una metafísica negativa que despoja al ser de su estructura moral primigenia; y nos ha traido hasta el nihilismo de hoy en día.

Todas las ideologías, aun las que presumen del más brutal realismo, empiezan por aquí: por las nubes, como si el hombre nuevo que hay que crear ex nihilo pudiera tomar forma en este estado flotante entre la nada y el ser. La nube borra además las diferencias, crea una unanimidad artificial y aproxima en la confusión los elementos dispersos del todo.

Es, al contrario, por los valores naturales más simples y más elementales que habrá, otra vez, que empezar. La moralidad, en efecto, no es moralidad sino cuando es vivida, y vivida significa que se ejerce en todas nuestras decisiones y, aun más allá, en todos los órdenes de la vida. De este modo encarnamos nuestra naturaleza humana, y esta encarnación sólo puede ser progresiva, de abajo arriba – in crescendo –; según el ritmo propio de cada ser humano en su crecimiento natural.

La consecuencia es que nos hemos debilitado moralmente y necesitamos una alimentación sencilla, proporcionada a nuestra flaqueza, a nuestra poquedad. En fin, los valores elementales son los valores primitivos y fundamentales que soportan a todos los demás. “Qui fidelis est in minimo, et in maiori fidelis est”.

Nos basta con la humildad

La afirmación de si mismo

Entre estos valores no hay otro más profundo y que más de cerca toque al fundamento ontológico del ser, que la afirmación de sí mismo. No hay otro, además, que mejor convenga a una humanidad corrompida por el individualismo anárquico y nihilista. Por una parte hablamos de una espontaneidad que rechaza deliberadamente la máscara, el camuflaje, el engaño o el autoengaño y la mentira, y, ;por otra parte, del reconocimiento de lo que uno es realmente, es decir, de la humildad, el preciso calibrado de nuestra persona. No somos ni entes abstractos ni seres omniscientes, somos sencillamente hombres, ni más ni menos.

El mundo moderno considera la humildad como una flaqueza, una debilidad ante la vida, una renuncia a ser. Es justamente lo contrario, y Nietzsche no lo vio, con todo su genio y esto es lo que le perdió – con su egocéntrica y excéntrica,;cuasiomnímoda “voluntad de poder”-, no vio, decía, que la humildad es una fuerza explosiva de una potencia ilimitadaLa humildad no consiste, en efecto, en operar sobre sí una sustracción ontológica, en disminuirse, sino a llenar exactamente su capacidad real, tal como es dada en cada momento de la existencia. Consiste en reconocerse en su justa medida. La conjunción de la humildad y de la capacidad excluye la hipocresía y ahoga la simiente siempre factible de los vicios,;la capacidad de obrar mal, de menoscabarse, y la humildad se repelen como el agua y el aceite.

Llegaremos a la humildad reduciendo constantemente nuestra persona a nuestra capacidad real de ser, por medio de un control minucioso y;,en cierto sentido, permanente de los múltiples actos de que está entretejida la vida cotidiana de un cabo al otro,;y que son como los movimientos respiratorios de nuestra existencia moral.

Nos basta con la humildad

La capacidad de ser no se experimenta tanto ante proyectos grandiosos sino ante lo cotidiano

Esta desviación del acento de la ética hacia lo existencial y la práctica diaria de la vida, lejos de elucubradas y recrecidas aspiraciones;que las más veces son el suntuoso disfraz de la pobreza,esta especie de glorificación de lo trivial pondrá al descubierto,;de manera infalible y en cierto modo milagrosa, la centella del ser y de la eternidad que detenta aún la humanidad que en nosotros muere.

La capacidad de ser no se experimenta tanto ante trabajos hercúleos o proyectos grandiosos como ante la perspectiva de las tareas;oscuras y cotidianas que el destino depara a cada hombre en su trajín vital: son cosas que hay que hacer. Imposible sustraerse a estos pequeños imponderables que forman la trama de la existencia. El héroe y el santo tienen las mismas necesidades que el más ordinario de los hombres,;e impregnan de su heroísmo o de su santidad tanto los imponderables de la vida como sus nobles acciones. La necesidad de vivir es urgente y se define, a fin de cuentas,;por la integración de innumerables factores de reducido formato, la suma de diminutas tareas.

Cierto que pueden ser relegados a un segundo plano, considerarlas como indignas del hombre; sin embargo, existen, se imponen, y el hombre debe atenderlas. Es vano rebelarse contra lo necesario, y puede decirse que la historia del hombre moderno, tanto individual como social, es la historia de esta vanidad. El hombre intenta rebelarse ante su poquedad buscando alturas antinaturales. Ellas, las pequeñas tareas, dan la exacta medida del ser, nos conducen a él mejor que cualquier otra expresión:;casi todas las cualidades superiores pueden remedarse, la hipocresía puede insinuarse por todas partes,;excepto aquí: en estos gestos simples y primeros, en estas tareas módicas, realizadas de un modo perfecto. Ninguna hinchazón, ninguna apariencia compensadora del vacío y la nulidad, ninguna afectación es aquí posible. ¡Y qué admirable medio de renacer – en lo sencillo y cotidiano- el que no puede evitarse!

Nos basta con la humildad

La humildad escapa tanto de las ruidosas emociones altisonantes como del racionalismo soberbio que todo lo explica, buscando la sencillez.

Por el hecho mismo de que estas humildes tareas cotidianas no se prestan a niguna racionalización, y que para ser cumplidas exigen una especie de espontaneidad natural, nos harán adquirir el sentido directo de la realidad que hemos perdido sobre conceptos ampulosos pseudonaturales, nos hacen tocar con el dedo, en una experiencia moral irrecusable, la presencia misma del ser. Por medio de ellas, con la única condición de cumplirlas bien, con la espontaneidad que requieren, nos reencarnamos, reconciliamos el espíritu y la vida, recobramos la salud moral y las  costumbres. Si la humanidad quiere proseguir su ruta, tendrá que volver a esta antigua concepción de la vida, que durante milenios se ha construido a base de pruebas y errores, y que consiste en conferir una importancia esencial a los imperativos menores de la existencia cotidiana. ¡Viva ud. en las minucias y estas le harán grande! Humildemente grande.

El hombre postmoderno transita, podríamos decir, en un estado cuántico no determinado entre la emoción o la racionalización excesiva – que supuestamente lo explica todo hasta llegar a mentirse a sí mismo-, ambas calidades mentales coexisten hoy en día dándonos un ser humano disparatado o anacrónico. La humildad escapa tanto de las ruidosas emociones altisonantes como del racionalismo soberbio que todo lo explica, buscando la sencillez.

Nos basta con la humildad

FiN

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