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La contemplación de la belleza

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
21/10/2021
Tiempo de lectura 6 minutos.
La contemplación de la belleza

Las palabras latinas contemplatio, contemplari corresponden a las griegas theoria, theorein. Theoria se refiere a la adhesión a una realidad puramente receptiva y completamente independiente de cualquier ánimo «práctico» ante la vida. Esta pertenencia puede ser descrita como «desprendida”. Theoria y contemplatio pretenden, sin duda, exclusivamente con toda su energía, a hacer evidente la realidad percibida, mostrada y revelada; tienden a la verdad y a nada más. Este es un primer elemento del concepto de «contemplación»: la silenciosa percepción de realidad. (lLa contemplación de la belleza)

fLa contemplación de la belleza

jLa contemplación no es un conocer pensante, sino mirante

Un segundo elemento es que la contemplación no es un conocer pensante, sino mirante. No corresponde a la razón, sino a la potencia de la «simple mirada». Mirar es la forma perfecta del conocer sin más pretensión que esa, pues mirar es el conocimiento de aquello que está presente y actual, el ver sensible. Por el contrario, pensar es la más ínfima, por así decir, «impura» forma del conocimiento.

Al pensar uno lo hace sobre lo ausente, el sujeto se deduce en base a la memoria y la mente, bien distinta de aquella que estaría presente si se contemplara directamente al ser objeto de dicho pensamiento. En el pensamiento el objeto no se muestra como él mismo sino como lo pensamos que es, cosa bien distinta. Santo Tomás decía que “la certeza del pensar se apoya en lo que nosotros inmediatamente vemos: pero la ineludibilidad del pensar se basa en el fallo de la facultad de intuir”. Dicho de otro modo, la facultad de pensar es una forma imperfecta de la facultad de intuir; que eso en definitiva es la contemplación: una forma del conocimiento que descansa en el sujeto no se mueve hacia él como cuando se piensa.

El objeto está presente, de la misma forma que para el ojo – sin pensamiento alguno, solo la percepción primigenia-  está presente un rostro o un paisaje. La mirada reposa en ellos límpida y perfectamente receptiva de lo que se observa sin ruido de pensamiento de fondo.  No hay en el contemplar la «tensión de lo por venir, del futuro” que se corresponde con la naturaleza del pensar. “El que contempla ha encontrado lo que busca el que piensa; lo tiene delante de sí y «ante sus ojos«. El presente contemplado es  el «tiempo verbal de la eternidad”.

La contemplación de la belleza

En la contemplación aparece un miramdum, lo mirado que causa admiración

Nos queda aun un último elemento de la contemplación que es el que la designa como un conocer admirando. En la contemplación aparece un miramdum, lo mirado que causa admiración en la medida en que sobrepasa nuestra comprensión. Admirarse sólo puede quien sólo ve lo parcial, lo incompleto; “Dios no se admira por nada”. En la contemplación del hombre siempre aletea ese desasosiego punzante a causa de lo inalcanzable. En medio del descanso del contemplar nos apremia una llamada silenciosa hacia un descanso infinitamente aún más profundo, incomprensible, «eterno». Esta es la «llamada de lo perfecto a lo imperfecto, que llamamos amor», es decir, sólo lo que se conoce puede ser amado y solo se puede amar lo que se conoce.

Por encima de todo hay un modo contemplativo de ver las cosas de Dios y de la Creación, a ello dedicaron sus vidas enteras los místicos españoles del s. xvi, Santa Teresa y San Juan de la Cruz.

La contemplación de la belleza

No solo en la facultad de ver reside la contemplación sino que esta se complace también en el oir, en el  oler y en el degustar; entraña el acto a todo tipo del comprender a través de todos los sentidos, pero primordialmente al ver sobre todo. Quien, tras ardorosa sed, consigue beber y, entonces, al sentir finalmente, el frescor hasta en las entrañas, piensa y se dice: ¡qué cosa más estupenda es el agua fresca!, ése ha dado ya un paso, lo sepa él o no, hacia aquel «ver del amado», en que consiste la contemplación.

¡Qué magnífica es el agua fresca, la flor recien abierta, el árbol pleno de fruto, la manzana, el propio rostro humano!- esto no acostumbra a ser dicho por un corazón vivo sin haber en ello un algo de un consentimiento que va más allá de lo primeramente dicho y alabado y toca el origen del mundo-. ¿Quién no habrá alguna vez «visto que todo lo que existe es bueno, amado y digno de ser amado, amado de Dios?

La contemplación de la belleza

Pulchrum in debita proportione consistit

Otra vez traigo a Santo Tomás porque todo ello , en el fondo, sólo significa una cosa y siempre es la misma: el mundo está equilibrado – “Si la vista o la contemplación de lo bello agradan y elevan es porque «la belleza consiste en la debida proporción (pulchrum in debita proportione consistit)” (mi post «La cultura de la mugre«) -, todo converge hacia un fin; en el fondo de las cosas contempladas hay – a pesar de ese desasosiego anteriormente mentado- paz, salvación, gloria; nada ni nadie está perdido: «Dios mantiene el principio y el fin de todas las cosas».

Tales certidumbres, no pensadas sino contempladas, de esta divina fundamentación de todo ser pueden ser comunicadas a nuestra mirada, incluso cuando ella está dirigida hacia las cosas más feas, sin brillo o refractarias, basta que sea solamente una mirada encendida por el amor. Y esto es, en sentido estricto, contemplación: La mirada despojada de todo interés, limpia y de espíritu aseado en el conocer, es sencillamente amor por las cosas, los animales y la «persona humana» de la Creación. Y esto lo sabían muy bien nuestros místicos.

La contemplación de la belleza

La auténtica poesía se alimenta de tales clases de contemplación del mundo creado y todo verdadero arte, cuya esencia es ser bendición y alabanza, que sobrepase todo lamento y pena. Y nadie que no sea capaz de esta contemplación es capaz de escribir de forma poética, es decir, de comprender en el único modo atinado. La indispensabilidad de las bellas artes, su necesidad vital para el hombre consiste ante todo en que mediante ellas permanece no olvidada y en marcha la contemplación de la Creación.

Y quien no es capaz de esta contemplación no es capaz de escribir poéticamente, es decir, de comprender de la única manera correcta. La necesidad de las artes plásticas y de la mística religiosa proviene de la contemplación amorosa de la Creación.

La contemplación de la belleza

… la llama sería «más luminosa y más lisa que el cristal, la seda o el agua»

En la lírica excelsa una sencilla llama sería «más luminosa y más lisa que el cristal, la seda o el agua», que «tremolando en una sola larga bandera y en ondas como el látigo de un cochero», se eleva en un montón de secos matorrales de madreselvas; de «la frente del cielo convertida en metal sobre la puesta del sol»; de la espalda de una colina, «una piel pálida, dorada, sin cuerpo»; del cedro, cuyas ramas «en contraluz son como los signos horizontales de una pluma de corneja con finas ondas y vibraciones»; de la «estrecha faja de un campo de cebada que parece como si fluyera», se le manifiesta una mañana temprano en el campo de maniobras, «la forma interna del caballo». Así escribía Gerard Manley Hopkins sus elevados testimonios de contemplación terrena, sus vitalistas metáforas que rozan lo místico al contemplar una simple llama. Al igual que nuestros místicos …

Vivo sin vivir en mí
y de tal manera espero,
que muero porque no muero.
En mí yo no vivo ya,
y sin Dios vivir no puedo.

San Juan de la Cruz

Nada te turbe;
nada te espante;
Todo se pasa;
Dios no se muda;
la pacïencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Sólo Dios basta.

Santa Teresa de Jesús

La contemplación de la belleza

La mirada del poeta está certeramente dirigida hacia el corazón de las cosas que describe

La verosimilitud de estas descripciones muestra qué poco debe saltar la contemplación por encima de la realidad visible. La mirada del poeta está certeramente dirigida hacia el corazón de las cosas que describe, incluso las que conoce a través de la contemplación de lo creado por Él como hacían nuestros místicos. En esta profundidad alcanzada se hace visible, de repente, una infinitud hasta ese momento oculta. Y es entonces cuando se realiza lo propio de la contemplación.

Sobre que sea lo que en efecto se presenta entonces ante los ojos del alma no ha sido capaz aún nadie de dar noticia suficiente en palabras que lo puedan describir. El llameante fuego de la aurora boreal, independiente de la cronología de la tierra, que parece estar «dirigido… hasta el último día», llena al arrebatado espectador «con temor embelesado». ¿Qué es lo que él llega a ver? «Yo no creo haber visto algo más bello que la flor del jacinto, que acabo de ver; a través de ella sé yo de la belleza del Señor». ¿Cuál es el contenido del mensaje que se le ha manifestado en la visión de la floreciente criatura? No se dice ni una palabra de ello.

También esto pertenece a la esencia de toda contemplación, el no poder ser comunicada. Tiene lugar en la más íntima celda. No hay ningún espectador. Y es imposible el «escribirla» , aunque lo que así nos llega es de por sí elevado y sublime, porque no queda libre ni sin requerir ninguna fuerza del alma.

Esta ardiente precisión de la descripción sensible no sólo demuestra hasta qué punto la mirada de la contemplación terrenal respeta y se esfuerza por conservar lo visible en las cosas mundanas. También podemos suponer que el respeto a lo concreto se nutre ni más ni menos que del impulso contemplativo, que apunta al fundamento divino de todos los seres.

G. K. Chesterton dice en unas memorias que él ha tenido desde siempre «el convencimiento casi místico del milagro en todo lo que existe, y del éxtasis esencialmente inherente a toda experiencia«. Esta atinada observación muestra que cada cosa entraña y esconde en el fondo una marca de origen divino; y quien a verla, «ve» que ésta y todas las cosas son «buenas» sobre toda comprensión; y al verlo se llena de dicha. Esta es toda la doctrina de la contemplación de la Creación terrena.

La contemplación de la belleza

FiN

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