El Blog de Petrusvil | Prosa Poesía

Meditación: ¿Quién es Dios?

05/03/2025

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
Tiempo de lectura 12 minutos.
Meditación: ¿Quién es Dios?

Meditación: ¿Quién es Dios?

Meditación: ¿Quién es Dios?

Esta meditación es la continuación de la «Meditación del deseo de eternidad» donde explicité que el deseo de inmortalidad nace propiamente del sentirse vivo el hombre, y su consecuencia inmediata es el deseo de sentirse eternamente vivo. Sentirse y querer ser eterno nace del sentimiento del hombre previo a la razón.

Quede claro que yo no hablo del Dios lógico, el ens summum, el Ser simplicísimo y abstractísimo, al primer motor inmóvil e impasible (primum movens), ni al Dios Razón – que ni sufre ni anhela-, ni siquiera el creador del Universo.

No hablo pues de la Idea (razonada) de Dios; sino del Dios vivo que anhela sentir el hombre, el ser incognoscible en su completitud, inabarcable en su complejidad pero ciertamente concreto, el Dios paciente que vive, sufre y anhela en nosotros y con nosotros, al Padre de Cristo, al que no se puede ir sino por el Hombre, por su Hijo ( «Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Juan, 14, 6), y cuya revelación es histórica, o si se quiere, testamentaria, pero no es filosófica, ni categórica. No es producto de la razón sino surgiente del deseo de eternidad del hombre y, en última instancia – la más importante-, de la oportunísima revelación divina.

Meditación: ¿Quién es Dios?

El universal anhelo de las almas todas humanas que llegaron a la conciencia de su humanidad que quiere ser fin y sentido del Universo, ese anhelo, que no es sino aquella esencia misma del alma, que consiste en su deseo de persistir eternamente y porque no se rompa la continuidad de la conciencia, nos lleva al Dios humano, antropomórfico, como persona divina, al que da finalidad y sentido humanos al Universo. Es un Dios vivo, subjetivo, que es más que mera idea, y antes que razón es voluntad. Dios es Amor, esto es, Voluntad. La razón, el Verbo, deriva de Él; pero Él, el Padre, es, ante todo, Voluntad. Como de la voluntad humana surge la necesidad angustiosa de su existencia.

Los atributos del Dios vivo, del Padre de Cristo, hay que colegirlos de su revelación histórica en el Evangelio y en la conciencia de cada uno de los creyentes cristianos, y no de razonamientos metafísicos que sólo llevan al Dios Nada de Escoto Eriugena, al Dios racional o panteístico, al Dios ateo, en fin, a la Divinidad despersonalizada.

Y es que al Dios vivo, al Dios humano, no se llega por camino de razón, sino por camino de amor y de sufrimiento. La razón nos aparta más bien de Él puesto que no cabe en la razón algo tan ajeno a ella. Siempre se ha dicho que para amar o desear primero hay que conocer, sin embargo a Dios no es posible conocerle para luego amarle; es absolutamente todo lo contrario, hay que empezar por amarle, por anhelarle, por tener hambre de Él, antes de conocerle. El conocimiento de Dios procede del amor a Dios, y es un conocimiento que poco o nada tiene de racional. Porque Dios es indefinible.

Meditación: ¿Quién es Dios?

Querer definir a Dios es meterlo en nuestra mente con lo cual lo constreñimos, lo deformamos, de intentar pensarlo con nuestras débiles mentes que no alcanzan a contenerlo lo que hacemos es matarlo. En cuanto tratamos de definirlo, nos surge la nada. La idea de Dios de la pretendida teodicea racional, no es más que una hipótesis., que sólo tiene valor en cuanto con ella nos explicamos lo que tratamos con ella de explicar: la existencia y esencia del Universo, y todo ello mientras no se expliquen mejor de otro modo. Y como en realidad no nos explicamos ni mejor ni peor con esa idea que sin ella, la idea de Dios, marra, porque toda idea de Dios es limitante en cuanto a cosa esta proveniente de la razón.

La razón es una fuerza analítica, esto es, disolvente, cuando dejando de obrar sobre la forma de las intuiciones, ya sean del instinto individual de conservación, ya del instinto social de perpetuación, obra sobre el fondo, sobre la materia misma de ellas. La razón ordena las percepciones sensibles que nos dan el mundo material; pero cuando su análisis se ejerce sobre la realidad de las percepciones mismas, nos las disuelve y nos sume en un mundo aparencial, de sombras sin consistencia, porque la razón fuera de lo formal es nihilista, aniquiladora. Y el mismo terrible oficio cumple cuando sacándola del suyo propio la llevamos a escudriñar las intuiciones imaginativas que nos dan el mundo espiritual. Porque la razón aniquila y la imaginación entera, integra o totaliza; la razón por sí sola mata y la imaginación es la que da vida. Si bien es cierto que la imaginación por sí sola, al darnos vida sin límites nos lleva a confundirnos con todo, y en cuanto individuos, nos mata también, nos mata por exceso de vida. La razón, la cabeza, nos dice: ¡nada!; la imaginación, el corazón, nos dice: ¡todo!.

Miguel de Unamuno. «Del sentimiento trágico de la vida». (PDF)

Dios mismo, no ya la idea de Dios, puede llegar a ser una realidad inmediatamente sentida – fuera del alcance de la razón, lo mismo que la necesidad de eternidad humana surge de nuestro sentimiento de estar vivos-. Podemos tener sentimiento directo de Dios, sobre todo en los momentos de ahogo espiritual, de angustia existencial.

Meditación: ¿Quién es Dios?

«Y este sentimiento -obsérvese bien, porque en esto estriba todo lo trágico de él y el sentimiento trágico de toda la vida-, es un sentimiento de hambre de Dios, de carencia de Dios. Creer en Dios es en primera instancia, y como veremos, querer que haya Dios, no poder vivir sin Él».

Miguel de Unamuno. «Del sentimiento trágico de la vida». (PDF)

Podemos andar trasteando toda la vida con la razón a la infructuosa búsqueda de Dios racionalmente y no podremos encontrarlo, erraremos vagando interminablemente por los páramos insensibles del racionalismo. Aunque llamemos verdad a la razón no hallaremos consuelo porque la Verdad al modo existencial reside en un estadio inaccesible a la razón.

Esta búsqueda infructuosa e inútil sólo conduce al escepticismo racional y a la desesperación sentimental. Sin embargo puede, empero, en su vaciedad y cinismo que generan, llegar a encendernos del hambre de Dios, y el ahogo de espíritu puede hacernos sentir, con su falta, su realidad misma. Pero habremos dado una larguísima vuelta para llegar al mismo sitio que pregonaba nuestro sentimiento antes de entrar en largas razones. Entonces podemos querer que haya Dios, que exista Dios por el mero sentimiento de su ausencia en la razón. Entonces intuimos que Dios no existe, sino que sobreexiste, y está sustentando nuestra existencia haciéndonos existir. Dios, que es el Amor, el Padre del Amor, es hijo del amor en nosotros. IDios se hace o se revela en el hombre, y el hombre se hace en Dios.

Dios se hizo a sí mismo, Deus ipse se fecit, dijo Lactancio (Divinarum institutionum, 11, 8), y podemos decir que se está haciendo, y en el hombre y por el hombre. Y si cada cual de nosotros, en el empuje de su amor, en su hambre de divinidad, se imagina a Dios a su medida y a su medida se hace Dios para él y en él, hay un Dios colectivo, social, humano, resultante de las imaginaciones todas humanas que le imaginan. Porque Dios es y se revela en la colectividad. Y es Dios, así, la más rica y más personal e íntima concepción humana.

Nos dijo el Maestro de divinidad que seamos perfectos, como es perfecto nuestro Padre que está en los cielos (Mat., V, 48), y en el orden de sentir y el pensar nuestra perfección consiste en ahincarnos porque nuestra imaginación llegue a la total imaginación de la humanidad de que formamos, en Dios, parte.

Meditación: ¿Quién es Dios?

Y el Dios cordial o sentido, el Dios de los vivos, es el Universo mismo personalizado, es la conciencia del Universo. Un Dios universal y personal, muy otro que el Dios individual del rígido monoteísmo metafísico, y de la misma manera, el rígido Dios del deísmo, del monoteísmo aristotélico, el ens summum, es un ser en quien la individualidad, o más bien, la simplicidad, ahoga a la persona divina. La definición le mata, porque definir es poner fines, es limitar, y no cabe definir lo absolutamente indefinible. Carece ese Dios, una y otra vez repensado, de riqueza interior; no es sociedad en sí mismo.

La creencia en la Trinidad, empero, hace de Dios una sociedad de personas divinas en un sólo Dios verdadero, lo que es hasta una familia en sí, y no ya un puro individuo. El Dios de la fe es personal; es personal, porque incluye tres personas, puesto que la personalidad no se siente en forma aislada, necesita del otro para amar. Una persona aislada deja de ser persona. ¿A quién, en efecto, amaría? Y si no ama, no es persona. Ni cabe amarse a sí mismo siendo simple y sin desdoblarse por el amor. Fue el sentir a Dios como al Padre lo que trajo consigo la fe en la Trinidad. Porque un Dios Padre no puede ser un Dios soltero, esto es, solitario.

Y de aquí, para completar con la imaginación la necesidad sentimental de un dios hombre perfecto, esto es, familia, el culto a la Virgen María, y el culto al niño Jesús. El culto a la Virgen, en efecto, la mariolatría, que ha ido poco a poco elevando en dignidad lo divino de la Virgen, hasta casi deificarla, no responde sino a la necesidad sentimental de que Dios sea hombre perfecto, de que entre la feminidad en Dios. Desde la expresión de Madre de Dios, ha sido la piedad católica exaltando a la Virgen María hasta declararla corredentora y proclamar dogmática su concepción sin mancha de pecado original, lo que la pone ya entre la Humanidad y la Divinidad y más cerca de esta que de aquella, pues habiendo sido una (humana) se transformó en la otra (divina).

Meditación: ¿Quién es Dios?

De todas maneras, el culto a la Virgen, a lo eterno femenino, a la maternidad divina, acude a completar la personalización de Dios haciéndole familia. Si bien, Dios era y es en nuestras mentes masculino. Su modo de juzgar y condenar a los hombres, a modo de Padre. Y para compensarlo hacía falta la Madre, la madre que perdona siempre, la madre que abre siempre los brazos al hijo cuando huye este de la mano levantada o del ceño fruncido del irritado padre;; la madre que no conoce más justicia que el perdón ni más ley que el amor.

Así, de esta manera, nuestra pobre e imperfecta concepción – siempre será así hasta que resucitemos a la otra vida- de un Dios con largas barbas y voz de trueno, de un Dios que impone preceptos y dicta sentencias, de un Dios Señor de la casa – Pater familias a la romana- necesitaba compensarse y completarse; y como en el fondo no podemos concebir al Dios personal y vivo, no ya por encima de rasgos humanos; mas ni aun por encima de rasgos varoniles, un Dios femenino, y junto al Dios Padre hemos puesto a la Virgen María, a la que perdona siempre, porque como mira con amor ciego, ve siempre el fondo de la culpa y en ese fondo la justicia única y redentora del perdón.

Meditación: ¿Quién es Dios?

A lo que debo ahora añadir que no sólo no podemos concebir al Dios vivo y entero como solamente varón, como solamente individuo, como proyección de un yo solitario y único, fuera de sociedad, dado este caso sería sólo un ente abstracto. Mi yo vivo es un yo que es en realidad un nosotros; mi yo vivo, personal, no vive sino en los demás, de los demás y por los demás; procedo de una muchedumbre de abuelos y en mí lo llevo en extracto, y llevo a la vez en mí en potencia una muchedumbre de nietos, y Dios, proyección de mi yo al infinito -o más bien, yo proyección de Dios a lo infinito- es también muchedumbre.

De la conjunción del politeísmo pagano con el monoteísmo judaico resultó el sentimiento del Dios católico – universal- , que es sociedad. Y tal es la Trinidad. Y es que sentimos a Dios, más bien que como una conciencia sobrehumana, como la conciencia misma del linaje humano todo, pasado, presente y futuro, como la conciencia colectiva de todo el linaje, y aún más como la conciencia total e infinita que abarca y sostiene las conciencias todas, infrahumanas, humanas y acaso sobrehumanas. La divinidad que hay en todo la sentimos personalizada, consciente de sí misma en Dios.

Meditación: ¿Quién es Dios?

El racionalismo deísta concibe a Dios como Razón del Universo, pero su lógica le lleva a concebirlo como una razón impersonal, es decir, como una idea, mientras el vitalismo deísta siente e imagina a Dios como Conciencia y, por lo tanto, como persona o más bien como sociedad de personas. La conciencia de cada uno de nosotros, en efecto, es una sociedad de personas; en mí viven varios yos, y hasta los yos de aquellos con quien vivo. Somos pues una comunidad de almas, pasadas, presentes y futuras, en Dios.

Y la revelación sentimental e imaginativa, por amor, por fe, por obra de personalización, de esa Conciencia Suprema, es la que nos lleva a creer en el Dios vivo. Este Dios, el Dios vivo, tu Dios, nuestro Dios, está en mí, está en ti, vive en nosotros, y nosotros vivimos, nos movemos y somos en Él. Y está en nosotros por el hambre que de Él tenemos, por el anhelo, haciéndose apetecer. Es el Dios de los humildes, porque Dios escogió lo necio del mundo para avergonzar a los sabios, y lo débil para avergonzar a lo fuerte, según el Apóstol (I Con, I, 27). Y es Dios en cada uno según cada uno lo siente y según le ama, Aquel a quien se reza y se anhela de verdad.

¿Definir a Dios? Sí, ese es el anhelo del hombre desde que se sabe hombre; ese era el anhelo del hombre Jacob, cuando luchando la noche, toda, hasta el rayar del alba, con aquella fuerza divina, decía: «¡Dime, te lo ruego, tu nombre!» (Gén., XXXII, 29). No dijo ¡Perdona mis pecados!: no dijo ¡Salva mi alma!; dijo ¡Quién eres!, es decir, ¡Quiero conocerte!

Meditación: ¿Quién es Dios?

Dime tu nombre, tú, ¡terrible misterio del amor! Tal es la lucha de toda mi vida seria. A lo que he de hacer notar que: ¡dime tu nombre!, no es en el fondo otra cosa que: ¡salva mi alma! Le pedimos su nombre para que salve nuestra alma, para que salve el alma humana, para que salve la finalidad humana del Universo. Y si nos dicen que se llama Él, que es o ens realissimum o Ser Supremo o cualquier otro nombre metafísico, no nos conformamos, pues sabemos que todo su nombre metafísico es equis, y seguimos pidiéndole su nombre. Y sólo hay un nombre que satisfaga a nuestro anhelo, y este nombre es Salvador, Jesús, Dios es el amor que salva.

Lo divino es el amor, la voluntad personalizadora y eternizadora, la que siente hambre de eternidad y de infinitud. Es a nosotros mismos, es nuestra eternidad lo que buscamos en Dios, es que nos divinice. Fue ese mismo Roberto Browning el que dijo (Saul en Dramatic Lyoies): Tis the weakness in strenght, that I cry for! my flesh that I seek In the Godhead!» «¡Es la debilidad en la fuerza por lo que clamo; mi carne lo que busco en la Divinidad!»

Creer en Dios es anhelar que le haya y es además conducirse como si le hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro íntimo resorte de acción. De este anhelo o hambre de divinidad surge la esperanza; de esta, la fe, y de la fe y la esperanza, la caridad; de ese anhelo arrancan los sentimientos de verdad, belleza, de finalidad, de bondad (el eros cristiano). De un simple y anhelante creer nace, nada malo precisamente, sino una elevación espiritual del hombre por encima de su triste condición humana, henchida por el ethos cristiano en el modelo de Jesucristo.

Dicho de otra manera, Dios ha sembrado, desde el principio de los tiempos, en nuestro corazón un deseo de verdad, de lo bueno y lo bello (el eros). Por otro lado, el ethos es el modo cristiano de conducirse revelado por Jesucristo y anticipado en el Antiguo Testamento. Cristo proclamó la necesidad de que ambos, ethos y eros, convergieran en el corazón humano tomando su propio modelo de vida.

(FiN) Meditación: ¿Quién es Dios?

Fuente de inspiración: Miguel de Unamuno. «Del sentimiento trágico de la vida». (PDF)sigue:

A este post le sigue: Meditación | El sentido de Fe, Esperanza y Caridad

By Petrusvil