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Meditación | El sentido de Fe, Esperanza y Caridad

14/03/2025

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
Tiempo de lectura 22 minutos.
Meditación: Fe, Esperanza y Caridad

Tabla de contenidos

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

Esta meditación es la continuación la Meditación: ¿Quién es Dios? (II) y de su predecesora «Meditación del deseo de eternidad» (I) donde explicité que el deseo de inmortalidad nace propiamente del sentirse vivo el hombre, y su consecuencia inmediata es el deseo de sentirse eternamente vivo. Sentirse y querer ser eterno nace del sentimiento del hombre previo a la razón.

En la Meditación: ¿Quién es Dios? vimos que creer en Dios es anhelar que le haya y es además conducirse como si le hubiera; es vivir de ese anhelo y hacer de él nuestro íntimo resorte de acción. De este anhelo o hambre de divinidad surge la esperanza; de esta, la fe, y de la fe y la esperanza, la caridad; de ese anhelo arrancan los sentimientos de verdad, belleza, de finalidad, de bondad (el eros cristiano). De un simple y anhelante creer nace, nada malo precisamente, sino una elevación espiritual del hombre por encima de su triste condición humana, henchida por el ethos cristiano basado en el modelo de Jesucristo.

Dicho de otra manera, Dios ha sembrado, desde el principio de los tiempos, en nuestro corazón un deseo de verdad, de lo bueno y lo bello (el eros). Por otro lado, el ethos es el modo cristiano de conducirse revelado por Jesucristo y anticipado en el Antiguo Testamento. Cristo proclamó la necesidad de que ambos, ethos y eros, convergieran en el corazón humano tomando su propio modelo de vida – conste, no habló del pensamiento o la razón sino del corazón humano-.

En la presente Meditación ahondamos en la fe, la esperanza y la caridad (III).

Sanctiusque ne reverentius visum de actis deorum credere quam scire.

TÁCITO, Germania, 34

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

La Fe y la Esperanza

A este Dios cordial o vivo se llega – y se retorna a Él después de nuestros devaneos por explicarlo a través de la razón- por el camino de la fe y no de convicción racional o matemática. ¿Y qué cosa es fe? Así pregunta el catecismo de la doctrina cristiana que se nos enseñó en la escuela, y contesta así: «Creer lo que no vimos

La fe está subordinada a la esperanza

Y antes os he dicho que creer en Dios es, en primera instancia al menos, querer que le haya, anhelar la existencia de Dios. La virtud teologal de la fe es, según el apóstol Pablo, «la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de lo que no se ve» (Hebreos, 11, 1). Esto quiere decir que la fe está subordinada a la esperanza. De hecho no se trata de que esperemos (esperanza) porque creamos (fe), sino más bien que creemos porque esperamos. Es la esperanza en Dios – de que el ardiente anhelo exista y garantice la eternidad – es la que nos lleva a creer en Él.

Pero la fe, que es al fin y al cabo algo compuesto de un elemento conocido, lógico o racional yuxtapuesto conjuntamente con uno afectivo, vital o sentimental, esto es irracional, se nos presenta en forma de conocimiento. La fe necesita una materia en que ejercerse. El creer es una forma de conocer, siquiera no fuese otra cosa que conocer nuestro anhelo vital y hasta formularlo. La fe más robusta se basa en incertidumbre. La fe supone. además, un elemento personal objetivo. Se cree a una persona y a Dios en cuanto persona y personalización del Universo. Este elemento personal o religioso, en la fe es evidente.

Dios nos da la fe debido a Su gracia y misericordia, porque nos ama (Efesios 4-5).
La fe proviene de Dios en forma de don (Efesios 2:8).

Epístola de San Pablo a los Efesios.

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

La fe, suele decirse, no es en sí ni un conocimiento teórico o adhesión racional a una verdad, ni se explica tampoco suficientemente en esencia por la confianza en Dios: «La fe es la sumisión íntima a la autoridad espiritual de Dios, la obediencia inmediata, la confianza depositada en Él por efecto de su Gracia divina. Y en cuanto esta obediencia es el medio de alcanzar un principio racional es la fe una convicción personal.» Así dice Seeberg.

La fe que definió san Pablo, la pistis griega, se traduce mejor por confianza y lealtad. La voz pistis, en efecto, procede del verbo peitho, que si en su voz activa significa persuadir, y equivale a confiar en uno, hacerle caso, fiarse de él, obedecer. Es decir, que la misma voz fe lleva en su origen implícito el sentido de confianza, de rendimiento a una voluntad ajena, a una persona. Sólo se confía en las personas, en este caso, en un Dios personal y cercano en sus tres personas divinas. Confíase en la Providencia, que concebimos como algo personal y consciente, no en el Hado, que es algo impersonal. Y así se cree en quien nos dice la verdad, en quien nos da la esperanza; no en la verdad misma directa o inmediatamente, no en la esperanza misma.

Fe y razón

En todo el mundo, lo mismo en Oriente que en Occidente, hay dos formas de comportamiento que no son excluyentes sino complementarias, los racionalistas buscan la definición y creen en el concepto, y los vitalistas buscan la inspiración y creen en la persona. Los unos estudian el Universo para arrancarle sus secretos; los otros rezan a la Conciencia del Universo, tratan de ponerse en relación inmediata con Dios, para encontrar garantía o sustancia a lo que esperan, que es no morirse, y demostración de lo que no ven. Y como la persona es una voluntad, y la voluntad se refiere siempre al porvenir, el que cree, cree en lo que vendrá, esto es, en lo que espera. No se cree, en rigor lo que es y lo que fue, sino como garantía, como sustancia de lo que será.

Creer el cristiano en la resurrección de Cristo, es decir, creer a la tradición y al Evangelio -y ambas potencias son personales- es creer que resucitará él un día por la gracia de Cristo. La fe lleva consigo un elemento de incertidumbre, pues una persona puede engañarse o engañarnos, empero en Dios confiamos y, en la hora de la muerte, esa incertidumbre quedará resuelta. Por otra parte, la fe religiosa, este elemento personal de la creencia, le da un carácter afectivo, amoroso al referirse a lo que se espera.

Pues la fe no es la mera adhesión del intelecto a un principio abstracto, no es el reconocimiento de una verdad teórica, es cosa de la voluntad, es movimiento del ánimo hacia una verdad vital práctica, hacia una persona, hacia algo que nos hace vivir espiritualmente y no tan sólo comprender la vida. La fe nos hace vivir mostrándonos que la vida, aunque dependa de la razón, tiene en otra parte su manantial y su vigor, en algo sobrenatural y maravilloso.

El gran matemático Cournot, un espíritu singularmente equilibrado y muy nutrido de ciencia, dijo ya que es la tendencia a lo sobrenatural y lo maravilloso lo que da vida, y que a falta de eso, todas las especulaciones de la razón, no vienen a parar sino a la aflicción de espíritu (Traité de d’enchainement des idées fondamentales dans les sciences et dans l’histoire, § 329).

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

Y es que queremos vivir. Mas, aunque decimos que la fe es cosa de la voluntad, mejor sería acaso decir que es la voluntad misma, la voluntad de no morir, o más bien otra potencia anímica distinta de la inteligencia, de la voluntad y del sentimiento. Y la fe en Dios consiste en crear a Dios y como es Dios el que nos da la fe en Él, es Dios el que se está creando a sí mismo de continuo en nosotros.

Por lo que dijo san Agustín: «Te buscaré, Señor, invocándote, y te invocaré creyendo en Ti. Te invoca, Señor, mi fe, la fe que me dice, que me inspiraste con la humanidad de tu Hijo, por el misterio de tu predicador» (Confesiones, lib. I, cap. I). El poder de crear un Dios a nuestra imagen y semejanza, de personalizar el Universo, no significa otra cosa sino que llevamos a Dios dentro, como sustancia de lo que esperamos, y que Dios nos está de continuo creando a su imagen y semejanza. Esto, quede claro, sí le dejamos obrar

Y se crea a Dios, es decir, se crea Dios a sí mismo en nosotros por la compasión, por el amor. Creer en Dios es amarle y tenerle con amor, y se empieza por amarle aun antes de conocerle, y amándole es como se acaba por verle y descubrirle en todo.

Como ven estoy dejando a un lado el frío mundo de la razón y la ciencia para entrar en un mundo cálido y sobre-elevado, el mundo espiritual. Y lo cierto es que creer en Dios es hoy, ante todo y sobre todo, para los creyentes intelectuales, querer que Dios exista. Querer que exista Dios, y conducirse y sentir como si existiera. Y por este cambio de querer su existencia, y obrar conforme a tal deseo, es como creamos a Dios, esto es, como Dios se crea en nosotros, como se nos manifiesta, se abre y se revela a nosotros.

Porque Dios sale al encuentro de quien le busca con amor y por amor, y se hurta de quien le inquiere por fría razón o por lógica, no amoroso. Y así, la ciencia sin amor nos aparta de Dios, y el amor, aun sin ciencia y acaso mejor sin ella, nos lleva a Dios; y por Dios a la sabiduría. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! (Mateo 5:8-14)

Creo en Dios como creo en mis seres queridos y en mis amigos, por sentir el aliento de su cariño y su mano invisible e intangible que me trae y me lleva y me estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de una mente universal que me traba mi propio destino.

Una y otra vez durante mi vida heme visto en trance de suspensión sobre el abismo, in albis, creyéndome triste poseedor de una fe débil, floja y pendulona, de va y viene; una y otra vez héteme encontrado sobre encrucijadas en que se me abría un abanico de caminos, y en que tomando uno de ellos me encontraba renunciando a los demás, pues que los caminos escogidos en la vida son irreversibles, y una vez y otra vez en esos momentos he sentido en mi corazón el empuje de una fuerza consciente soberana y amorosa, la de la Divinidad. Y héteme visto impulsado hacia la senda del Señor sean cuales fueren los caminos que hubiese elegido.

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

Y así, y no de otro modo, mira al creyente el cielo estrellado, con mirada sobrehumana, divina, que le pide suprema compasión y amor supremo y oye en la quietud de las noches serenas la respiración de Dios que le toca el corazón, y se revela a él. De amar esas cosillas que se nos van como se nos vinieron sin tenernos apego alguno, pasamos a amar las cosas más permanentes y que no pueden agarrarse con las manos; de amar los bienes viramos para amar el Bien; de las mundanas cosas bellas transitamos hacia la Belleza; de pensar en lo verdadero vamos , poco a poco, yendo hacia la Verdad con mayúsculas; de disfrutar los goces humanos nos gozamos finalmente en amar la Felicidad, y, por último, llegamos a amar al Amor. Y Dios no es sino el Amor que surge del dolor universal y se hace conciencia.

Aun esto, se dirá, es moverse en un cerco de hierro, y tal Dios no es objetivo. Pero de nada sirvenos enredarnos, pues, en el insoluble problema de la objetividad de nuestras percepciones, sino que existe todo cuanto obra, y existir es obrar. Y aquí volverá a decirse que no es Dios, sino la idea de Dios, la que obra en nosotros.

¿Qué es verdad? De dos clases haylas, la lógica u objetiva, cuyo contrario es el error, y la moral o subjetiva a que se opone la mentira. Y, siendo que «el error es hijo de la mentira» – Unamuno-, se entremezclan las dos verdades. Pues la verdad moral, camino para llegar a la otra, también moral, nos enseña a cultivar la ciencia, que es ante todo y sobre todo una escuela de sinceridad y de humildad. La ciencia es el pórtico de la religión: pero una vez dentro de esta última, su función acaba ahí mismo, en la frontera. Y es que así como hay verdad lógica a que se opone el error y verdad moral a que se opone la mentira, hay también verdad estética o verosimilitud a que se opone el disparate, y verdad religiosa, o de esperanza, que se opone a la inquietud de la desesperanza más absoluta de nuestra condición humana mortal. Pues ni la verosimilitud estética – la de lo que cabe expresar con sentido- es la verdad lógica – la de lo que se demuestra con razones-, ni la verdad religiosa – la de la fe, la sustancia de lo que se espera- equivale a la verdad moral, sino que se le sobrepone.

El que afirma su fe a base de incertidumbre, no miente ni puede mentir.

El que afirma su fe a base de incertidumbre, no miente ni puede mentir. Y no sólo no se cree con la razón ni aún por encima de la razón o por debajo de ella, sino que se cree contra la razón. La fe religiosa, habrá que decirlo una vez más, no es ya tan sólo irracional, es contrarracional: «La poesía es la ilusión antes del conocimiento; la religiosidad, la ilusión después del conocimiento. La poesía y la religiosidad suprimen al vaudeville de la mundana sabiduría del vivir. Todo individuo que no vive o poética o religiosamente es tonto

Kierkegaard nos dijo que el cristianismo es una salida desesperada. Y así es, pero sólo mediante la desesperación de esta salida podemos encontrar, llegar a la esperanza, a esa esperanza cuya ilusión vitalizadora sobrepuja a todo conocimiento racional, diciéndonos que hay siempre algo irreductible a la razón. Y de esta, de la razón, puede decirse lo que del Cristo, y es que quien no está con ella, está contra ella. Lo que no es racional, es contrarracional, Y así es la esperanza. Por todo este camino llegamos siempre a la esperanza.

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

Se recuerda el pasado, se conoce el presente, sólo se cree en el porvenir.

El misterio del amor, que lo es de dolor, tiene una forma misteriosa, que es el tiempo. Atamos el ayer al mañana con eslabones de ansia, y no es el ahora, en rigor, otra cosa que el esfuerzo del antes por hacerse después; no es el presente, sino el empeño del pasado por hacerse porvenir. El ahora, es un punto que no bien pronunciado se disipa, que entre las manos se nos escapa y, sin embargo, en ese punto está la eternidad toda, sustancia del tiempo.

Cuanto ha sido no puede ser ya sino como fue, y cuanto es no puede ser sino como es; lo posible queda siempre relegado a lo venidero, único reino de libertad y en que la imaginación, potencia creadora y libertadora, carne de la fe, se mueve a sus anchas. El amor mira y tiende siempre al porvenir, pues que su obra es la obra de nuestra perpetuación; lo propio del amor, el esperar, y sólo de esperanzas se mantiene.

El amor espera, espera siempre sin cansarse nunca de esperar, y el amor a Dios, nuestra fe en Dios, es ante todo, esperanza en Él. Porque Dios no muere, y quien espera en Dios, vivirá siempre. Y es nuestra esperanza fundamental, la raíz, y tronco de nuestras esperanzas todas, la esperanza de la vida eterna. Y si es la fe la sustancia de la esperanza, esta es a su vez la forma de la fe. La fe antes de darnos esperanza es una fe informe, vaga, caótica, potencial; no es sino la posibilidad de creer, anhelo de creer.

Mas hay que creer en algo, y se cree en lo que se espera, se cree en la esperanza. Se recuerda el pasado, se conoce el presente, sólo se cree en el porvenir. La esperanza es el premio a la fe. Sólo el que cree espera la verdad, y sólo el que de la verdad espera, cree.

Y esta belleza, que es la raíz de eternidad, se nos revela por el amor, y es la más grande revelación del amor de Dios y la señal de que hemos de vencer al tiempo. El amor es quien nos revela lo eterno nuestro y de nuestros prójimos. Nuestro dolor nos da congoja, y la congoja, al estallar de la plenitud de sí misma, nos parece consuelo. «No mirando nosotros a las cosas que se ven, sino a las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas» (2 Corintios 4:18)

La Caridad

Este dolor da esperanzas, que es lo bello de la vida, la suprema belleza, o sea, el supremo consuelo. Y como el amor es dolor, es compasión y no es sino el consuelo temporal que esta se busca. Trágico consuelo. Y la suprema belleza es la de nuestra tragedia. Acongojados y angustiados al sentir que todo pasa, que pasamos nosotros, que pasa lo nuestro, que pasa cuanto nos rodea, la congoja y la angustia misma nos revelan el consuelo de lo que no pasa, de lo eterno, de lo hermoso. Y esta hermosura así revelada, esta perpetuación de la momentaneidad, sólo se realiza prácticamente, sólo vive por obra de la caridad.

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

La esperanza en acción es la caridad, así como la belleza en acción es el bien.

La esperanza en acción es la caridad, así como la belleza en acción es el bien. La raíz de la caridad que eterniza cuanto ama y nos saca la belleza en ello oculta, dándonos el bien, es el amor a Dios, o si se quiere, la caridad hacia Dios, la compasión a Dios. El amor, la compasión, lo personaliza todo, dijimos; al descubrir el sufrimiento en todo y personalizándolo todo, personaliza también el Universo mismo, que también sufre, y nos descubre a Dios. Porque Dios se nos revela porque sufre y porque sufrimos; -porque sufre exige nuestro amor, y porque sufrimos nos da el suyo y cubre nuestra congoja con la congoja eterna e infinita.

Este fue el escándalo del cristianismo entre judíos y helenos, entre fariseos y estoicos, y este, que fue su escándalo, el escándalo de la cruz, sigue siéndolo y lo seguirá aún entre cristianos; el de un Dios que se hace hombre para padecer y morir y resucitar por haber padecido y muerto, el de un Dios que sufre y muere. Y esta verdad de que Dios padece, ante la que se sienten aterrados los hombres, es la revelación de las entrañas mismas del Universo y de su misterio, la que nos reveló al enviar a su Hijo a que nos redimiese sufriendo y muriendo.

Fue la revelación de lo divino del dolor, pues sólo es divino lo que sufre. Y los hombres hicieron dios al Cristo, que padeció, y descubrieron por él la eterna esencia de un Dios vivo, humano, esto es, que sufre -sólo no sufre lo muerto, lo inhumano-, que ama, que tiene sed de amor, de compasión, que es persona. Quien no conozca al Hijo jamás conocerá al Padre, y al Padre sólo por el Hijo se le conoce; quien no conozca al Hijo del hombre, que sufre congojas de sangre y desgarramientos del corazón, que vive con el alma triste hasta la muerte, que sufre dolor que mata y resucita, no conocerá al Padre ni sabrá del Dios paciente.

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

El que no sufre, y no sufre porque no vive, es ese lógico y congelado ens realissimum, es el primum movens, es esa entidad impasible y por impasible no más que pura idea. La categoría no sufre, pero tampoco vive ni existe como persona. ¿Y cómo va a fluir y vivir el mundo desde una idea impasible? No sería sino idea del mundo mismo. Pero el mundo sufre, y el sufrimiento es sentir la carne de la realidad, es sentirse de bulto y de tomo el espíritu, es tocarse a sí mismo, es la realidad inmediata. El dolor es la sustancia de la vida y la raíz de la personalidad, pues sólo sufriendo se es persona. Y es universal, y lo que a los seres todos nos une es el dolor, la sangre universal o divina que por todos circula.

Tiene esto que acabo de decir una visión espiritual de la vida que debería llevarnos a rechazar de pleno lo que ocurre en nuestro mundo moderno. Pues el hombre de la modernidad huye de la congoja y el sufrimiento de la vida, es llevado como un animalillo gozoso al olvido de la triste condición humana; haciendo de la vida -mediante la tecnología elevada al estatus de un nuevo dios griego- un entretenimiento voluptuoso de principio a fin para olvidarse de la angustia y de la tragedia de su vivir; para vivir una vida sin dolor mediante la sobre-medicación y la otra diosa menor, la medicina aliviadora; para vivir una vida hedónica y nihilista; y, por último, sitos en el consumismo desaforado que le proporciona un regusto mental animalizado de que todo es alcanzable o conseguible. Estas tres últimas diosas orondas, el hedonismo, el nihilismo y el consumismo, tapan impúdicamente la congoja.

Pero todo esto es sólo una ilusión impostora pues al final le alcanza al fútilmente distraído la muerte, sin miramientos. Propiamente se vive sin vivir la vida, sin dolerse de ella, como dentro de un relato vital sujetado con alfileres, una tienda de fina tela que nos tapa del dolor y la angustia y que la muerte derrumba estrepitosamente, una comedia falsamente gozosa que alcanza el final previsto tanto para el creyente – incluído el cristiano paganizado que hoy es mayoría- como para el agnóstico o para el ateo. En esta época donde el dolor se le oculta al hombre, donde se le escamotea su muerte, donde se mata a Dios, no existe la compasión y no encuentra su razón de ser la caridad.

Volviéndo por donde íbamos, eso que llamamos voluntad, ¿qué es sino dolor? Y tiene el dolor sus grados, según se adentra; desde aquel dolor que flota en el mar de las apariencias, hasta la eterna congoja, la fuente del sentimiento trágico de la vida, que va a posarse en lo hondo de lo eterno, y allí despierta el consuelo; desde aquel dolor físico que nos hace retroceder el cuerpo hasta la congoja religiosa, que nos hace acostarnos en el seno de Dios y recibir allí el riego de sus lágrimas divinas. La congoja es algo mucho más hondo, más íntimo y más espiritual que el dolor.

Suele uno sentirse acongojado hasta en medio de eso que llamamos felicidad y por la felicidad misma, a la que no se resigna y ante la cual tiembla. Los modernos hombres felices que se resignan a su aparente dicha, a una dicha pasajera, créase que son hombres sin sustancia, o, por lo menos, que no la han descubierto en sí, que no se la han tocado. Tales hombres suelen ser impotentes para amar y ser amados, y viven, en su fondo, sin pena ni gloria. No hay verdadero amor sino en el dolor, y en este mundo hay que escoger o el amor, que es el dolor, o la dicha. Y el amor no nos lleva a otra dicha que a las del amor mismo, y su trágico consuelo de esperanza incierta: Pero el mundo moderno ha escogido la dicha.

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

El amor y el dolor se engendran mutuamente, y el amor es caridad y compasión, y amor que no es caritativo no es tal amor.

Desde el momento en que el amor se hace dichoso, se satisface, ya no desea y ya no es amor. Los satisfechos, los felices, no aman; aduérmense en la costumbre, rayana en el anonadamiento. Acostumbrarse es ya empezar a no ser. El hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanto más capacidad para el sufrimiento, o mejor dicho, para la congoja, tiene. Al venir al mundo, dásenos a escoger entre el amor y la dicha, y queremos ipobrecillos!- uno y otra: la dicha de amar y la dicha del disfrutar. Pero debemos pedir que se nos dé amor y no dicha, que no se nos deje adormecernos en la costumbre, pues podríamos dormirnos del todo, y, sin despertar, perder conciencia para no recobrarla.

El amor y el dolor se engendran mutuamente, y el amor es caridad y compasión, y amor que no es caritativo no es tal amor. Es el amor, en fin, la desesperación resignada. Y la fórmula, terrible, trágica, de la vida íntima espiritual, es: o lograr lo más de dicha con lo menos de amor o lo más de amor con lo menos de dicha. |Y hay que escoger entre una y otra cosa. Y estar seguro de que quien se acerque al infinito del amor, al amor infinito, se acerca al cero de la dicha, a la suprema congoja. |Y en tocando a este cero, se está fuera de la miseria que mata. «No seas y podrás más que todo lo que es», dijo el maestro fray Juan de los Angeles. Y hay algo más congojoso que el sufrir.

El dolor nos dice que existimos, el dolor nos dice que existen aquellos que amamos; el dolor nos dice que existe y que sufre Dios; pero es el dolor de la congoja, de la congoja de sobrevivir y ser eternos. La congoja nos descubre a Dios y nos hace quererle. Creer en Dios es amarle, y amarle es sentirle sufriente, compadecerle.

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

Y lo más inmediato es sentir y amar mi propia miseria, mi congoja, compadecerme de mí mismo, tenerme a mí mismo amor. Y esta compasión, cuando es viva y superabundante, se vierte de mí a los demás, y del exceso de mi compasión propia, compadezco a mis prójimos. La miseria propia es tanta, que la compasión que hacia mí mismo me despierta se me desborda pronto, revelándome la miseria universal. Y la caridad, ¿qué es sino un desbordamiento de compasión? ¿Qué es sino dolor reflejado, que sobrepasa y se vierte a compadecer los males ajenos y ejercer caridad?

Cuando el colmo de nuestro compadecimiento nos trae a la conciencia de Dios en nosotros, nos llena tan grande congoja por la miseria divina derramada en todo, que tenemos que verterla fuera, y lo hacemos en forma de caridad. Y al así verterla, sentimos alivio y la dulzura dolorosa del bien. Es lo que llamó «dolor sabroso» la mística doctora Teresa de Jesús, que de amores dolorosos sabía. Son el dolor, y la compasión que de él nace, los que nos revelan la hermandad de cuanto de vivo y más o menos consciente existe. «Hermano lobo», llamaba san Francisco de Asís al pobre lobo que siente dolorosa hambre de ovejas, y acaso el dolor de tener que devorarlas, y esa hermandad nos revela la paternidad de Dios, que Dios es Padre y existe. Y como Padre ampara nuestra común miseria.

La caridad es la entrega al prójimo y a Dios

Es, pues, la caridad es el impulso a libertarse y a libertar a todos mis prójimos del dolor y a libertar a Dios que nos abarca a todos. Es el dolor algo espiritual y la revelación más inmediata de la conciencia, que acaso no se nos dio el cuerpo sino para dar ocasión a que el dolor se manifestase. Quien no hubiese nunca sufrido, poco o mucho, no tendría conciencia de sí. El primer llanto del hombre al nacer es cuando entrándole el aire en el pecho y limitándole, parece como que le dice: ¡tienes que respirarme para poder vivir! El mundo material o sensible, existe para encarnar y sustentar al otro mundo, al mundo espiritual. Hay un espíritu que lucha por conocerse, sin materia no hay espíritu, pero la materia hace sufrir al espíritu limitándolo. Y no es más el dolor que el obstáculo que la materia pone al espíritu.

Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

Es el dolor físico, o siquiera la molestia, lo que nos revela la existencia de nuestras propias entrañas. Y así ocurre también con el dolor espiritual, con la angustia, pues no nos damos cuenta de tener alma hasta que esta nos duele. Es la congoja lo que hace que la conciencia vuelva sobre sí. Y es que sólo por la congoja, por la pasión de no morir nunca, se adueña de sí mismo un espíritu humano. El dolor, que es un deshacimiento, nos hace descubrir nuestras entrañas, y en el deshacimiento supremo, el de la muerte, llegaremos por el dolor del anonadamiento a las entrañas de nuestras entrañas temporales, a Dios, a quien en la congoja espiritual respiramos y aprendemos a amar. Es así como hay que creer con la fe, enséñenos lo que nos enseñare la razón.

La suprema pereza es la de no anhelar locamente la inmortalidad. La conciencia, el ansia de más y más, cada vez más, el hambre de eternidad y sed de infinitud, las ganas de Dios, jamás se satisfacen; cada conciencia quiere ser ella y ser todas las demás sin dejar de ser ella, quiere ser Dios. El que ata la obra del amor, de la espiritualización de la liberación, a formas transitorias e individuales, crucifica a Dios en la materia; crucifica a Dios en la materia todo el que hace servir el ideal a sus intereses temporales o a su gloria mundana. Y el tal es un deicida. La obra de la caridad, del amor a Dios, es tratar de libertarle de la materia bruta, tratar de espiritualizarlo, concientizarlo, o universalizarlo todo.

No hay sino verlo en el símbolo eucarístico. Han apresado al Verbo en un pedazo de pan material, y lo han apresado en él para que nos lo comamos, y al comérnoslo lo hagamos nuestro, y que se agite en nuestro corazón y piense en nuestro cerebro y sea conciencia. Lo han apresado en ese pan para que enterrándolo en nuestro cuerpo, resucite en nuestro espíritu. Y es que hay que espiritualizarlo todo. Y esto se consigue dando a todos y a todo mi espíritu que más se acrecienta cuanto más lo reparto, la caridad es pues entrega al prójimo y a Dios.

(FiN) Meditación | El sentido de Fe Esperanza y Caridad

Fuente de inspiración: Miguel de Unamuno. «Del sentimiento trágico de la vida». (PDF)

Meditación: ¿Quién es Dios? (II)

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Meditación del deseo de eternidad (I)

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