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La maldición de Tutankamón (III)

Escritor Español Petrusvil

28/09/2021
Tiempo de lectura 8 minutos.
La maldición de Tutankamón (III)
Reconstrucción facial de Tutankamón con técnicas modernas.

Culmina en esta entrada mi trilogía sobre Tutankamón que empieza con « La tumba de Tutankamón (I) » , prosigue con « Los tesoros de la tumba de Tutankamón (II) » . (La maldición de Tutankamón (III))

La maldición de Tutankamón (III)

¿Quién fue Tutankamón?

Nos enfrentamos a una pregunta largamente debatida: ¿quién es este faraón, este Tutankamón, al que se le concedió un funeral tan noble? Lo más sorprendente es que en realidad es un rey insignificante. Murió a la edad de dieciocho años, era yerno de Eknaton Ammonolis IV, el rey hereje, y muy probablemente su hijo biológico. 

Pasó su juventud en la reforma de su suegro, que reemplazó el culto a Amón por el culto a Aton, que es un ritual de culto al sol, con un carácter unificado, espiritual e igualitario. Más tarde regresó a la antigua religión, como lo demuestra su cambio de nombre a Tutankhaton; este se convirtió en Tutankhamon, como lo conocemos hoy. Sabemos que políticamente el período de su gobierno fue muy convulso. Vemos en el alivio cómo pisoteó a los prisioneros de guerra, y en la batalla mató a multitud de enemigos, en verdad, regiamente.

Pero no estamos seguros de si realmente participó en alguna actividad de campaña. Su mandato fue breve y murió alrededor de 1324 a. C. en el noveno año de su reinado a los 18 años. El trono lo heredó su esposa Anches-en-Amun, quien se casó con él cuando era muy joven, y si la copia no es exagerada, ella era una hermosa criatura.

La maldición de Tutankamón (III)

 La maldición de Tutankamón (III)

¿Qué riquezas hubiera habido en las tumbas expoliadas de Ramsés y Seti?

Por los numerosos cuadros y relieves de su tumba; y también por determinados objetos de uso, como por ejemplo el sitial, que seguramente tenía relación personal con él,; conocemos muchos rasgos particulares de su carácter que le hacen agradable. Pero no estamos enterados de sus actividades como rey, ni de sus funciones de gobernante. Lo más seguro es que siendo una persona que murió a los dieciocho años no hiciera nada significativo.

Fue un juguete para los sacerdotes del Dios Amón. Cuando Amonofis IV murió, recuperaron su influencia perdida y la usaron para realizar sus ambiciones de casta. Carter sin duda tiene razón en su resumen histórico, diciendo la siguiente frase concisa: «Hasta donde llegan nuestros conocimientos,;podemos decir con seguridad que lo único notable de su vida fue su muerte y su fastuoso entierro.» Esta extravagante actuación no es un tributo al faraón victorioso, sino un desquite de la casta que había sido proscrita.

Esto nos lleva a la conclusión de que si el hijo de este faraón fuera realmente enterrado con un lujo que sobrepasara todas nuestras fantasías occidentales, ¿qué riqueza se depositaría en las tumbas saqueadas de Ramsés el Grande y Sethi I?

La maldición de Tutankamón (III)

maldición de Tutankamón (III)

Derry dice de Sethi y de Ramsés: «Seguramente, sólo en cada una de sus cámaras sepulcrales se habían amontonado tantas riquezas como en la tumba entera de Tutankamón. ¿Qué inimaginables tesoros procedentes de las tumbas de los reyes deben haber caido en manos de los ladrones en el transcurso de estos tres milenios?»

La maldición de Tutankamón (III)

¿Qué enfermedades padecía? ¿De qué murió?

El profesor Derry, el anatomista forense, describe el examen de la momia en un trabajo especial, desde su punto de vista de anatomista. Mencionemos sólo tres de sus conclusiones:

1) Muestra como muy probable el parentesco de padre a hijo entre Amenolis IV, Ecnaton y Tutankhamón, lo cual es de extraordinaria importancia para explicar las circunstancias políticas y dinásticas del periodo agonizante de la XVIII dinastía.

2) Deduce algo muy interesante para la historia del arte, que coincide con lo que Carter también afirma varias veces, a saber, la estrecha relación de las bellas artes con el realismo. Carter dice: «La máscara dorada representa a Tutankamón como un joven amable y distinguido. Aquellos que han tenido la suerte de ver el rostro sin obstáculos de la momia pueden ver con qué habilidad, precisión y fidelidad al natural el artista de la XVIII dinastía reprodujo los rasgos. En su obra nos ha transmitido para siempre, y en metal imperecedero, un magnífico retrato del joven rey».

3) Por último, el profesor Derry también nos da un relato exacto de la edad del rey, que históricamente no ha sido verificado. Por la composición de los huesos de las articulaciones, cree que el faraón tenía entre diecisiete y diecinueve años. El rey tenía probablemente dieciocho años en el momento de su muerte.

La maldición de Tutankamón (III)

La revista JAMA ( ‘Journal of the American Medical Association’) realizó un estudio genético forense de Tutankamon que pueden ver en este artículo “Ancestry and Pathology in King Tutankhamun’s Family

Según los últimos estudios parece que el faraón niño murió al caer de una carroza mientras cazaba en el desierto (Tutankamón murió cazando)

 La maldición de Tutankamón (III)

La maldición de Tutankamón (III)

La maldición del faraón

La explosión mediática de Tutankamón

Sin embargo, aún no hemos dicho nada sobre la leyenda de la «maldición del faraón», relativa a la misteriosa muerte de más de veinte personas implicadas en el descubrimiento de Tutankamón.

En los años de la ciencia arqueológica, ningún descubrimiento ha sido tan explotado por la prensa como el de Tutankamón. No en vano, el auge de la fotografía, la cinematografía y la radio, entonces en ciernes, se produjo en nuestra época de grandes medios de comunicación. La participación del mundo se expresó primero a través de telegramas de felicitación. Los corresponsales de prensa fueron los segundos en llegar al lugar.

Además, la noticia del descubrimiento de un fabuloso tesoro se extendió por todo el mundo, y llovieron cartas de críticos espontáneos y de quienes querían dar sus amables consejos. Algunos anatematizaron con severas acusaciones de haber cometido tal sacrilegio; otros buscaron patentes de modas prácticas en el atuendo funerario.

Sigamos el relato de Carter. «El primer invierno llegaban diariamente de diez a quince cartas insensatas o al menos superfluas, ¿Cómo hemos de imaginarnos, por ejemplo – pregunta Carter-, a una persona que desea saber seriamente si el descubrimiento de la tumba sirve para aclarar los supuestos terribles acontecimientos ocurridos en el Congo belga?»

La maldición de Tutankamón (III)

El flujo normal de turistas se convirtió en una masa ingente de peregrinos. Todo fue fotografiado. Y debido al intenso trabajo en la tumba, sobre todo en el primer periodo, rara vez salía a la luz un objeto, y muchos fotógrafos aficionados tenían que esperar días para tomar una foto.

Carter pudo observar cómo un simple trozo de ropa blanca de la momia, que había trasladado para su análisis, fue fotografiado ocho veces durante su viaje desde la tumba hasta el laboratorio adyacente.

Durante tres meses de 1926, el principal tema de discusión en el mundo fue la figura de Tutankamón; 12.300 turistas visitaron la tumba, y gran cantidad de representantes de 270 empresas visitaron el laboratorio.

Por supuesto, los directores de los periódicos, que no pueden privar a sus lectores de las noticias sensacionales del día, no siempre cuentan con redactores especializados en egiptología; y las noticias sobre Tutankamón, orales y escritas, recibidas de segunda o tercera mano, podían ser inexactas o erróneas. Tal es el carácter del periódico, que da más importancia al sensacionalismo que a las noticias concisas. Era natural que la imaginación llenara los espacios en blanco.

Hoy en día no se puede demostrar cómo surgió el mito de la « maldición del faraón ». Lo cierto es que hasta después de 1930 se habló mucho de ella en la prensa mundial. Sin embargo, no podemos darle más valor que al famoso misticismo numerológico de la Gran Pirámide. Algo parecido es la leyenda del «trigo de la momia», que siempre germina; granos de semillas de tres o cuatro mil años de antigüedad procedentes de antiguas tumbas egipcias, que se dice que no han perdido su capacidad de germinar. Desde que se difundió esta historia, este «trigo de la momia» es encontrado muy a menudo en las grietas de las tumbas de los reyes por todos los turistas, sobre todo si van acompañados de un guía experimentado, que hace un buen negocio con ello.

La maldición de Tutankamón (III)

Otras maldiciones famosas

La ¡maldición del faraón! es un tema tan burdo como la famosa «maldición del diamante de Hope» , o como la terrible serie de reveses provocados por la menos conocida «maldición de los monjes de Lacroma» Esos buenos frailes, desterrados de la isla de este nombre, que se halla delante de Ragusa, la maldijeron. Los propietarios posteriores, el emperador Maximiliano, la emperatriz Isabel de Austria y el principe heredero Rodolfo, asi como el rey Luis II de Baviera y el archiduque Francisco Fernando, todos murieron de muerte no natural.

La maldición de Tutankamón (III)

Todo empezó con la prematura muerte de lord Carnarvon

El motivo que aventó la leyenda de la «maldición del faraón» fue la prematura defunción de lord Carnarvon. Cuando a consecuencia de una picadura de mosquito falleció el 6 de abril de 1923, después de luchar contra la muerte durante tres semanas, mucha gente empezó a hablar de un «castigo del sacrilego».

Bajo el epígrafe de «La venganza del faraón» se difundió al poco la noticia de «una nueva víctima de la maldición de Tutankamón». Y luego vinieron: la segunda, la séptima y hasta la decimonona victima. La última se mencionó en un «giro telegráfico» de Londres fechado el 21 de febrero de 1950, publicado por un periódico alemán. «Hoy, lord Westbury, hombre de setenta y ocho años, se ha arrojado, desde un séptimo piso, por la ventana de su vivienda en Londres y quedó muerto instantáncamente. El hijo de lord Westbury, que participó como secretario del investigador Carter en la excavación de la tumba, fue también hallado muerto en noviembre del año pasado en su casa, aunque la noche anterior se habia acostado completamente sano. No se ha podido averiguar la causa de su muerte.»

La maldición de Tutankamón (III)

«La muerte se acercará rápidamente a cuantos perturben el reposo del faraón»

«Inglaterra se horroriza…», escribe la prensa británica, al conocer el fallecimiento repentino de Archibald Douglas Reid después que la victima número 21 del faraón, el egiptólogo Arthur Weigall, hubiera «sucumbido también a los malignos efectos de una fiebre ignota».

Más tarde muere también Mace, que juntamente con Carter abrió la sepultura; pero se oculta el hecho de que Mace estaba enfermo desde hacía tiempo, que ayudaba a Carter a pesar de su enfermedad, y que luego, por ese motivo, abandonó el trabajo.

Por último falleció por «suicidio provocado en un arrebato demente», el hermanastro de lord Carnarvon, Aubrey Herbert. Y la estadística de extrañas muertes continúa: en febrero de 1929, lady Elizabeth Carnarvon murió como consecuencia de la «picadura de un insecto». En el año 1930, de todos los que habían participado más cercanamente en la expedición, sólo permanecía vivo Howard Carter, el descubridor de la tumba.

«La muerte se acercará rápidamente a cuantos perturben el reposo del faraón», reza una de las versiones de la maldición que supuestamente Tutankamón habia mandado escribir en su tumba. Una vez propalada la noticia de que había muerto de modo misterioso en América, víctima de un accidente, un tal Mr. Carter, dijose que el faraón prevenía asi al hombre que habia descubierto su tumba, castigando a un familiar.

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Los arqueólogos ponen sensatez en el asunto

Llegó un momento en que un grupo de arqueólogos serios, irritados por tanta necedad, tomaron cartas en la cuestión.

Carter mismo asestó la primera réplica. Arguyó que el investigador realiza a su trabajo con todo respeto y con seriedad profesional hasta sagrada, pero libre de ese terror misterioso, tan grato al supersticioso espiritu de la multitud ansiosa de sensaciones. Habla de «historias ridículas» y de una «degeneración actualizada de las trasnochadas leyendas de fantasmas», y termina examinando las noticias según las cuales pasar el umbral de la tumba suponía un peligro, cosa que se hubiera podido explicar científicamente, pero que ya se tomaban las medidas debidas al penetrar en el malsano y enrarecido ambiente de la misma para evitarlo .

Por último Carter observa: «Todo espíritu de comprensión inteligente se halla ausente de estas estúpidas manifestaciones. Esto demuestra que aún no hemos progresado en este terreno tanto como a muchos les gusta creer».

La maldición de Tutankamón (III)

Con fino instinto de publicidad, el egiptólogo alemán Georg Steidorif contesta también en el año 1933. Esforzándose en comprobar las noticias cuyo origen debe aun verificarse. Constata que el tal señor Carter fallecido en América no tiene nada en común con el egiptólogo más que el apellido. También averigua que los dos Westbury no habian participado en la excavación, ni directa ni indirectamente. Y esgrime el siguiente argumento: la «maldición del faraón no existe en absoluto»; nunca fue enunciada ni figura en ninguna inscripción.

Confirma lo que Carter mencionaba, que «el ritual funerario egipcio no con contiene maldición alguna para la persona viva, sino sólo la petición de que se dirijan al muerto deseos piadosos y benévolos»,

Querer transformar en maldiciones las förmulas protectoras del difunto en las cámaras sepulcrales, constituye una palmaria falsificación de su sentido, Dichas fórmulas intentan huyentar al enemigo de Osiris – del muerto -, en cualquier forma que se presenten.

Desde el descubrimiento de Tutankamón, multitud de expediciones han trabajado en Egipto y han conseguido hallazgos científicos muy valiosos, pero como el de Tutankamón ya no los ha habido. Con esto hemos llegado al final de la trilogía. Espero les haya gustado.

(FiN) La maldición de Tutankamón (III)

FiN

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