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La epopeya de Gilgamés | George Smith – Asiria (III)

09/10/2022

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
Tiempo de lectura 20 minutos.
La epopeya de Gilgamés | George Smith - Asiria (III)

Tabla de contenidos

El botín de Layard, en la colina de Nemrod, más que abundante fue mucho más maravilloso de lo que se esperaba, y superaba los triunfos de Botta en Korsabad. Es lógico suponer que quien logró éxito tan completo no había de arriesgar su fama en experiencias a todas luces condenadas al fracaso. (La epopeya de Gilgamés | George Smith – Asiria (III))

Esta entrada es la continuación de la entrada: Palacio de Nimrod | Layard – Asiria (II) de este blog.

Al dedicar su actividad a nuevas colinas para emprender otras excavaciones, Layard eligió como objetivo de su nuevo empeño la colina de Kuyunjik, la misma donde Botta estuvo un año entero excavando en vano casi hasta la desesperación.

Esta decisión, absurda sólo en apariencia, nos demuestra que Layard era algo más que un hombre afortunado, guiado por una estrella feliz; demuestra que había aprendido, de sus excavaciones anteriores, a juzgar acertadamente la superficie de las elevaciones de tierra y que estaba preparado para hacer atinadas deducciones de los indicios más insignificantes.

Entonces le sucedió igual que a Schliemann, el millonario excomerciante que, después de haber descubierto Troya, halló la «Puerta de los Leones» de Micenas: todo el mundo creía que el primer triunfo había sido puramente casual y que de ninguna manera podía repetirse tal azar. Y todo el mundo tuvo que reconocer que esa segunda vez salían a la luz del día tesoros que revelaban la magnitud y la riqueza de la cultura olvidada.

La epopeya de Gilgamés | George Smith – Asiria (III)

Layard y Nínive: El palacio de Senaquerib

En otoño del año 1849 hincó Layard su piqueta en la colina de Kuyunjik, frente a Mossul, a la orilla del Tigris, y al punto halló uno de los mayores palacios de Nínive.

Perforó un pozo vertical en la colina y a una profundidad de veinte pies, aproximadamente, hallóse con una capa de ladrillos. Desde allí hizo abrir pasillos horizontales en distintas direcciones y pronto encontró una sala cuya puerta estaba flanqueada por animales alados; al cabo de cuatro semanas de trabajo, había descubierto ya nueve habitaciones del palacio de Senaquerib (704-681 a. de J. C.), uno de los reyes más poderosos y sanguinarios del Imperio asirio.

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Surgían una inscripción tras otra, imágenes, relieves y esculturas, paredes maravillosamente decoradas de azulejos, mosaicos, inscripciones en blanco sobre fondo azul turquesa, todo ello en un esplendor de tonos extrañamente fríos y oscuros con predominio del negro, amarillo y azul oscuro. Los relieves y las esculturas, que denotaban gran vigor en la expresión y una minuciosa naturalidad, superaban con mucho a las piezas halladas en la colina de Nemrod.

En Kuyunjik apareció el maravilloso relieve de la leona herida, obra de tiempos de Asurbanipal. Arrastrando el cuerpo, la leona alza la parte delantera y yergue por última vez la cabeza en un postrer rugido, todo lo cual refleja tal profundidad de creación y tal vigor artístico que bien puede parangonarse con las mejores creaciones del arte occidental.

La epopeya de Gilgamés | George Smith - Asiria (III)
Leona herida

Esta ciudad, hasta entonces sólo conocida por las/ palabras de algunos profetas, grande, sublime, y a la vez terrible, que la Biblia alternativamente ensalza, insulta y vitupera, se presentaba aquí a la vista de los modernos investigadores.

Nin, la gran diosa del país de los dos ríos, dio nombre a la ciudad. Nínive es tan antiquísima, que ya Hamurabi, el legislador que vivió hacia el año 1930 a. de J. C., menciona el templo de Istar como lugar donde se agrupaba la ciudad, que era una urbe provinciana, mientras que Assur y Kalchu eran residencias reales.

Senaquerib, desdeñando Assur, que fue sede de su padre, convirtió a Nínive en la capital de un país que comprendía todo el reino babilónico, hasta Siria y Palestina, por un lado, y que llegaba por el Este hasta las regiones montañosas, habitadas por nómadas salvajes que nunca logró someter definitivamente.

Con Asurbanipal, Nínive conoció los días de su máximo esplendor y era la ciudad «donde los comerciantes son más numerosos que las estrellas del cielo», por ser punto de confluencia de las relaciones políticas, económicas y culturales. Era igual que Roma en tiempo de los Césares. Pero reinando su hijo Sin-shar-ishkun, cuyo gobierno solamente duró siete años, se presentó ante sus murallas Ciaxares, rey de los medos, y con un ejército reforzado con persas y babilonios asedió la ciudad y la conquistó, demoliendo sus murallas y palacios y convirtiéndola en un montón de ruinas.

Así era Nínive

Esto sucedió en el año 612 a. de J. C.; por lo tanto, Nínive sólo fue residencia real unos noventa años; pero ¿qué pudo suceder en esos noventa años para que la fama de la ciudad se haya mantenido durante veinticinco siglos tan viva, tan simbólicamente emparejada en grandeza con la noción del máximo terror y poderío, de sibaritismo y civilización, de altísimo progreso y vertical decadencia, así como con la culpa criminal y su justo castigo?

Hoy, gracias a la labor conjunta de excavaciones y paleógrafos que han ido descifrando los textos cuneiformes hallados, conocemos tantos datos de la vida de ambos reyes, Senaquerib y Asurbanipal, así como de sus antecesores y sucesores, que podemos decir:

El recuerdo y la fama de Nínive se grabó en la conciencia de los hombres por las monstruosidades cometidas: asesinatos, pillajes, sumisión de pueblos y opresión de los débiles. La guerra y el terror fueron las únicas normas para conservar el trono que conocieron sus reyes, los cuales raras veces llegaron al fin de sus días de muerte natural y siempre eran sucedidos por príncipes aún más sanguinarios. Senaquerib fue el primero de aquellos césares medio dementes que ocupó el trono de la primera gran metrópoli civilizadora, como mucho más tarde lo fue Nerón en el trono de Roma. Nínive es, en efecto, la Roma asiria, la urbe poderosa, la capital, la metrópoli, la ciudad de los gigantescos palacios, enormes plazas, carreteras sorprendentes, la ciudad que supo resolver problemas técnicos inauditos.

Sede de una clase muy reducida de señores que debían su rango y su supremacía sobre los demás a la raza, sangre, nobleza, dinero, violencia o refinada mezcla de todo ello. Esta minoría gobernaba omnímodamente sobre una masa anónima, oprimida, sin derechos, reducida a las condiciones más duras de trabajo, a la esclavitud, a pesar de que más de una vez se les reconociera la libertad.

En ampulosos documentos de estilo muy parecidos a los de hoy, se pregonaba el trabajo por el bien común, hacer la guerra en favor del pueblo y sacrificarse por el país, pero éste, siempre fluctuante y oscilando entre la revuelta social y la servidumbre voluptuosa, era una masa ciega, crédula y dispuesta al sacrificio como las reses que se hallaban en los grandes patios de aquellas ciudades; ciudades que ya no son de un dios, sino de muchos, traídos a menudo de lejanas tierras, desprovistos de su antiguo vigor generador, ciudades de mentira y de lo que hoy llamaríamos propaganda: política convertida en oficio al servicio permanente de la mentira.

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Nínive

Los jardines colgantes

Así era Nínive. Desde lejos, las fachadas de sus brillantes palacios se reflejaban en las aguas del Tigris. Una primera muralla exterior la circundaba; y luego, otra gran muralla que ostentaba el pomposo nombre de «el terrible esplendor que aniquila a los enemigos» y se levantaba sobre unos inmensos cimientos de bloques de piedra; medía «cuarenta ladrillos» de anchura y cien de altura, o sea unos diez y veinticuatro metros, respectivamente. En el exterior se abría un foso de cuarenta y dos metros, y en «la puerta del jardín» había un gran puente de piedra, maravilla arquitectónica de aquellos tiempos.

En la parte occidental estaba el palacio «sin par» de Senaquerib, quien al construirlo hizo derribar todos los viejos edificios que presentaban algún obstáculo para su proyecto, lo mismo que hiciera después Augusto, cuando de una Roma de adobes hizo una Roma de mármol.

El desenfreno arquitectónico de Senaquerib alcanzó la máxima fantasía en el jardín creado en honor del dios Assur, en la ciudad del mismo nombre. En una superficie de 16.000 metros cuadrados alrededor del templo se taladraron agujeros en las rocas, unidos subterráneamente por canales, y se llenó el conjunto con tierra. ¡El rey quería que allí hubiese un jardín!

Jardines colgantes de Nínive

Jardines colgantes de Nínive

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Historia de Senaquerib

Senaquerib inició su reinado adaptando a su modo su genealogía. Renegó de su padre, Sargón, y se hizo descendiente directo de los reyes anteriores al Diluvio, de los semidioses como Adapta y Gilgamés. En ello se da un paralelismo histórico que sería erróneo considerar como hecho casual: los césares romanos se coronaron a sí mismos como dioses, ordenando que en todas las provincias se les erigieran estatuas. ¿Y no han pretendido también algunos dictadores occidentales de tiempos más recientes la cualidad de dioses, pretendiendo poseer el don de la infalibilidad, lo que en sus ciudades les confirmó un pueblo descontento, pero obediente?

«Senaquerib era una personalidad extraordinaria en todos los aspectos. De una sorprendente capacidad física, entusiasta de los deportes, del arte y de la ciencia y, sobre todo, de la técnica. Estas buenas cualidades quedaban ahogadas por su carácter despótico, iracundo, que, sin escrúpulo alguno, llevaba a la práctica todo plan, proyecto o capricho, dirigiéndose inflexiblemente a su meta. Esto ha sido justamente la antítesis del buen estadista». (Meissner).

Durante su reinado predominó la guerra: luchó contra Babilonia, contra los galileos y los coseos. En el año 701, contra Tiro, Sidón, Ascalón y Ecrón. También contra Ezequías de Judea, cuyo consejero era el profeta Isaías: se jactaba de haber conquistado en tierra judía cuarenta y seis fortalezas y muchísimos poblados; pero conoció la derrota ante Jerusalén. Isaías dice: «No pondrá él el pie en esta ciudad, ni arrojará una saeta, ni la asaltará el soldado cubierto con su escudo, ni levantará trincheras alrededor de ella… Bajó un ángel del Señor, e hirió en el campamento de los asirios a ciento ochenta y cinco mil hombres; y al levantarse a la madrugada, he aquí que no vieron sino montones de cadáveres».

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Nínive

La peste —hoy sabemos que se trataba de la malaria trópica— había aniquilado a su ejército. Hizo nuevas incursiones militares por Armenia; batalló constantemente en Babilonia, que no se resignaba a soportar sus despóticos gobernadores y con una flota llegó hasta el golfo Pérsico, cayendo sus huestes sobre el país del Sur «como una bandada de saltamontes».

El relato de sus propias hazañas es exagerado; y las cifras, pura invención. Por su énfasis, corresponden exactamente a las alocuciones habituales en los dictadores modernos dirigidas a mantener la moral de su pueblo y de sus tropas, a conciencia de que la mayoría de la gente creerá tales mentiras. Es un consuelo para nosotros, hombres del siglo veinte, saber que uno de nuestros arqueólogos halló una placa de arcilla, en las ruinas de Babilonia, con la siguiente inscripción lapidaria: «Mira para donde quieras, y hallarás que los hombres son estúpidos».

No es rebuscado tal paralelismo entre estos fenómenos, sino que se da de la manera más natural cuando se contemplan las distintas épocas de la historia de los pueblos, no solamente en su sucesión cronológica, sino en comparativa sinopsis.

Las ambiciones de Senaquerib llegaron a su cenit en el año 689, cuando decidió exterminar Babilonia, que de nuevo se había sublevado, con esa misma saña con que el Occidente moderno ha inventado en la segunda guerra mundial palabras como ausradieren y coventrizar[1]. Los habitantes, uno tras otro, fueron asesinados, hasta convertir las calles en depósitos de cadáveres. Las casas se destruyeron; el templo de Esagila y su torre fueron abatidos sobre el canal Arachtu; y, por último, se condujo el agua a la ciudad de tal modo que las calles, las plazas y las casas quedaron inundadas. Pero el aniquilamiento efectivo de la ciudad no bastaba, sino que deseaba hacerla desaparecer también simbólicamente, y para ello hizo cargar de tierra babilónica unos barcos, los mandó llevar a Tilmun, y allí fue esparcida dicha tierra a todos los vientos.

Aquello pareció darle finalmente la tranquilidad necesaria para preocuparse de los asuntos de la política interior, y, accediendo a la demanda de su favorita Nakiya, proclamó príncipe heredero a Asarhadón, uno de sus hijos más jóvenes, justificando su arbitraria decisión en que lo hacía impulsado por el oráculo de los dioses, los cuales refrendaban tal elección. Reunida una asamblea en que participaron los hermanos mayores de Asarhadón, altos funcionarios asirios y representantes del pueblo fueron consultados sobre tal acuerdo y los congregados gritaron «sí» en aprobación aclamatoria; pero los hijos mayores de Senaquerib, ligados a la tradición, se sublevaron contra su padre a fines del año 681 y un día, cuando adoraba a su dios en el templo de Nínive, le asesinaron, Así murió Senaquerib.

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Senaquerib

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Asurbanipal y su enorme biblioteca

Ésta fue una parte de la sangrienta historia descubierta por Layard. Anhelaba sacar a la luz del día otra parte del interesante relato cuando halló en dos estancias, evidentemente añadidas más tarde al palacio de Senaquerib, una gigantesca biblioteca. No hay anacronismo ni exageración en tal frase. La biblioteca que Layard descubrió contaba con treinta mil volúmenes en placas de arcilla.

Asurbanipal (668 a 626 a. de J. C.), llevado al trono por su abuela Nakiya, antaño favorita de Senaquerib, tenía un carácter opuesto al de Senaquerib. Sus inscripciones, menos presuntuosas que las de su predecesor, revelan virtudes pacíficas y una inclinación a la vida cómoda y a la paz, lo cual no supone que no entablase guerras. Sus hermanos, uno sacerdote supremo del dios Luna, que nos llama la atención ante todo por su nombre especialmente largo, Asur-etil-schame-irsiti-ubalitsu, le causaron muchas preocupaciones; sobre todo Shamas-shum-ukin, que había sido nombrado rey de Babilonia.

Asurbanipal destruyó el reino de los elamitas, conquistó Babilonia, reconstruida por su inmediato predecesor, y no la arrasó como Senaquerib, sino que la trató con clemencia. En la época de este asedio, que duró dos años, floreció en Babilonia el mercado negro, fenómeno económico que después de las dos guerras mundiales, es decir, dos mil quinientos años más tarde, el Occidente considera como la forma más moderna y nueva de descomposición económica. Tres «sila» (medida oriental) de trigo, unos tres kilos, costaba un saquito de plata, o sea 8,4 gramos, cantidad por la cual en circunstancias normales se habría pagado sesenta veces más.

Asurbanipal

Un poeta, en alabanza de Asurbanipal —el famoso Sardanápalo de los griegos— dice lo que nunca se hubiera podido decir de Senaquerib:

«Las armas de sus enemigos no se movían.
Los guerreros saltaban de sus carros,
dejando descansar las agudas lanzas
y aflojando los arcos;
los levantiscos estaban domeñados
y ahora ya no luchaban contra sus enemigos.
»En la ciudad y en las viviendas,
nadie robaba el bien ajeno.
En toda la extensión del país
nadie causaba mal a su prójimo.
»Quien caminaba solo
iba tranquilo por el camino apartado,
no había bandidos que derramasen sangre inocente
y no se cometía ningún desmán.
»En los pueblos había viviendas tranquilas,
de buen aceite las cuatro partes del mundo
estaban bien provistas».

Su nombre adquirió ilustre e imperecedera fama por la fundación de una biblioteca «con el fin de leerla él mismo». El hallazgo de estas placas fue el último gran triunfo de Layard como excavador, antes de ceder su puesto a otro, de regresar a Inglaterra y de empezar su carrera de político. Aquella biblioteca dio la clave del conocimiento de toda la civilización asiriobabilónica.

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La leyenda de Gilgamesh

El rey adquiría una parte de las placas como propiedad particular, y la mayoría de las conservadas son reproducciones que mandó hacer en todas las comarcas de su Imperio. A Shadanu, uno de sus funcionarios, le mandó a Babilonia instruyéndole de este modo: «El día que recibas mi carta, lleva contigo a Shuma, a su hermano Beletier, a Apia y a los artistas de Borsipa que conozcas. Trae todas las tablas que encuentres en sus casas, así como las tablas que están en el templo de Ezida».

La epopeya de Gilgamés | George Smith - Asiria (III)
Biblioteca de Asurbanipal

La carta termina de este modo: «Buscad las placas de valor cuyas copias no existan en Asiria. Ahora he escrito al sacerdote supremo del templo y al alcalde de Borsipa diciéndoles que tú, Shadanu, tomarás las placas en depósito y que nadie debe ocultártelas. Si alguna placa o un texto ritual os parece conveniente para el palacio, buscadlo, tomadlo y enviádmelo».

Además, trabajan para él los sabios y toda una «asamblea de artistas y escribas». Así reunió una biblioteca que contenía todos los conocimientos de aquella época; y éstos, en gran parte, estaban determinados por la magia, las creencias oscuras y la hechicería. Ello explica que la mayor parte de los libros sean obras doctrinales sobre conjuros, presagios y ritos. Pero no faltaban muchas obras de medicina, de carácter mágico en gran parte, así como obras de filosofía, astronomía, matemáticas y filología. Layard halló en la colina de Kuyunjik aquellas placas escritas para texto de los alumnos que tanto contribuyeron a descifrar el tipo III de la escritura cuneiforme.

También se hallaron listas de reyes, anotaciones históricas, noticias políticas, sucedidos e incluso poesías, cantos épicos, leyendas mitológicas, e himnos.

Por último, entre todo aquel tesoro hallóse redactada en placas de arcilla la obra literaria más importante del antiguo mundo mesopotámico: la primera epopeya de la Historia universal, la leyenda del maravilloso y terrible Gilgamés, mítica figura que tenía dos tercios de ser divino y uno de persona humana.

Pero estas placas ya no las halló Layard, sino otro hombre ilustre, poco antes liberado por una expedición de su doloroso cautiverio de dos años en Abisinia. Fue Hormuz Rassam, ayudante de Layard, que cuando éste comenzó su carrera política fue nombrado sucesor suyo por consejo del Museo Británico, el que halló las placas que contenían la Epopeya de Gilgamesh.

Si Layard las hubiera descubierto habría colmado la balanza de su gloria, pues esta epopeya de Gilgamés no tenía sólo un interés literario, lo cual ya sería mucho, sino que contenía una leyenda que arrojaba sorprendente claridad sobre nuestro pasado más remoto, una leyenda que aún hoy día aprenden en la escuela todos los niños europeos, sin que hasta el hallazgo de la colina de Kuyunjik nadie sospechara el origen de la misma.

La epopeya de Gilgamés | George Smith – Asiria (III)

George Smith descifra la epopeya de Gilgamesh

Hallar las huellas de este origen es el mérito de un hombre que falleció a los cuatro años de haber realizado su descubrimiento; de un sabio cuyo nombre, por ser corriente en Inglaterra, su patria, apenas si es citado en los tratados de arqueología, aunque aparece en observaciones marginales y llamadas. Este hombre era George Smith, otro de los «aficionados» que husmearon en el campo de la arqueología.

Smith, que nació el 26 de marzo de 1840, en Chelsea, cerca de Londres, era un autodidacta que todas las noches, en su habitación, se entregaba con aplicación sin igual al estudio de las primeras publicaciones de la asiriología. A los veintiséis años de edad escribió un breve tratado sobre caracteres cuneiformes aún dudosos. Tales estudios, que llamaron la atención del mundo profesional, le valieron, años más tarde, ser nombrado ayudante en la sección egipcio-asiria del Museo Británico de Londres. Cuando, prematuramente, falleció en el año 1876, había publicado ya una docena de libros, ligando su nombre con descubrimientos importantes.

George Smith estudió, en el año 1872, algunas placas que se habían enviado al Museo, e intentó descifrarlas.

La epopeya de Gilgamés | George Smith - Asiria (III)
Tablilla cuneiforme correspondiente a la Epopeya de Galgamesh

Por aquella época, nadie sospechaba que hubiera existido una literatura asiriobabilónica digna de ser comparada con las posteriores grandes obras clásicas de la literatura. No era aquello lo que fascinaba a Smith, científico en el fondo, sin ambición literaria y, probablemente, sin afición por las musas. Pero apenas hubo comenzado el desciframiento, quedó fascinado por la trama de la leyenda y la acción narrada, no por su forma. Y cuanto más progresaba en su tarea, más le entusiasmaba lo que allí se decía, sobre todo una alusión secundaria que hallaba al final…

Smith había seguido apasionadamente la narración de las grandes hazañas de Gilgamés. Había leído la leyenda del hombre del bosque, Enkidu, que fue llevado a la ciudad por una sacerdotisa prostituta del templo para vencer a Gilgamés, el presumido. Pero la terrible lucha entre los dos héroes no dio una victoria, sino que Gilgamés y Enkidu se hicieron amigos y ambos realizaron juntos nuevas hazañas portentosas: mataron a Chumbaba, el terrible dueño del bosque de los cedros, e incluso provocaron a los mismos dioses al insultar groseramente a la diosa Istar, que había ofrecido a Gilgamés su amor divino.

Y descifrando fatigosamente, Smith había leído cómo Enkidu falleció de una terrible enfermedad, cómo Gilgamés le lloraba y cómo, para no compartir igual destino, se marchó en busca de la inmortalidad. Encaminóse adonde estaba Ut-napisti, el antepasado común de todos los humanos, el único que con su familia logró eludir el gran castigo impuesto por los dioses al género humano, haciéndose así inmortal. Y Ut-napisti, el antepasado común, contó a Gilgamés la historia de su milagrosa salvación.

La epopeya de Gilgamés | George Smith – Asiria (III)

George Smith busca en Mesopotamia las placas que faltaban

Smith leía aquello con ojos encendidos. Pero cuando su excitación empezaba a transformarse en la certeza de un nuevo descubrimiento, tropezaba cada vez con más lagunas en el texto de las placas, constatando Smith que sólo poseía una parte del texto y que lo esencial, el final de la gran epopeya, con el relato de Ut-napisti, sólo restaba en fragmentos.

Pero lo descifrado hasta entonces de la epopeya de Gilgamés no le permitía callar. Al conocerse este hecho, toda Inglaterra, país muy aficionado a las lecturas bíblicas, se conmovió. Un diario muy conocido ayudó a George Smith. El Daily Telegraph hizo saber que pondría 1.000 guineas a disposición de quien hallara el resto de la epopeya de Gilgamés, marchando a Kuyunjik para buscarlo.

Y George Smith, el ayudante del Museo Británico, aceptó aquel desafío. Lo que le pedían no era ni más ni menos que esto: recorrer miles de kilómetros, desde Londres a Mesopotamia, para buscar allí, en una montaña de escombros que en relación con su volumen apenas estaba escarbada, determinadas placas de arcilla. Llevar a cabo tal tarea era algo así como buscar la famosa aguja en un pajar.

George Smith, repetimos, aceptó la propuesta de emprender tan audaz labor. Pero lo más sorprendente es que se repitió uno de aquellos increíbles golpes de fortuna que en el transcurso de las exploraciones arqueológicas se han dado tantas veces: ¡Smith halló inmediatamente las partes que faltaban de la epopeya de Gilgamés!

La epopeya de Gilgamés | George Smith – Asiria (III)

El texto más primitivo del Diluvio Universal

Regresó a Londres con 384 fragmentos de placas de arcilla, y entre ellas estaban las que completaban el relato de Ut-napisti, cuya primera alusión tanto le excitó. Aquella historia era la descripción del Diluvio, pero no de una de esas catástrofes acuáticas que aparecen en la mitología primitiva de casi todos los pueblos, sino la descripción de un diluvio bien determinado, exactamente igual al que mucho más tarde contaba la Biblia. Pues Ut-napisti no era sino el bíblico Noé.

Y veamos aquí el texto, que es lo que importa. El dios Ea, amigo de los hombres, revela en sueños a su protegido la intención de los dioses de imponerles un castigo, por lo que Ut-napisti (El texto más primitivo del Diluvio Universal y Noé) construye un barco:

«Todo cuanto tenía lo llevé conmigo; todo el fruto de mi vida
lo cargué en el barco; familia y parientes todos:
animales del campo, animales de las praderas y artesanos de todos los oficios,
a todos los embarqué.
Subí al barco y cerré la puerta…
Cuando amaneció el día espléndido
en el horizonte lejano se apelotonaba una nube negra…
La claridad del día se convirtió de repente en noche:
el hermano ya no ve al hermano,
ya no puede distinguirse la tierra del cielo.
Los dioses, llenos de terror ante las aguas,
huían y se refugiaban en el cielo de Anu,
los dioses se acurrucaban como perros junto a la pared y se quedaban quietos…
Durante seis días y seis noches
aumentaron la tempestad y las olas, el huracán bramaba sobre todo el país.
Al amanecer calmóse la tempestad,
las olas se aquietaban,
aquellas enormes olas que habían causado terribles estragos,
como un ejército de guerreros;
aquellas olas se tornaban mansas,
el viento amainaba y el agua dejaba ya de subir.
Yo miré las aguas, pues no se oía su rugido:
¡los hombres todos se habían convertido en barro!
El pantano alcanzaba la altura de una casa…
Yo busqué la tierra, mirando al horizonte del mar,
y allá lejos, muy lejos, vi surgir una isla.
El barco se acercó al monte Nisir, y en el monte Nisir
se encalló, quedando como anclado…
Al amanecer del séptimo día solté una paloma y la envié lejos,
y como no hallaba sitio donde descansar, regresó.
Envié una golondrina y la dejé volar;
voló, voló la golondrina y volvió también a mí,
porque no hallaba un sitio donde descansar, por esto volvía.
Solté luego un cuervo, le dejé volar,
y él marchó volando. El cuervo vio que el nivel del agua descendía;
por eso come, vuela, grazna… y no regresa».

Representación Asiria del Diluvio Universal

No cabía duda: se había hallado una forma primitiva del relato bíblico del Diluvio universal. No nos llama la atención sólo la semejanza del gran acontecimiento, sino que hallamos algunos rasgos que aparecen de nuevo en la Biblia; por ejemplo, aquí encontramos incluso la paloma y el cuervo, que también soltó Noé.

Este texto de la epopeya de Gilgamés, grabado en escritura cuneiforme, planteaba en la época de George Smith un problema crítico: la narración de la Biblia no era la más antigua que existía.

De nuevo, la investigación con la piqueta había dado otro salto inmenso en el pasado. Pero ahora se presentaron nuevos problemas. ¿La historia de Ut-napisti sería solamente la confirmación de la verdad de la leyenda bíblica por una leyenda más antigua? ¿No se había considerado hasta hacía poco como simple leyenda todo lo que la Biblia decía de este pueblo extraño tan rico situado entre los dos ríos? ¿Y no se había visto que todas estas leyendas se basaban en un fondo auténtico, en una realidad histórica?

Quizá, también, la historia del Diluvio fuera algo más que una simple leyenda.
Y pensando en tales cosas, uno se pregunta: ¿hasta qué tiempos retrocedía, pues, la historia del país de los dos ríos?

La epopeya de Gilgamés | George Smith – Asiria (III)

Camino de Babilonia

¡Lo que hasta entonces se había interpretado como un muro infranqueable detrás del cual no había más que oscuridad por la absoluta falta de historia, se revelará pronto como simple telón que cubre el escenario de un mundo todavía más antiguo!

Pocos años después del descubrimiento de George Smith, otro agente consular francés, llamado De Sarzec, por los años 1880, encontró cerca de Tello, en Babilonia, enterrada en la arena, una figura que denotaba un estilo artístico como hasta entonces nunca se había visto en el país de los dos ríos. Tenía ciertos rasgos comunes con lo hallado hasta entonces, pero más antigua y más monumental, era una huella del arte más primitivo, de los días de infancia de la cultura humana y mucho más antiguo que el arte egipcio, hasta entonces considerado como el más remoto de la Humanidad.

El hallazgo de estas antiquísimas huellas de la cultura primitiva de este pueblo es el fruto de una hipótesis extraordinariamente audaz de los investigadores, ligada por el azar con lo hallado por De Sarzec y que confirmaba brillantemente la atrevida hipótesis.

Pero este capítulo alcanza la segunda decena de nuestro siglo. Incluso acaso halle su punto culminante en nuestros días; pues lo que en el siglo pasado hubiera significado un hecho absurdo e insensato, se realizó en el año 1949: tres expediciones marcharon para buscar, muy en serio, en el monte Ararat, los restos del arca de Noé, basándose en que un aldeano turco había hecho unas declaraciones sobre tal asunto.

Pero antes de esto, a fines del pasado siglo, un investigador alemán comenzó la excavación de Babilonia.

(FiN) La epopeya de Gilgamés | George Smith – Asiria (III)

FiN

Botta descubre la civilización Asiria (I)

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