
La divinidad convergente
La divinidad convergente
Somos –decía Heidegger– contingentes y precarios, seres arrojados al mundo. Y presos insalvables de la condición humana, añado yo.
No hay más que admirar con detenimiento el parto de una vaca que echada sobre su costado expulsa al becerro del paraíso fetal. Este, resbalando abruptamente fuera de la madre, cae sobre la áspera tierra y sin más se despereza. Se desprende de la placenta que le sostuvo con vida y se levanta a trompicones a ponerse a vivir, en un obrar
que es más bien un proceder programado, un comportamiento estrictamente dirigido por su biología innata.
Así es como también nace el hombre, es igualmente arrojado sin contemplaciones al mundo, eso sí menos autónomo, absolutamente dependiente de la madre. Su primer acto es ponerse a llorar cuando prueba la primera bocanada de aire que le quema sus virginales pulmones pero no se pone a vivir. No se levanta y se pone a obrar sino que se deja cuidar en su integridad y procede a mirar y a aprender de otros humanos.
Es un ser vivo pero exánime, fofo, flojo de fuerzas, ni siquiera puede sostener su cuerpo y menos aun enorme cabeza frente a la fuerza de la gravedad. Él, que flotaba ingrávido en el líquido amniótico, es extraído con brutalidad y nace inerme, dependiente en toda su naturaleza de su madre.
La divinidad convergente
Lo primero que aprendemos, pues, es de la dureza de la vida y que dependemos de los demás, quedamos al abrigo de la familia.
Al contrario que el becerrillo el recién nato necesitará años para ponerse a vivir. Un vivir más pleno ¿o no? Pues hay en el hombre una cualidad que le lleva a ser curioso más allá de lo mediato o biológico conforme va llegando a adulto. Suele ocurrir que, transcurrido un tiempo, comienza a hacerse preguntas y a buscar respuestas. Pero hay muchos hombres que se quedan a medias o no llegan o se conforman con un vivir menguado. Y otros muchos que ni siquiera nacen porque legalmente hemos decidido que son prescindibles.
Pronto descubre, el hombre, que es un ser único e irrepetible que apoyado en las respuestas de sus antecesores tiene la misión de seguir aportando respuestas al caudal del conocimiento humano. Decía San Agustín que «cada hombre no nace para morir sino para empezar», iniciar lo suyo que complementará lo ya conocido, con aspiraciones de una vida eterna en el seno de Dios. Cada vida es un grano en la vida de la humanidad pero cada hombre es un nuevo océano de posibilidades en potencia. Esta potencia ha de ser desarrollada por la libre voluntad de cada uno y, multitud de veces, suele resultar capitidisminuida o abortada.
Es claro que unos se entretienen en vivir desechando su potencial, a otros la vida no les da de sí en su cortedad, y otros, además de esto, quieren saber, y unos pocos están motivados para tales menesteres. La adquisición del saber es un proceso doloroso porque salvo por lo útil que pueda ser para el vivir cotidiano conlleva una desilusión porque nunca se acaba pues el saber, aparentemente, no tiene final. También dicen muchos que el saber sólo da dolor y es mejor vivir en la ignorancia de lo por acontecer.
A una pregunta respondida sucede otra en una sucesión interminable, una serie sin fin y eso se da con las que tienen respuesta cognoscible. Muy pronto se aprende que hay preguntas cuyas respuestas son inaccesibles a la razón humana.
Resulta que la mayor abstracción del hombre, la matemática, es capaz de dar un resultado finito a una serie matemática infinita cuando es convergente. La suma de los conocimientos humanos posibles, presentes y futuros, desde este paradigma matemático, si la serie histórica humana fuera divergente no tendría fin. Esto último es lo que parece ser y sería un sin sentido para el hombre consciente de sí que busca respuestas porque tanto dolor y sufrimiento no tendría objeto en sí mismo al no tener final para lo humano en general y sólo la ineludible muerte, en particular.
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En la noción de progreso se parte de esa idea inmedible de una serie sin fin, la vida humana sería mejorable – incluidos los retrocesos que la tal idea de progreso no contempla- en un proceso infinito. Esto que tiene toda la lógica matemática, sería un absurdo vital para cada hombre como individuo.
También es cierto que el progreso como falsa idea conducente a un fin, no es un absoluto porque hay infinitos caminos a tomar. El progreso no tiene un fin sino infinitos caminos posibles. Así pues, si la serie humana es divergente y no tiene fin, el progreso en sí es un infinito elevado a infinito, al ser infinitos, también, los caminos posibles. Incluso en el camino o en los caminos tomados no hallamos la certeza de que sean los correctos o de que sean más que un frustrante «dar palos de ciego».
He dicho antes que cada hombre es un posible nuevo océano para la humanidad. Esta idea metafórica la explico como «salto cuántico». Cada cierto tiempo nace un hombre adecuado para esa metáfora. La humanidad da con él un salto cualitativo en el conocimiento humano que lo catapulta como en un agujero de gusano a otra dimensión humana, saltándonos los pasos previos. Esto es posible cuando no se impide la expansión en el arsenal de mentes pensantes – tal como hoy se pretende con la reducción poblacional- puesto que la proporción de saltantes cuánticos es ínfima pero, y esto es indubitable, a más población más de ellos habrán nacido en beneficio de la humanidad.
Acabo de decir que, aun contando con tales saltos cuánticos que acortan el proceso, la serie es divergente salvo que algo o alguien la haga converger. También he dicho que el progreso es una infinitud cuadrática de múltiples caminos posibles.
Atino a contemplar, en mi poquedad humana, que hay algo, superior, no medible, que hace converger a la humanidad hacia algo que tiene un fin, en sí mismo, y no es el progreso ni siquiera es el ‘regreso’, este abstruso que supone la última idea de los hombres mesiánicos, tal es la sostenibilidad.
La divinidad convergente
Asustados los prohombres ante la infinitud ya mentada y la supuesta limitación de recursos abogan por la sostenibilidad. Como si el hombre no pudiera encontrar nuevas formas de utilizar los recursos primigeniamente existentes de una manera más eficaz u en formas alternativas no imaginadas hasta el momento. Esta cualidad humana está demostrada científicamente con los usos cada vez más eficientes y novedosos de la energía, a medida que hemos conseguido domeñarla de distintas maneras.
Esta disquisición no nos salva de la aparente infinitud de posibles ni de indeterminables futuros. Quizás nuestras formas de medir y elegir estos eventos sin fin sea errónea. Es muy posible que nuestra percepción de la medida sea falsa. Incluso que nuestra presunción de que todo sea medible según nuestra razón sea una utopía.
Empero, hay alguien que nos da la justa medida de las cosas, que nos hace converger hacia algo que desconocemos pero que nos fue revelado cuando Dios se hizo hombre. Cristo entró en nuestra confusa historia humana y nos dijo que con el Amor basta. Esa es la medida de todas las cosas.
Sólo un Amor hacia el Creador y hacia nuestro prójimo es capaz de dar una respuesta a todos los hombres, frustrados en su incompletitud y en su censantía vital ineludible. Incompletos siempre ante unas vidas que pueden resultar cruelmente segadas y, en cualquier caso, sometidas a su breve tránsito temporal.
Somos seres vanos sujetos a un destino que tiene un final marcado, ineludible, para cada uno en su muerte, y en una infinitud para con la totalidad histórica de lo humano que presuntamente nos transciende. Cosa esta, que individualmente ni complace vitalmente ni le lleva a ningún sitio concreto salvo las cenizas. Nada hay que salve a cada hombre de su finitud adiada aunque le situe con su legado infinitesimal dentro de la incognoscible infinitud temporal de la raza humana.
Todo esto ante un universo que nunca llegará a comprender del todo por mucho que circunstancialmente se acerque. Una exponencial de pendiente decreciente que nunca llega a su asíntota. Sigue habiendo, después de cientos de miles de años, un 96% del universo que no es comprensible a nuestras seseras. ¿Cuál es nuestra asíntota? ¿Cuál es el límite del conocimiento humano? ¿El 4% de ahora, un 5%, quizás un 10%? ¡Porca miseria!
Sólo nos queda como única agarredera la promesa de la Resurrección que nos dejó Cristo como esperanza de los que sufren, como reparación última de las injusticias terrenales, como salvaguarda de cada ser humano individual y único. La esperanza de la Resurrección es lo que da sentido radicalísimo a la vida del cristiano y, por ende, de cualquier ser humano.
Pensar en la humanidad como un conjunto de obrares humanos infinitos que lleva a un progreso indeterminado e inabarcable no es más que dejar en precario a cada hombre, como individuo de la especie. Sólos ante una sofocante muerte eterna como triste y paupérrimo logro, el de su aportación infinitesimal, un logro que no salva la condición humana. Consolarse con nuestro minúsculo grano de arena, con lo que dejamos hecho para la humanidad, ante un camino de infinitos infinitos no nos basta, ni supone consuelo alguno.
Al menos a mí no me basta, ud. puede seguir si quiere con su laboro-lúdica existencia de final programado y conformarse con una transcendencia, generosa o no, para la Humanidad pero estéril para sí mismo. ¡Yo creo que hay algo más y nos ha sido revelado! Cristo nos dio con su sacrificio, su muerte y su resurrección una generosa transcendencia para toda la Humanidad y una eternidad fértil para cada hombre como continuación divina de su vida, fuera cual fuera y hubiera sido como fuera: La divinidad convergente en Dios.
Petrusvil
(FiN) La divinidad convergente
By Petrusvil













