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La cultura del miedo la muerte y la culpa

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
14/09/2021
Tiempo de lectura 2 minutos.
La cultura del miedo, la muerte y la culpa

Esta tríada alienante conforma la trinitaria beatería del laicismo globalisteo: Las «virtudes sociogales» cuyo objeto primigenio es aplastar al hombre de manera que su vida sea culebrear como un réptido, arrastrando las tripas por la tierra con la mirada esclavizada en el suelo por todo horizonte vital. (La cultura del miedo, la muerte y la culpa)

La cultura del miedo, la muerte y la culpa

Las elevaciones del espíritu jamás fueron cualidad de la bicha insidiosa que nos ofreció ladinamente la manzana del árbol prohibido del bien y del mal. Una fruta que ya es el alimento preferido de un hombre henchido por su voluntad de poder. Engañado por la sabrosura de la poma no se percata el homínido moderno que su vida es un cotidiano arrastrarse por el bajuno suelo del hedonismo vital. Es el postre somático que culmina el exiguo manjar de hierbas rumiadas y de proteínas insectiles o sintéticas que nos proponen los sumos sacerdotes de la dieta globalista.

La cultura del miedo, la muerte y la culpa

La muerte

Como si el cuerpo fuera una propiedad privada más, desprovista de alma, el descendiente del pitecántropo ha tomado las riendas, otrora divinas, sobre la vida y la muerte. La ideológica soflama egocéntrica del «Mi cuerpo es mío» ha otorgado el infame derecho a tomar decisiones sobre la vida de otros y la propia. Los más débiles han de ser arrancados de la vida como si de una molesta costra se tratara. Unos, los nasciturus, porque lastran la egolatría corpórea personal y los otros, los ancianos, porque son algo así como rémoras del cuerpo económico y social.

El culmen onírico se ha alcanzado una vez tomado el bastión divino que decidía ese final ignoto. Había que sortear la insoportable levedad del ser aunque sólo estuviera en nuestra mano berrinchar como un niño mimado contra el padre porque le quita su juguete favorito o no accede a sus infantiles deseos. Así, ante la inevitabilidad, ya que de la muerte nadie puede librarse, quiere disponer el momento de abandonar este mundo. Algo así como «La hora de mi muerte es decisión mía».

El tosco artificio legal nos conduce ineluctablemente, en una cesión del pretendido derecho otorgado, a dejar en manos ajenas nuestro comienzo y nuestro final. Seremos engendrados y finalizados como, donde y cuando el dios global-social quiera o le convenga.

Esta idea socializada y hábilmente trufada de un bien común dictado por los nuevos mesías omniscientes nos lleva por el camino angosto de la eliminación del ‘sobrante’ poblacional y la instrumentalización de los elegidos para vivir, como acólitos de la secta de la Sostenibilidad, para morar en la Madre Tierra y salvarla de nuestros conjeturales pecados biologistas.

La cultura del miedo, la muerte y la culpa

La culpa

Como pueden ver tirando del hilo hemos llegado a la culpa, la segunda virtud ‘sociogal‘. Todos los supuestos o inventados desastres recaen sobre el hombre genérico o en grupos de hombres convenientemente particularizados contribuyendo a su aplastamiento vital. De modo y manera que no sólo reptamos sino que el peso de la grávida culpa nos aplasta contra el suelo impidiendo elevarnos y maniatando la libertad. Esta es la Proclama Nueva de los Grandes Hermanos de la Bofia Globalista: «No podemos dejaros en libertad porque mirad el mal que hacéis, en adelante seréis vigilados y dirigidos por nuestra raza superior».

Le faltaba a la tríada el instrumento final de dominación, el arma más perfecta y poderosa que el hombre haya podido pergeñar: El miedo.

La cultura del miedo, la muerte y la culpa

El miedo

No me voy a extender porque se me ha alargado el escrito. Sólo hace falta que salgan a la calle y observen la expresión de terror en sus congéneres embozados. Y, si aun les queda algo de su capacidad de introspección, mírense a Udes. mismos. o, al menos, intenten analizar que les lleva a que el pánico domeñe insanamente sus vidas.

El terror a la muerte es sumamente fácil de inocular cuando no hay esperanza más allá de ella. Desafortunadamente también muchos cristianos y parte del clero han sucumbido a él a pesar del mullido colchón de la esperanza cristiana. Incluso bajo la perspectiva de la ensoñación hedonista que nos hemos dado para ocultarnos el morir mientras trasteamos en nuestro placentero pulular cotidiano, la pérdida definitiva y final del cuerpo sensible que la sustenta es el mayor transmisor de ese miedo que nos convierte en siervos dóciles. El auténtico virus de la servidumbre definitiva del ser humano.

La cultura del miedo, la muerte y la culpa

La cultura del miedo, la muerte y la culpa

FiN

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