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La belleza permanece – Charles Du Bos

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
20/02/2022
Tiempo de lectura 3 minutos.
La belleza permanece – Charles Du Bos

Charles Du Bos (París, 27/10/1882; La Celle-Saint-Cloud, 5/8/1939) Escritor y crítico literario francés. Importantes escritores destacaron la significación de su pensamiento y de sus obras. Para François Mauriac fue el único crítico del mundo interior en la Francia de siglo XX. (La belleza permanece – Charles Du Bos)

La belleza permanece – Charles Du Bos

La Belleza existe en sí misma; y antes de que aparezca el sentido de la Belleza e independientemente del hecho que la sintamos,;continúa y continuaría existiendo aún si no la percibiéramos, aún si no se hallara jamás nadie, aquí en la tierra, capaz de percibirla; su mismo nombre de Belleza no nos pertenece en absoluto aunque seamos nosotros quienes se lo han dado. Pertenece a la cosa bella, aunque el mismo nombre de Belleza por su resonancia y ambigua coloración;que parece querer situarse entre nosotros y la misma cosa, pueda inducirnos a error.

Sé que lo que adelanto aquí no puede demostrarse en el sentido habitual del término. A su modo es también una experiencia que cada uno tendría que hacer a condición de amar, verdaderamente, a la Belleza. Y una vez dada, esta experiencia reviste, también, un carácter definitivo. La Belleza es simplemente y el hecho de que ella exista es suficiente en sí, y es lo importante.

Cuando se trata de las bellezas de la naturaleza: «el sol, la luna, los viejos o tiernos árboles», los «claros arroyos», «los breñales en lo hondo del bosque» [Alude a Keats, Endymios I], ello es una verdad evidente a menos de aceptar, lo que por mi parte soy incapaz de hacer, esa tendencia de la filosofía moderna que ha nacido con Kant y que, sin duda, ha hallado su mayor característica, puesto que es la más extrema, en la primera pagina del magnum opus de Schopenhauer: «El mundo es mi representación.» Pero es también una verdad evidente, aunque más sutil y menos francamente reconocida, cuanto se trata de las bellezas debidas a las obras de los hombres.

No solamente ellas existen sino, con el mismo derecho que el sol, la luna, los árboles, continúan existiendo aun cuando,;para emplear en un sentido diferente esas palabras de Hamlet, nos «ausentemos un instante» de su belleza. Algunos de nosotros han compartido quizá, conmigo,;esta experiencia que consiste en retomar contacto luego de un cierto intervalo, con una de las grandes obras humanas. Se experimenta, entonces, la extraña, solemne, casi religiosa certidumbre que durante nuestra ausencia,;planeando muy por encima de ella sin lastres de toda experiencia humana, no escuchada, no mirada, no leída,;la obra no ha cesado, no obstante, de transformarse en algo inmutable y de cumplir, por así decir, con majestad, su propia revolución.

De la música de Bach escribí, hace muchos años, que aunque todo nos faltase, tenemos la impresión que ella siempre estaría. Quiero decir, que si el mundo fuese arrastrado por un gran cataclismo, no se concibe que ella pudiese estar englobada en el desastre. Al confiarle este pensamiento a mi amigo André Gide, él me decía que experimentaba algo análogo;y añadió estas profundas palabras: «La música de Bach es una música astronómica».

Bach representa, a este respecto, el perfecto ejemplo, en razón del orden, a la vez matemático y moral, siempre sensible y enraizado en su obra. Se puede, literalmente, aplicar a esta música las hermosas palabras de Tomás Traherne: «El orden es la belleza misma de la belleza». Pero todas las cosas bellas producidas por el hombre son astronómicas en el sentido que hemos atribuido a esa palabra en nuestra primera era lección, es decir, que pertenecen a ese cielo de los «fijos» donde entra ya realizada la obra para no descender jamás.

En otros términos, la Belleza es objetiva antes de ser subjetiva y, a decir verdad, el grado de subjetividad que interviene en la respuesta del alma, el grado de calor, de profundidad, la intimidad de su respuesta, se hallan en función de la inmutable objetividad del llamado que le ha sido dirigido. «Algo bello», una cosa;¡ah! cómo ha sabido Keats escoger la palabra precisa y, si la ha escogido, es que no olvida jamás que la Belleza es, primeramente y sobre todo, objetiva. Sí, la Belleza es una cosa en la exacta acepción de ese admirable verso de Hoffmannsthal, enigmático en apariencia, pero cuya significación, no obstante, es inagotable:

Und drei sind Eins: ein Mensch, ein Ding, ein Traum.
Y tres no son sino Uno: un hombre, una cosa, un sueño.

Un hombre, el hombre que crea la cosa. Y, apenas ha sido creada, apenas se ha desprendido de las manos de su creador, la cosa está allí, para siempre: «una alegría para siempre». Y la contemplamos, o la escuchamos, o la leemos y sin lastre de nuestra presencia, en razón de ese aligeramiento, la cosa, que en sí es hasta lo contrario de un sueño, desencadena, no obstante, en nosotros el mundo todo de los sueños.

No sólo una cosa bella es una alegría para siempre sino que «su hermosura acrece y nunca desaparecerá en la nada».

La belleza permanece – Charles Du Bos

FiN

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