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Felicidad – Hermann Hesse

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
13/02/2022
Tiempo de lectura 14 minutos.
Felicidad – Hermann Hesse

Hermann Karl Hesse ( Calw, Reino de Wurtemberg, Imperio alemán; 2/07/1877-Montagnola, Suiza; 9/08/1962). Escritor, poeta, novelista y pintor alemán, nacionalizado suizo en 1924. ( Felicidad – Hermann Hesse)

Felicidad – Hermann Hesse

El hombre ha sido creado con una facultad de alegrarse por las cosas

El hombre, tal como Dios le pensó y como la poesía;y la sabiduría de los pueblos le han entendido durante muchos miles de años, ha sido creado con una facultad de alegrarse por las cosas, aun cuando no le sean útiles, con una capacidad para lo bello.

En la alegría del hombre por lo bello participan siempre el espíritu y los sentidos en igual medida,;y mientras los hombres sean capaces de alegrarse, en medio de las penalidades y peligros de su vida; de cosas como un juego de colores en la Naturaleza;o en un cuadro pintado, una llamada entre las voces de las tempestades o del mar, o una música hecha por hombres,;mientras debajo de la superficie de los intereses y apuros pueda hacérseles visible o sensible el mundo como un todo,;donde, desde el giro de cabeza de un gatito juguetón hasta el juego de las variaciones de una sonata.

Desde la conmovedora mirada de un perro hasta la tragedia de un poeta, exista una conexión, una riqueza mil veces multiplicada de relaciones,;correspondencias, analogías y reflejos, de cuyo lenguaje eternamente fluido nace para los oyentes alegría y sabiduría, goce y emoción…, mientras sea así, podrá el hombre superar una y otra vez sus insuficiencias y atribuir a su existencia un sentido,;pues el «sentido» es precisamente esa unidad de lo multiforme,;o por lo menos esa facultad del espíritu de vislumbrar el laberinto del mundo como unidad y armonía.

Para el hombre verdadero, el sano, entero, no contrahecho, se justifica el mundo, se justifica Dios incesantemente por maravillas tales como la de que,;además de la fresca brisa vespertina y el fin de la jornada de trabajo,;existan también el rubor de la atmósfera al atardecer y las transiciones encantadoramente fluidas desde el color rosa al violeta, o de que existan cosas parecidas a la transformación de una cara humana cuando es recorrida por mil matices, como el cielo vespertino, al conjuro milagroso de una sonrisa, o de que haya cosas tales como las bóvedas y las ventanas de una catedral, como el orden de los estambres en una flor, como el violin hecho de finas tablas, como la escala de sonidos, y algo tan inconcebible, delicado, nacido de naturaleza y espíritu, razonable y al mismo tiempo irracional e infantil como el lenguaje.

Felicidad – Hermann Hesse

Músico del lenguaje

Sus bellezas y sorpresas [del lenguaje], sus enigmas, su aparente eternidad -que, no obstante, no lo aleja ni salvaguarda de los achaques, enfermedades y peligros a que todo lo humano está expuesto- lo eleva para nosotros, sus servidores y discípulos, a la jerarquía de uno de los fenómenos más misteriosos y venerandos en la tierra. iY no se trata sólo del hecho de que cada pueblo o cada comunidad cultural naciente se haya creado el lenguaje que corresponde a sus orígenes y sirve al mismo tiempo a sus fines todavía no definidos, no sólo de que un pueblo pueda aprender y admirar el lenguaje de otro o simplemente tener para él una sonrisa burlona, sin llegar a comprenderlo nunca plena y totalmente!

No, también para cada individuo que no viva en un mundo prehistórico carente hasta de lenguaje; o en una realidad mecanizada a ultranza y con ello privada de nuevo de la lengua,;el lenguaje es una propiedad personal, y para toda persona receptiva, o sea para todo hombre sano y completo,;las palabras y sílabas, las letras y formas, las posibilidades de la sintaxis tienen su valor y su sentido peculiar, apropiado sólo para él; todo lenguaje verdadero puede ser sentido y vivido por cualquier individuo dotado para él y de él,;de una manera enteramente personal y única, aunque el individuo mismo no sepa advertirlo.

Así como han existido músicos que tenían una especial predilección, recelo o aversión hacia ciertos instrumentos o ciertas tonalidades,;así también la mayoría de los seres humanos, siempre que tengan un sentido lingüístico,;tienen una particular inclinación hacia ciertas palabras y sonidos, ciertas vocales o sucesiones de letras,;mientras prefieren evitar otras, y cuando alguien ama o rechaza especialmente a determinado poeta,;participa en ello también el gusto y oído lingüístico de este poeta, afines o extraños a los de sus lectores.

Como ejemplo, podría enumerar gran cantidad de versos y poesías que he amado y amo a través de decenios,;no por su sentido ni su sabiduría, no por su contenido en experiencia, bondad, grandeza, sino únicamente por determinada rima,;cierta desviación rítmica del acostumbrado esquema, por cierta selección de las vocales preferidas,;que el poeta puede haber hecho tan inconscientemente como inconscientemente la verifica el lector. De la estructura y el ritmo de una frase de la prosa […] puede deducirse a veces mucho más sobre la disposición física o espiritual del poeta que de lo que esta frase en prosa dice. Hay frases que podrían figurar en la obra de cualquier poeta,;y otras que sólo serían posibles en un solo y bien conocido músico de la lengua.

Para nosotros, las palabras son lo que para el pintor los colores en la paleta. Las hay en número incontable y surgen constantemente nuevas; pero las palabras buenas, verdaderas, son menos numerosas, y en el curso de setenta años no he visto que haya sido creada ninguna nueva. Asimismo, los colores no existen en cualquier número, aun cuando son incontables sus matices y mezclas. Entre las palabras existen, para todo el que habla, voces queridas y extrañas, preferidas y esquivadas: las hay vulgares, que uno emplea mil veces, sin temer un desgaste, y otras, no vulgares, que uno, por más que las quiera, sólo pronuncia o escribe con cuidado y discreción,;con la infrecuencia y tacto selectivo que corresponde cuando de cosas excelentes se trata.

Felicidad – Hermann Hesse

La palabra “felicidad”

Entre estas últimas cuenta para mí la palabra ‘Glück’ [Del alemán: ‘Felicidad’]. Es una de las palabrus que sicmpre he querido y que me ha gustado oir. Aunque se pueda discutir y razonar cuanto se quiera sobre su contenido, en todo caso significa algo bello, algo bueno y deseable. Y en consonancia con ello hallé el sonido de la palabra.

Hallé que esta palabra, a pesar de su brevedad, tenía algo sorprendentemente grave y lleno, algo que recordaba al ‘oro’ [En alemán ‘Gold’], y, en efecto, además de su plenitud e importancia, le era propio también el resplandor que residía, como el relámpago en la nube, en la breve sílaba que empezaba tan dulce y sonriente con la gl, descansaba, riendo un instante, en la ü y terminaba tan resuelta y ceñida en la ck.

Era una palabra para reír y llorar, una palabra llena de encanto primitivo y sensualidad; cuando uno quería sentirla plenamente, sólo necesitaba poner una palabra moderna, llana, cansada, de níquel o cobre, al
lado de la áurea, acaso «circunstancia» o «productividad», entonces resultaba todo claro. Sin ninguna duda, no procedía de diccionario ni aulas, no había sido inventada, derivada o compuesta, era una y redonda, era perfecta, venía del cielo o de la tierra, como luz o flor. ¡Qué bien, qué ventura, qué consuelo que existieran palabras así! No vivirlas ni pensarlas sería sequedad y desolación, sería como vida sin pan ni vino, sin
risa ni música.

Hacía este lado, el natural y sensual, no se ha desarrollado ni ha cambiado nunca mi relación con la palabra «felicidad»; la palabra sigue siendo hoy tan brava y grave, tan dorada y brillante como siempre, la amo como la amé allá en mis mocedades. Pero sobre lo que significa este símbolo mágico, lo que se quería decir con esta palabra tan breve como grave, sobre esto han experimentado mis opiniones e ideas muchas evoluciones, y sólo muy tarde he llegado a una conclusión clara y determinada.

Hasta mucho más allá de la mitad de mi vida admití dócil y sin crítica que, en boca de la gente, «felicidad» significaba ciertamente algo positivo y absolutamente valioso, pero en el fondo trivial. Buena cuna, buena educación, buena carrera, buen matrimonio, prosperidad en la casa y en la familia, prestigio, bolsa llena, hucha llena, en todo esto se pensaba cuando se decía «felicidad», y yo hacía como todo el mundo.

Felicidad – Hermann Hesse

Vivíamos en una época excepcionalmente «feliz»

Existían por lo visto personas felices y otras, como existían inteligentes y otras. Hablábamos de felicidad también en la Historia universal, creíamos conocer naciones felices, épocas felices. Al mismo tiempo vivíamos nosotros mismos en una época excepcionalmente «feliz»; estábamos bañados por la felicidad de una larga paz, de una amplia libertad de movimiento, de un considerable bienestar,;como por un baño tibio, y, sin embargo, no nos dábamos cuenta de ello, esta felicidad era demasiado natural.

Y nosotros,;los jóvenes de aquella época, al parecer tan amable, cómoda y pacífica, para darnos más importancia; afectábamos un aire de hastiados y escépticos, coqueteábamos con la muerte, con la degeneración,;con la interesante anemia, mientras hablábamos de la Florencia del cuatrocientos, de la Atenas de Pericles y otros tiempos pasados como en épocas felices.

El entusiasmo por aquellos tiempos de floración se perdió poco a poco, leíamos libros de Historia, leíamos a Schopenhauer; nos volvimos escépticos respecto a los superlativos y las hermosas palabras; aprendimos a vivir en un clima de moderación y relatividad; y no obstante, la palabra «felicidad» dondequiera que tropezara uno con ella natural e ingenuamente seguía sonando con su antiguo son de oro; seguía siendo advertencia o recuerdo de cosas del más alto valor.

Acaso, pensábamos a veces, individuos de la sencillez de un niño podrían llamar felicidad a aquellos bienes palpables; pero nosotros nos imaginábamos con esta palabra más bien algo así como sabiduría, superioridad, paciencia, ecuanimidad del alma; todo lo cual era hermoso y nos causaba alegria, sin merecer, sin embargo, un nombre tan primitivamente lleno y profundo como «felicidad».

Entretanto, mi vida personal había evolucionado cumplidamente, hasta el punto de saber que no sólo no era ella el calificativo de feliz, sino que dentro de mi existencia no hallaba siquiera cabida ni sentido la aspiración a la llamada felicidad. En una hora patética habría calificado esta actitud tal vez de “amor fati”; pero en el fondo y exceptuando pasajeros estados febriles de desarrollo, nunca he tenido gran tendencia al pathos, y el amor antipatético, sin deseo, a lo Schopenhauer, ya no era tampoco mi ideal incondicional, desde que hube conocido el genero confidencial, poco aparente, parsimonioso y siempre vestido de sabiduría un tanto burlona, sobre cuyo terreno han crecido los relatos de la vida de los maestros chinos y las parábolas de Chuang Tsi.

Felicidad – Hermann Hesse

Lo que encierra hoy para mí la palabra «felicidad»

No, no quisiera extraviarme en chácharas, Tengo el propósito de decir algo bastante concreto. Por de pronto y para atenernos al tema, intentaré formular en términos acaso perifrásticos lo que encierra hoy para mí la palabra «felicidad», en cuanto a contenido y significado.

Por felicidad entiendo hoy algo totalmente objetivo, es decir, la plenitud misma, la existencia fuera del tiempo, la eterna música del universo, quizá lo que otros han llamado la armonía de las esferas o la sonrisa de Dios. Este summum, esta música infinita, esta eternidad sonora áurea y radiante, es presente puro y perfecto, no conoce el tiempo, ni la Historia, ni el antes ni después.

Eternamente brilla y ríe la faz del mundo, mientras hombres, generaciones, pueblos e imperios nacen, florecen y vuelven a hundirse en la sombra y la nada, Eternamente canta la vida, eternamente baila su minuetto, y la parte de alegría, de consuelo, de posibilidades risueñas que tal vez a los perecederos, amenazados y caducos nos es dada, es resplandor de allá, es un destello de luz, un regalo de música que por una vez llena nuestro oído.

Tanto si aquellos legendarios hombres «felices» han existido alguna vez en realidad, como si estos otros afortunados, ensalzados con envidia, favoritos del sol, dueños del mundo, han sido iluminados por la gran Luz sólo de cuando en cuando, en horas de fiesta o en momentos de gracia, no habrán роdido vivir otra felicidad, no habrán podido participar de otra alegria. Respirar en la plenitud del presente, cantar en el coro
de las esferas, participar en la danza del universo, reír en la eterna sonrisa de Dios, ésta es nuestra participación en la felicidad.

Hay quienes lo han experimentado una sola vez; otros, unas pocas veces. Pero quien lo haya vivido no sólo ha sido feliz por un instante: también ha aportado algo del resplandor y del sonido, algo del luminoso júbilo intemporal; y todo cuanto de amor, de consuelo y serena alegría haya sido
traído a nuestro mundo por los amantes y por los artistas, luciendo a menudo al cabo de siglos con la misma claridad que el primer día, procede de allí.

Este significado amplio, sagrado, universal, ha alcanzado en mi la palabra felicidad en el curso de una vida, y tal vez sea necesario decir expresamente a aquellos de mis lectores que sean escolares, que en estos momentos no cultivo ninguna filología, sino que narro una pequeña porción de historia del alma, y que de ningún modo quiero invitarlos a que den ahora a su vez a la palabra «felicidad» tal enorme significado en su
uso verbal y escrito. Para mí, empero, alrededor de esta palabra dulce, breve, áurea, lúcida, se ha acumulado todo lo que desde los días de mi infancia sentía a su son.

De niño, la sensación era ciertamente más profunda, la reacción de todos los sentidos a las cualidades y llamadas sensoriales de la palabra, más fuerte y más vehemente; pero si la palabra en sí no fuera tan profunda, tan primitiva y universal, mi representación del eterno presente, de la «huella dorada» en Goldmund’ [El autor se refiere a su obra Narziss und Goldmund, 1930] y de la risa de los inmortales en El lobo estepario -, no habría cristalizado alrededor de esta palabra.

Felicidad – Hermann Hesse

La felicidad en la infancia, en la juventud y en la vejez

Cuando los hombres, en su vejez, intentan recordar cuándo, con cuánta frecuencia y con qué intensidad han sentido la felicidad, entonces buscan ante todo en su infancia, y con razón, pues para vivir la felicidad se necesita sobre todo la independencia del tiempo, y con ello del miedo, tanto como de la esperanza, y esta facultad se pierde con los años en la mayoría de los hombres.

También yo, cuando intento acordarme de los momentos de mi participación en el resplandor del eterno presente, en la sonrisa de Dios, vuelvo siempre a mi infancia, y es allí donde hallo los sucesos más numerosos y más valiosos de esta indole. Ciertamente, los períodos de alegría eran más espléndidos y deslumbrantes en las épocas alegres de la adolescencia, más festivamente trajeados e iluminados con más vivos colores; el espíritu tenía en ellos más parte que en los de la infancia. Pero, al mirar mejor y más de cerca, se veía que era más bien diversión y alegría que verdadera felicidad.

Uno estaba alegre, chistoso, ingenioso, se gastaba más de una buena broma. Me acuerdo de un momento en el círculo de mis camaradas en el tiempo más florido de mi juventud: un ingenuo preguntó en el curso de la conversación lo que era realmente una risa homérica, y yo le contesté con una risa rítmica que marcaba exactamente un hexámero. Todos rieron a carcajadas y brindaron con las copas…; pero momentos como
aquél no resisten un ulterior examen.

Todo esto era hermoso, era alegre, sabía bien; pero no era felicidad. Felicidad, así parecía al menos cuando se seguía investigando, sólo había sido vivida en la infancia, en horas o momentos difíciles de encontrar de nuevo, pues incluso allí, en la región de la infancia, el brillo no resultaba siempre auténtico en el examen, el oro no era siempre enteramente puro.

Si tomaba las cosas con rigor, sólo quedaban muy pocas vivencias, y éstas tampoco eran cuadros que se pudieran pintar ni historias que se pudieran contar, pues rehuían, escurridizas, los interrogatorios. Cuando se presentaba uno de tales recuerdos parecía a primera vista que se trataba de semanas o días, o por los menos de un día, una Navidad acaso, un cumpleaños o el primer día de vacaciones. Pero para reconstruir un día de la infancia en la memoria harían falta miles de imágenes, y la memoria no reuniría la cantidad suficiente de imágenes para un solo día, ni siquiera las de medio día.

Sean vivencias de días, de horas o tan sólo de minutos, lo cierto es que he vivido la felicidad algunas veces, y también a una edad avanzada, incluso en la vejez he llegado a estar cerca de ella por momentos. De aquellos encuentros de mi vida temprana con la felicidad, por más que los haya conjurado, interrogado y examinado, ha resistido sobre todo uno. Fue en mi tiempo de escolar, y lo esencial en él, lo verdadero, original y mítico, el estado quedamente sonriente de ser uno con el mundo, de estar absolutamente liberado del tiempo, de la esperanza y del temor, de la completa actualidad, no puede haber durado mucho, acaso minutos.

Una mañana me desperté debía yo de ser un muchacho vivaz, de tal vez diez años con una sensación inusitadamente dulce y profunda de alegría y bienestar, que me traspasaba como los rayos de un sol interior, como si en aquel preciso momento, en el momento de despertar de mi sueño infantil, hubiera sucedido algo nuevo y maravilloso, como si mi pequeño gran mundo hubiera entrado en un estado nuevo, más elevado, en una nueva luz, un nuevo clima, como si toda la hermosura de la vida hubiera recibido tan sólo ahora, en esta
temprana mañana, su pleno valor y sentido.

Yo no sabía nada de ayer ni de mañana, estaba rodeado y suavemente bañado por un feliz hoy. Esto producía placer y fue gustado por los sentidos y el alma, sin curiosidad y sin rendirme cuentas, Me atravesaba como una corriente y sabía a gloria.

Felicidad – Hermann Hesse

Rememorando un instante eterno de felicidad

Era por la mañana, a través de la alta ventana, por encima del largo caballete de la casa vecina, veía el cielo sereno en puro azul claro; él también parecía lleno de felicidad, como si preparara algo especial y se hubiera vestido para ello con su ropaje más hermoso.

Desde mi cama no se veía nada más del mundo, precisamente este hermoso cielo y el largo trozo de tejado de la casa vecina; pero también este tejado, este aburrido y monótono tejado, de tejas oscuras de color pardo rojizo, parecía reír; su empinada pared sombreada recorría un suave juego de colores, y la única teja azulada de vidrio, entre las rojas de barro cocido, parecía tener vida y esforzarse alegremente en reflejar algo de este cielo matutino, tan suave y fijamente radiante.

El cielo, el canto algo áspero de la loma del tejado, el ejército uniforme de las tejas pardas;y el fino azul airoso de la única teja de vidrio parecían estar bella y gratamente de acuerdo; evidentemente, no pensaban sino en
sonreírse los unos a los otros y quererse bien en aquella singular hora matutina. Azul celeste, marrón de tejas y azul de vidrio tenían un sentido,;formaban un todo, jugaban unos con otros, se encontraban a gusto. Y era agradable y grato verlos, presenciar su juego, sentirse atravesado por el mismo fulgor y bienestar que ellos.

Felicidad – Hermann Hesse

Así, gozando de la naciente mañana, y al mismo tiempo del tranquilo regusto del sueño, permanecí en mi cama una hermosa eternidad. Y por más que aun otras veces en mi vida experimentara una felicidad igual o parecida, más honda y más real no podía ser ninguna; el mundo estaba en orden. Aunque aquella felicidad haya durado sólo cien segundos o diez minutos,;estaba tan fuera del tiempo, que se parecía a toda otra verdadera felicidad tan perfectamente como una mariposa azul a otra.

Fue pasajera, fue arrastrada por la corriente del tiempo; pero era bastante honda y eterna para reclamarme y atraerme todavía hoy, por encima de más de sesenta años,;tanto que yo, con los ojos cansados y los dedos doloridos, he de esforzarme en invocarla y sonreír, reconstruirla y describirla. No consistía aquella felicidad en nada más que en la armonía entre las pocas cosas circundantes y mi propio ser; en un bienestar sin deseo, que no pedía variación ni superación.

Todavía reinaba la quietud en la casa, tampoco penetraba ningún sonido desde fuera. Si no hubiera existido este silencio, probablemente el recuerdo de los deberes diarios, de tenerme que levantar e ir al colegio, habría trastornado mi bienestar. Evidentemente, no era ni de día ni de noche, reinaba la dulce luz y el sonriente azul; pero no había ningún trote de sirvientas sobre las losas de piedra arenisca del vestībulo,;ninguna puerta crujía, ningún paso del repartidor de pan en las escaleras.

Este momento matutino estaba fuera del tiempo, no llamaba a nada; no señalaba nada venidero, se bastaba a sí mismo, y como me absorbía y englobaba enteramente en sí. No existía tampoco para mí ningún día, ningún pensamiento de levantarme o de ir al colegio, ningún pensamiento en torno a deberes hechos a medias, a vocablos mal aprendidos, o al precipitado desayuno allá en el comedor recién ventilado.

Felicidad – Hermann Hesse

La eternidad de la felicidad tuvo esta vez su ocaso por un acrecentamiento de lo bello, por un aumento y exceso de alegría. Mientras estaba así en la cama, sin moverme, y el luminoso y apacible mundo matutino penetraba en mí y me absorbía, irrumpió desde lejos algo inusitado, algo brillante y deslumbrante de oro y triunfo en la quietud, algo lleno de rebosante alegría, lleno de seductora dulzura que despertaba: el son de una trompeta.

Y mientras yo, sólo ahora totalmente despierto, me incorporaba en la cama echando el edredón hacia atrás; el son era ya a dos voces, a muchas voces. Era la Banda municipal de música que recorría las calles a tambor batiente. Un acontecimiento sumamente raro y emocionante, lleno de sonora solemnidad, ante el que mi corazón de niño reía y sollozaba al mismo tiempo,;como si toda felicidad, todo el encanto de la dichosa hora hubiera confluido en estos sonidos excitantes,;de picante dulzura, derramándose ahora que yo estaba despierto ya y vuelto a lo temporal y perecedero.

En un segundo estuve fuera de la cama; temblando de alegría festiva, corrí a la puerta y a la habitación vecina, desde cuyas ventanas se podía ver la calle. En un vértigo de entusiasmo, de curiosidad y de querer participar, me asomé a la ventana abierta; escuché feliz los sones henchidos y altivos de la música que se acercaba. Vi y oí despertarse las casas vecinas, y las calles cobrar vida y llenarse de caras, figuras, voces.

Felicidad – Hermann Hesse

Y en este mismo segundo volví a saber todo lo que había olvidado tan totalmente en aquel bienestar entre sueño y día. Sabía que, en efecto, hoy no había clase,;que era un día de gran fiesta, creo que era el cumpleaños del rey, que habría desfiles, banderas, música e inauditas diversiones.

Y con este saber estaba de vuelta, me hallaba de nuevo bajo las leyes que dominan el día vulgar; y por más que no era ningún día vulgar, sino un día de fiesta al que los metálicos sonidos me habían despertado, lo verdadero y bello y divino de este encantamiento matinal ya había pasado; tras el pequeño y dulce milagro, tornaban a juntarse las olas del tiempo, del mundo, de la vulgaridad.

(FiN) Felicidad – Hermann Hesse

FiN

Poesía es medirse y rehacerse en libertad – Paul Valéry

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