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La batalla de Lepanto – 1571

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
22/10/2021
Tiempo de lectura 19 minutos.
La batalla de Lepanto – 1571

Tabla de contenidos

El día 7 de octubre se cumplieron 450 años de la crucial batalla de Lepanto donde el hijo bastardo de España aplastó a la «imbatible» flota turca; con lo cual el Imperio Español culminaba la proeza de parar el avance turco por el este a la vez que había expulsado definitivamente a los musulmanes de España casi un siglo antes, en 1492. (La batalla de Lepanto – 1571 )

Cabría pensar que la historia de Europa habría sido muy distinta sin estos dos hitos españoles que la blindaron por el este, el sur y despejaron el Mediterráneo occidental de los continuos ataques y saqueos de corsarios, aliados de los turcos. No podía Petrusvil menos que recrearla en este post.

¿Sabías por qué fue la más alta ocasión que vieron los siglos»?

El gran literato español Miguel de Cervantes participó en la batalla de Lepanto, resultó herido y perdió la movilidad de su mano izquierda, lo que le valió sobrenombre de «el manco de Lepanto». Fue el propio Cervantes quien lo calificó como «la más memorable y alta ocasión que vieron los siglos, ni esperan ver los venideros» en elm prólogo de sus Novelas Ejemplares, y narró la historia en su celebérrima obra de El Quijote, a través de la narración del cautivo. Ya en el siglo XIX fue nombrado por su condición de «ilustre inválido de Lepanto y gloria de los ingenios», Coronel honorario del Cuerpo de Inválidos de la Patria, y como tal así figuraba su nombre en lo más alto del escalafón de esta benemérita corporación militar ya extinta.

La batalla de Lepanto – 1571

Alta memoria y eternal proeza
Hoy pretendo cantar del nombre hispano ,
Y al medir del asunto la grandeza
Vacila mi razon, tiembla mi mano ;
Para llegar á tan suprema alteza
Se necesita aliento sobrehumano ,
Y soy, pues la soberbia no me engaña,
Débil cantor para la grande España.
Mas si me ayuda Dios ( que en el confio
Bajo el amparo de la fe cristiana )
Y un rayo de su inmenso poderio
Lanza á mi oscura inteligencia humana ,
Con noble acento y desusado brio ,
Arrancando á la historia castellana
Su mas luciente página de gloria ,
Cantaré de Lepanto la victoria.

Manuel Fernández González, 1850, Granada

Prolegómenos turcos

En el Golfo de Lepanto, donde concentró el ejército de los turcos, a la llamada de Ali Bajá a las divisiones que habían operado aisladas en el mar Adriático y las islas, donde causaban graves daños a las posiciones de los venecianos mientras se procuraban refuerzos y víveres, mientras que los informadores comunicaban noticias del avance de los cristianos, se colocaron bajo la insignia principal. La revista general arrojó las sumas de 210 galeras y 63 galeotas, guarnecidas por 35.000 hombres de guerra, de ellos 2.500 jenízaros, que se organizaron en cuatro escuadras equivalentes a las de los coaligados.

El cuerno derecho, al mando de Mahomet Siroco, gobernador de Alejandría, se componia de 54 galeras y dos galeotas; el centro, por Alt, General en jefe, de 87 galeras y ocho galeotas; el cuerno izquierdo, confiado al corsario CaraHosia (Khodja), 61 galeras, 32 galeotas; el socorro ó reserva a cargo de Murat Dragut, ocho galeras y 21 galeotas ó fustas.

Las órdenes del Gran Sultán turco, Selim II, eran terminantes: Ali debía salir con esa armada al encuentro de los cristianos y combatirlos donde quiera que los encontrara. El plan consultado en Consejo de guerra, con el que no hubo unanimidad ni confluencia de pareceres. Con permanecer al ancla, pensaban, avanzada como estaba la estación, los enemigos tendrían que volverse, resultando inútiles los enormes dispendios que habían hecho para salir de sus puertos.

Ya no era el arrojo otomano de los tiempos de Barbarroja; el hecho mismo de encontrarse la armada al abrigo de los castillos del golfo, consintiendo el avance de la enemiga desde Corfú, significaba inclinación a temperamento defensivo muy distinto a la beligerancia de antaño. Sin embargo, en contraposición de los veteranos prudentes, asistian al Consejo capitanes ardorosos, para los que no cabía duda del resultado en un encuentro con infieles, y por su mayoría quedó decidida la acción.

Tanto los informes de ciertos corsarios que osadamente se habian deslizado de noche con embarcaciones menores dentro de los puertos de Mesina y de Corfú, como los que produjo la captura de algunos marineros sometidos a tormento, por la casualidad de referirse los dias en que alguna de las escuadras andaba separada, coincidían en que la flota de la Liga –ciertamente en número inferior al existente-; era bastante inferior a la suya, con lo cual, y la ausencia de esas naves en lontanza, crecía su confianza.

La batalla de Lepanto – 1571

Prolegómenos cristianos

Por el lado de la Santa Liga –coalición militar formada por España, los Estados Pontificios, Repúblicas de Venecia y Génova, la Orden de Malta y el Ducado de Saboya– las noticias obtenidas de los barcos de cabotaje durante los cruceros de Andrade – enviado de avanzadilla por Don Juan de Austria-, no eran tampoco exactas; rebajaban asimismo los bajeles y los soldados que luego, en realidad, se llegaron a juntar en Lepanto; mas no se tenían por seguras entre los jefes de la Liga, y con cautela, no habían influido en su voto.

Don Juan de Austria, llevado por su genial impulso, al amanecer del 3 de Octubre mando levar anclas y enderezar las proas a Oriente, costeando Santa Maura. El tiempo no favorecía la derrota; reinaban vientos este-sudeste, obligando a proporcionar descanso a los brazos de los remeros en el trayecto por el Estrecho de Ítaca, hasta llegar al abrigo del continente en el cabo Maratia.

Conseguido esto, la Armada cristiana descendió hacia el Sur costeando las islas Equinodas, y alboreando el 7 de Octubre torcer a fin de montar la punta Escrofa con dirección al golfo de Patras, avisaron los vigias la vista de una vela, de dos, de muchas, de la escuadra turca, viniendo a toda vela con viento favorable.

Avante, ocho bajeles gobernando ,
Viase al español Juan de Cardona ,
Montes de espumas ante si llevando
Al rudo empuje de la hinchada lona ;
Los brillantes espacios esplorando ,
Del horizonte azul en la ancha zona,
Y ansiando ver en el lejano oriente
La aguda vela de la turca gente.
A la fin en la nave mas velera
De la avanzada flota esp!oradora ,
El atalaya, que en atenta espera
Observaba la mar desde la aurora ,
Alzóse de repente y la voz fiera
Entregando á la brisa voladora ,
Dejó escuchar en grito vigilante:
« A las armas! galeras al levante!»

Manuel Fernández González, 1850, Granada

La batalla de Lepanto – 1571

El encuentro de las dos grandes flotas de la época

La batalla de Lepanto – 1571

La impresión de asombro, contadas las velas con que blanqueaba la linea del horizonte, hizo decaer el espíritu de los menos aguerridos, arrepentidos del avance y prontos a evitar todavía el trance aparejado a un posible mal suceso. Todos los Generales fueron en los esquifes a la Real a tentar la disposición al combate de D. Juan de Austria con la expresión del semblante tanto como con las reacciones a las observaciones que acada cual se le ocurrían. Los mas apocados insinuaron la retirada; los indecisos propusieron reunión del Consejo, contestándoles el Capitán General con laconismo espartano: «Señores, ya no es hora de deliberación, sino de combate».

Por el lado turco, pasada la sorpresa de la descubierta, por ir en la creencia de que andaban por Cefalonia los coligados, el entusiasmo y el júbilo les embriagó, pensándose asegurados en la superioridad con la que iban a destruir a los cristianos. Pero oculta tras la punta Escrofa estaba casi un tercio del contingente naval de la Liga; que una vez se dejó ver en su totalidad trocó el entusiasmo en desengaño. Súbitamente enfrió en sus filas el ardor aquella flota formidable, haciendo renacer las aprensiones de algunos que se apresuraron a aconsejar el retroceso detras de los castillos. Ali, al igual que lo había hecho D. Juan, lo rechazó enérgicamente. Una irresistible atracción llevaba en aquel momento a los respectivos caudillos a un tremendo enfrentamiento.

La batalla de Lepanto – 1571

Don Juan, de Austria blason, gala de España,
De la Liga al flotar de la bandera
De la ancha mar sobre la azul campaña,
La armada de la cruz llevó guerrera ,
La proa vuelta al punto donde baña
Naciendo el sol la roja cabellera,
Y donde sobre el Bósforo galana
Se alza altiva Bizancio la sultana.
Gimió orgulloso el mar, ledo rizando
Junto á la fuerte escuadra sus espumas ,
Con frescas brisas á la par besando
Nobles banderas y bizarras plumas ;
La blanca luna, plácida brillando ,
Al horizonte entre perdidas brumas ,
Cuando el sol al poniente se escondia ,
Para alumbrar la armada aparecia.

Manuel Fernández González, 1850, Granada

La batalla de Lepanto – 1571

Comienza la batalla

Don Juan, el primero, disparó un cañón en señal de reto, poniendo en la entena la señal de formación en línea de combate. Al paso que los jefes cuidaban de la colocación en los puestos de cada galera, en el interior de éstas, con la actividad que parece producto febril en semejantes casos, poseídos los hombres de la obligación individual, la llenaban en silencio que tenía mucho de solemne, armando la pavesada, desembarazando la crujía, destrincando las piezas, apercibiendo las armas.

Por meditada providencia de D. Juan se habían retirado los espolones y las esculturas altas de las proas, tan bellas y elegantes a la vista, como perjudiciales a la puntería horizontal de los cañones de mas efectivos.

El cuerno izquierdo, que gobernaba Barbarigo, recibió orden de apoyarse en la costa, aproximándose a ella lo que consintiera el calado de las galeras, en previsión de impedir a las naves turcas un ataque a la retaguardia; las otras dos escuadras debían esperar a que ésta tomara el puesto para situarse inmediatamente a las distancias referidas en las órdenes principales, y por tanto, la derecha tenia que hacer camino hacia el Sur, dejando espacio en que se desplegaran las de la izquierda y centro; mas tanto prolongaba Juan Andrea Doria el movimiento de la suya, tanto se iba alejando, que hubo de enviarle aviso D. Juan, alarmado con la maniobra que dividía el cuerpo de batalla.

Orden completo de batalla de las armadas de la Liga y Turca de Lepanto por alas, centro y retaguardia.

Los turcos formaron su línea con rapidez, valiéndoles la homogeneidad de sus elementos y la práctica de los capitanes en tantas campañas. A la derecha Mahomet Siroco; el centro lo ocupaba Alí, seguido de las capitanas – galeras de fanal más fuertes-, y a la izquierda Uluch-Ali, colocado por el azar frente a Juan Andrea Doria; hecho que tuvo su gran influencia en el curso de la batalla.

La batalla de Lepanto – 1571

¿Por qué la Virgen del Rosario se celebra el 7 de octubre en conmemoración a la Batalla de Lepanto?

Hacia las once de la manana ocurrió un cambio que, pareciendo providencial, impresionó de modo distinto a los adversarios. Del Este roló el viento al rumbo opuesto, quedando la mar llana como en un lago, y lo primero obligó a los los turcos a amainar las velas y armar los remos, retrasando su marcha. A la contrariedad tendrían que añadir otra muy sensible: la de recibir de cara el humo en cuanto empezara el fuego. Cuenta la leyenda que fue la Virgen María a fuer de los muchos rosarios que rezaran las tropas españolas a petición expresa del Papa Pio V quien intercedió para cambiar el viento.

Cual si cumplido viera su destino
A la vista del furco calmó el viento ,
Y el mar tendióse terso y cristalino,
Faltas sus ondas de impulsivo aliento ;
La vela inútil, en batir continuo
Dió á las naves el remo movimiento ,
Y si antes cual aligeras volaron ,
Como delfines rápidas nadaron.
Y el canto con que miden los forzados
Raudo compås á los pujantes remos ,
Los cien rumores aumentaba alzados
De la estendida linea en los estremos,
Como cuando en el coso congregados
Ruidosa alzarse y turbulenta vemos,
La multitud que espera la salida
De la valiente fiera prometida.

Manuel Fernández González, 1850, Granada

Los coaligados aprovecharon la pausa para rectificar los puestos, y que se pudieran colocar en los suyos la escuadra de socorro del Marqués de Santa Cruz y la de Juan de Cardona, destacadas; las galeazas quedaron puestas a una milla por la proa de la linea, y en el centro la Real, teniendo a derecha e izquierda, apoyándola, las capitanas de la Santa Sede y de Venecia: Marco Antonio Colonna y Sebastian Veniero.

La batalla de Lepanto – 1571

La arenga de Don Juan de Austria

Antes de armarse embarcó D. Juan en una fragata ligera; corrió la linea de barcos pasando por la popa de las galeras y dirigiendo a cada una con elocuencia militar frases que arrancaban gritos y aclamaciones entusiastas : «Hijos – decía,- no deis ocasión que con arrogancia impía os pregunte el enemigo: dónde esta vuestro Dios?» De vuelta en la Real, arbolado el estandarte de Pio V al mismo tiempo que se engalanaban palos y entenas con banderas y flamulas ricas, a la vista del Crucifijo de la insignia principal, se arrodillaron todos haciendo breve plegaria mientras los religiosos daban su bendición.

Escuchemos su voz : ante la armada
Y así don Juan á sus escuadras dijo
En las manos alzando un crucifijo:
« Valientes capitanes y cristianos !
« Gentes que me escuchais! ; Liga sagrada!
« Los que el hierro mortifero en las manos ,
«Por Cristo vais contra la fuerte armada
«De esos bárbaros pueblos otomanos !
«De vencer ó morir la hora es llegada,
«Que ya cubriendo el mar con sus bajeles
«Teneis ante los ojos los infieles.
«Sús, á la lid, que la impaciencia ruje
«Dentro mi corazon y le devora !
» Del largo remo el poderoso empuje


«Haga volar la quilla cortadora!
« Sus , á la lid , y del cañon que cruge
«Junto á la fuerte voz atronadora ,
«Puesta en Dios y en la patria la memoria
«El cántico entonemos de victoria !»
Dijo, y á una señal la capitana
Lanzó de fuego y humo un torbellino ,
Yal fragoroso estruendo, soberana
Se alzó la cruz del redentor divino
Al tope de la nave castellana ,
Que en las ondas abriéndose camino
Avanzó con indómita pujanza ,
Como el corcel que á batallar se lanza.

Manuel Fernández González, 1850, Granada
La batalla de Lepanto – 1571

La batalla de Lepanto – 1571

Cercano el sol al corte del meridiano, quebrando sus rayos, espléndido, en las armaduras y en la superficie tranquila del agua, que reflejaba los colores de las mil banderas, habiendo partido las armadas la distancia de separación, sonaron a una en la católica trompetas y atambores, a la vez que de la mahometana salía voceria espantosa, a manera de rugidos de fieras hostigadas.

Redobló el atambor , entró crugiendo
La pesada bombarda en batería ,
La pólvora estalló y al ronco estruendo
Gimió vibrando la estension vacia ;
Las fuertes palamentas requiriendo
Los forzados batieron la onda fria ,
Y de bravos soldados coronadas
Se miraron las proas artilladas.
Ceñidos los arneses relucientes,
Con mirada animosa y rostros fieros ,
Por las anchas escotas á los puentes
De la Liga se alzaron los guerreros ;
Vianse alli romanos indolentes ,
Soberbios venecianos con los lieros
Hijos de España , y por la cruz armados
De la guerrera Malta los soldados.

Manuel Fernández González, 1850, Granada

La batalla de Lepanto – 1571

En el fragor de la lucha

Llegaba ésta a la línea avanzada de las galeazas, recibiendo los proyectiles disparados por ambas bandas. Los gritos callaron como por ensalmo, visto el efecto de la artilleria, de tal suerte mortifera que algunas galeras otomanas hicieron ciaboga, iniciando muchas el retroceso. Detúvolo el ejemplo del caudillo arrancando la boga por salir pronto del tiro de aquellas fortalezas flotantes, y adelantar mas levantando espuma de la mar con las tajantes proas. En lo poco que duró la paralización del movimiento uniforme se adelantó su derecha, llegando por consiguiente a iniciar el encuentro con la izquierda de los coaligados; y siendo sin duda su plan envolverla, pasaron entre la costa y la galera de Barbarigo algunas galeras, mientras la atacaban de frente las otras, aferrandola en un instante de popa, proa y costado.

Cayó Proveedor Soranzo herido de muerte en un ojo por la nube de flechas, balas y frascos de fuego arrojados sobre su gente: cayó también Contarini al acudir en su auxilio; la galera estaba punto de sucumbir, rodeada, lo mismo que las inmediatas, en situación comprometida para toda la escuadra, si no se apresuraran las de los compatriotas, rota la formación, bogando en masa hacia aquel lado.

Revueltas y mezcladas entonces las naves de cristianos y turcos, en confusión imposible de apreciar, sin más objeto ni cuidado de cada parte que asir y pelear, fué entrada la galera de Siroco y rendida con las principales de fanal, sobreponiéndose las que seguian a Canale y a Quirini. Los turcos cedieron el campo, yendo a varar en los escollos inmediatos para salvarse a nado, abandonando los bajeles. El triunfo acariciado en un principio por ellos, indeciso largo rato, quedó al fin por los cristianos en el ala izquierda.

La batalla de Lepanto – 1571

Enfrentamiento directo entre navíos de los dos generales: Ali y D. Juan.

Reproducción de La Real. Museo Maritimo, Barcelona, Spain

Por el centro se buscaron Alí y D. Juan de Austria, guiados por los estandartes y fanales, llegando a embestir proa con proa con violencia tanta, que el espolón de la Capitana de Ali rompió la falca de la Real, penetrando hasta el cuarto banco; y como embicara con el golpe, mostrando todo el interior en plano inclinado, la artilleria y arcabuceria disparadas oportunamente causaron espantoso estrago; pero las bajas se cubrieron instantaneamente por las galeras que le guardaban la popa, y otras cargaron por los costados a la del Príncipe, asistida por las de Colonna, Veniero, el duque de Parma y el de Urbino, llegando a formarse un grupo, una piña, en que cuerpo a cuerpo lidiaban caballeros ínclitos de la cristiandad con los mas cumplidos capitanes del Imperio otomano.

¿Era aquello en realidad una batalla? No; más bien contienda parcial multiplicada, habiéndose deshecho la formación, lo mismo que en el ala izquierda, y mezclándose los combatientes en tal confusión, que el humo aumentaba. Oíase el crujido de los vasos, el golpear de las armas, el sonido de las trompetas, entre el disparar continuo de los arcabuces y la artilleria menuda, sin distinguir bien de donde salían.

Del turco en la soberbia capitana
El almirante Ali, de ira inflamado ,
En alas corre de su furia insana
El sanjac á los vientos desplegado ,
Donde la cruz se eleva soberana
Mostrando el Dios del Gólgota enclavado ,
Y donde , ansiando ensangrentar su acero ,
El valiente Don Juan se alza el primero.
Naves rompiendo, fuegos y oleaje
Al par las capitanas se enfilaron ,
E impulsadas de lúgubre coraje
Potentes å encontrarse se lanzaron ;
Al terrible chocar de su abordaje
Los ligados maderos rechinaron ,
Y de Cristo los bravos caballeros
Con el infiel cruzaron los aceros.

Manuel Fernández González, 1850, Granada

Más de una vez se vió desierta la proa de la capitana turca, barrida la gente que por oleadas reemplazaban las reservas; más de una vez también se entró en la Real como un torrente, llegando a ponerla en terrible aprieto; pero alguien velaba esperando con admirable sangre fria que llegara el momento de entrar en la refriega. Don Alvaro de Bazán, arrancando contra una galera de genizaros que se aproximaba a la popa de la dicha Real, la destrozó con un disparo de los cañones gruesos boca de jarro, y aferró la inmediata pasando a la gente a cuchillo.

Sin detenerse envió entonces 200 hombres de refresco a su General, y se desvió para acudir adonde hiciera falta. No se necesitaba mas en aquella crisis. Juan Vazquez Coronado, Gil de Andrade, Pedro Doria, volvieron a la carga con aquellos soldados, llegando paso a paso a la popa y al estandarte, del que se apoderaron, muriendo allí mismo Ali valientemente con sus capitanes. El grito de victoria corrió repetido por el espacio. Habia durado la lucha encarnizada hora y media larga.

En este tiempo, de Cardona y la Capitana de Lomelin habian rendido la de Pertev, con desaparición del Bajá; Kara Yusuf sucumbió a manos del capitan Juan Bautista Cortés y de Honorato Gaetano: el centro de la armada turca quedaba deshecho y rendido, lo mismo que el ala derecha.

Galeras de la Santa Liga en combate contra los turcos

La batalla de Lepanto – 1571

Veamos lo ocurrido en el ala izquierda, que aún nada se ha dicho.

Uluch-Ali, sagaz observador y marinero, que veía el espacio dejado en claro por Juan Andrea – que aluego fuera fuertemente criticado por su mala maniobra- entre el ala derecha cristiana y el centro, se desvió igualmente del suyo hacia la mar, estimulando al genovės a imitarle por si se proponía doblar la extremidad, con lo cual fué abriendo más y más el vacío. El argelino hizo su tiempo conversión de las proas, lanzándose rapidamente por aquel hueco contra el extremo del centro y retaguardia desordenada, con sus 93 bajeles, galeras y galeotas, la gente fresca e intacta. Siete cercaron a la Capitana de Malta, batiéndola con saña de privilegio por ostentar el estandarte de la religión, y de cuantos la tripulaban quedaron vivos el general Pedro Giustiniani, prior de Sicilia, herido de tres flechazos y prisionero a rescate, y dos caballeros, uno español y otro siciliano, caldos entre los cuerpos muertos.

Álvaro de Bazán y Guzmán, marqués de Santa Cruz; (Granada, 1506 – Lisboa, 1588)

Diez galeras venecianas, dos del Papa y otra de Savoya, sirvieron asimismo de blanco a la masa, aferradas por tres, por cuatro, por seis enemigas cada una y pasadas a degüello en un momento. A no acudir por un lado con premura D. Juan de Cardona, llevando ocho galeras; por otro D. Alvaro de Bazán con las de la reserva, pudiera haberse cambiado la suerte de la jornada, que llegó a estar muy comprometida; en este combate final inesperado quedaron en pie en la escuadra de Sicilia 50 soldados de los 500 a bordo, y hubo en la Capitana de D. Alvaro 80 muertos y heridos.

Con su esfuerzo detuvieron el impetu de Uluch-Ali el tiempo suficiente para que, siguiendo el ejemplo del Príncipe, que se dirigía con la Real a la pelea, lo hicieran muchas otras galeras; y como las de Juan Andrea venían de mar afuera, temiendo el corsario las consecuencias, cortó el remolque de las presas que tenía hechas, inclusa la Capitana de Malta, de la que por estimado trofeo conservó el estandarte, y huyó con 16 galeras, seguido del Marqués de Santa Cuz, pesaroso, de que escapara impune aquel grupo unido, siquiera fuera tan pequeño con relación a la armada inmensa salida de Lepanto en la madrugada; sólo que, con remeros rendidos y cansados, no pudo continuar el alcance.

La batalla de Lepanto – 1571

Con el último esfuerzo de Uluch-Alí y la persecución o refriega de galeras sueltas se prolongó el combate hasta puesta de sol, hora en que, mudando de aspecto el cielo, anunciaba borrasca inmediata, por lo que ordenó el Generalísimo la reunión de bajeles dispersos y marcha de todos, con las presas, al puerto inmediato de Petala, a la vuelta de punta Escrofa, entre las islas Cursolari. La tormenta que descargó con furia durante la noche, halló segura a la Armada.

El pensamiento audaz del gran Cervantes.
Genio, que guardas de la patria mia
El noble orgullo , de tu fuego santo
Claro destello á mi rudeza envia ,
Que en luz inunde, mi afanoso canto !
Musa de las batallas , que sombria
Presides la matanza y el espanto ;
Cesa, cesa en tu horror, que entonar quiero
Himno de triunfo al vate y al guerrero !
Si hay una pluma queá su fama baste
Otra pluma será , que no la mia ,
Que existe entre él y yo para contraste ,
Y es poco á fé , la eternidad vacia;


Bronces y rocas el buril desgaste ,
Para esculpir sus timbres á porfia ,
Que ante Cervantes , solo reverente
Sé admirar , y callar, y hundir la frente.
Miróle España con valor rompiendo
El cerrado tropel de los infieles ,
A la par de Don Juan , bravo cogiendo
Sobre el sangriento mar rojos laureles :
Como soldado su renombre haciendo
Digno del porvenir, que en ecos fieles
Si de las musas le llamo el encanto,
Llámole al par el Manco de Lepanto.

Manuel Fernández González, 1850, Granada

La batalla de Lepanto – 1571

Restañando heridas, recuento final de la batalla

El dia siguiente volvió D. Juan al campo de batalla acompañado de los Generales, con objeto de recoger y auxiliar en caso necesario a los bajeles desmantelados ó naufragos; dispuso pasar muestra, escuchó relación y pormenores de las divisiones y de los hechos particulares mas salientes. El resumen de la cuenta que se hizo en Petala arrojó la pérdida de 12 galeras cristianas, la mas sumergidas; cuatro de Doria y de Sicilia y ocho de Venecia, ascendiendo el número de los muertos a 7.600; 2.000 españoles, 5oo de la escuadra pontificia, el resto de la de Venecia.

Llegaban las galeras turcas rendidas y apresadas a 190, algunas tan destrozadas que por inútiles se incendiaron, quedando para repartir entre los vencedores 130. Se hicieron 5.000 prisioneros. neros y se libraron de cautiverio mas de 12.000 cristianos amarrados a los barcos; el calculo de enemigos muertos, vario e incierto, fluctuaba entre las cifras de 20 y 30.000, visto que de las galeras capitanas o de fanal, únicamente se salvaron tres, de la mar o de las manos de los vencedores.

Don Juan de Austria permaneció tres dias en Petala atendiendo a la curación de los heridos y al reparo de averias de las galeras, tanteando en el interin la opinión de los Generales coligados y aun de los suyos, que era distinta, dibujándose en los menos la tendencia de acometer alguna nueva empresa que acrecentara las proporciones de la victoria; los más se fundaban en la proximidad del invierno y en el consumo de vituallas al proponer la retirada.

Produjo general admiración el proceder del principe don Juan, juzgando que a él se debáa, no solamente la victoria, sino también la salvación de las galeras agobiadas por Uluch-Alí, cuando acudió personalmente a protegerlas. Mereció también elogio de todos la conducta de D. Juan de Cardona y la de D. Alvaro de Bazan, haciéndoles justicia; que, si desapasionadamente se examinan las fases de la batalla, entre los grandes merecimientos, ninguno sobrepujó a los de estos Generales, quienes bien confiados estaban los puestos de vanguardia y retaguardia de la Armada. Alli donde la balanza se inclinaba favor del estandarte mahometano en el centro, en la derecha, atras, alli aparecia D, Alvaro, y con el peso de su espada los hacia bajar hasta el abismo.

Siguenle , las banderas desplegadas,
Y en pos de sus valiantes capitanes ,
Gloria de los Cardonas y Moncadas,
Los tercios españoles y alemanes ;
Alli hicieron sus famas renombradas
Figueroas , Padillas y Bazanes ,
Y con claro valor en trances fieros
Cien linajes de bravos caballeros.
Yalli tambien su gentileza ostenta ,
Un soldado español ; su noble mano
El pesado arcabuz fiera sustenta ,
Muertes lanzando al bárbaro otomano ;
En su ancha frente el porvenir asienta
De la gloria el destello soberano ,
Orlando con reflejos deslumbrantes

Manuel Fernández González, 1850, Granada

Atento a los incidentes, con serenidad sin igual, con conocimiento perfecto de la fuerza de que disponia, caía de improviso sobre la posición mas comprometida, y la Armada cristiana lo estuvo en aquel día en que se jugaban los destinos de Europa. En mejores manos no pudo ponerse la escuadra del socorro.

La batalla de Lepanto – 1571

Las críticas a Juan Andrea Doria

Dió en cambio alimento la crítica y a la maledicencia la maniobra de Juan Andrea Doria, condenada unanimemente. Entre españoles, se salvaron sus intenciones y su valor personal; entre italianos nada dejó de ponerse sobre el tapete, envueltos los comentarios con censuras, recriminaciones y epigramas picantes. Hoy todavía, desvanecidas las malignas influencias de la pasión, dejando a un lado los móviles que le alejaron de la batalla, se estima, y no puede menos de estimarse, que puso en riesgo el éxito de la contienda.

La batalla de Lepanto – 1571

La esquadra turca era, sin embargo, muy superior en número

Si se comparan con alguna detención las fuerzas de los combatientes, parecen del lado de los turcos mas naves, y suma de hombres superior, si bien las galeotas no podían oponerse las galeras, y en éstas, separadas 40 o 50 de fanal, que tenian de 150 a 200 soldados, tantos como las de la Liga el resto reunia menos gente por la previsión de D. Juan en reforzar las venecianas. En armamento manual estaba también la ventaja de parte de los cristianos, provistos de arneses completos ó de coseletes, cascos y brazales, poco estimados entre los enemigos, y de mas y mejor ejercitados arcabuceros.

Las galeazas no causaron el efecto que se esperaba; sirvieron para desordenar la formación de los turcos y acelerar el movimiento de su cuerno derecho, sin hacer mas que el primer disparo, que, a repetirlo cuando las galeras se mezclaron, tanto hubieran dañado a los amigos como a los contrarios.

De escuadra a escuadra, de notar es, pues que los historiadores lo notan, que las de España, distinguidas por los turcos con nombre de ponentinas, mejor armadas, mejor dirigidas en la navegación como en la pelea, parecieron superiores a las de Venecia, y llegado el momento del combate en que, como sucederá quiza en los del porvenir cuando figuren los acorazados y los torpederos, la energia y la habilidad de los comandantes hubieron de obrar aisladas contra las de los otomanos, engreidos y ciegos de furor, ninguna galera espanola fué rendida, antes bien, la que menos apresó una de las contrarias.

La batalla de Lepanto – 1571

Regreso a casa

Llegó al puerto entre la flota la Real de D. Juan de Austria, conducida por gala solamente, pues tal habia salido del combate, quebrantada por los cañonazos y las embestidas la hermosa nave, joya del arte naval, que no pudo salir más a la mar.

En todas partes de la cristiandad se recibió la noticia con júbilo, aunque la satisfacción no igualara a la de las naciones actoras. El Pontífice, al conocer el primer resultado de la Liga, trabajosa obra suya, vertiendo lágrimas exclamó conmovido, repitiendo las palabras del Evangelista: Fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Foannes (Fue un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan). Ordenó solemnísimas fiestas en Roma; distinguió a Colonna con honores triunfales a la antigua, y al Generalísimo con el agasajo del Pileum, el estoque bendito. En Madrid, en Venecia, en Nápoles, en las principales ciudades de España é Italia, a porfia, hubo festejos y loas, luciendo el genio de los poetas y
de los artistas en obras destinadas á perpetuar la memoria del suceso.

Bien lo merecia. Lepanto no recuerda una batalla entre tantas: en aquel teatro histórico acabó de mostrar D. Juan de Austria que los turcos no eran una excepción, como se entendía, infiriéndoles la herida que mató su poderio naval. Por de pronto la vendaron, consiguiendo diera el cuerpo senales de vida; mas desde aquel momento no volvieron a verse en el Mediterráneo occidental las armadas otomanas, y los moriscos de España y los corsarios de Argel perdieron
el apoyo en que se sustentaban.

La batalla de Lepanto – 1571

«Sin D. Juan de Austria -escribió Edmond Jurien de la Gravière, y sin los soldados españoles, no hubiera batalla en Lepanto.» «A D. Juan pertenece incontestablemente la gloria del combate más grande de los tiempos modernos, no obstante la parte considerable que en él tuvieron los venecianos; sin él, la campaña de 1571 hubiera abortado lo mismo que la del año anterior.» «El cielo inspiró, ciertamente, al Santo Padre, San Pío V, cuando hizo la designación del General en jefe de la Liga; con cualquiera otro que D. Juan -lo he dicho, y lo repetiré, la jornada fuera estéril como las otras-.»

Allá van , allá van , rotas las velas ,
Del fuego del combate ennegrecidas ,
Cual rebaño de timidas gacelas ,
Por furioso leon acometidas !
Allá van , cual caballo á quien espuelas
Dá cobarde ginete y suelta bridas,
Vueltas de proas al cercano oriente
Sobre las ondas de la mar rugiente!


Al fin es libre el mar, y en la ribera
La breve planta bañará en las olas
La virgen de flotante cabellera
Sin temer las piratas banderolas ;
Ni en los viles harenes lastimera ,
Su pudor y su fe llorando á solas ,
La esposa del Señor verá sonrojos
De impuros musulmanes en los ojos.


Triunfó la cruz ! su símbolo sagrado
Fué señal de terror al trace fiero…
Cantemos al Señor , que dió al soldado
Claro valor y al noble caballero !
Al Dios de las batallas que humillado
Tendió al intiel ante el cristiano acero ,
Y dió en el mar sangrienta sepultura
A los despojos de la gente impura !


Gloria á los esforzados campeones
Que de la cruz bajo el divino amparo
En sangre infiel tineron sus pendones
Y en Lepanto adquirieron nombre claro !
Salud å las fortísimas legiones,
Que á sus lares sirviendo de reparo,
Vengaron en las ondas turbulentas
De la ofendida Europa las afrentas !


Y tú , ilustre Don Juan , cuya bravura
A potentes monarcas causó celos ,
Perdona si mi voz osó insegura
Alzarse de tu gloria hasta los cielos:
Duerme en paz en tu noble sepultura
Entre el polvo imperial de tus abuelos,
Y si escuchas alli mi débil canto,
Vé con cuanta humildad mi voz levanto
.

Manuel Fernández González, 1850, Granada

Nota del autor: El poema del que extracto estrofas durante la narración es obra de Manuel Fernández González, 1850, Granada. Del que dejo aquí el original completo.

(FiN) La batalla de Lepanto – 1571

FiN

La épica batalla por Tenochtitlán – Hernán Cortés III

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