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Entrevista a Hannah Arendt – 1964

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
11/11/2021
Tiempo de lectura 31 minutos.
Entrevista a Hannah Arendt - 1964

Tabla de contenidos

La siguiente conversación entre Hannah Arendt y Günter Gaus – en ese momento un reconocido periodista, y más tarde alto funcionario del gobierno de Willy Brandt- se emitió en la televisión de Alemania Occidental el 28 de octubre de 1964. La entrevista ganó el premio Adolf Grimme, y al año siguiente se publicó bajo el título «Was bleibt? Es bleibtdie Muttersprache» ( ¿Qué queda? Queda la lengua materna), en Günger Gaus, Zur Person, Múnich, 1965. ( Entrevista a Hannah Arendt – 1964 )

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

Günger Gaus: Señora Arendt, es usted la primera mujer a la que entrevistamos en un programa de esta serie. Una mujer con una profesión que, según la concepción habitual, podríamos considerar masculina: es usted filósofa. Esto me lleva a la primera pregunta: a pesar del respeto y del reconocimiento que recibe, ¿tiene usted la impresión de que su papel en el círculo de los filósofos es raro o insólito por el hecho de ser mujer, o entramos con ello en la cuestión de la emancipación femenina, que para usted nunca ha existido?

Hannah Arendt: Me temo que debo empezar protestando. No pertenezco al círculo de los filósofos. Mi profesión, si podemos hablar en estos términos, es la teoría política. No me veo a mí misma como filósofa y tampoco considero haber sido admitida en ese círculo, como usted amablemente supone. En cuanto al otro asunto que plantea en su presentación: usted dice que la filosofía suele considerarse como una profesión masculina. Bien, no tiene por qué seguir siendo así, es perfectamente factible que algún día una mujer sea filósofa.

G. G.: Yo considero que usted es filósofa…

H. A.: Bien, no puedo hacer nada contra eso, pero yo opino que no. Me despedí de la filosofía para siempre. Como usted sabe, la estudié, pero eso no significa que la ejerza.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Me alegra que toquemos este punto, y me gustaría que precisara cuál es para usted la diferencia entre la filosofia política y su trabajo como profesora de teoría política. Cuando pienso en algura de sus obras, como La condición humana, yo desde luego la ubicaría en el terreno de la filosofia mientras usted no defina la diferencia con mayor precisión.

H. A.: La diferencia se halla realmente en la cosa misma. La expresión filosofia politica – que yo evito – arrastra la carga de la tradición. Cuando hablo de este tipo de temas, sea o no en términos académicos, apunto que entre la filosofía y la política existe una tensión vital. Es decir, entre el hombre como un ser que piensa y el hombre como un ser que actúa se produce una tensión que no está presente en la filosofía natural, por ejemplo. El filósofo, como los demás seres humanos, puede observar la naturaleza de manera objetiva, y al exponer lo que piensa habla en nombre de toda la humanidad. Sin embargo, con respecto a la política, su mirada no puede ser objetiva o neutral. No desde Platón.

G. G.: Entiendo a qué se refiere.

H. A.: La mayoría de los filósofos, con pocas excepciones, presenta una suerte de hostilidad hacia la política. Kant es una excepción. Esa hostilidad es de extraordinaria importancia en el tema en conjunto, porque no tiene relación con algo personal, sino que está en la propia esencia de la cuestión.

G. G.: ¿Y usted no quiere participar de dicha hostilidad porque cree que interferiría en su trabajo?

H. A.: Exacto, «no quiero participar de dicha hostilidad». Quiero observar la política, por así decirlo, con la mirada no enturbiada por la filosofía.

G. G.: Entiendo. Si me lo permite, volvamos al tema de la emancipación de la mujer: ¿le ha supuesto algún problema su condición femenina?

H. A.: Sí, por supuesto. El problema como tal siempre está ahí. En realidad, yo he sido bastante anticuada. Siempre he pensado que ciertas ocupaciones no son apropiadas para las mujeres, que no les van, si puedo expresarlo así. Por ejemplo, que una mujer dé órdenes no está bien visto, y no debería adoptar ese perfil si pretende ser femenina. Aunque no sé si tengo razón, he vivido de acuerdo con este criterio de manera más o menos inconsciente – o, mejor dicho, más o menos consciente -. El asunto en sí nunca me ha condicionado personalmente. Para decirlo de manera muy sencilla, siempre he hecho lo que he querido.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: En gran medida, su trabajo – seguramente entraremos en detalles después – busca conocer las condiciones bajo las que la acción y el comportamiento politicos tienen lugar. ¿Aspira con él a ejercer una gran influencia sobre la opinión pública o considera que dicha influencia es imposible en la actualidad? ¿O es esta una cuestión secundaria para usted?

H. A.: No es una cuestión de respuesta fácil, pero, con honestidad, diría que cuando trabajo no me preocupo por la influencia que pueda ejercer.

G. G.: ¿Y una vez ha terminado?

H. A.: Entonces, he terminado. Lo que quiero es comprender. Para mí, escribir forma parte del proceso de comprensión; durante dicho proceso se formulan ciertas ideas… Si tuviera buena memoria y pudiera retener todos mis pensamientos, dudo que escribiese -soy consciente de mi pereza -. El propio proceso de pensar es muy importante para mí; cuando consigo hacerlo, me siento personalmente satisfecha. Y mucho más si después consigo expresarlo de manera adecuada mediante la escritura.

Pero usted me pregunta acerca de la influencia de mi trabajo sobre los demás. Si me permite la ironía, ese es un asunto típicamente masculino: los hombres siempre buscan ese efecto. Yo, en cambio, lo considero algo más bien superfluo. ¿Me veo como alguien influyente? No, lo que quiero es comprender. Y si los demás comprenden de la misma manera en que yo lo he hecho, eso supone para mí una gran satisfacción, un sentimiento de pertenencia similar al de estar entre los tuyos.

G. G.: ¿Escribe con soltura? ¿Es capaz de formular ideas con facilidad?

H. A.: A veces sí, a veces no. Pero le diré que, en general, nunca escribo hasta que, por así decirlo, puedo dictarme a mí misma.

G. G.: ¿Hasta que ya lo ha pensado bien?

H. A.: Sí, cuando sé con exactitud qué quiero escribir. Normalmente redacto del tirón con relativa rapidez – en realidad depende de la velocidad con la que mecanografíe.

G. G.: La teoria, la acción y el comportamiento politicos son abora el centro de su trabajo. En relación con esto, me parece de especial interés su correspondencia con el profesor Gershom Scholem. Si me permite citarla, en ella usted escribió: «En mi juventud no me interesaba ni la politica ni la historia». Señora Arendt, como judía, usted emigró de Alemania en 1933. Tenía entonces 26 años. ¿Existe una relación directa entre ese acontecimiento y el final de su indiferencia respecto a la política y la historia?

H. A.: Sí, desde luego. No había lugar para la indiferencia en 1933. Ya no lo había incluso antes.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: ¿Para usted tampoco?

H. A.: Por supuesto. Yo no militaba en ningún partido – ni tampoco sentía esa necesidad -, pero leía la prensa con detenimiento y me formé mi propia opinión. En 1931 estaba firmemente convencida de que el nazismo tomaría el poder. Y discutí mucho sobre este asunto, pero no me impliqué de manera sistemática hasta que decidí emigrar.

G. G.: Tengo otra pregunta, relacionada con lo que acaba de decir. Si en 1931 estaba convencida de que el ascenso al poder de los nazis era imparable, y no sintió el impulso de oponerse activamente, afiliándose a un partido, por ejemplo? O pensó que eso ya no tenía sentido?

H. A.: Pensé que ya no tenía sentido. De lo contrario – es difícil decirlo ahora, a posteriori – quizá habría hecho algo, pero concebía que no había esperanza.

G. G.: ¿Recuerda si algún acontecimiento determinante marcó su giro hacia la política?

H. A.: Diría que lo ocurrido el 27 de febrero de 1933: el incendio del Reichstag y los arrestos ilegales que le siguieron esa misma noche, las llamadas «detenciones preventivas». Como sabe, trasladaron a los detenidos a los sótanos de la Gestapo o a los campns de concentración. on que entonces sucedió fue monstruoso, aunque ahora esté eclipsado por lo que ocurrió después. Eso me sacudió de inmediato, y desde ese momente también me sentí responsable. Es decir, dejé de considerarme una simple espectadora e intenté ayudar de diferentes maneras. Pero lo que al final hizo que decidiese salir de Alemania, si he de hablar de eso… nunca antes lo he mencionado por queco muy poco relevante.

G. G.: Por favor, cuéntenos.

H. A.: Tenía la intención de emigrar de todos modos: Enseguida vi que los judíos no podían quedarse, y yo no pretendía deambular por Alemania, por así decirlo, como una ciudadana de segunda categoría, en la forma que fucra, Es más, estaba convencida de que las coras irían a peor. Sin embargo, al final no me marché de manera pacifica, y debo decir que en cierto sentido me alegró: ocurrió que me arrestaron y tuve que salir ilegalmente del pais -enseguida le diré cómo- Pero pensé: «Al menos he hecho algo, no soy inocente. Nadie podrá echármelo en cara!».

Fue la Unión Sionista alemana la que me dio la oportunidad. Aunque yo no era sionista, y ellos tampoco trataron de convertirme, ni tenía nada que ver con el movimiento en términos politicos, me influyeron en cierto sentido: principalmente por la autocritica que procesaban y que impulsaron entre el pueblo judio. Eso me impresionó. Pues bien, yo tenía una cierta amistad con algunos de sus lideres, sobre todo con el entonces presidente, Kurt Blumenfeld.

Y sucedió que en 1933 él y alguien que usted no conoce me dijeron: «Queremos recopilar las declaraciones antisemitas hechas en circunstancias ordinarias por asociaciones profesionales de todo tipo, por revistas especializadas… en definitiva, reunir todo este tipo de cosas que se desconocen fuera del país». Organizar algo así en ese momento era hacer lo que los nazis llamaban «propaganda difamatoria», y ningún sionista podía encargarse de elle, porque si le descubrían expondría a toda la organización.

G. G.: Naturalmente.

H. A.: Está claro. Así que me pregumaron: «¿Quieres hacerlo? » Y yo respondí: «Por supuesto que sí». La propuesta me hizo feliz: en primer lugar porque me pareció una idea muy inteligente, y en segundo porque sentí que algo podía hacer después de todo.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: ¿La detuvieron por eso?

H. A.: Sí, me descubrieron. Pero tuve mucha suerte: me liberaron ocho dias después porgue entablé amistad con el oficial que me arrestó, un hamhre encantador al cual acababan de ascender de la policía criminal a una división política, y que no tenía ni idea de la que debía hacer. Él me dijo varias veces: «En cualquier arresto suelo revisar el expediente y, tras eso, sé cómo proceder. Pero ¿qué se supone que debo hacer con usted?».

G. G.: ¿Eso ocurrió en Berlin?

H. A.: Sí, en Berlín. Por desgracia tuve que mentirle porque no podía exponer a la organización. Me inventé historias fantásticas, y me dijo: «La metí aquí y de aquí la sacaré, no contrate a ningún abogado. A ustedes los judíos ya no les queda dinero, ¡ahórreselo!». Mientras tanto, la organización me proporcionó un abogado defensor – a través de sus miembros, por supuesto-. Pero lo rechacé, porque el hombre que me arrestó tenia una expresión tan franca y honesta que confié en él y pensé que para mí sería mejor baza que un abogado temeroso.

G. G.: ¿Y la soltaron y pudo salir de Alemania?

H. A.: Me soltaron, pero tuve que cruzar ilegalmente la frontera… mi nombre no estaba limpio.

G. G.: En la correspondencia con Scholem que hemos mencionado, usted rechazaba, por superflua, la advertencia que él le hizo de no olvidar su pertenencia al pueblo judio. Usted escribió – cito de nuevo-: «Ser judia es un hecho indiscutible en mi vida, y en relación con esto nunca he pretendido cambiar nada, ni siquiera durante mi niñez». Me gustaría preguntarle algo: usted nació en Hannover en 1906 – hija de un ingeniero – y creció en Königsberg, ¿recuerda qué significaba para una niña ser de familia judía en la Alemania de la preguerra?

H. A.: No podría responderle con veracidad en términos generales, solo puedo hablar por mí misma. ¿Desea una respuesta general o personal?

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Sus recuerdos personales, si le parece.

H. A.: Según mi recuerdo personal, le diré que no supe por mi familia que yo era judía. Mi madre no era nada religiosa…

G. G.: Su padre murió joven…

H. A.: Así es – toda la historia suena un tanto extraña – Provengo de una antigua familia de Königsberg: mi abuelo fue concejal de esa ciudad y presidente de la comunidad judía liberal, pero durante mi infancia nunca oí la palabra judío en casa; me topé con ella por primera vez en los comentarios antisemitas – que no merece la pena repetir ahora – de otros niños en la calle. Y eso, por así decirlo, me iluminó.

G. G.: ¿Supuso una conmoción para usted?

H. A.: No.

G. G.: ¿Se sintió especial en ese momento?

H. A.: Se trata de algo distinto. ¿Sentí que era especial? Sí. Hoy no sabría descifrar el porqué, pero no me conmocionó en absoluto. Solo pensé para mis adentros: «Así son las cosas».

G. G.: ¿De qué manera se sintió especial?

H. A.: Objetivamente, creo que tenía que ver con mi condición judía. Por ejemplo, de niña – ya algo crecida – sabía que tenía aspecto judío: mi aspecto era muy distinto al de otros niños. Yo era muy consciente de ello, pero no de un modo que me hiciera sentir inferior, simplemente era así. Además, mi madre y mi hogar familiar también eran diferentes de lo habitual, peculiares en comparación con los de aquellos con quienes nos relacionábamos e incluso con los de otros niños judíos. Pero a esa edad era complicado descifrar con exactitud qué era lo especial.

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G. G.: ¿Podría aclararnos qué era lo peculiar en su casa? Dice que su madre no consideró necesario explicarle que usted era judía hasta que se topó con el antisemitismo en la calle. ¿Había perdido su madre la conciencia de ser judía, la que usted reclama para símisma en la carta a Scholem? ¿Era para ella un becho sin relevancia? ¿Había tenido éxito en la asimilación a la cultura alemana o al menos así lo creía?

H. A.: Mi madre era una persona poco inclinada a teorizar, no creo que tuviera ninguna idea especial al respecto. Al igual que mi padre, provenía del movimiento socialdemócrata, del círculo de la Sozialistische Monatshefte, y creo que la cuestión que usted me plantea le resultaba irrelevante. Por supuesto que era judía, y por lo tanto nunca me habría bautizado, e imagino que habría sellado mi boca si, por ejemplo, yo hubiese negado serlo. ¡Eso era impensable, ni se planteaba! Pero en los años veinte, cuando yo era joven,
el tema cobró una envergadura mayor de la que había tenido para mi madre. Y más tarde, cuando me hice adulta, también para ella adquirió más importancia de la que había tenido en toda su vida, pero eso fue debido a las circunstancias externas.

En cuanto a mí, no creo haberme considerado nunca alemana – en el sentido de pertenencia al pueblo alemán, no en el sentido de ciudadanía, si me permite hacer esta distinción -. Recuerdo haber discutido esto con Jaspers hacia 1930. Él decía: « Por supuesto que eres alemana!». A lo que yo replicaba: «A la vista está que no». Pero eso ni me molestaba ni lo vivía con sentimiento de inferioridad, en absoluto. Y vuelvo a lo que era especial en mi casa. Mire, todos los niños judíos se toparon con el antisemitismo, y eso envenenó las almas de muchos de ellos, pero mi madre me inculcó la actitud de no afligirme ante los ataques y dar la cara.

Por ejemplo, si alguno de mis profesores hacía comentarios antisemitas – que generalmente no se referían a mí, sino a otras compañeras judías, en especial a las que provenían del este de Europa -, yo tenía instrucciones de mi madre de abandonar la clase, ir a casa e informar con detalle sobre lo ocurrido. Después ella escribía una de sus muchas cartas certificadas y para mí el asunto estaba arreglado. Me libraba de la escuela ese día, y eso era maravilloso. Pero cuando los comentarios provenían de otros niños me defendía yo sola, no tenía permitido contarlo en casa. Por todo ello, este asunto nunca me supuso un problema, pues seguí reglas de conducta gracias a las cuales conservé mi dignidad, y al mismo tiempo me sentía absolutamente protegida por mi familia.

G. G.: Usted estudió en Marburgo, Heidelberg y Friburgo con profesores como Heidegger, Bultmann y Jaspers. Escogió la especialidad de filosofia, y también, como materias optativas, la teología y el griego, ¿Por qué esa elección?

H. A.: A menudo también yo me lo pregunto. Todo lo que puedo decir es que desde los 14 años sabía que estudiaría filosofia.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: ¿Por qué?

H. A.: Leí a Kant. Se preguntará por qué leía Kant. Bien, por así decirlo, mi argumento era: «Puedo estudiar filosofía o tirarme por la ventana». Pero no porque careciese de apego a la vida. En absoluto. Como he dicho antes, necesitaba comprender – una necesidad presente desde una edad muy temprana -. Mire, todos los libros estaban en la biblioteca de nuestra casa, solo tenía que cogerlos de las estanterías.

G. G.: Además de Kant, ¿recuerda alguna otra lectura que hoy destacaría?

H. A.: Sí. Primero la Psychologie der Weltanschauungen (Psicología de las concepciones del mundo) de Karl Jaspers, publicada en 1920, si no me equivoco. Por entonces yo tenía 14 años. Después leí a Kierkegaard.

G. G.: ¿Y es ahí cuando aparece la teologia?

H. A.: Sí, relacioné una cosa con otra. Para mí, en cierto modo, la filosofía y la teología iban de la mano. Mi único recelo era cómo manejar eso siendo judía, cómo proceder. Y lo cierto es que no tenía ni idea y pasé por ciertos problemas que, más adelante, se resolvieron por sí mismos. Lo del griego es otra cuestión. Siempre me ha gustado mucho la poesía griega, que ha estado muy presente en mi vida. Así que escogí griego porque era la opción más cómoda; de todas maneras, ya lo leía.

G. G.: ¡Estoy impresionado!

H. A.: No exagere.

G. G.: ¿Sus dotes intelectuales, evidentes desde una edad muy temprana, le impidieron en algún momento, quizá de manera dolorosa, tener relaciones corrientes con los de su entorno en la escuela o en la universidad?

H. A.: Es lo que habría ocurrido si hubiese sido consciente de ello, pero creía que todo el mundo era así.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: ¿Cuándo se dio cuenta de que estaba equivocada?

H. A.: Bastante tarde. Prefiero no decir cuándo, me resulta embarazoso. Mire, yo era indescriptiblemente ingenua, en parte debido a la educación recibida en casa. En mi entorno familiar nunca se hablaba de calificaciones escolares; hacerlo se consideraba mediocre. Cualquier ambición era signo de mediocridad. Pero la situación no me resultaba nada clara. En alguna ocasión experimenté una especie de extrañeza respecto a la gente.

G. G.: ¿Y pensaba que esa extrañeza provenía de usted?

H. A.: Sí, exclusivamente. Pero eso no tiene nada que ver con el talento. Nunca la asocié con el talento.

G. G.: ¿El resultado fue sentir desprecio hacia los demás cuando era joven?

H. A.: Sí, me ocurrió a una edad muy temprana. Y a menudo sufrí por ello; sabía que no debía sentir tanto desdén, que no estaba bien, etcétera.

G. G.: Entiendo. Cuando dejó Alemania en 1933, se fue a Paris, donde trabajó en una organización que buscaba alojamiento para jóvenes judios en Palestina. ¿Puede contarme algo más?

H. A.: La organización llevaba a jóvenes judíos, de entre 13 y 17 años, de Alemania a Palestina, y allí los alojaba en kibutzs. Por eso conozco esos asentamientos tan bien.

G. G.: Y desde una fecha muy temprana.

H. A.: Así es, en ese momento me inspiraban un gran respeto. Una vez allí, los jóvenes aprendían una profesión o recibían un reciclaje formativo. Fue una manera de ayudar a los refugiados de Alemania. Alguna vez también infiltré a niños polacos. Era un trabajo social corriente, un trabajo educativo… Se acondicionaron grandes campamentos en zonas rurales, donde los niños se preparaban para Palestina; recibían clases, aprendían agricultura y ganaban peso. Teníamos que vestirles de pies a cabeza, cocinar para ellos… Sobre todo había que procurarles documentos de identidad. Nos poníamos de acuerdo con los padres y, antes que nada, había que conseguirles diniero, que era de lo que básicamente me encargaba yo. Trabajé en colaboración con mujeres francesas. Eso es más o menos lo que hacíamos. ¿Quiere que le cuente cómo decidí hacer ese trabajo?

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G. G.: Por favor.

H. A.: Verá, yo provenía de un contexto puramente académico, y en ese sentido el año 1933 me dejó una profunda huella, primero positiva y después negativa – o quizá debería decirlo al revés -. Hoy la gente tiende a pensar que en 1933 los judíos alemanes estaban conmocionados porque Hitler se hizo con el poder. Pues bien, en lo que a mí y a la gente de mi generación concierne, diré que se trata de un curioso malentendido. Naturalmente que el ascenso de Hitler fue algo terrible, pero esa era una cuestión política, no personal. No necesitábamos que Hitler tomara el poder para saber que los nazis eran nuestros enemigos: eso era completamente evidente, desde hacía por lo menos cuatro años, para cualquiera que no fuera estúpido. Y también sabíamos que muchos alemanes les apoyaban. En 1933 nada de eso podía ya sorprendernos ni conmocionarnos.

G. G.: ¿Quiere decir que la conmoción de 1933 consistió en que los acontecimientos pasaron del terreno politico al ámbito personal?

H. A.: Ni siquiera eso, o mejor dicho, eso también. En primer lugar, lo político se convertía en destino personal cuando uno emigraba. Y en segundo lugar, los propios amigos se unieron al pensamiento único (Gleichschaltung), aceptaron el proceso de nazificación. El problema personal radicó en lo que hicieron nuestros amigos, no nuestros enemigos. La ola de la Gleichschaltung, que era relativamente voluntaria -o al menos todavía no se producía bajo la presión del terror- hizo que a nuestro alrededor se abriera un espacio vacío. Yo me movía en un ambiente intelectual, pero también frecuentaba a otro tipo de gente, y le diré que la adaptación al pensamiento único, a la Gleichschaltung, se convirtió en la regla entre los intelectuales, pero no entre los demás.

Nunca olvidaré eso. Salí de Alemania obsesionada con la idea – algo exagerada, por supuesto – de que nunca más volvería a verme envuelta en asuntos intelectuales, no quería tener nada que ver con ese mundo. Además, entonces no creía que los judíos ni los intelectuales alemanes de origen judío hubiesen actuado de modo distinto si sus propias circunstancias hubiesen sido diferentes: pensaba que esa actitud estaba relacionada con esta profesión, con la intelectualidad. Por supuesto, hablo del pasado, hoy sé algo más del asunto.

Gleichschaltung, o coordinación politica, (la Alemania nazi estableció un sistema de control totalitario sobre el individuo, así como una estrecha coordinación de todos los aspectos de la sociedad y el comercio) se refiere a la aceptación generalizada, desde los inicios del nazismo, del nuevo clima politico, ya fuera para asegurar la posición social o para encontrar empleo, Adicionalmente, describe la politica nazi de convertir las organizaciones tradicionales, grupos de jóvenes y todo tipo de clubes y asociaciones – en organizaciones específicamente nazis,

(N. de E.)

G. G.: Precisamente iba a preguntarle si todavía lo cree.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

H. A.: No con la misma intensidad, pero aún pienso que la esencia del intelectual consiste en fabricar ideas sobre cualquier asunto. Nadie culpa a los que se sometieron al pensamiento único porque tenían una familia a la que cuidar. Lo grave es que muchos acabaron creyendo en el nazismo. Yeso, aunque fuese por poco tiempo – en algunos casos por muy poco tiempo -, significa que se hicieron ideas sobre Hitler, ideas terroríficamente interesantes, fantásticas y complicadas, ideas muy por encima del nivel habitual. Lo encontré grotesco. Hoy diría que cayeron en la trampa de sus propias ilusiones. Eso es lo que ocurrió. Pero en ese momento no lo veía con tanta claridad.

G. G.: ¿Es esa la razón por la que se apartó de los círculos intelectuales y empezó a realizar trabajos de naturaleza práctica?

H. A.: Sí. La parte positiva fue la siguiente. En primer lugar, me di cuenta de algo que expresé repetidamente a través de esta frase: «Si te atacan como judío, debes defenderte como judío»; no como alemán ni como ciudadano del mundo ni como defensor de los derechos humanos o lo que sea. Pero ¿qué podía hacer yo, concretamente, como judía? Y en segundo lugar, para entonces ya tenía la clara intención de trabajar por primera vez para una organización, la sionista, que era la única que estaba preparada, ya que carecía de sentido trabajar con aquellos que se habían asimilado -además, nunca tuve nada que ver con ellos -.

Pero ya me había preocupado por la cuestión judía con anterioridad: el libro sobre Rahel Varnhagen estaba terminado cuando salí de Alemania, y el problema judío tiene un papel relevante en la obra. Lo escribí con una idea: «quiero comprender». No eran mis problemas personales como judía lo que discutía ahí, pero en ese momento pertenecer al pueblo judío se había convertido en mi propio problema: y mi propio problema era político. Puramente político. Quería, pues, pasar al trabajo práctico, y exclusivamente al trabajo relacionado con la cuestión judía: con esa idea en mente busqué trabajo en Francia.

G. G.: Hasta 1940.

H. A.: Sí.

G. G.: Después, tras estallar la Segunda Guerra Mundial, usted se fue a los Estados Unidos, donde hoy ejerce la docencia como profesora de teoría política, no de filosofia…

H. A.: Gracias.

G. G.:… en Chicago. Vive usted en Nueva York. Su marido, con quien se casó en 1940, es también profesor, de filosofia, en dicho pais. La comunidad académira de la que usted vuelve a formar parte, después de la desilusión de 1933, es ahora internacional. Sin embargo, me gustaría preguntarle si añora la Europa del periodo previo a Hitler, ha que no volvería a existir. Cuando usted regresa aquí, ¡cuál es su impresión? ¿Qué queda y qué se ha perdido para siempre?

H. A.: ¿La Europa previa a Hitler? No, no la añoro en absoluto, se lo puedo asegurar, ¿Qué queda? Queda la lengua materna.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: ¿Y eso significa mucho para usted?

H. A.: Mucho. Me he negado conscientemente a perder mi lengua materna. Siempre he mantenido una cierta distancia tanto del francés, que por entonces hablaha muy bien, como del inglés, idioma en el que actualmente escribo.

G. G.: Precisamente quería preguntarle si actualmente escribe en inglés.

H. A.: Escribo en inglés, pero nunca he perdido la sensаción de distancia que me separa de él. Hay una enorme diferencia entre tu lengua materna y cualquier otra lengua. En mi caso puedo explicarlo de manera simple: sé de memoria una buena parte de la poesía alemana, y de algún modo esos poemas están siempre dentro de mi cabeza, «in the back of my mind». No conseguiría nada parecido en una segunda lengua, es algo irrepetible. Me permito cosas en alemán que nunca me permitiría en inglés, aunque algunas veces me tomo cierta libertad con este idioma, porque me he vuelto más atrevida. Pero en general mantengo cierta distancia. En cualquier caso, la lengua alemana es lo más esencial que ha quedado y lo que yo siempre he preservado conscientemente.

G. G.: ¿Incluso en los momentos más amargos?

H. A.: Siempre. En primer lugar, porque pensaba para mis adentros: «Bueno, no es la lengua alemana la que enloqueció». Y en segundo, porque la lengua materna es insustituible. Hay gente que llega a olvidar su lengua materna, lo he visto. Algunos son capaces de hablar una nueva lengua mejor de lo que yo lo hago, pues todavía tengo un acento muy marcado y con frecuencia no hablo de manera idiomática, pero aun sin cometer este tipo de errores hablan en una lengua que encadena un cliché con otro, porque la productividad que se tiene en la propia lengua se ve amputada cuando esta se olvida.

G. G.: ¿Cree usted que los casos en los cuales se olvida la lengua materna son producto de una represión?

H. A.: Sí, con frecuencia. He conocido casos en los que se trataba del resultado de una conmoción. Verá, lo decisivo en este sentido no fue el año 1933, al menos para mí. Fue decisivo el día en que oímos hablar de Auschwitz.

G. G.: ¿Cuándo ocurrió eso?

H. A.: En 1943. Al principio no podíamos creerlo, aunque mi marido y yo siempre nos habíamos dicho que esa panda de nazis era capaz de cualquier cosa. Y no lo creímos porque militarmente era innecesario y estaba fuera de lugar. Mi marido, que ha sido historiador militar y entiende de estos asuntos, decía: «No seas ingenua, no creas todo lo que oigas. ¡No pueden excederse así!». Medio año más tarde se hizo evidente, porque tuvimos pruebas; ese fue el momento en que se produjo la verdadera conmoción. Previamente comentábamos: «Cada uno tiene sus enemigos, es natural. ¿Por qué no iba a tenerlos también un pueblo?».

Pero esto era diferente, fue como si un abismo se abriera ante nosotros, porque siempre habíamos pensado que cualquier cosa se puede reparar en cierta manera, en política todo se recompone en algún momento, pero esto no. Esto no debería haber ocurrido. Y no me refiero solo al número de víctimas: hablo del método, del uso de cadáveres para un proceso de producción industrial, etc… No es necesario entrar en detalles. Esto no debería haber ocurrido y nunca lograremos asimilarlo. En cuanto al resto, le diré que en ocasiones fue bastante duro: éramos muy pobres, nos perseguían y tuvimos que huir. Por las buenas o por las malas pasamos por ello. Era lo que había. Pero éramos jóvenes, yo incluso me lo tomaba con cierto humor, no puedo negarlo. Sin embargo, lo otro era distinto, completamente distinto. Personalmente pude aceptar todo lo demás.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Me gustaria que nos explicase cómo ha ido cambiando su opinión, desde 1945, sobre la Alemania de la posguerra, la cual ha visitado a menudo, y en donde se han publicado sus trabajos más importantes.

H. A.: Volví por primera vez a Alemania en 1949, al servicio de una organización judía, para recuperar tesoros culturales judíos, sobre todo libros. Vine con la mejor voluntad. Mis pensamientos después de 1945 eran: «Lo que ocurrió 1933 carecen de importancia a la luz de lo que sucedió más tarde». Bueno, es cierto que la deslealtad de los amigos, por decirlo sin rodeos…

G. G.: Y que usted experimentó personalmente…

H. A.: Así es. Pero verá, si alguien se convertía realmente al nazismo y escribía artículos sobre el asunto, no le era necesario mantener su lealtad hacia mí, pues yo dejaba de hablarle. Esa persona no tenía que relacionarse nunca más conmigo, porque para mí había dejado de existir, eso está claro. Pero no todos ellos eran asesinos. Muchos, como lo diría hoy, cayeron en su propia trampa y no deseaban lo que vino después. A mi entender, debía haber una base a partir de la cual comunicarse, sobre todo ante el abismo de Auschwitz; y la comunicación pudo hacerse realidad en bastantes casos.

Discutí con mucha gente, y a pesar de que no soy especialmente amable ni diplomática, pues digo lo que pienso, numerosas relaciones personales se enderezaron, sobre todo con aquellos que se habían comprometido con el nazismo solo durante unos meses, o en los peores casos durante pocos años: ni asesinos ni delatores. Como he dicho, personas que habían fabricado ideas sobre Hitler. Pero en términos generales, mi experiencia más destacable al regresar a Alemania – aparte del reconocimiento personal, que siempre es el quid de la cuestión en la tragedia griega – fue una intensa conmoción. Y después, oír hablar alemán en la calle: para mí fue una alegría indescriptible…

G. G.: ¿Fue esa su reacción cuando vino en 1949?

H. A.: Más o menos. Y hoy que las cosas están encarriladas siento un distanciamiento mayor que el que sentía entonces, cuando las viví con una profunda conmoción.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: ¿Porque, a su juicio, las condiciones se han encarrilado aquí con demasiada rapidez?

H. A.: Sí, ya menudo en una dirección que no apruebo, pero no me siento responsable de eso. Ahora lo veo desde fuera, lo cual significa que estoy menos implicada que antes. Y también puede deberse al tiempo transcurrido, quince años no son pocos.

G. G.: ¿Ahora experimenta usted una mayor indiferencia?

H. A.: Distancia, indiferencia suena demasiado fuerte. Pero siento un distanciamiento.

G. G.: Señora Arendt, su libro sobre el juicio a Eichmann en Jerusalén (Eichmann in Jerusalem. A Report on the Banality of Evil) se ha publicado este otoño en la República Federal de Alemania. En Estados Unidos se ha generado una fuerte polémica desde su aparición, en especial entre los judíos, pero según usted las objeciones son fruto de malentendidos y también de una campaña política intencionada.

La gente se ha ofendido principalmente porque en la obra usted se plantea en qué grado se debe responsabilizar a los propios judíos por su aceptación pasiva de los asesinatos en masa cometidos por los nazis, y en qué medida la colaboración de ciertos Consejos judios constituyó una especie de culpabilidad. En cualquier caso, y, por así decirlo, para trazar un perfil de Hannah Arendt, extraemos numerosas preguntas de este libro. Si me lo permite, comienzo con una de ellas: ¿le duele la critica de que la obra carece de amor hacia los judios?

H. A.: En primer lugar debo decirle, con toda amabilidad, que usted mismo ha caído en la trampa de dicha campaña: en ningún punto del libro reprocho a los judíos su no resistencia. Quien lo hizo fue el señor Hausner, fiscal israelí, en el juicio de Eichmann. Y yo califiqué de crueles y desatinadas sus preguntas dirigidas a los testigos en Jerusalén.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Lo sé, he leído el libro. Pero muchas de las críticas se basan en el tono en el que usted escribió ciertos pasajes.

H. A.: Bueno, esa es otra cuestión, qué voy a decir. Es más, no quiero decir nada. Si la gente cree que sobre estos temas solo se puede escribir en tono solemne… Mire, hay personas que se toman a mal – y en cierto sentido puedo entenderlo – que yo todavía conserve la capacidad de reír, pero lo cierto es que Eichmann me parece un bufón. Le aseguro que leí y releí muy atentamente la transcripción de la investigación policial – 3600 páginas -, y he perdido la cuenta de las veces que me reí, a carcajadas.

Si eso molesta, no puedo hacer nada al respecto, pero estoy convencida de que incluso aunque faltas en tres minutos para mi muerte todavía me seguiría riendo. Dicen que es el tono -predominantemente irónico, es cierto -, pero el tono en este caso es la persona: la objeción es contra mi persona. En cambio, reprocharme que he acusado al pueblo judío es solo una mentira maligna y propagandística, nada más.

G. G.: ¿Está usted preparada para sobrellevarlo?

H. A.: Sí, de buena gana. ¿Qué puedo hacer al respecto? No puedo decirle a la gente: «Me habéis entendido mal, lo que en realidad siento es esto o aquello». Es ridículo.

G. G.: En conexión con lo que cuenta, me gustaría recuperar una declaración suya. Usted dice: «Nunca en mi vida he «amado» a ningún pueblo o colectivo: ni al alemán ni al francés ni al americano… tampoco a la clase trabajadora ni nada por el estilo. En realidad, amo solo a mis amigos, y el único amor que conozco y en el que creo es el amor a las personas. Además, dado que yo misma soy judía, el «amor a los judios» me resultaría bastante sospechoso». Permítame que le pregunte algo: ¿acaso no necesita el hombre, como ser políticamente activo, comprometerse con algún grupo? ¿Y no es este compromiso, en cierto sentido, un tipo de amor a un grupo? ¿No teme que su actitud, señora Arendt, resulte políticamente estéril?

H. A.: No. Yo diría que es la otra actitud la que resulta políticamente estéril. Mire, la pertenencia a un grupo es una condición natural: pertenecemos a un grupo concreto al nacer. Pero pertenecer a un grupo en el sentido que usted le da, es decir, en el sentido de unirse o formar un colectivo organizado, es algo completamente diferente. Esta clase de organización se produce en relación al mundo; aquellos que se organizan comparten lo que solemos llamar intereses.

En cambio, la relación directamente personal, en la que podemos hablar de amor, se da, claro está, en el amor puro, pero también en cierto sentido se da en la amistad: en este tipo de amor, el sentimiento va dirigido a alguien independientemente de su relación con el mundo; por eso personas pertenecientes a organizaciones de lo más dispares pueden mantener una amistad personal. Pero confundir esto, traer el amor a la mesa de negociaciones, por así decirlo, me parece una fatalidad.

G. G.: ¿Lo considera apolitíco?

H. A.: Lo considero apolítico y carente de mundo; en realidad, me parece un completo desastre. Admito que el pueblo judío es un clásico ejemplo de gentes que han perdido un mundo y aun así han perdurado durante miles de años…

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Cuando dice «mundo», ¿se refiere usted al espacio para la política, según su propia terminologia?

H. A.: Así es, al espacio para la política.

G. G.: Entonces, ¿el pueblo judio era un pueblo apolítico?

H. A.: No diría exactamente eso; en cierta medida, las comunidades judías también eran políticas, por supuesto. La religión judía es una religión nacional, pero el concepto de lo político solo es válido con grandes restricciones. Esta ausencia de mundo que el pueblo judio sufrió como consecuencia de la diáspora, y que generó entre sus miembros -como siempre ocurre con los parias – una calidez humana muy especial, cambió al fundarse el Estado de Israel.

G. G.: ¿Se produjo, entonces, una pérdida que usted lamenta?

H. A.: Sí, la libertad se paga cara. La humanidad específicamente judía representada por la ausencia de mundo era algo muy hermoso. Usted es demasiado joven para haberla conocido. Era hermoso vivir sin ataduras sociales, con una mentalidad abierta y sin prejuicios, tal y como yo lo experimenté, especialmente a través de mi madre, quien también actuaba así con respecto a toda la comunidad judía. Por supuesto que se perdió mucho, uno paga por la liberación. En mi discurso con motivo de la recepción del Premio Lessing

G. G.: En Hamburgo, en 1959.

H. A.: Efectivamente, dije: «Esta humanidad… nunca, hasta la fecha, ha sobrevivido más de un minuto tras la hora de la liberación, de la libertad». Y ya lo ve, eso también nos ocurrió a nosotros.

G. G.: Pero ¿usted no querría dar marcha atrás?

H. A.: No. Simplemente sé que hay que pagar un precio por la libertad, pero eso no significa que me guste hacerlo.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Señora Arendt, ¿siente el deber de publicar lo que ha aprendido a través de la especulación político-filosófica o del análisis sociológico? ¿O tiene razones para callar ciertas cosas que sabe?

H. A.: Este es un asunto complicado. En el fondo, es la única cuestión que me interesó de la controversia en torno al libro sobre Eichmann, aunque el tema nunca surgió a no ser que yo misma lo planteara. Es el único asunto importante, el resto es puro ruido propagandístico. Por lo tanto, ¿Fiat veritas, et pereat mundus (¿que se haga la verdad, aunque desaparezca el mundo?) » Ahora bien, el libro sobre Eichmann no toca, de facto, dicha cuestión. En realidad no pone en peligro los intereses legítimos de nadie, aunque se pensara que sílo hacía.

Arendt juega aquí con la antigua máxima latina «fiat institia, er pereat mundus»(que se haga justicia, aunque desaparezca el mundo).

Véase Past and Future, Viking Press, Nueva York, 1968, p. 228. (N. del E.)

G. G.: Usted deja abierta a debate la cuestión de qué es lo legitimo.

H. A.: Sí, es cierto: el asunto sigue abierto a discusión. Probablemente, el significado que yo le otorgo a la palabra legítimo es distinto del que le otorgan las organizaciones judías. Pero admitamos que, respecto a todo lo hablado, entraban en juego intereses reales que incluso yo misma reconozco.

G. G.: Entonces, ¿puede uno callar la verdad?

H. A.: ¿Podía haberlo hecho yo? Sí, pero verá usted: alguien me preguntó si, de haber previsto la polémica que se iba a generar, hubiese enfocado el libro sobre Eichmann de otro modo. Y contesté que no. Habría valorado la alternativa de no escribirlo, porque uno también tiene la opción de guardar silencio.

G. G.: Sí.

H. A.: No siempre estamos obligados a hablar. Pero con el asunto Eichmann entramos de lleno en lo que en el siglo xviii se llamó «la verdad de los hechos». No es una cuestión de opinión. Las ciencias históricas, en las universidades, son las encargadas de salvaguardar dicha verdad.

G. G.: No siempre han sido las mejores guardianas.

H. A.: No. Se derrumban. Sufren el control del Estado. Me han contado que un historiador, con relación a un libro sobre los orígenes de la Primera Guerra Mundial, dijo lo siguiente: «¡No permitiré que la obra estropee mi recuerdo de una época tan sublime!». Aquí tenemos a un hombre que no sabe quién es, pero lo importante no es esto. De facto, él es el guardián de la verdad histórica, de la verdad de los hechos. Conocemos la importancia de estos guardines en la historia bolchevique, reescrita cada cinco años y en la cual se omiten ciertos hechos. Por ejemplo, la existencia de un tal Trotski. ¿Es eso lo que queremos? ¿Es eso lo que interesa a los gobiernos?

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Puede que les interese, pero ¿tienen derecho a ello?

H. A.: ¿Tienen ese derecho? No parece que ni ellos mismos lo crean, de lo contrario no tolerarían las universidades. Por lo tanto, incluso a los Estados les interesa la verdad. No me refiero a los secretos militares, que son un asunto distinto. De todas formas, esos sucesos de los que hablamos ocurrieron hace aproximadamente 20 años. ¿Por qué no debería uno decir la verdad?

G. G.: ¿Quizá porque 20 años no son tiempo suficiente?

H. A.: Muchos dicen eso; otros creen que después de 20 años ya no es posible averiguar la verdad. En cualquier caso, hay un interés por lavarse las manos, pero no se trata de un interés legítimo.

G. G.: ¿Usted preferiria que, en caso de duda, se dijera la verdad?

H. A.: Diría más bien la imparcialidad, la cual se introdujo en el mundo cuando Homero

G. G.: También para los vencidos…

H. A.: Exacto!

Wenn des Liedes Stimmen schweigen
Von dem überwundnen Mann,
So will ich für Hectorn zeugen…
[Puesto que del derrotado,
callan las voces del canto,
dejad que por Héctor testimonie yo…]Versos del poema de Schiller titulado «Das Siegesfest». (N. del E.)

¿Acaso no es lo correcto? Eso es lo que Homero hizo. Luego vino Heródoto, quien habló de «las gestas de griegos y bárbaros». Toda ciencia procede de este espíritu, incluso la moderna, y las ciencias históricas también. Si algunos son incapaces de esta imparcialidad, ya que fingen amar a su pueblo tanto como para rendirle continuamente un halagador homenaje, no hay nada que hacer. No considero que esa gente sea patriota.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: En una de sus obras más importantes, La condición humana, usted llega a la conclusión de que la modernidad ha destronado el sentido de lo común, de lo que nos concierne a todos, es decir, el sentido de la importancia primordial de la politica. Usted menciona como fenómenos sociales modernos el desarraigo y aislamiento de las masas, y el triunfo de un tipo de ser humano que encuentra satisfacción en el mero hecho de trabajar y consumir. Y le pregunto al respecto: ¿hasta qué punto este tipo de conocimiento filosófico depende de una experiencia personal que se antepone al proceso de pensar?

H. A.: A mi juicio, ningún proceso de pensamiento es posible sin experiencia personal. Todo pensamiento es un reflejo, una reflexión sobre algún asunto o evento. ¿No es asi? Mire, yo vivo en el mundo moderno, y es obvio que mi experiencia proviene de dicho mundo. Esto, después de todo, no es objeto de controversia. Pero el hecho de limitarse a trabajar y consumir resulta de crucial importancia, ya que una carencia de mundo se manifiesta a sí misma en ese hecho. A nadie le importa ya el aspecto del mundo.

G. G.: ¿«Mundo» siempre entendido como espacio en el cual surge la política?

H. A.: Bueno, entendido ahora en un sentido más amplio: como el espacio donde las cosas se convierten en públicas, el espacio donde uno vive, que debe resultar presentable. Donde también se manifiesta el arte, por supuesto. Donde se manifiestan todo tipo de cosas. Recuerde que Kennedy intentó ampliar de manera casi decisiva el espacio público inviuando a poetas y a otras gentes ociosas a la Casa Blanca. Así pues, todo eso podría pertenecer a este espacio. Por el contrario, en el proceso de trabajar y consumir el hombre se reduce a sí mismo.

G. G.: A lo biológico.

H. A.: A lo biológico y a sí mismo. Y alhí tiene usted la conexión son el aislamiento, un peculiar aislamiente qué surge al trabajar. No puedo entrar en ello ahora con detalle, porque el asunto nos conduciría demasiado lejos, pero esa soledad consiste en la reducción a uno mismo, a un estado en el cual, por así decirlo, el consumo sustituye a todas las actividades que realmente crean vínculos.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Otra pregunta, relacionada con lo anterior: en La condición humana usted llega a la conclusión de que «las experiencias realmente orientadas al mundo – se refiere a percepciones y experiencias con el más elevado significado político se apartan cada vez más del horizonte experiencial de la vida humana corriente». Dice usted que hoyen dia «la capacidad de actuar está restringida a unos pocos». ¿Qué significa esto en términos políticos prácticos? ¿Hasta qué punto una forma de gobierno basada, al menos teóricamente, en la responsabilidad compartida por todos los ciudadanos se convierte en ficción en estas circunstancias?

H. A.: Quisiera matizar un poco. Mire, esta incapacidad para orientarse objetivamente puede aplicarse no solo a las masas, sino también a todos los estratos de la sociedad. Diría que incluso al hombre de Estado. Este vive rodeado de todo un ejército de expertos, así que la cuestión de la acción se sitúa entre estos expertos y él. Es el hombre de Estado quien finalmente debe decidir, pero difícilmente podrá hacerlo de forma realista, ya que no puede saberlo todo.

Debe dejarse aconsejar por los expertos, cuyas opiniones, por definición, se contradicen. ¿No es así? Todo estadista razonable reúne a expertos con posiciones enfrentadas, ya que debe valorar todas las perspectivas para emitir un juicio. Y este es un proceso enormemente misterioso, en el que el sentido común se pone de manifiesto.» Por lo que respecta a las masas, diría lo siguiente: donde quiera que los hombres se reúnan, en el número que sea, entrarán en juego los intereses públicos.

Por «sentido común» (Gemeinsinn), Arendt no se rehere ala prudencia irreflexiva que los adultos sanos ejercitan de forma continua (gesmnder Menschenverstand) sino más bien a, como dijo Kant, un sentido comun a todos… una facultad de juicio que, en su reflexión, tenga en cuenta… el modo de representarlo de todos los demás hombres»

(Immanuel Kant, Critica del juicio, citada en H. Arendt, Lectures on Kant’s Political Philncophy, ed. F. Beiner, IIniversity of Chicago Press, Chicago, 1981, PP-70-72). (N. del E.)

G. G.: Siempre.

H. A.: Y se constituye la esfera pública. Esto se aprecia con claridad en los Estados Unidos, donde todavía se dan asociaciones espontáneas – que después se disuelven -, del tipo de las ya descritas por Tocqueville. Ante intereses públicos que conciernen a un grupo específico -a un barrio, una comunidad de vecinos, una ciudad y cualquier otra clase de grupo -, las personas se reúnen y son muy capaces de actuar de forma pública, porque tienen una visión general del asunto en cuestión. Eso significa que lo que usted apunta solo es aplicable a decisiones del más alto nivel. Pero, créame, en principio la diferencia entre el hombre de Estado y el hombre de la calle no es muy grande.

Entrevista a Hannah Arendt – 1964

G. G.: Señora Arendt, usted ha mantenido el contacto y un diálogo permanente con Karl Jaspers, su antiguo profesor. ¿Cuál considera que es la mayor influencia que ha recibido de él?

H. A.: Verá, donde Jaspers aparece y habla, se hace la luz: tiene una franqueza, una confianza y una forma de hablar sin reservas que no he visto en nadie más. Es algo que me impresionó ya siendo muy joven. Además, tiene un concepto de la libertad vinculada a la razón que yo desconocía por completo cuando llegué a Heidelberg. No sabía nada al respecto a pesar de haber leído a Kant. Con Jaspers vi esa razón en acción, por decirlo de alguna manera. Y si puedo expresarme así, él fue quien me educó, pues yo crecí sin padre. Desde luego, no pretendo hacerle responsable de mi persona, pero si alguien logró hacerme entrar en razón, ese fue él. Obviamente, nuestro diálogo es distinto en la actualidad, pero mi experiencia más impactante en la posguerra fue la posibilidad de conversar de esa manera, ¡esas conversaciones!

G. G.: Permitame una última pregunta. En un homenaje a Jaspers usted dijo: «La humanitas nunca se alcanza en soledad, y nunca por hacer pública la propia obra. Solo puede darse en aquel que entrega su vida y su persona a la «aventura de la esfera pública».» ¿Qué significa para Hannah Arendt esta cita de Jaspers?

H. A.: Aventurarse en la esfera pública, me parece que la idea está clara. En primer lugar, uno se aventura cuando se expone a la luz pública como persona. Aunque en mi opinión no debemos aparecer y actuar en público desde la autoconciencia reflexiva, pensado en nosotros mismos, soy consciente de que en cada acción la persona se expresa como en ninguna otra actividad humana. Hablar es también una forma de acción. Es una aventura. La otra es la siguiente: comenzamos algo.

Tejemos nuestro hilo en una red de relaciones, y nunca sabemos qué saldrá de ello. A todos nos han enseñado a decir: «Señor, perdónalos porque no saben lo que hacen», y esto es válido para cualquier acción, simple y concretamente porque uno no puede saber. Y añadiría que esta aventura solo es posible cuando se confía en las personas, cuando existe una confianza – difícil de formular, pero fundamental – en lo que en todos hay de humano. De lo contrario, esa aventura sería imposible.

El inexplicable éxito de la entrevista a la filósofa Hannah Arendt en YouTube

Aquí tienen el video de la entrevista que dura hora y cuarto. Ud. ha podido leer este artículo en media hora.

(FiN) Entrevista a Hannah Arendt – 1964

FiN

El humanismo y la historia – Karl Jaspers

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