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El peligro de la tecnología – Gabriel Marcel

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
20/03/2022
Tiempo de lectura 6 minutos.
El peligro de la tecnología – Gabriel Marcel

Gabriel Marcel (París, 7/XII/1889-París, 8/X/1973) Dramaturgo y filósofo francés. Mantenía que las personas tan solo pueden ser comprendidas en las situaciones específicas en las que se ven implicadas y comprometidas. Su pensamiento puede ser calificado como existencialismo cristiano o personalismo. (El peligro de la tecnología – Gabriel Marcel)


Todo progreso técnico lleva consigo una fuerte carga para aquel hombre que se beneficia de él sin haber participado en el esfuerzo de la conquista. Y esta carga puede convertirse en una cierta degradación del ser espiritual.

Esto no quiere decir, naturalmente, que se haya de remontar el curso de la historia y que se tengan que destruir las máquinas,;sino solamente que todo progreso técnico deberia estar equilibrado por una especie de conquista interior orientada hacia el dominio, cada vez mayor, de sí mismo.

Desgraciadamente, falta saber si esta labor intima no es cada vez más dificil de obtener de un ser que se beneficia, cada dia más,;de las facilidades que el progreso técnico pone a su disposición. Tenemos todas las razones para pensar que esto es cierto. En el mundo de hoy se puede decir que un ser pierde tanto más la conciencia de su realidad íntima y profunda,;cuanto más depende de toda la mecánica cuyo funcionamiento le asegura una vida material tolerable.

Me inclino a decir que su centro de gravedad se vuelve exterior, se sitúa cada vez más en las cosas; en los aparatos de los cuales depende para existir. No parece excesivo decir que el hombre, en general, cuanto más llega al dominio de la Naturaleza, más en particular,;se convierte de hecho en esclavo de esa misma conquista.

Es menester repetir con insistencia que no tendria ningún sentido mirar la técnica en general, o una técnica en particular,;como afectada en si misma de un indice espiritual negativo. Sería incluso más exacto decir que la técnica, tomada en si misma,;es buena en tanto que encarna una cierta potencia auténtica de la razón, o también,;en tanto que introduce en el desorden aparente de las cosas un principio de inteligibilidad.

Pero la cuestión que se plantea consiste en saber cuáles son las reacciones, no quizá necesarias, sino probables,;de la técnica sobre aquel que sin haber contribuido en modo alguno a su invención, es su beneficiario.

No podría decirse que la invasión de la técnica tiende a sustituir el gozo por la satisfacción, la inquietud por la insatisfacción?; y los satisfechos de una parte y los insatisfechos de otra, ¿no tienden a reunirse en una común mediocridad?

El peligro de la tecnología – Gabriel Marcel

Para aquellos en quienes toda vida interior está muy a menudo cegada, la técnica se presenta, cada vez más, ;como el medio infalible para realizar el confort generalizado, fuera del cual no pueden concebir la dicha.

He recordado, por otra parte, que ese confort generalizado con sus dependencias – diversiones standard-aparece como el único capaz de hacer tolerable una vida;que ya no es considerada como un don divino, sino, más bien, como una sucia broma. La existencia de un pesinnismo difuso, al nivel de la burla y del reniego,;más que del suspiro y del sollozo, me parece ser un aspecto fundamental del hombre contemporáneo.

Aparte de que el progreso técnico (…) anima a una cierta pereza en el individuo, favorece también el resentimiento o la envidia, que vienen a centrarse sobre objetos precisos cuya posesión no parece ligada a ninguna superioridad discernible, ni aun al gusto refinado que testimonia el aficionado en la elección de los objetos que colecciona. Cuando se trata de un trigorífico o de un pick-up, las palabras tener o poseer toman una significación, a la vez, más provocativa y espiritualmente más profunda. «Tiene la suerte de poseer ese aparato; no ha hecho nada para ello; ese aparato le pertenece, pero podría muy bien y más justamente pertenecerme a mí.»

La experiencia nos revela que, a partir del momento en que la preocupación de seguridad domina la vida, ésta tiende a reducirse, a encogerse en ella misma, a desvitalizarse, en una palabra. También ocurre, tal vez, que las potencias de iniciativa, en aquellos que no contribuyen efectivamente al desarrollo cientifico y técnico, tienden a ejercerse en cierto modo en los márgenes y a degenerar en potencia de subversión pura.

Quizá se encuentre ahí una de las razones profundas por las cuales una época técnica tiende a ser una época revolucionaria. Pero sería menester saber también si la extraña generalización de la voluntad de subversión no se une en el mundo en que vivimos a una disposición precisamente inversa, a un pequeño conservadurismo estrecho a ras del individuo: la especie de generosidad que antes presidía el desarrollo de una gran familia se seca, como una fuente, allí precisamente donde podría ejercerse, en la procreación, en la educación, sea para llevaria al nivel del discurso, donde se pierde en humo verbal, sea para traducirse en violencia física para culminar en la persecución de un grupo humano por otro grupo humano.

El peligro de la tecnología – Gabriel Marcel

En ese encadenamiento la acción envilecedora de la técnica aparece a plena luz: lo que está envilecido es la noción misma de la vida, y todo lo demás viene por añadidura. Uno podria preguntarse si el hombre de la técnica no mira la vida misma como una técnica completamente imperfecta, en la que la ausencia de generosidad y el cálculo son regla. En esas condiciones, ¿cómo no se arrogará el derecho de intervenir en el

curso mismo de la vida, como se construye una presa, por ejemplo? Hará sus cálculos antes de decidir si conviene poner un niño «en camino», como se calcula antes de comprar una moto o un Simca; se hará la cuenta lo más exacta posible del coste anual; en un caso habrá que prever las enfermedades y las facturas del médico; en el otro, las averías y las facturas del garaje; o tal vez se decida por un perro, que cuesta menos, y si las facturas del veterinario son excesivas, siempre hay el recurso de matar al perro. Todavía no se ha pensado la misma solución para el caso de un niño.

Es, por otra parte, bastante visible que en el estado de la historia a que hemos llegado, tan pronto las técnicas sobre las cuales descansa la vida civilizada ceden por una razón o por otra, el retorno a la barbarie se opera con una desconcertante rapidez. Lo que hay de cierto es que los progresos de la técnica exponen cada vez más al hombre a la tentación de atribuir a sus éxitos un valor intrínseco que no puede, en modo alguno, pertenecerle, Podríamos decir simplemente que el progreso técnico expone al hombre al peligro de la idolatría. No se da cuenta de ello porque se hace de la idolatría una imagen infantil de la cual es víctima; la idolatría consiste, a sus ojos, en adorar pequeños fetiches grotescos. ¿Cómo el trabajador o el pequeño burgués que no creen en nada serían idólatras? ¿No están libres de todas las supersticiones?

Pero la ilusión consiste, justamente, en no ver que la superstición puede penetrar en lo más intimo, es decir, integrarse en el tejido mismo de la conciencia. Podríamos decir que se enquista simplemente, en lugar de aparecer en la superficie del ser. El hombre que no cree en nada, no existe ni casi puede existir, lo mismo que el hombre que no se siente vinculado a nada. El hombre que no cree en nada, el hombre que no se siente vinculado a nada, es literalmente un hombre sin lazos. Pero ese hombre no puede existir. La existencia sin lazos no es posible. Falta saber en qué se convierten los lazos allí donde ha desaparecido no solamente la creencia en sentido pleno, la creencia en otra cosa, ¿tal vez podríamos decir también la creencia en la vida?

En dónde pone la atención ese hombre?
Yo diría crudamente: en él mismo.
Pero qué es aquí él mismo? Ante todo son sus sensaciones, y puede ser también esa trasposición psicológica de lo visceral que culmina en la satisfacción o el descontento de sí. Pero, ¿cuál es la naturaleza de ese descontento? Es esencialmente una dispepsia. No conozco expresión más reveladora que: No digerir lo que Fulano me ha dicho o me ha hecho. Cosa curiosa y hasta reveladora, la palabra digerir no puede ser empleada aquí más que negativamente. No digiero el hecho de que Fulano haya obtenido tal acceso o tal premio, o haya percibido una pequeña herencia; no digiero la manera como me ha hablado mi mujer, mi criada o mi colega.

El peligro de la tecnología – Gabriel Marcel

En resumen, es a otro que no digiero, otro en tanto que otro, otro que me impide existir. Esa dispepsia no toma, por otra parte, necesariamente la forma de envidia; puede ocurrir que yo no digiera la miseria de mi vecino, que me impide saborear tranquilamente mi pequeño confort personal.

Entre el progreso del resentimiento y la emancipación de las técnicas no se descubre en el primer momento ninguna conexión directa. Pero lo que hay que observar bien es que el hombre de la técnica, habiendo perdido, en el sentido más profundo, la conciencia de sí, es decir, ante todo las regulaciones trascendentes que le permiten distinguir su conducta o descubrir sus intenciones, está cada vez más desarmado ante las potencias de destrucción desencadenadas a su alrededor y ante las complicidades que éstas encuentran en el fondo de él mismo.

Si fuera menester concluir esta exposición con algunas palabra labras, diría que, en último análisis, lo que no se hace por Amor y para el Amor, termina, invariablemente, por hacerse contra el Amor. El ser que niega su carácter creado termina, ya lo hemos visto, por irrogarse atributos que son la caricatura de aquellos que pertenecen a lo increado.

El peligro de la tecnología – Gabriel Marcel

FiN

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