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El inmoral acoso del “negacionista”

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
05/02/2022
Tiempo de lectura 5 minutos.
El inmoral acoso del “negacionista”

La pandemia ha dado a los periodistas una audiencia cautiva. La han utilizado para pintar las muertes por Covid como tragedias griegas y para divulgar mensajes amenazadores para los que no se quieren vacunar o incumplen las normas de salud impuestas. (El inmoral acoso del “negacionista”)

Resulta inmoral el acoso a personas que simplemente ejercen su derecho a disponer de su cuerpo según su propio criterio, siguiendo leyes internacioales que les protegen, y que no hacen daño a nadie poirque están sanos. En cualquier caso ¿desde cuando enfermar por un germen aéreo supone la estigmatización del enfermo? ¿Crucificaremos a los invacunados?

El inmoral acoso del “negacionista”

Periodismo y Covid: Una pareja de Tragedia Griega

El arte del periodismo, como bromeó G. K. Chesterton en La sabiduría del padre Brown, «consiste en gran medida;en decir «Lord Jones muerto» a gente que nunca supo que Lord Jones estaba vivo». Como demuestra su historia, los periodistas y sus editores no se limitan a informar de las noticias. Las crean, y lo hacen de acuerdo con los apetitos de sus audiencias y los intereses de sus patrocinadores o sus subvencionadores.

Aunque los tiempos han cambiado, la verdad fundamental de la observación de Chesterton no lo ha hecho, con una excepción. La pandemia es la noticia que monopoliza y capta la audiencia; la situación de la pandemia es la obsesión de la clase profesional que domina las redacciones. Así pues, ya no basta con informar al público simultáneamente de la existencia de Lord Jones;y de su muerte: Ahora hay que decirles por qué ha muerto esa figura antes desconocida. Y así, el titular moderno dice: «Muere Lord Jones, reputado negacionista».

Este género particular de noticias -llamado tragedia de advertencia sobre la Covid- comenzó a principios de la pandemia; pero parece haber florecido desde la introducción de las vacunas experimentales. Sólo en las últimas semanas, las historias promocionadas a nivel nacional han informado al público sin aliento de la muerte de personajes famosos por Covid;y si eran “negacionistas” o “tragacionistas”. Este tipo de historias saturan Internet. Y el género no se limita a las figuras públicas (o casi públicas). Un restaurador que mantuvo su restaurante abierto para mantener a sus empleados y pagar el tratamiento del cáncer de su mujer;– un acto que una época más salubre se consideraría de una piedad ejemplar-;fue objeto del mismo tratamiento tras su muerte por no querer someterse al relato covidiano.

Todo esto sería más tolerable si las historias no fueran tan lúgubremente previsibles. El ejemplo representativo del género trasunta hacia los contornos dramáticos de una tragedia griega. En primer lugar, el protagonista demuestra su “arrogancia”, desviándose de alguna manera del relato covidiense: asistiendo a una fiesta de Navidad sin bozal,;rechazando una vacuna o simplemente expresando una simple duda sobre el empalagoso consenso reinante. La arrogancia despierta la némesis, y la némesis provoca la peripecia: infección, hospitalización y muerte por covid. Pero, como diría Aristóteles, las mejores tragedias no están completas sin un momento de anagnórisis. Alguien debe reconocer la naturaleza del error del héroe. Lo mejor es que sea proporcionada por el propio protagonista (la confesión en el lecho de muerte es particularmente contundente); pero, en su defecto, puede ser proporcionada por un pariente cercano: “Se equivocó”.

El inmoral acoso del “negacionista”

Estigmatizar al disidente

El terror recurrente en forma de moraleja de lo que les pasa a los que no acatan las normas es una forma para ;devolver al redil a mucho indeciso fácilmente influenciable pero son banales o inútiles para un hombre en su sano juicio o con los suficientes bemoles. No hace falta decirlo, por supuesto, pero las anécdotas dispersas o puntuales no demuestran absolutamente nada ni en un sentido ni en otro: Son incausales. Estamos en medio de una pandemia mundial que se ha cobrado muchas vidas y se cobrará más: jóvenes y viejos,;enmascarados y sin enmascarar, vacunados y no vacunados. Pero, con la excepción parcial del mundo del deporte, en el que no se pueden ignorar los brotes muy públicos entre celebridades altamente vacunadas,;rara vez o nunca oímos hablar de la infección o la muerte de un ciudadano famosete “tragacionista” multivacunado que cumplía las normas.

En cambio, estamos sometidos a un incesante bombardeo de historias sensacionalistas, todas las cuales sirven para distraer la mente de la información realmente útil. Las historias sobre la medida en que las diversas vacunas pueden mitigar de verdad la infección;lo las formas en que la infección puede propagarse entre los vacunados; o el impacto a largo plazo de las medidas de contención en la salud de los niños; o la gravedad relativa de las diferentes variantes, podrían producir un conocimiento real en la audiencia. Sin embargo, a menudo se ahogan en un mar de trolas sensacionalistas que producen poco conocimiento, pero mucho sentimiento y convicción y, sobre todo, terror. El mejor de los métodos de dominación. Y esto funciona muy bien en el mundo postmoderno donde la emoción sobrepasa con mucho al raciocinio.

El inmoral acoso del “negacionista”

No hay catarsis luego no hay moraleja sino purga pública

Esto nos lleva al segundo problema de estas noticias. Las antiguas tragedias griegas estaban diseñadas para ocasionar una purgación de las emociones,;la catarsis, que permitiera a los miembros del público llevar una vida más racional, desapasionada y moderada. Las tragedias de Covid producen exactamente el efecto contrario, independientemente del sesgo político del lector. El constante bombardeo de titulares engendra entre la población un miedo supersticioso, como si el simple hecho de albergar dudas sobre las directrices de la sanidad pública le supusiera a uno arriesgarse a enfermar y morir. Después de todo, aunque cumplas todas las normas covid, estes vacunado y reforzado, eso no es suficiente para salvarte de la infección y la muerte si te toca, por eso mejor no tocarle “las bolitas al diablo”, piensa el supersticioso.

Para los seguidores totalmente concienciados y comprometidos con las normas covidócratas, el efecto emocional es aún peor. Historias de este tipo los reafirman en su rectitud moral covidiana, produciendo una macabra satisfacción con su propia rectitud como fiel cumplidor de las normas y el más absoluto desprecio por los que no las siguen. Así se autoarguyen: “Los que contraen Covid probablemente se lo merecen”. La crueldad del rebaño gozoso les lleva a burlarse de las muertes de los antivacunas, en un acto «macabro… pero que juzgan necesario». Para sostener su fe covidocrática llegarían a bailar sobre las tumbas de los “negacionistas” como zombies del relato covidiano.

Esta creciente división en buenos y malos, este enfrentamiento emocional, debería alarmarnos a todos, vacunados o no, de izquierdas o de derechas. Alguien debería poner freno a esto antes de que haya muertos y no precisamente por covid. Lo que antes era principalmente una expresión de malicia muy de redes sociales – modo haters- ha empezado a abrirse camino en los niveles más altos de la política pública que abusan del lenguaje cáustico calentando aun más un ambiente ya de por sí muy caldeado contra los mal llamados “negacionistas”.

El inmoral acoso del “negacionista”

Cada vez peor, sólo el paso a fase endémica podrá salvar al valiente grupo de control invacunado

Otros países han sido peores. Las potencias europeas, en particular, parecen alegremente comprometidas a repetir -como farsa, por ahora- los episodios más oscuros de sus historias modernas. Así, Alemania y Austria – este último ya multa y amenaza con la cárcel a los invacunados- y otros países han identificado a una minoría política que consideran responsable de los males actuales, la han estigmatizado y la han encarcelado socialmente con el pasaporte covid, todo ello en un intento de «excluirla de la vida pública».

En Francia, el genio opresor se expresa olvidándose de la “fraternité”. Para Emmanuel Macron, los no vacunados no son ciudadanos en absoluto. Palabras chocantes para cualquier líder político, pero aún más para el líder de un país cuya ideología revolucionaria está íntimamente asociada a la palabra «ciudadano», y cuyo himno nacional celebra la guerra de los ciudadanos contra los impuros. Macron ha declarado que quiere «cabrear» a los no vacunados. ¿Podríamos preguntarle cuándo espera que la sangre de los no vacunados riegue sus caminos?

Es difícil ver dónde acabará todo esto. Cualquier respuesta madura de Covid -nacional o local, institucional o individual- debe estar arraigada en el conocimiento real y en el sobrio equilibrio de los bienes que se contraponen: la salud de los ancianos frente a la de los jóvenes, la importancia relativa de la libertad y la seguridad, los beneficios y los riesgos de la «educación a distancia», etc. Pero los cuentos con moraleja, que se basan en un marco moral totalmente simplista (¡el precio del incumplimiento es la muerte!) y promueven el pensamiento tribalista, hacen que el ejercicio del sentido común sea casi imposible.

Es evidente que los periodistas y los creadores de algoritmos han dado con una fórmula rentable: las historias generan clics, y los clics venden publicidad. La progresión de la pandemia parece estar deteniéndose y quizás acabe con el acoso antes de que se convierta en cuchillas de gillotinas cayendo sobre los cuellos de los “negacionistas”. ¿Habrá pronto “martires negacionistas”? Esto cada vez va a peor, sólo el paso a fase endémica podrá salvar al valiente “grupo de control” invacunado.

Mientras tanto, nos queda resistir, y luchar por la cordura entre tanto abuso normativo y tanto ruido de odio de fondo, tanto rencor de los hedonistas covidianos que se juzgan moralmente superiores, hasta que las circunstancias cambien o, como dice el narrador de Chesterton, hasta que Dios nos envíe hombres aun más valientes.

(FiN) El inmoral acoso del “negacionista”

FiN

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