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El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

24 de julio de 2021
Escritor español Petrusvil: Japalpilpa

Petrusvil, escritor español.

Tiempo de lectura 14 minutos
El hilo de Ariadna – Evans  y Schliemann

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

Tabla de contenidos

Esta es la cuarta y última entrega de los hallazgos del arqueólogo Henrich Schliemann. Y, aunque no narra descubrimientos suyos – hay que recordar que Schliemann no pudo completar su sueño de excavar en Creta-; si que es necesario culminarlos con los de Arthur Evans que cierran el círculo de la civilización cretomicénica.

A partir del III milenio a.C. y coetánea a la cultura egipcia y mesopotámica, se consolida la gran civilización cretomicénica basada en el poder marítimo. Se inicia hacia el 2700 a.C. y desaparece de forma súbita a mediados del siglo XIII a.C.; con la invasión de la península griega por los pueblos dorios, procedentes del Norte. Es entonces cuando llega la llamada edad oscura de la que en torno al año 1000 a.C. nacerá la cultura griega.

Las entradas precedentes, por si quiere empezar por el principio son:

1.- El niño pobre que halló un tesoro – Schliemann y Homero.

2.- La máscara de Agamenón – Schliemann y Pausanias.

3.- Tirinto y Creta – La muerte de Schliemann.

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

Sir Arthur Evans

Arthur Evans había nacido en 1851, es decir, contaba treinta y nueve años cuando Schliemann falleció; era inglés por excelencia y estaba llamado a cerrar con trazo preciso el circulo que Schliemann esbozó en la vieja tabla de la Historia.

Su vida se diferencia mucho de la de Schliemann, Evans hizo sus estudios en Harrow, Oxford y Gotinga; empezó a interesarse por la escritura jeroglifica y, hallando signos que le indicaban Creta, hizo un viaje a esta isla, y allí, en 1900, empezó nuevas excavaciones y ascendió lentamente en su carrera. Un día pudo llevar el honorífico título de sir y recibió muchas condecoraciones. Una de las cuales, en 1936, fue la valiosa Copley Medaille de la Royal Society. En una palabra, tanto por su carácter como por su formación, era el personaje antagónico de Schliemann, nuestro genial autodidacto.

Pero el resultado de sus exploraciones fue también interesante. Llegado a Creta para recoger la confirmación de una teoría sobre aquellos signos de escritura que le interesaban especialmente. No suponia él entonces que iba a permanecer allí mucho tiempo. Pero en sus excursiones por la isla vio los imponentes restos de escombros y los montones de ruinas que tanto habian fascinado a Schliemann; y dejando de lado todas sus teorias paleográficas empuñó la piqueta. Esto sucedia en el año 1900, un año después de la muerte de Schliemann. Transcurrido un año, dijo que necesitaba otro mas para despejar todo lo que consideraba útil a la ciencia. Y se quedó corto.

Estudió todos los textos de las leyendas y cuentos – lo mismo que Schliemann -. Excavó palacios y tesoros – exactamente igual que Schliemann – y trazó el marco preciso del cuadro que Schliemann había bosquejado; pero al mismo tiempo esbozó otros muchos cuadros de los cuales aun nos faltan muchos colores. Había hundido su piquera en el suelo de Creta, fértil en leyendas y preñado de Historia, abriendo la isla de los enigmas.

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

Creta

Creta se halla situada en la periferia más saliente de un arco de montañas; que se extiende desde Grecia hasta el Asia Menor, por el Egeo.

El Mar Egeo no era límite de separación entre los pueblos que a él se asomaban. Schliemann demostró esto al hallar en Micenas y en Tirinto objetos que debían provenir de países remotos. Y Evans encontró en Creta marfil africano y estatuas egipcias. El comercio y la guerra son las fuerzas impulsivas del tráfico en el reducido mundo de la Antigüedad. Como en nuestros días, y exactamente igual que ahora, tan pacífica y tan rapazmente al mismo tiempo, se comerciaba y se peleaba entonces. Así, las islas, con sus dos madres patrias, constituían una unidad económica y cultural.

¿Sus madres patrias hemos dicho? Aquí, madre patria no lo era en rigor el continente. Pues pronto quedaría probado que el suelo materno lo fue una de las islas: Creta.

Según la leyenda, Zeus mismo nació en ella; era hijo de Rea, la MadreTierra, y vino al mundo en la cueva de los Dictos. Las abejas le llevaban su dulce miel, la cabra Amaltea le ofreció sus ubres, las ninfas le mecieron, y un tropel de jóvenes armados se congregó a su alrededor para protegerle contra su padre, Cronos, devorador de sus propios hijos.

También se dice que Minos, aquel rey legendario, reinó en la isla y era hijo de Zeus.

Evans escavó en la región de Cnosos.

El hilo de Ariadna – Evans  y Schliemann

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

El palacio de Cnosos

Las murallas afloraban casi a la superficie, A las pocas horas, el trabajo ya dio su fruto; y al cabo de algunas semanas, Evans, lleno de asombro, se vio ante las ruinas de unos edificios que cubrian ocho áreas. En el transcurso de unos años, los restos de un palacio surgieron de un espacio que cubría una superficie de dos hectáreas y media.

La disposición de los edificios estaba bien clara y mostraba un parecido indiscutible con los palacios de Tirinto y Micenas. Pero su poderosa construcción, unida a su gran suntuosidad y belleza, indicaba que los castillos del continente fueron sólo edificaciones secundarias; capitales de provincias o colonias en una marca adelantada.

En torno a un rectángulo inmenso, el patio más grande, se erguían varias alas de edificios extendidas en todas las direcciones; con sus paredes de ladriIlo hueco y tejados planos sostenidos por pilares. Pero las estancias, pasillos, salas y los distintos pisos presentaban una distribución tan confusa; que incluso el espectador profano exclamaba: «esto es un laberinto». La leyenda atribuye al rey Minos la construcción de un laberinto construido por Dédalo. Laberinto por antonomasia y modelo de todos los que después han hecho o se puedan hacer.

Evans no vaciló en comunicar al mundo que había encontrado el palacio de Minos, del mismo legendario hijo de Zeus; padre de Ariadna y Fedra, del laberinto y del temible hombre-toro o toro-hombre que habitaba: el Minotauro.

Lo que ahora Evans era un verdadero milagro. El pueblo que lo había habitado, pueblo del que Schliemann sólo había hallado hueIlas coloniales, y del que hasta entonces nada se había sabido sino rasgos legendarios, se había deleitado allí en la riqueza y en la voluptuosidad, probablemente en la cumbre de su apogeo se había hundido en aquella decadencia sibarítica que lleva en si el germen de la muerte por dormirse en lecho de rosas de su brillante esplendor.

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La protección de Creta no eran sus murallas sino el mar.

La gran prosperidad económica de que gozara fue la causa de esa decadente cultura. La Creta de nuestros días, es decir, el país del vino y del aceide oliva, lo era ya entonces. Y en aquel mundo asomado al Egeo. Creta era un gran centro comercial. Un mercado maritimo, pues era una isla. Lo que más extrañó fue que aquel riquísimo palacio del antiguo mundo helénico no presentara traza alguna de fortificación ni de murallas protectoras. Cosa que se explicó con el descubrimiento de la riqueza de aquel emporio, pues exigía un poder más fuerte que las piedras para su defensa; una clase de protección más ofensiva que las inerte murallas, medio simplemente defensivo: una flota que de manera activa dominase el mar.

Por eso aquel palacio se presentaba entonces a la vista del navegante que se acercaba a las costas; no como un áspero castillo, sino que ofrecia con sus columnas de cal blanca, sus paredes cubiertas de refulgente estuco, brillantes bajo el ardiente sol mediterráneo. Algo así como una joya de los mares que hacía centellear todas las facetas de su gran riqueza.

Evans descubrió las bodegas y despensas. Alli se alineaban un jarra junto a otro; tinajas gigantescas ricamente ornamentadas con dibujos artísticos, análogos a los que antes se encontrado en Tirinto, que antes se vieron llenas del dorado aceite. Evans se esforzaba en calcular la capacidad total de aquellas tinajas de aceite y llegó a la cifra de 75.000 litros. Riqueza en reserva de un solo palacio.

Y ¿quiénes eran los que disfrutaban de aquellas riquezas?

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El sistema de datación de Evans

Evans descubrió, al poco tiempo, que sus hallazgos no podían pertenecer todos a la misma época, que no todas las murallas databan del mismo el período, ni que toda la cerámica, la porcelana y la pintura representaban el mismo estilo. Pronto reconoció las capas de aquella civilización, en una inteligente visión de los milenios. Y así estableció una división que aun sigue hoy día: un período minoico primitivo desde el milenio tercero hasta el segundo; un minoico medio hasta 1600 a. de J. C., aproximadamente, y un minoico tardio el periodo más breve, con un rápido final — hasta 1250 a. J. C., aproximadamente.

Incluso halló huellas de actividad humana anteriores al primer periodo de la época que denominamos neolítica, pues el metal era aún desconocido y todos utensilios empleados eran de piedra. Así hasta una época que alcanzaba diez mil años, fijó Evans la antigüedad de aqueIlos testimonios; otros investigadores no admitieron tan lejano periodo de la historia, pero dan como seguro un mínimo de cinco mil años.

¿Cómo calculaban estas fechas, por qué procedimiento?

Evans determinó cada época por la presencia de objetos de origen extranjero. Por ejemplo, cerámica de Egipto, que correspondía a periodos en que reinaron faraones cuyas fechas están bien determinadas. El apogeo, la cumbre de esta civilización, se sitúan en el período de transición del minoico medio hasta el minoico tardío. Es decir, en los decenios que transcurren alrededor del año 1600 a. J. C., que fue cuando probablemente vivió Minos dominando con su flota los mares circundantes.

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La época de apogeo de la cultura cretense-micénica

Aquella fue la época en que un bienestar general desarrolló el esplendor y se practicaba el culto a la belleza; las pinturas murales presentaban jóvenes caminando por praderas y cogiendo flores que depositaban en esbeltas ánforas; o doncellas que andaban por campos de lirios. La cultura, entonces, estaba a punto de convertirse en simple suntuosidad y la pintura ya no era adorno dominado por formas recias, sino que campeaba la delicia de los colores con un brillo refulgente. En Creta, habitar una casa no era necesidad, sino lujo. Los vestidos no eran, tampoco, simple necesidad de la naturaleza y de las costumbres, sino fruto del gusto y del refinamiento.

No es de extrañar que Evans empleara la expresión «moderno» para lo que hallaba. Aquel edificio, de medidas aproximadas a las del palacio de Buckingham, tenía cloacas para los desagües y lujosas termas, para la ventilación, filtros de agua a base de grava, y grandes pozos negros. Pero más identidad hallaba él con los tiempos modernos al contemplar el aspecto de las personas, sus actitudes, sus vestidos y sus modas.

La mujer cretense

A principios del periodo minoico medio, las mujeres solian tocarse con unos sombreros altos, puntiagudos, y vestian largas faldas con dibujos color, abiertas por delante y sostenidas por un cinturón; los cuellos altos, erguidos y llevaban al descubierto el pecho.

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Mujer cretense

La mujer cretense, unos 1.600 años a. de J. C., en la época de apogeo de la cultura cretense micénica. Estatuilla de cerámica pintada hallada en el palacio minoico de Cnosos. Esta antigua indumentaria se convirtió en la época del apogeo en un vestido muy refinado. La sencilla túnica se había trocado en un corpiño con mangas, muy ceñido al talle,;con formas complicadas, dejando de nuevo descubierto el pecho, pero ahora con llamativa coqueteria y provocación.

Las faldas, de variados colores, caían largas, plisadas, y algunas de ellas adornadas con dibujos en los que se representaba una colina en la que se ven flores de loto estilizadas; sobre esta prenda llevaban un mandil de vivos colores. Para la cabeza, las mujeres usaban unos sombreros altos, inspirados en aquel primitivo tocado en forma de cucurucho puntiagudo. ¿Hemos de considerar tal audacia como de un gusto supermoderno o grotesco? Si lo moderno es que las mujeres lleven el pelo corto lo mismo que los hombres, aquellas buenas cretenses ya eran bien modernas hace varios milenios, pues lo llevaban igual de corto que los hombres.

Así las vemos en las pinturas: con negligente gracia en sus movimientös, lánguidamente extendidas en sillas de jardin, jugando con un guante, o en animada conversación, con ese encanto que hemos dado en llamar parisiense. Tanto por la mirada como por la expresión toda, parece imposible que se trate de damas de una época que dista miles de años de la nuestra.

Para evocar aquellos tiempos lejanos, basta echar una ojeada a los hombres. Como único vestido, todos llevan una especie de enagüilla.

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La leyenda del laberinto del Minotauro

Entre las maravillosas pinturas encontradas por Evans – cuyo encanto y hechizo sentían incluso los incultos obreros – se repetía siempre una cuyo tema ya conocemos: el bailarín delante del toro.

El hilo de Ariadna – Evans  y Schliemann
Fresco encontrado en el palacio de Cnosos en Creta

¿Un bailarín? ¿Un torero? ¿Un artista? Esto era lo que suponia Schliemann cuando halló tal representación en Tirinto. Pero ¿acaso no estaba Evans en el terreno mismo donde había gobernado Minos, el legendario rey del Minotauro, monstruo parecido a un toro?: ¿Qué dice a este respecto la leyenda?

Pues bien, dice que Minos, rey de Cnosos, de toda Creta, y señor de todos los mares helénicos, envió a su hijo Androgeo a participar en los juegos de Atenas. Más fuerte que todos los griegos, venció, y por envidia fue muerto por Egeo, rey de Atenas. Su padre enfurecido, invadió la ciudad en implacable guerra, la sometió y exigió una expiación terrible. Cada nueve años, los atenienses de mandar la flor de su juventud, un tributo consistente en siete jóvenes varones y siete doncellas que serian sacrifical monstruo de Minos. Pero cuando el terrible sacrificio se preparaba por tercera vez, Teseo, hijo de Egeo, que había regresado después de un viaje en el que realizó muchas proezas, se ofreció para ir en barco a Creta matar al monstruo.

El barco surcó el mar hacia la isla de Creta, un mar azul y resplandeciente; y en él iba Teseo, con siete parejas de jóvenes jonios.

Negras eran las velas que sostenían los mástiles, y Teseo anunció que izarian velas blancas en su viaje de vuelta, si había conseguido su propósito. Ariadna, hija de Minos, vio a aquel hombre destinado a la muerte, y se enamoró de él. Dióle una espada para la lucha y una madeja de lana, uno de cuyos extremos sujetaba ella, mientras el héroe entraba en el laberinto en busca del monstruo. En lucha terrible, el héroe venció al Minotauro.

Gracias al hilo de Ariadna halló la salida, y rápidamente cayó con Ariadna y sus compañeros hacia su patria. Pero estaba tan emocionado por haber salido vivo de aquella aventura que se olvidó de cambiar las velas, como había anunciado. Egeo, padre de Teseo, al ver velas negras interpretólas como signo de muerte y se arrojó al mar.

¿Podia tal lienzo explicar esta leyenda? Se ve a dos doncellas y a un joven jugando con un toro. ¿Era eso un juego? Acaso no se jugaban, en efecto, la vida? La pintura podía muy bien representar los sacrificios ante el Minotauro, nombre que, sin duda, no quería decir otra cosa sino «toro de Minos».

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La hipótesis sobre la destrucción del reno de Minos

La escritura cretense

Comparando la leyenda con la realidad hallada surgían aún otras cuestiones. Evidentemente, en todo ello había un fondo de verdad, el laberinto. El triunfo de Teseo era el símbolo de la victoria de los conquistadores venidos del continente, los cuales habían destruido el palacio de Minos. Esto era verosímil; pero que una venganza personal de Minos, que la dureza del castigo exigido por el hijo asesinado fuera el motivo de la destrucción de su reino, era más improbable.

Lo cierto es que el reino de Minos fue destruido, y tan sañuda y repentinamente, que los destructores no tuvieron tiempo de ver, oír o aprender nada. El final de este rico pueblo de Creta es todavía un enigma para los arqueólogos; para todos los hombres de ciencia que se ocupan en la Historia primitiva.

Después de Homero, se establecieron cinco pueblos distintos en la isla. Según Heródoto, Minos no era heleno, y Tucídides afirma que si lo era. Evans, el hombre que más se interesó por este problema, lo cree de origen africano, libio; Eduard Meyer, concienzudo historiador de la Antigüedad, observa solamente que los cretenses quizá no procedían del Asia Menor:

Dörpfeld, el antiguo colaborador de Schliemann, aun en 1932, a sus ochenta años, se enfrenta con la teoría de Evans y dice que Fenicia fue el lugar de donde procede el arte de Creta y de Micenas, y no de la isla, como pretendia Evans.

¿Dónde está el hilo de Ariadna capaz de sacarnos del laberinto de las hipótesis? La escritura podría ser este hilo. Y con esta idea, Evans fue a Creta. Ya en 1894, había descifrado los primeros signos de Creta. Alli descubrió también innumerables inscripciones de cuadros, y en Cnosos unas 2.000 planchas de arcilla con los signos de un sistema de escritura lineal.

El origen y la escritura del reino de Creta son oscuros como lo es también su final. Hay muchas teorías y todas ellas audaces. Evans reconocía tres estadios claros de la destrucción. Por dos veces se reconstruyó el palacio, pero la tercera destrucción fue definitiva.

Etapas de la escritura cretensa

No es posible descifrar una escritura muerta, ha dicho alguien. Nadie conoce este idioma; nadie sabe nada de esos signos, ¿quién los interpretará? ¿Quién ha interpretado los jeroglificos, quién ha descifrado la escritura cuneiforme durante tantos siglos olvidada? Y, sin embargo, ambas escrituras las leemos hoy día como nuestro propio alfabeto. Mas esto nos lleva a un capitulo nuevo, el que corresponde al soleado país del Nilo.

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

La invasión de los Dorios

Intentando atisbar la historia de aquellos luminosos días, vistos con la perspectiva del tiempo, distinguiremos entre aquellos tropeles de gente nómada; que invadieron Grecia y destruyeron Micenas y Tirinto, a los aqueos de piel blanca, ;procedentes del Norte. de los países del Danubio, o acaso de las regiones de la Rusia meridional. Era la invasión de un pueblo bárbaro que se extendió por todas partes, surcó el mar, llegó a la isla y destruyó las riquezas de Creta.

Poco después se iniciaron nuevas campañas; ahora son los dorios, que expulsan a los aqueos, gente más culta que ellos. Si los aqueos eran saqueadores que sabían posesión, hombres dignos del canto de Homero, los dorios, en cambio, eran simples bárbaros devastadores. Con ellos, sin embargo, empezó la nueva Grecia. Así lo explican unos. Pero, dicen los otros?

Evans descubrió que la destrucción del palacio minoico se había llevado a cabo con el poderío propio de un fenómeno de la Naturaleza. Pompeya era el ejemplo clásico de un caso análogo. Aqui Evans encontraba, en las estancias del palacio, signos análogos de que la muerte había sorprendido a los hombres repentinamente, en plena vida, como los que por primera vieran D’Elboeuf y Venuti al pie del Vesubio: instrumentos de trababajo andonados cerca de la mano del operario, ejemplares de trabajo manual y obras de arte suspendidos repentinamente en plena ejecución, faenas daomésticas interrumpidas violentamente…

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

Los terremotos

Y forjó entonces una teoría confirmada por la experiencia propia. El 26 de junio de 1926, a las diez menos cuarto de la noche, Evans se hallaba en su cama leyendo cuando se produjo de repente un brusco movimiento sísmico. La cama se movió, las paredes de la casa temblaron, algunos objetos cayeron, un cubo lleno de agua se vertió, la tierra trepidó, primero, y luego bramó como si el Minotauro volviera a la vida. Pero la sacudida sísmica no duró mucho rato.

Cuando la tierra se hubo tranquilizado, Evans de la cama y salió corriendo. Rápidamente se dirigió al palacio. Las obras puestas al descubierto por las excavaciones habían quedado intactas. Donde había sido posible, hacia años se habían colocado refuerzos de acero para sostener los vacilantes muros descubiertos. Pero en los pueblos de los alrededores y hasta en la capital, Candía, el movimiento sísmico habia producido terribles estragos.

Ello confirmó la teoría de Evans, basada en que Creta era una de las zonas de movimientos sísmicos más agudos de Europa. Sólo la potencia de aquel terremoto que de pronto sacudió la tierra, la agrietó y devoró la obra de los hombres, podía haber destruido el palacio de Minos. De modo tal que sobre sus ruinas ya no pudiera construirse mas que un conjunto de chozas miserables.

Como se descubrió después la construcción minoica estaba diseñada para terremotos. La madera a modo de armazón para sostener los muros, así como para absorber los movimientos ocasionados por los terremotos. Y las columnas que poseían una característica forma ahusada hacia abajo, porque tenían más resistencia a los terremotos. Denominada columna minoica o «invertida«, distinta de la columna griega que era más ancha en la parte intermedia inferior por motivos estéticos (el éntasis, para crear una ilusión de mayor altura).

Tal es la tesis de Evans, que algunos no comparten. Quizá algún día se aclare la incógnita. Evans, al menos, no ha podido cerrar el circulo, cuyo primer esplendor fue vislumbrado por Schliemann, hombre lleno de fe, bajo las cenizas de Micenas. Ambos habían sido descubridores; ahora llegaba la época de los intérpretes destinados a hallar el hilo de Ariadna. ¿Dónde estará la lámpara que nos dé luz para descubrir y leer la escritura de Creta? Esa luz cuyos amplios rayos basten para iluminar aquella Europa que durante más de tres mil años ha permanecido en la oscuridad.

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

La tetralogía sobre Schliemann:

1.- El niño pobre que halló un tesoro – Schliemann y Homero.

2.- La máscara de Agamenón – Schliemann y Pausanias.

3.- Tirinto y Creta – La muerte de Schliemann.

4.- El hilo de Ariadna – Evans y Schlieman.

FiN

El hilo de Ariadna – Evans y Schliemann

Escritor español Petrusvil

Japalpilpa

Pedro Antonio Villegas Santos

Pedro Antonio Villegas Santos

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