El Blog de Petrusvil | Prosa Poesía

A mi padre.

Petrusvil, escritor español.

30 de julio de 2015

Antes de empezar, vaya este cuento contado a la manera de Petrusvil, la fábula de Esopo contada a la inversa:  ¿Por qué será que lo veo al revés y la hormiga se olvidó de la cigarra? Piensen en ello. Mientras la afanosa hormiga se pertrechaba su amiga, la cigarra, cantaba para animarla. En el frio invierno de repente la añora, de la ausencia de su amiga se percata. No supo devolverle su amor con sus sobras y, triste, llora sola en la abundancia. A mis queridas hormigas ¡gracias por cuidarme! De su cigarra, Petrusvil. Haced ¡Click!♥ ¡Click!♥ ¡Click!♥

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A mi padre.
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Panegíricos

Querido papá:
 
            Muchas veces, vagando por mi mundo interior, donde mi imaginación me situaba ante los avatares de la vida, barruntaba lo que sentiría el día de tu ausencia definitiva. No vagaba por los vericuetos de lo que sería mi vida a partir de ese instante pues eso se me antojaba inalcanzable, simplemente imaginaba, o mejor dicho, intentaba concebir mis sentimientos ante tamaño golpe vital.  Ese sentido de anticipación, mortal de necesidad para el viviente cotidiano, era el reducto de mi búsqueda de la certeza- inexistente como posible estado del hombre pues la única certeza es la muerte -, del estar preparado psicológicamente para el devenir sin percatarme de que mientras se prevé el futuro se pierde el presente; aún así, aún siendo consciente de la inutilidad de mi perturbación mental ante este futurible,  mi natural inclinación hacia la prevención domeñaba mis pensamientos.
 
            Mis sentimientos puestos ante esa trágica anticipación eran una amalgama de desesperanza, un vacío que rebasaba los confines de mi sistema digestivo para abarcar todo mi ser como una triste sinfonía de angustia vital, un trasunto amargo de mi muerte en tu muerte. Pero, hete aquí que llegó el momento para el que inútilmente me preparaba y nada fue como presentía. Me receté una sedativa medicación como si de una  herida se tratara, posponiendo la realidad hasta que estuviera preparado para asumirla. De igual manera, todos los actos sociales que siguieron al óbito estuvieron encaminados a paliar los efectos anímicos del golpe. Constaté después que este modus operandi es el común denominador en todos los casos: La vida se protege a si misma, la sociedad protege a sus miembros, el cuerpo y la mente se defienden de los embates desproporcionados con molicie, como un muelle que amortigua los efectos del primer y brutal golpe, un vaivén que decrece en su amplitud a medida que el tiempo transcurre pero que nunca cesa porque la certeza – ahora sí – y el dolor por tu ausencia sigue presente como un reloj que nunca pierde su cuerda.
 
A mi padre.
 
 
 
 
         Durante días no lloré, siete días después me desperté por la noche con una angustia indescriptible. Bajé al jardín de mi casa de toda la vida, ese reducto solaz donde la familia se había reunido innumerables veces a charlar, convivir y a festejar a los amigos. Encendí un cigarrillo y, sentado a la luz de la luna miré las estrellas de un cielo raso y límpido,  entonces sólo entonces, lloré por tu ausencia durante un largo rato. Finalmente, volví a mirar el inabarcable sideral infinito; y recordé las palabras del filósofo Inmanuel Kant (1724-1804): «El cielo estrellado sobre mi, y la ley moral dentro de mí». Miré otra vez a las estrellas y busqué una con una pipa humeante; y me dije que no te olvidaría nunca, que nunca olvidaría lo que me enseñaste: A disfrutar la vida en toda su grandeza y armonía ( «El cielo estrellado sobre mí…) respetándome a mi mismo y, por ende,  a los demás; respetando las reglas del juego escritas en mi interior («,y la ley moral dentro de mí»)
 
 
 
     Desde entonces, los recuerdos que habían permanecido enterrados en el fondo del pasado han ido renaciendo de las cenizas del aparente olvido para instalarse en mi mente como un libro que nunca hubiera leído y que, en una sutil contradicción, volviera a leer sumiso ante un deseo obligado. De este modo apareció lentamente, de nuevo ante mí,  tu vida, nuestra vida; revivida en mi alma, sin tu presencia. Renovada, emerge plena de sentido una vez que te has ido y rebrotan las viejas semillas de tus hechos y tus palabras en el suelo fértil de tu ausencia.
  
      La muerte es la última oportunidad de volver a ser niños. Una ilusión enfrenta a lo desconocido y una emoción transcendente debe inundar nuestra mente ante la gran aventura que se esconde detrás de ella.
 
       Gracias papá, de tu amante hijo. Espera tranquilo mientras vivo bajo el manto de estrellas de tu legado que luego me reuniré contigo pero, aún no.

                                                 Sevilla, 11 de noviembre de 2002


P.D.- Dedicada a mi padre, a mi familia  y a una entrañable amiga Carolina 
 [ @carinho9  http://enunamaleta.blogspot.com.es/ ]
 
 

Cuando mamá cumplió ochenta años

Escritor español Petrusvil

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