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Polo Sur | El triunfo del perdedor – Scott

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
30/10/2021
Tiempo de lectura 19 minutos.
Robert Falcon Scott

Tabla de contenidos

Robert Falcon Scott (Davenport, Reino Unido, 1868 – Antártida, 1912) Explorador británico famoso por sus viajes a la Antártida y especialmente por el pulso que sostuvo con el noruego Roald Amundsen en el intento de alcanzar por primera vez el Polo Sur. ( Polo Sur | El triunfo del perdedor – Scott )

Polo Sur | El triunfo del perdedor – Scott

¿Existió «la carrera por el polo Sur»?

Nunca existió «la carrera por el polo Sur» como tal…Amundsen, llegó, vio y venció…un mes antes que Scott.

Pero su hazaña en el Polo fue ensombrecida por el romanticismo de la tragedia de Scott, por un enfermizo sensacionalismo, glorificó y encumbró a un perdedor: el capitan Scott, cuya expedición, víctima de una incontable sucesión de decisiones erróneas, acabaría inútilmente con su vida y con las de cuatro de sus compañeros.

La prensa habrá ganado la carrera del morbo en aquel 2011, pero hoy en 2021 la historia reconoce el “suicidio” de Scott y el impecable estilo de Amundsen, cuya planificación evaluó y anticipó hasta el más mínimo detalle. Considerado insensible y calculador por su «cómoda victoria» frente al hielo, sin embargo, Amundsen era un enamorado de las tierras polares, y todos sabemos que los enamorados no son insensibles ni calculadores. Lo veremos en la siguiente entrada de esta dilogía donde entraremos en detalle, a través de los aciertos de Admunsen veremos los errores de Scott.

Quedaba un último enigma por desentrañar

El siglo xx, si baja la mirada, se encuentra un mundo sin secretos. Toda la Tierra ha sido explorada, los más lejanos mares surcados.  Desde que para la humana curiosidad no queda en la Tierra espacio sin secretos, se lanzan al espacio los pájaros de acero de los aeroplanos, compitiendo por alcanzar nuevas alturas y nuevas distancias; y se busca en las profundidades lo aun ignoto por conocer.

Sin embargo, en los inicios del siglo XX, quedaba un último enigma que había conseguido ocultar sus maravillas a la mirada del hombre. El Polo Sur y el Polo Norte, la columna vertebral, esos dos puntos casi inmateriales, insensibles, alrededor de los cuales gira su eje con su correspondiente precesión.

Las barreras de hielo preservaban hasta el momento ese último secreto, disponiendo un invierno gélido y eterno. El miedo y el peligro ahuyentan, bajo amenaza de muerte, a los más intrépidos. Hasta el sol sólo unos días al año puede contemplar esos hielos incorruptibles. La mirada del hombre, jamás. Durante décadas se suceden las expediciones. Ninguna alcanza el objetivo.

En algún lugar, sólo ahora descubierto, en un cristalino ataúd de hielo, reposa, desde hace más de un siglo, el cadáver del más intrépido entre los valientes, Andrée que quiso sobrevolar el Polo en globo. Cada asalto se estrella contra las relucientes paredes de hielo. Desde hace miles de años y hasta nuestros días, la Tierra esconde su rostro. Una vez más, invicta frente a la pasión de sus criaturas. Virgen y pura, su pudor desafía la curiosidad del mundo.

Andrée y Knut Frænkel con el accidentado globo en la banquisa, fotografiados por el tercer expedicionario Nils Strindberg. La película expuesta de esta fotografía, junto con otras de la expedición, se recuperó en 1930.

Pero el joven siglo xx extiende sus manos con impaciencia. No se había de luchar únicamente por alcanzar el Polo, sino por cuál serría la bandera que primero ondeara en esa tierra. Impaciente, la humanidad aguarda.

Polo Sur | El triunfo del perdedor – Scott

Robert Falcon Scott

Sabe que se trata del último secreto de nuestro espacio vital. En América, Peary y Cook se disponen a conquistar el Polo Norte. Hacia el sur zarpan dos barcos. Uno capitaneado por el noruego Amundsen; el otro por un inglés, el capitán Scott.

Un capitán cualquiera de la marina inglesa. Uno más. En su conducta, nada revela al héroe. Su rostro es el de miles de ingleses. Frío, enérgico, sin que se le mueva un solo músculo, como congelado por una honda energía. Los ojos, de un gris metálico. La boca, rígidamente cerrada. Marcado por la voluntad y con alto sentido pragmático no hay una sola apariencia de romanticismo en su carácter, ni asomo de buen humor. Se aprecia en él a un hombre que no tiene un solo sueño, un fanático de la objetividad, un auténtico representante, por tanto, de la raza anglosajona, en la que la genialidad no llega más allá del cumplimiento del deber.

Pero la suya es una voluntad dura como el acero. Scott quiere terminar lo que Shackleton empezó, Prepara una expedición, pero no cuenta con medios suficientes. Eso no le detiene. Sacrifica su capital y se endeuda, seguro de su triunfo. Pronto encuentra compañeros, con lo que ya nada puede torcer su ánimo. Terra Nova, así se llama el extraño barco que les llevará hasta las costas de la Antártida, hacia las que parten el 1 de junio de 1910.

Polo Sur | El triunfo del perdedor – Scott
El grupo de Scott posa en el Terra Nova.

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Antártida

En enero, desembarcan en el cabo Evans, al borde de los hielos perpetuos, y disponen una cabaña para pasar el invierno. Diciembre y enero son allí los meses de verano, la única época del año en la que puede haber un sol cenizo sobre un cielo blanco, el sol brilla un par de horas al día.

Una lámpara de acetileno proporciona una luz blanca y cálida. El cinematógrafo les entretiene, mostrando imágenes de lugares lejanos o escenas del trópico en medio de climas más suaves. Un gramófono para la música y en una biblioteca, compendiado todo el saber de su tiempo. En una habitación martillea la máquina de escribir. Otra sirve de cámara oscura, en la que se revelan películas y fotografías. El geólogo analiza la radiactividad de las piedras. El zoólogo descubre nuevos parásitos en los pingüinos. Las observaciones meteorológicas se alternan con los experimentos.

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La cabaña del cabo Evans

Cada individuo se encarga de una parte del trabajo durante los meses de oscuridad. Cada uno de ellos se esfuerza por transmitir sus saberes a los demás. Y en el animado intercambio de la conversación van pasando las horas y los días. En medio de un mundo nuevo y único, en la soledad más completa, los treinta hombres comparten los últimos avances del siglo xx.

Entre tanto, se aventuran a hacer pequeños avances. Prueban sus coches-trineo, aprenden a esquiar y amaestran a los perros. Preparan un almacén para el largo viaje. Pero las hojas del calendario avanzan despacio, lentamente, hasta que al fin llega el verano en el mes de diciembre-, y el barco trae más provisiones y la correspondencia personal.

En medio del más duro invierno, se aventuran a hacer viajes de un día para fortalecerse, probar las tiendas de campaña y conseguir experiencia. No todo sale bien, pero las dificultades les infunden nuevo valor. Cuando regresan de sus expediciones, congelados y exhaustos, les reciben con júbilo y un cálido fuego, y esta pequeña y confortable casa a 77 grados de latitud sur, después de tantos días de privaciones, les parece la morada más acojedora de la Tierra.

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Un día, una expedición que regresa del oeste, trae una noticia que les alarma. Han descubierto el campamento de Amundsen. Y en ese instante, Scott se entera de que hay otro que lucha por la gloria de llegar elprimero al polo sur: Amundsen, el noruego. Scott mide la distancia en el mapa. Y en su diario se percibe el espanto, tras comprobar que el campamento de Amundsen está enclavado ciento diez kilómetros más cerca del Polo que el suyo. Se queda petrificado, pero no se desanima.

«¡Adelante! Por el honor de mi patria», escribe orgulloso.

El nombre de Amundsen aparece una única vez en las páginas de su diario. Después nunca más. Pero se nota que desde ese día una sombra de miedo se cierne sobre la solitaria cabaña. Y en adelante no pasará un solo momento sin que ese nombre turbe sus horas de sueño.

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Partida hacia el polo

Por fin desde la cima de la colina suena el teléfono y, dichosos, se enteran de que ha aparecido el sol, que por primera vez desde hace meses se ha levantado durante una hora en medio de la noche invernal. Es muy débil, muy pálido, apenas capaz de vivificar el aire helado, pero sólo con verlo se alegran. En modo febril, se preparan para aprovechar en su totalidad el pequeño margen de luz que trae consigo la primavera antártica, que no es más que el más crudo invierno conocido. Delante corren los coches-trineo. Tras ellos, los trineos arrastrados por póneys y perros siberianos.

La ruta se ha dividido en varias etapas. Cada dos jornadas construirán un depósito, con el fin de conservar para la vuelta ropas nuevas, alimentos y lo más esencial, petróleo, etc. El equipo se pone en marcha al completo, para regresar poco a poco en diferentes grupos, y así dejar para el último y más pequeño, el de los escogidos por scott para realizar la proeza, el máximo de provisiones, los animales de tiro más frescos y los trineos.

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Los ponis de Scott

Los contratiempos no tardarán en aparecer. Tras dos jornadas de viaje se averían dos trineos a motor (poco adaptados en las condiciones inclementes del tiempo y del terreno) así que los desechan para su uso. Tampoco los póneys aguantan tan bien como cabía esperar en un clima donde sólo los perros esquimales podrían aguantar esas condiciones climáticas.

Los ponys siberianos no tardaron en hundirse en la nieve porque no estaban preparados para esa densidad y para un clima tan extremo, el sudor se les congelaba y morían de hipotermia. Los trineos motorizados empezaron a fallar y los pocos perros aportados fallecieron a lo largo de la travesía.

El 1 de noviembre de 1911 se dividen en distintos grupos. Una caravana formada por primero treinta, después veinte, diez y finalmente sólo cinco hombres, avanzando por el blanco paisaje de un mundo sin vida. Delante siempre hay un hombre cubierto de pieles y trapos, sobre lo que asoma tan sólo la barba y los ojos. La mano, envuelta en pieles, sujeta del cabestro a un póney que arrastra un trineo con una pesada carga. Por las noches, se entierran en sus tiendas de campaña. Cavando en el suelo, construyen paredes de nieve en dirección al viento, para proteger a los póneys. Y por las mañanas reanudan la marcha, monótona, desesperante, a través del aire glacial.

Pero las preocupaciones van en aumento, El tiempo sigue siendo inclemente. A veces sólo recorren treinta kilómetros al día. Y desde que saben que en medio de esa soledad hay otro que avanza hacia el mismo objetivo, cada día vale su peso en oro. Cualquier menudencia se convierte en un peligro cierto. Un perro que se ha extraviado, un póney que no quiere comer. Todo es alarmante, porque aquí en esta tierra yerma los valores han mutado de un modo temible. Aquí cualquier ser vivo es mucho más valioso o incluso insustituible.

Entonces la salud del equipo comienza a resentirse. Unos se han quedado ciegos por culpa de la nieve. A otros se les ha congelado algún miembro. Los póneys, a los que ha habido que reducir la ración de comida, están cada vez más agotados, hasta que finalmente, cerca del glaciar de Beardmore – a mitad de camino-, se desploman (Ver mapa de posición) . Alli, tienen que cumplir con el triste deber de matar a esos valientes animales que, en medio de la soledad y después de dos años de convivencia, se han convertido en amigos, a los que se conoce por el nombre. El «matadero», así es como llaman al trágico lugar.

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Una parte de la expedición se separa en ese sangriento lugar y regresa. Los demás se pteparan para los últimos esfuerzos, emprender el terrible camino sobre el glaciar, la peligrosa pared de hielo que ciñe el Polo y que sólo el ánimo de una voluntad férrea de un hombre puede vencer.

Las etapas de la marcha son cada vez más pequeñas, pues la costra de nieve aquí se deshace y dificulta los desplazamientos por su peligrosidad. Ya no pueden avanzar con los trineos, sino que tienen que empujarlos. El duro hielo corta los patines. Los pies se llenan de heridas al avanzar por la inconsistente arena de hielo. Pero no se doblegan. El 30 de diciembre han alcanzado los 88 grados de latitud, el máximo punto al que llegó Shackleton (Ver mapa de posición). Aquí la última sección ha de regresar. Sólo cinco elegidos pueden seguir hasta el Polo. Scott escoge a su gente.

El heroico explorador polar sigue sin salir del hielo | Cultura | EL PAÍS

No se atreven a protestar, aunque les pesa tener que volverse estando tan cerca de la meta y dejar a los compañeros la gloria de ser los primeros. Pero la suerte está echada. Una vez más se dan la mano, deseándose buena suerte.

Después el grupo se separa. Parten dos comitivas pequeñas, minúsculas. La una, en dirección hacia el sur, rumbo a lo desconocido. La otra hacia el norte, de regreso a la cabaña. Constantemente vuelven la vista, para percibir por última vez la presencia de un amigo, de un ser humano. Pronto desaparece la última figura. Solos, los cinco escogidos para esta hazaña -Scott, Bowers, Oates, Wilson y Evans-avanzan rumbo a lo desconocido y hacia una muerte segura. (Ver el mapa de posición)

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El polo sur

Las anotaciones de estos días son cada vez más intranquilas. Escribe como la aguja de la brújula, al acercarse al Polo empiezan a vibrar. «¡Qué interminable se nos hace, hasta que las sombras se arrastran lentamente a nuestro alrededor, avanzando desde nuestra derecha hacia adelante, para de alli deslizarse hacia la izquierda!»

Pero, entre tanto, la esperanza reluce cada vez más nítida. Scott anota las distancias recorridas con entusiasmo menguante, «Sólo quedan 150 kilómetros para llegar al Polo. Si esto sigue así, no lo resistiremos.» Están siendo presa de la fatiga acumulada por las desgastantes condiciones climáticas. Dos días más tarde: «Quedan 137 kilómetros hasta el Polo, que nos resultarán amargamente difíciles.»

Y de pronto un cierto tono victorioso: « ¡Sólo 94 kilómetros! Si no lo alcanzamos, nos quedaremos endemoniadamente cerca.» El 14 de enero la esperanza se convierte en certeza: «Sólo 70 kilómetros.

¡La meta está ante nosotros!» Y al día siguiente los apuntes reflejan un intenso júbilo, casi con hilaridad: «Sólo unos mezquinos 50 kilómetros. ¡Tenemos que llegar, cueste lo que cueste!» El final está próximo. Y ya extienden la mano para apoderarse lugar ignoto de la Tierra. Un último esfuerzo, y habrán alcanzado el objetivo.

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El 16 de enero

«Se elevan los ánimos», anota en el diario. Esa mañana reanudan la marcha más pronto que otras veces. La impaciencia por contemplar antes el polo sur, los impulsa literalmente fuera de los sacos de dormir. Hasta el mediodía esos cinco hombres, inmutables, recorren catorce kilómetros. Alegres, avanzan a través de inmensidad blanca, sin un alma. La hazaña crucial para la humanidad casi está ultimada. De pronto, Bowers, se inquieta. Su mirada arde al clavarse en un pequeño punto oscuro en medio del inmenso espacio de nieve. No se atreve a expresar su recelo, pero a todos les palpita el corazón con un pensamiento espantoso: La idea de que la mano de otro hombre haya podido levantar ahí una señal.

Tratan de calmarse recurriendo a cualquier consuelo engañoso. Se dicen que tal vez se trate de una grieta en el hielo o de un espejismo. Se aproximan con los nervios a flor de piel y siguen intentando engañarse entre ellos, aun cuando todos intuyen la verdad casi con certezasa: que el noruego, Amundsen, se les ha adelantado.

Ante ellos el hecho incostestable de que hay una bandera negra que, en un trineo colocado como poste, se alza sobre las huellas de un campamento abandonado. Son las huellas de los patines de los trineos y las de muchas patas de perro. Amundsen ha acampado aquí. Lo impensable, lo que era inconcebible para la humanidad, ha sucedido. El Polo, inanimado desde hace millones de años, jamás contemplado por la mirada humana desde el inicio de los tiempos ha sido hoyado dos veces en apenas treinta días. Y ellos no son los primeros tan sólo por cuatro míseras semanas.

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Los segundos ante una realidad inmutable para los humanos para los que el primero lo es todo y el segundo nada. Todo un esfuerzo sobrehumano en vano. Todas las privaciones para nada. De locos, todas las esperanzas alentadas durante años muertas al llegar. «Todo el trabajo, todas las privaciones, toda la angustia, ¿para qué?», escribe Scott en su diario. «Nada más que por un sueño que ahora se ha derrumbado.» Las lágrimas acuden a sus ojos. A pesar del excesivo cansancio, esa noche no concilian el sueño.

Tristes, sin ninguna esperanza, como reos condenados, emprenden la última marcha hacia el Polo, que estaban convencidos de que iban a tomar por asalto. Ninguno trata de consolar a los demás. Sin decir una palabra, siguen arrastrándose sobre la nieve helada. El 18 de enero, el capitán Scott y sus cuatro compañeros, llegan al Polo Sur. Y como el hecho de ser el primero ya no les ciega, contemplan la tristeza del paisaje con mirada abandonada. «Aquí ya no hay nada que ver», escribe Scott.

«Nada que se diferencie de la atroz monotonía de los últimos días.» Es toda la descripción que Robert F. Scott hace del Polo Sur.  La única particularidad que descubren allí es la tienda de Amundsen con la bandera noruega, que arrogante y victoriosa ondea sobre el, hasta hace unos días, inexpugnado baluarte de la Antártida. Una carta del conquistador noruego espera allí al desconocido que sea el segundo en pisar ese lugar, rogándole que la haga llegar al rey Hakon de Noruega. Scott se encarga de cumplir fielmente ese penoso deber: ser testigo ante el mundo de una gesta ajena, a la que él mismo ha aspirado fervientemente.

Tristes, junto al trofeo de Amundsen, ondean la bandera inglesa, la «Union Jack», que ha llegado demasiado tarde. Después, perseguidos por un desalmado viento glacial, abandonan el «traicionero paraje de sus ambiciones». Y con un augurio profético, Scott escribe en su diario: «Me espanta el regreso.»

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Polo Sur | El triunfo del perdedor – Scott
El capitán Scott desolado y desfallecido. 90 grados de latitud sur
16 de enero de 1912

En el camino de vuelta los peligros se multiplican por cien. En la marcha hacia el Polo les guió la brújula. Ahora tienen que prestar muchísima atención a cada paso para no perder sus propias huellas, Perderse una sola vez significa no llegar a los depósitos, en los que se encuentran sus ropas de repuesto, comida y un par de galones de petróleo para calentarse. Por eso se inquietan con cada paso cuando los torbellinos de nieve les cubren la vista, pues cualquier error conduce a una muerte segura. Además, a sus cuerpos les falta la frescura de las primeras marchas, cuando aún disponían del calor que les proporcionaban las calorías de una alimentación más rica y el cálido alojamiento de su casa en el Antártico.

Además, en sus corazones se ha aflojado el resorte que les impulsaba hacia el Polo, cuando la convicción de estar realizando una hazaña inmortal les dotó de una fuerza sobrehumana. Ahora no luchan por nada más que por su existencia corporal, de seres mortales y por una vuelta sin gloria a la patria. Regresan pues con temor a que conozcan su fracaso no por añoranza por su patria.

La lectura de las notas a la vuelta resulta atroz. El tiempo se vuelve cada vez más riguroso. El invierno se presenta con antelación a lo previsto. Y la nieve blanda forma una espesa costra bajo sus botas, convirtiéndose en un cepo en el que sus pies quedan pegagosos al suelo. El frío agota sus rendidos cuerpos. Alcanzar alguno de los depósitos, tras errar y vacilar durante días y días, supone siempre un pequeño hito de júbilo. Entonces en sus palabras vuelve a ondear la bandera fugaz de la confianza.

Poco a poco el arrojo humano sucumbe a la fuerza de la naturaleza que, implacable, conjura contra esos cinco temerarios todas las potencias del terror: el frío, las heladas, la nieve y el viento. Hace mucho que tienen los pies en carne viva, y los cuerpos, insuficientemente caldeados y debilitados por una única comida caliente diaria, empiezan a fallar.

Con horror descubren un día que Evans, el más fuerte de entre todos, se comporta de pronto erráticamente. Se queda atrás, se queja sin cesar de dolores reales o imaginarios. Concluyen entristecidos que por su extraño parloteo el infeliz se ha vuelto loco a causa de algún golpe o por las tremendas angustias. ¿Qué hacer con él? ¿Abandonarle en ese desierto de hielo? Por otro lado, tienen que alcanzar el depósito sin demora. De lo contrario… Scott aún no se atreve a escribir la palabra muerte. El 17 de febrero, el desdichado oficial fallece, justo a un día de marcha del «matadero» ( Ver mapa de localización), en el que por primera vez encontrarán una comida más nutritiva gracias a la masacre de póneys de hace unos meses.

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Los cuatro restantes emprenden la marcha, pero -¡maldición!- el siguiente depósito trae nuevos sinsabores. El aceite que contiene es demasiado escaso, lo que significa que tendrán que apañarse con lo imprescindible. Ahorrar combustible, lo único que les defiende contra el frío. Tras una noche glacial, sacudida por la tempestad, y un despertar desalentador, apenas tienen fuerzas para ponerse las botas de fieltro. Pero siguen arrastrándose.

Uno de ellos, Oates, ya camina con los dedos de los pies congelados. El viento sopla con más fuerza que nunca. En el siguiente depósito, el 2 de marzo, la terrible decepción se repite. Una vez más, el combustible es demasiado escaso. Ahora el miedo se apodera incluso de las palabras. Se percibe cómo Scott se esfuerza por contener el horror. «Así no podemos seguir». O bien: « ¡Que Dios nos asista! No podremos soportar este esfuerzo.» O bien: «El juego terminará mal.» Y por fin la terrible intuición: « Que Dios nos asista! De los hombres ya nada podemos esperar.»

Pero siguen arrastrándose, avanzando, sin esperanza, apretando los dientes. Oates camina cada vez con más dificultad, representa más una carga que una ayuda. A una temperatura de 42 grados bajo cero al mediodía tienen que desistir de la marcha, y el desventurado se percata de que, de seguir así, será la perdición de sus compañeros. Ya se preparan para lo peor.

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Hacen que Wilson, el investigador, suministre a cada uno diez tabletas de morfina, para apresurar el fin en caso necesario. Aún tratan de avanzar una jornada más con el enfermo. Después, el propio infeliz exige que le dejen en un saco de dormir y le abandonen a su suerte. Aunque rechazan la propuesta con energía, en el fondo piensan sería un alivio. El enfermo, con las piernas congeladas, aún se tambalea unos cuantos kilómetros en dirección al refugio nocturno. Duerme con sus compañeros hasta la mañana siguiente. Entonces ven que fuera se ha desencadenado un huracán.

De pronto Oates se incorpora. «Quiero salir un poco», dice a sus amigos. «Tal vez me quede un rato ahí fuera.» Los demás se espantan. Todos saben lo que significa  ese paseo. Pero nadie dice una palabra para detenerle. Todos perciben con respeto que el capitán de caballería Lawrence J. E. Oates, del cuerpo de dragones de Inniskilling, va como un héroe al encuentro de la muerte.

Tres hombres medio dormidos, extenuados, se arrastran por el interminable desierto de férreo hielo, agotados, sin esperanza. Sólo el sordo instinto de conservación sostiene un paso vacilante. El tiempo está cada vez peor. El 21 de marzo se encuentran a tan sólo 20 kilómetros de un nuevo depósito, pero el viento sopla con una fuerza tan mortífera que no pueden ni abandonar la tienda.

Edward Wilson en una tienda en el glaciar Beradmore.
Diciembre de 1911

Cada noche esperan que a la mañana siguiente alcanzarán la meta, pero entre tanto desaparecen los víveres y con ellos la última esperanza. El combustible se les ha acabado, y el termómetro marca 40 grados bajo cero. No queda ninguna esperanza. Sólo escoger entre la muerte por hambre o por frío. Durante ocho días, esos tres hombres cobijados en una pequeña tienda en medio de un mundo primitivo y blanco luchan contra su inevitable final.

El 29 de marzo saben ya que ningún milagro va a salvarles. Resuelven no dar un solo paso más para evitar la fatalidad y afrontar con orgullo la muerte como cualquier otra desgracia, con la mayor dignidad. Se acurrucan en sus sacos y de sus últimos padeceres ni una queja ha trascendido al mundo.

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Las cartas de un moribundo

En ese momentom aislado, frente a una muerte invisible y sin embargo tan próxima que puede percibir su aliento, mientras fuera el huracán choca contra las finas paredes de la tienda. El capitán Scott, en medio del silencio más absoluto, es heroicamente consciente de la fraternidad que le vincula a su nación, a toda la humanidad. A su mente vienen las imágenes de todos aquellos que alguna vez estuvieron unidos a él por el amor, la fidelidad o la amistad, y él les dirige la palabra. Con los dedos cada vez más entumecidos, el capitán Scott swe pone a escribir. En el momento de su muerte, escribe cartas para todos aquellos a los que ama.

Y esas cartas son admirables. En ellas, todo lo que no tiene importancia desaparece ante la proximidad majestuosa de la muerte. El aire cristalino de ese cielo sin vida parece haber calado en ellas. Dirigidas a unas personas concretas, hablan en el fondo a la humanidad entera. Escritas en un instante determinado, dirigen su voz hacia la eternidad. Escribe a su mujer. Le encomienda que cuide de su hijo. Y que ante todo le preserve de la indolencia. Tras haber prestado uno de los más nobles servicios a la historia de la humanidad, confiesa de sí mismo: «Como sabes, yo mismo hube de dominarme para ser un hombre esforzado. Siempre tuve inclinación a la pereza.»

A un palmo de la muerte, ensalza, en lugar de lamentar, su decisión. «Cuánto podría contarte de este viaje. Y cuánto mejor fue emprenderlo, en lugar de quedarme sentado en casa disfrutando de una excesiva comodidad.»

Y, dando muestras del más fiel compañerismo, escribe a la mujer y a la madre de aquellos que comparten su infortunio, de aquellos que con él han encontrado la muerte, para dar fe de su heroísmo. Siendo él mismo un moribundo, consuela a los familiares de los otros con la fuerza sobrehumana que le confiere el presentir la grandeza del momento ylo memorable de esa muerte.

Y escribe a los amigos: «No sé si he sido un gran explorador», reconoce, «pero nuestro fin será testimonio de que en nuestra raza aún no han desaparecido ni el espíritu del valor, ni la fuerza para resistir el sufrimiento.» «En toda mi vida no he encontrado otro hombre», escribe a su mejor amigo, «al que haya admirado y querido tanto como a usted, aunque nunca pude demostrarle lo que su amistad significaba para mí, pues usted tenía mucho que dar y yo nada.»

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Y escribe una última carta, la más hermosa de todas, a la nación inglesa. Se siente obligado a dar cuenta de que en esa lucha por la gloria ha sido vencido sin tener culpa alguna. Enumera los contratiempos que se han conjurado en su contra y con una voz, a la que el eco de la muerte otorga un espléndido dramatismo, hace un llamamiento a todos los ingleses para que no abandonen a sus familias.

Su último pensamiento va más allá de su propio destino. Sus últimas palabras no hablan de su muerte, sino de la vida ajena: «¡Por el amor de Dios, ocupaos de nuestros deudos!» El resto de las páginas están vacías. Hasta el último momento, hasta que sus dedos se congelaron y el lápiz se escurrió de sus manos, el capitán Scott siguió anotando en su diario.

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«Afuera, delante de la puerta de la tienda, todo el paisaje, es una terrible ventisca, resistiremos hasta el final, la muerte ya no puede estar demasiado lejos: es una lástima, pero no creo poder seguir escribiendo. Por el amor de Dios, cuidad de nuestras familias». R. Scott.

Última página de la carta de Scott a su mujer.
29 de Marzo de 1912.

La esperanza de que junto a su cadáver encontraran aquellas páginas, que podrían dar testimonio de su propio valor y del pueblo inglés, le dio motivos para realizar ese esfuerzo sobrehumano. Por último, sus dedos ateridos aún tiemblan con un deseo: «¡Envien este diario a mi esposa!» Pero después su mano, con una cruel certeza, tacha esa expresión, «mi esposa», y sobre ella escribe otra terrible, «mi viuda».

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Semanas enteras esperaron sus compañeros en la cabaña. Al principio, llenos de confianza. Después, ligeramente preocupados. Por fin, con creciente desasosiego. En dos ocasiones enviaron expediciones en su ayuda, pero el tiempo, con su látigo, les obligó a darse la vuclta. Durante el largo invierno aquellos hombres sin jefe permanecieron sin nada que hacer en la cabaña, mientras, negra, la sombra de la catástrofe se cernía sobre sus corazones.

En esos meses, el destino y la hazaña del capitán Robert Scott quedaron encerrados en la nieve y en el silencio, El hielo los mantuvo sellados en un ataúd de cristal. Sólo el 29 de octubre, en la primavera polar, partió una expedición para encontrar al menos los cadáveres de los héroes y sus mensajes. El 12 de noviembre hallaron los cuerpos congelados en sus sacos de dormir. Y a Scott, que, en el momento de morir, había abrazado a su compañero Wilson.

Encontraron las cartas, los documentos, y cavaron una tumba para tan trágicos héroes. Una negra y sencilla cruz sobre un montículo de nieve se alza ahora solitaria en ese mundo de blancura, bajo el que se oculta para siempre un testimonio del heroico esfuerzo de la humanidad.

Polo Sur | El triunfo del perdedor – Scott

Polo Sur | El triunfo del perdedor – Scott
Tumba de Scott y sus compañeros en la barrera de hielo de Ross.

¡Pero no! Sus hazañas conocen una resurrección, inesperada y prodigiosa. ¡Maravilloso milagro de la técnica del mundo moderno! Los amigos traen de vuelta las placas y las películas. En un baño químico se revelan las imagenes. Y una vez más se ve a Scott avanzando con su compañeros. Y el paisaje del Polo, que, aparte de ellos sólo contemplara aquel otro, Amundsen. Por los hilos del telégrafo, sus palabras y el mensaje contenido en sus cartas saltan a un mundo que se muestra admirado. En la catedral del imperio, el rey se arrodilla en homenaje a los héroes. De ese modo, lo que parecía estéril, fructifica de nuevo; lo que se había perdido, se convierte en una fragorosa llamada a la humanidad para que tense sus energías con el fin de lograr lo inalcanzable.

En un soberbio juego de contrastes, a partir de una muerte heroica, la vida renace intensificada. Del ocaso, la voluntad de remontarse hacia el infinito. Pues la ambición sólo se inflama ante lo azaroso del éxito y el logro fácil, pero nada eleva el corazón de modo tan espléndido como la caída de un hombre en lucha contra el predominio invencible del destino. Esa es la más grandiosa tragedia de todos los tiempos, la que de cuando en cuando logra crear algún poeta, y la vida miles de veces.

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