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El desarraigo postmoderno

01/01/2025

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
Tiempo de lectura 6 minutos.
El desarraigo postmoderno

El desarraigo postmoderno

El desarraigo postmoderno

Cuando me vine a Barcelona sentí pena por alejarme de mi tierra. El paso de los años me sometió al desarraigo. El desarraigo ocurre cuando dejas de convivir con personas y de vivir en tu tierra y te vas a otro sitio, y no terminas de integrarte en el nuevo hábitat.

Una sensación de no pertenecer a ninguna tierra al principio parece tener un aura de libertad, la frase soy “ciudadano del mundo” pareció darme un lugar de pertenencia pero este argumento es falaz ya que ese lugar es como no pertenecer a ninguno.

Con el paso de los años terminas arraigándote en tu nuevo pueblo o ciudad. Queda, eso sí, la morriña por lo perdido que ocasionalmente se recupera sólo en parte en los ocasionales viajes a tu tierra originaria. Pero. a medida que pasan los años, sientes que vas perdiendo la conexión y cada vez estás más desapegado de tu lugar de origen. El arraigo se pierde al dejar de relacionarte cotidianamente con, de convivir, por haberte establecido en otro lugar. Pero finalmente terminas arraigándote en ese nuevo lugar, es ley de vida.

Mi disertación va por otro camino, ya verán que les llevo por uno donde el desarraigo se ocasiona sin moverte de tu sitio, permaneciendo en un lugar concreto. Hay algo en esta sociedad moderna que destruye el sentido de pertenencia del hombre y le convierte en un simple ciudadano consumidor y al servicio del Estado o/y en un inubicable ciudadano del mundo.

La palabra “ciudadano” desmadeja al hombre porque le hace hijo putativo del Estado que no es más que un orden de mando, no es ningún lugar sino una organización de gobierno. Por eso precisamente el Estado no es una Nación, sólo son los que la gobiernan. Ser ciudadano sólo es ser un ente abstracto que se relaciona con el Estado según unas reglas preestablecidas.

El desarraigo postmoderno

Si tomamos la definición de ciudadano: “Persona considerada como miembro activo de un Estado, titular de derechos políticos y sometido a sus leyes” , vemos que la palabra persona rechina en la definición. Sí, casa perfectamente con su acepción de “sujeto de derechos y obligaciones legales” pero no casa con la otra: “Individuo de la especie humana” y quien dice de la especie humana dice individuo de la familia, del pueblo, de la ciudad o de la nación tales o cuales. No podemos decir de la tierra porque todos somos terráqueos y no existe nadie fuera de la misma. Así que, ciudadano del mundo es algo así como no ser de ningún lugar de la tierra, es decir un ser desarraigado. Tendría sentido, organizativamente hablando, si hubiera un Estado mundial, pero ese no es el caso; pero todo llegará, ya lo verán.

Para no marearnos con más definiciones, el ciudadano del mundo es una entelequia liberalia, un individuo sin arraigo, es decir un desarraigado de su familia, de su ciudad, de su nación. Un ser ubicado en ningún sitio, propiamente un ser sin alma igualito que el “ciudadano” de un Estado. Ambas son formas de deshilachar al hombre porque este, si sólo es definido por esos conceptos abstractos y organizativos y vive exclusivamente de estos, se convierte en una persona alienada al faltarle su sentido humano de pertenencia que no es una elaboración conceptual sino vital: Desprendemos así al hombre de su alma.

El hombre necesita de un sentido de pertenencia a una familia, a un grupo, a un lugar, necesita ser reconocido por los demás e integrarse para establecer su propia identidad. La pertenencia en sí es algo profundamente relacional que se establece conviviendo con los demás. El arraigo, dejando a un lado a las plantas aunque metafóricamente “echar raíces” valdría, propiamente es establecerse de manera permanente en un lugar, vinculándose a personas y cosas.

El desarraigo postmoderno

Olvidémosnos de las cosas, que no hablo de materialidades ni de posesiones, sino del espíritu en un sentido más elevado. El sentido de pertenencia es un sentimiento, una primigenia necesidad humana, no un acto social ni un concepto abstracto (ciudadano). Aunque si podemos decir que la colaboración social es una forma de establecer arraigos, la cualidad relacional necesaria de la que hablaba antes.

El arraigo es vivir y compartir con, y vivir en, en todo el sentido amplio de la palabra vivir que es ser y estar; convivir en una familia, grupo de amigos, de trabajo o con los vecinos; morar en un lugar o nación. He elegido la palabra morar que tiene más sentido de arraigo que habitar, uno puede habitar en un sitio pero estar arraigado en otro.

Me gusta más decir nación que país porque la nación es un conjunto grande de personas unidas por una cultura común, con una idea de unidad en la acción común distinta de otras, y que viven bajo un mismo gobierno en un territorio definido. El país es sólo el territorio de esa nación bajo un Estado soberano que es una forma de gobierno de la misma, esto es, propiamente cómo se gobierna la nación no la nación misma.

Ya voy llegando al meollo, no se me impacienten. Contéstenme a una pregunta: ¿Tiene el hombre actual más o menos arraigo , o más o menos sentido de pertenencia que el hombre pretérito? Es claro que menos.

El porqué debería resultarles obvio. Paulatinamente desde el último cuarto del siglo pasado hasta el presente primer cuarto de siglo se ha ido destruyendo el sentido de pertenencia:

  • El acoso a la familia y la destrucción de su nuclearidad educacional y convivencial. Ya lo dicen abiertamente, ya: Tus hijos son del Estado.
  • El vaciamiento de los pueblos y el hacinamiento en las grandes urbes que ha terminado por destrozar las relaciones humanas entre vecinos. A esto se añaden otros motivos que las diluyen y que detalló a continuación.
  • El consumo es cada vez más un acto privado, cada vez más solitario, individual y hedonista. Básicamente desapega al hombre de su sentido de pertenencia y lo separa de la sociedad, haciéndole creer en su voluntad de poder para construirse a sí mismo al margen de todo, un dios ensoberbecido con pies de barro.
  • Las relaciones en el trabajo son puramente profesionales aunque nos vendan la idea de la conciliación familiar, eso de trabajar en equipo y la ética empresarial, o hasta eso tan en voga como la filosofía empresarial y la sospechosa idea falsamente moralizante y regresiva de la sostenibilidad. Cada vez más el trabajo se constituye en un acto puramente dinerario, exento de otras gratificaciones morales como la autoestima y el amor por el trabajo bien hecho, enfocado exclusivamente en ganar el dinero que nos permita consumir. Ya no existe aquello de la vocación.
  • Las parejas dedican casi todo su tiempo a obtener ingresos por separado que gastan compulsiva y egoístamente en su ocio, otro factor destructivo de la familia. Aquí habría que hablar a fondo de las causas: probablemente la pérdida de la capacidad adquisitiva respecto a mediados del siglo pasado que requiere del concurso de los dos; aparte de otras causas de índole moral y egocéntricas, añadiendo a esto que el Estado retrae cada vez más de los ingresos privados impidiendo cada vez más actividades libres, creación de empresas y disponibilidades monetarias para “acometer la onerosa inversión en hijos” -sarcasmo- etc.
  • El mundo cada vez más virtual de las RRSS y del Metaverso que termina eliminando las relaciones sociales directas y oculta a las personas detrás de máscaras auto-prefabricadas.
  • El consumo desaforado de la TV, de disfrute cada vez más individualizado, o los entretenimientos visuales en los smartphones qué impiden la relación familiar o con los amigos y las vuelve más pobres e insatisfactorias que el entrañable contacto real.

El desarraigo postmoderno

Y muchas cosas más pero no voy a seguir, creo que con esto basta.

¿Lo ven o no lo ven? El sentido de pertenencia, el arraigo, están siendo arrasados convirtiendo al hombre en un ser ausente de la familia, de los vecinos, de los amigos, del pueblo, de los barrios …

Cada vez dejamos más de vivir y compartir con, y vivir en. Destruimos todo el sentido amplio de la palabra vivir que es ser y estar sabiendo que se es y que se está; convivir en una familia, grupo de amigos, de trabajo o con los vecinos; morar en un lugar o nación.

Cada vez somos más ciudadanos de un Estado que personas, sí tenemos infinidad de derechos y una infinitud cada vez mayor de obligaciones que constriñen nuestra libertad. Sigan ustedes así, que se convertirán en simples aportadores de fondos para el Estado y para las multinacionales que viven a expensas de su manía consumista.

Ustedes “lo lograrán” tarde o temprano y se convertirán en entes desarraigados, tristes “ciudadanos del mundo” bajo un dominio mundial de organismos supranacionales y megacorporaciones. Ya no serán personas sino meros instrumentos que se creen libres y autóctonos ciudadanos del mundo. Allá ustedes. Aunque no lo crean, en sus manos está desembarazarse de tamaña distopía, basta para ello que recuperen su sentido de pertenencia.

(FiN) El desarraigo postmoderno

Petrusvil en Valldoreix a 1 de enero de 2025

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