Incompatibilidad entre tolerancia y civilizaciones

Petrusvil, escritor español.

16 de abril de 2021
Tiempo de lectura: 6 minutos
Incompatibilidad entre tolerancia y civilizaciones

La incompatibilidad entre tolerancia y civilizaciones: En un mundo donde impera la tolerancia nada se discute, todo se tolera, todo es admisible; y si esto es así nada del tolerante prevalece, todo lo del tolerado se impone. El débil de corazón termina renunciando por inacción a sus propias ideas, a su propia civilización e identidad en beneficio de las otras.

Como en una arcadia feliz todas las civilizaciones convivirían juntas y hasta podrían engendrar una nueva aldea común. Es lo que parecían perseguir desde Europa con la idea de la multiculturalidad que se originó el último tercio del s. XX. Una suerte de simbiosis generativa de una nueva civilización global crisol de la diversidad. Hablar de Alianza de Civilizaciones no es más que otra absurda extravagancia más de los seres de luz que merodean por estos parajes postmodernos. No me atrevo a decir que fuera un intento de dominación a partir de la dilución de la propia identidad en una mezcla de identidades muy dispares, pero pudiera ser.

Lo que si ha sido, vistos los resultados, es otra teoría utópica como tantas otras que se empeñan en probar los iluminados contemporáneos de turno. Multiculturalidad e integración es un oxímoron. Porque si uno se integra está aceptando, en gran media, la cultura del otro y renunciando a la suya propia.

Entendida la civilización como idea cultural, de orden y de convivencia de cada pueblo específico y asentada a lo largo de extensos periodos temporales; dicha convivencia multicultural y multietnica sería cosa harto improbable. Tal como los hechos se han empecinado en demostrar, la simbiosis no se produce, al fracaso palpable de la multiculturalidad en Occidente me remito.

Si aquellos con los que buscamos convivir proceden de una cultura con cierto grado de incompatiblidad con la tradiciones históricas que originaron la nuestra, no se integrarán en nuestros valores. La cohabitación de civilizaciones es imposible per se, una de ellas tendrá que imponerse a la otra. Es algo tan sencillo como una mera cuestión de supervivencia.

Ocurre que los modos y las formas civilizatorias no pueden ser cambiadas al gusto ajeno porque dejaríamos de ser lo que somos. Si no se procediera así, si todo es admisible. Si no evaluamos si las ideas de los demás son compatibles y toleramos todas las suyas; una de esas civilizaciones, generalmente la más intolerante, se impondrá sobre las demás.

Si a eso añadimos el descenso en vitalidad que se ha venido produciendo en Europa en los ultimos decenios; se cumpliría la máxima de que el pueblo más vital aun no siendo el más tolerante -o precisamente por ello- terminaría imponiendo su cultura. El descenso de vitalidad de un pueblo ocasiona la decadencia del mismo; y su lugar es ocupado por otros pueblos menos civilizados pero con más enjundia vital.

Claro que siempre hay excepciones pero estas son en sentido contrario. Los hay que renuncian a parte de sus costumbres y aceptan las nuestras pero esto no es lo habitual. También hay excepciones en las que se puede mantener cierta convivencia pero manteniendo burbujas que separan a unos grupos de otros. La excepciones por regla general se mantienen mientras haya reciprocidad y una aceptación mutua de un mínimum en las reglas generales de convivencia de la civilización que las acoge.

La pusilánimidad de la tolerancia, entendida ésta en su fuero negativo; como consentimiento tácito a toda idea ajena sin que medie confrontación dialéctica o razonada. Todo lo anterior y, sobre todo, en ausencia de reciprocidad nos conduce a la muerte por inanición de la propia idea primigenia del tolerante al someterse a la del otro. El paternalismo social y económico con los que no se integran; la comprensión del otro llevada al extremo de consentirle todo acaba inevitablemente en el parricidio del padre adoptivo.

Pero aunque existiera la reciprocidad, la tendencia natural de cada uno de los bloques a convivir con los suyos ocasionaría la aparición de espacios sociales y físicos separados, ghettos voluntarios. En el mejor de los casos, cuando las culturas tiene ciertas similitudes, como es el caso de la cultura hebrea y la cristiana; lleva a una convivencia incluso fructífera entre ambas partes. Pero en el caso en que las similitudes sean mínimas o inexistentes; la figura del gheto ocasiona una separación amurallada y que cada vez se hace más distante. Esto ocasiona, al cabo de generaciones, odios y enfrentamientos como se ha podido ver en distintos lugares de Europa los últimos años.

Haber superado, afortunadamente, en nuestro tiempo, los enfrentamiento violentos entre civilizaciones – en el cual una de ellas terminaba imponiéndose ante la otra- no debe llevarnos a la falacia utópica del diálogo tolerante y permisivo. Porque esta manera de proceder trae consigo la depauperación de las ideas del tolerante; de suerte que las menos tolerantes terminan imponiéndose generalmente por el uso de la fuerza; y por el aprovechamiento de los recursos bienintencionados del organismo cedente para conseguir los fines del organismo cultural parásito.

Es indubitable que el proceso de convencer al otro de que nuestras ideas son mejores no suele llegar a buen fin cuando el otro está intrínsecamente en desacuerdo, racional o irracionalmente. Esta circunstancia en la vida de los individuos lleva en unos casos a tolerar – en el buen sentido- al otro cuando no queda más remedio pero uno procura separarlo de su núcleo de amistades. Cuando una relación es tóxica tiene que romperse o termina intoxicando al que la tolera.

La elección de con quien voy a convivir es libre empero está regla individual no sirve, es más, es contraproducente cuando concierne a las civilizaciones, a los distintos órdenes extensos; porque no existe física y sociológicamente modo alguno de conjuntar dos formas tan distantes y distintas de ordenamiento en un mismo espacio común. La convivencia, en este caso, solo se establece de manera ocasional, laboral o circunstancial a nivel individual pero las civilizaciones permanece separadas y así todo funciona a las mil maravillas. «Cada uno en su casa y Dios en la de todos» reza un refrán español que viene a expresar la necesidad de que cada familia – civilización- cuente con un espacio en el que pueda actuar según su deseo y criterio – su cultura y los modos o normas de convivencia de su civilización- y donde se salvaguarde su propia intimidad.

Si se fuerza la convivencia «en la misma casa» inevitablemente se crearán compartimentos más o menos estancos -ghettos o burbujas- separados y conflictos crecientes que conducirán a sociedades antagonistas y beligerantes. Cada una sus propias leyes, cultura y modos de vida donde una de las cuales terminará prevaleciendo sobre la otra. Siendo este proceso menos cruento que los de antaño; no deja de ser igualmente dañino y, finalmente, un proceso de sustitución pues una de ambas sociedades burbuja terminará imponiéndose sobre la otra. Generalmente esta será la más vital, la más vehemente en la defensa de sus ideas aunque estas sean arcaicas y menos evolucionadas.  

Volviendo a usar un símil biológico. Es cierto que es posible un difuso trasvase osmótico entre membranas de dispares o divergentes civilizaciones. Pero este trasvase está controlado físicamente por la membrana; que actúa de facto como órgano separador que previene la violenta inundación entre ambos organismos y la destrucción de uno de ellos o los dos.

Se consigue así por ese mecanismo un trasvase ordenado y sabio entre las dos formas vitales beneficioso para ambas.

Hasta hoy, el único sistema unificador, y solo en lo económico, ha sido el capitalismo. En mayor o menor medida, tres civilizaciones tan alejadas entre sí como la cristiana (Occidente); la Islámica y el variopinto mundo oriental han asumido el capitalismo. Hasta la China comunista, vaya, que ha inventado el tecnocapitalcomunismo. Convergen en un sistema económico común y establecen relaciones económicas entre ellos, pero eso sólo en ese único aspecto; en el resto de órdenes cada una de estas civilizaciones mantienen incólumes las peculiaridades que les son propias.

En concreto, y hablando de Europa, se nos está acabando el tiempo. Debemos luchar enfáticamente por nuestras ideas, por nuestro modo de vida, incluso defenderlas por medios legales y hasta coercitivos llegado el caso. En el bien entendido de que si nuestros propios Estados no lo hacen tendrá que ser la sociedad civil la que lo haga. Nos va la supervivencia de la civilización occidental en ello.

Sin embargo empieza a haber naciones en Europa que rechazan esas ideas e, incluso, en ciertos países y en algunos estadistas antes muy de la cuerda empieza a percibirse un cierto desgaste, hartura y rendición ante los resultados de tales políticas multiculturalistas y globalistas de dilución de las identidades nacionales y están comenzando a cambiar de posición.

Resumiendo jamás podrán convivir juntas las civilizaciones y culturas dispares. Y, si eso ocurriera, sería porque alguna de ellas habría sometido a las otras. El supuesto crisol que da origen a una civilización nueva mundial no existe, es una distopía más.

Es más, sería negativo buscar la uniformidad que es la madre de todas las esclavitudes. Pienso que para la humanidad es mejor mantener la diversidad en las civilizaciones; como un modo de enriquecimiento libre e imaginativo común en la vastedad de los posibles y futuribles procesos civilizatorios; y con unas interrelaciones periféricas y osmóticas que sean fuente de enriquecimiento mutuo pero manteniendo las raices propias de cada una.

FiN

Escritor español Petrusvil: Japalpilpa

No tengo luces sin sombra
ni sigo renglones derechos
pero mi pulso no zozobra
en los márgenes estrechos
No vacilo en la prosa
No dudo en mis versos.

© Pedro Antonio Villegas Santos (@vilpetrus)
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Autor: Pedro Antonio Villegas Santos

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