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García Lorca amaba la tauromaquia

Escritor Español Petrusvil

Poeta, escritor, divulgador y analista.
22/08/2022
Tiempo de lectura 12 minutos.
García Lorca amaba la tauromaquia

Tabla de contenidos

García Lorca amaba la tauromaquia.

El toreo es la riqueza poética y vital mayor de España

Decía Federico que «El toreo es la riqueza poética y vital mayor de España , increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas , debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar ; creo que los toros es la fiesta más culta que hay en el mundo » (García Lorca amaba la tauromaquia)

“Es el drama puro, en el cual el español derrama sus mejores lágrimas y sus mejores bilis. Es el único sitio donde se va con la seguridad de ver la muerte rodeada de la más deslumbradora belleza”.

El duende en los toros

“El duende en los toros adquiere sus acentos más impresionantes porque tiene que luchar, por un lado, con la muerte, que puede destruirlo; y por otro lado, con la geometría, con la medida, base fundamental de la fiesta. El duende es un poder y no un obrar, es un luchar y no un pensar. No es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; de viejísima cultura, de creación en acto”.

“El duende no se repite, como no se repiten las formas del mar en la borrasca. En los toros adquiere sus acentos más impresionantes, porque tiene que luchar, por un lado, con la muerte, que puede destruirlo, y por otro lado, con la geometría, con la medida, base fundamental de la fiesta”.

“El toro tiene su órbita; el torero, la suya, y entre órbita y órbita un punto de peligro donde está el vértice del terrible juego. Se puede tener musa con la muleta y ángel con las banderillas y pasar por buen torero, pero en la faena de capa, con el toro limpio todavía de heridas, y en el momento de matar, se necesita la ayuda del duende para dar en el clavo de la verdad artística”.

“El torero que asusta al público en la plaza con su temeridad no torea, sino que está en ese plano ridículo, al alcance de cualquier hombre, de jugarse la vida; en cambio, el torero mordido por el duende da una lección de música pitagórica y hace olvidar que tira constantemente el corazón sobre los cuernos”.

“Lagartijo con su duende romano, Joselito con su duende judío, Belmonte con su duende barroco y Cagancho con su duende gitano, enseñan, desde el crepúsculo del anillo, a poetas, pintores y músicos, cuatro grandes caminos de la tradición española”.

 “España es el único país donde la muerte es el espectáculo nacional, donde la muerte toca largos clarines a la llegada de las primaveras, y su arte está siempre regido por un duende agudo que le ha dado su diferencia y su calidad de invención”.

“Parece como si todo el duende del mundo clásico se agolpara en esta fiesta perfecta, exponente de la cultura y de la gran sensibilidad de un pueblo que descubre en el hombre sus mejores iras, sus mejores bilis y su mejor llanto. Ni en el baile español ni en los toros se divierte nadie; el duende se encarga de hacer sufrir por medio del drama, sobre formas vivas, y prepara las escaleras para una evasión de la realidad que circunda”.

García Lorca amaba la tauromaquia

Presentación de Sánchez Mejía en una conferencia que dio en Nueva York en 1930

El día 6 de febrero de 1930, a bordo del Ile de France, llegaron a Nueva York Ignacio Sánchez Mejías y La Argentinita6. Consta en la Romanic Review7 que el día 20 de febrero pronunció Sánchez Mejías una conferencia, «El pase de la muerte», en el Instituto de las Españas, donde hace sólo 10 días Lorca había dado una conferencia cuyo resultado directo fue la invitación de visitar a Cuba. A instancias de Federico de Onís, Lorca hizo la presentación de su amigo Sánchez Mejías, y en La Prensa8, encontramos unos días después un reportaje de la presentación de Lorca y de la conferencia de Sánchez Mejías, el cual les ofrecemos hoy:

Dijo García Lorca hablando de toros la otra noche, que la única cosa seria que queda en el mundo es el toreo, único espectáculo vivo del mundo antiguo en donde se encuentran todas las esencias clásicas de los pueblos más artistas del mundo.

Dice y con razón; que en España el único sitio donde se encuentra verdadera disciplina y autoridad es en la plaza de toros, allí va el público en punto, y el mismo presidente no puede llegar tarde sin ser estrepitosamente silbado.

«Toreo, sagrado ritmo de la matemática más pura, toreo disciplina y perfección. En él todo está medido hasta la angustia y la misma muerte».

«Torero. Héroe. Reloj. Héroe dentro de un tiempo medido, tiempo casi de compás musical. Héroe dentro de una estrecha regla de arte y de otra regla más estrecha aún de perdonar».

«En la última prodigiosa generación taurina que ha dado España, a Ignacio Sánchez Mejías le corresponde el sitio de la fe».

«Joselito fue inteligencia pura, sabiduría inmaculada. Belmonte, el iluminado, el hambriento desnudo de Triana, que cambia la alegría del sol por una verde y dramática luz de gas. Sánchez Mejías es la fe, la voluntad, el hombre, el héroe puro».

«El extraordinario artista que fue actor y testigo de las faenas más agudas del drama español, termina con el estoque y se dirige a la literatura. En nuestros días escribe teatro».

De esta, su nueva fase, dice Lorca, su arte es valiente, poético y de imaginación, con una fragancia y gracia de estilo que delata su filiación andaluza. El teatro de Sánchez Mejías, como otros que traen valores nuevos y puros, se impone y triunfa de los Linares y Benaventes, héroes de la ramplona y Sancho Pancesca burguesía española.

«Así, pues -termina su introducción- yo con gran alegría le doy la alternativa en esta plaza de Nueva York. Ignacio, tienes la palabra. ¡Salud!».

García Lorca amaba la tauromaquia

Extracto conferencia de Ignacio Sánchez Mejías en Nueva York en 1930

Ignacio Sánchez Mejías lee sus cuartillas taurinas llenas de continuas y bellas sugerencias. Labor de siembra, dice, debe ser la del conferenciante, y esta fue fecunda en el cerebro de todos los que le escucharon.

Llegó, claro es, a afirmar la universalidad del toreo, este se esparce por la vida toda, saber torear es saber vivir. En este mundo todos toreamos y el que no torea embiste.

Ahora bien, dice, hay dos inmensos bandos, uno de toros y otro de toreros, y es por lo tanto la lucha por nuestra propia vida la que nos obliga a torear. El mismo público que no actúa, tiene también su turno. El público lo forman toros y toreros que están de vacaciones, pero que tienen su turno para bajar al ruedo.

Naturalmente, Sancho Panza es el único que no torea. En cambio, Don Quijote es la perfección suma de la tauromaquia, el mejor de los toreros españoles. Toda su fortuna la gana con los toros. Y dice: «Fijarse bien en esto, que es de una vital importancia a nuestro tema: La fortuna de Don Quijote la hizo toreando, lidiando el peligro, la muerte, la nada… Y triunfó del toro, de los toros, aun a costa de Sancho, su enemigo. Enemigo, porque era su estómago, porque las cornadas en el vientre son mortales de necesidad y Sancho no quiere morir nunca».

Y continúa así este genial simbolismo: «A Don Quijote le cogieron algunos toros; hubo uno que estuvo a punto de matarlo. El toro del norte. El terrible toro del norte. Pero Don Quijote no se deja matar fácilmente. Para eso tiene su arte, su tauromaquia. Sabe que cuando los toros son fuertes, poderosos, lo mejor es cambiarlos de terreno. Y como sabía torear, cuando vio que le comía el toro el terreno, lo cambia de tercio, es decir de medio, y más claramente de una mitad, de la mitad vieja del mundo a la otra mitad, a la nueva mitad del mundo. Eso sólo lo puede hacer el que es capaz de torear a todos los toros en todos los terrenos».

García Lorca amaba la tauromaquia

Hay toros -dice- que no quieren que se les toree, y embisten a la fiesta. Una embestida de esta índole fue la de Roma en tiempo de Felipe II. El papa tiró un hachazo a la tauromaquia y el rey Felipe, torero poco elástico que gustaba de torear en la sombra, se prestó al juego. Fue Fray Luis de León y los teólogos salmantinos quienes salieron a su defensa, y descubrieron una serie de beneficios insospechados en el arte de torear a pie y a caballo.

Una cosa hay que aclarar, dice Sánchez Mejías, ligada con la inutilidad del toro bravo. Se cree que el toro es obligado a embestir contra su voluntad, contra su inclinación. Que el toro que se lidia en las corridas es un toro que robamos a la agricultura porque su gusto sería trabajar, no embestir. Nada más falso. El toro bravo es una fiera como el león, como el tigre. No sirve para el trabajo, porque acomete y mata el hombre. Embiste por naturaleza y a su vez es inextinguible, porque tiene su sitio donde nacer y lo ceba la yerba que nace del suelo.

Esto es muy importante para la ignorancia extranjera sobre este asunto. El día que se sepa que el toro bravo es una fiera, que no sirve para nada, se hablará en tonos muy distintos de nuestras corridas de toros.

Cuando habla de la crueldad del espectáculo, comenta los «nuevos sentimentales» que son a la sensibilidad lo que el nuevo rico a la fortuna. La educación artística de una raza no se improvisa, es cuestión de siglos. Por eso España, país de ancestral sensibilidad artística, presencia las corridas de toros sin dar a la sangre más importancia de la que tiene. España, Roma y Grecia, cuando van a la plaza, al circo o al olimpo, enseñan en la puerta el certificado de educación artística.

Un milagro de gracia y de belleza llama al toreo. En todo milagro universal intencionado están latentes las tripas sangrantes de un caballo. «Para que pase por nuestra sensibilidad sin arañarla sólo es necesario que sea real, un verdadero milagro, es decir que su contenido estético tenga volumen suficiente para que la inteligencia no esté molestada por el instinto, por la infancia».

El sangriento milagro cristiano, por ser el más sangriento, es el que mayor volumen artístico presenta a la inteligencia. En todo milagro interviene el pueblo. El pueblo, prefiriendo la vida de Jesús a la de Barrabás, hizo el divino milagro del Gólgota. El pueblo hace también el milagro del toreo, «el pueblo que quiere ser, que quiere vivir, que quiere torear, que quiere hacer milagros, porque hemos quedado en que el toreo es un milagro, el milagro de la vida y de la muerte».

Cuando el torero muere, el pueblo recoge su cadáver y lo guarda hasta el día de la resurrección. Suceso este registrado por los poetas. Versos de Alberti a la muerte de Joselito.

Dice, por fin, que el entendimiento del toreo no tiene fórmulas ni reglas; nace y vive en el cerebro humano. Fervientes amantes del toreo han sido siempre los poetas, y a continuación lee un poema de García Lorca a la corrida de Ronda.

Acaba la conferencia con el poema a la corrida de Ronda de Federico García Lorca: 

García Lorca amaba la tauromaquia

Poema a la corrida de Ronda (Federico García Lorca)

En la corrida más grande
que se vio en Ronda la vieja.
Cinco toros de azabache,
con divisa verde y negra.
Yo pensaba siempre en ti;
yo pensaba: si estuviera
conmigo mi triste amiga,
¡mi Marianita Pineda!
Las niñas venían gritando
sobre pintadas calesas,
con abanicos redondos
bordados de lentejuelas.
Y los jóvenes de Ronda
sobre jacas pintureras,
los anchos sombreros grises
calados hasta las cejas.
La plaza con el gentío
(calañés y altas peinetas)
giraba como un zodíaco
de risas blancas y negras.
Y cuando el gran Cayetano
cruzó la pajiza arena
con traje color manzana,
bordado de plata y seda,
destacándose gallardo
entre la gente de brega
frente a los toros zaínos
que España cría en su tierra,
parecía que la tarde
se ponía más morena.
¡Si hubieras visto con qué
gracia movía las piernas!
¡Qué gran equilibrio el suyo
con la capa y la muleta!
Ni Pepe-Hillo, ni nadie
toreó como él torea.
Cinco toros mató; cinco,
con divisa verde y negra.
En la punta de su espada
cinco flores dejó abiertas,
y a cada instante rozaba
los hocicos de las fieras,
como una gran mariposa
de oro con alas bermejas.
la plaza, al par que la tarde,
Vibraba fuerte, violenta,
y entre el olor de la sangre
iba el olor dela sierra.
Yo pnsaba siempre en ti;
yo pensaba: si estuviera
conmigo mi triste amiga,
¡mi Marianita Pineda!…

García Lorca amaba la tauromaquia

LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS por Federico García Lorca

La Cógida y la Muerte:


A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana
a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida
a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte
a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel
a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada
a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones del bordón
a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo
a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio
a las cinco de la tarde.
¡Y el toro, solo corazón arriba!
a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando
a las cinco de la tarde,
cuando la plaza se cubrió de yodo
a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
A las cinco en punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama
a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído
a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente
a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía
a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena
a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles
a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles
a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

García Lorca amaba la tauromaquia

La Sangre Derramada:


¡Que no quiero verla!
Dile a la luna que venga,
que no quiero ver la sangre
de Ignacio sobre la arena.
¡Que no quiero verla!
La luna de par en par,
caballo de nubes quietas,
y la plaza gris del sueño
con sauces en las barreras
¡Que no quiero verla¡
Que mi recuerdo se quema.
¡Avisad a los jazmines
con su blancura pequeña!
¡Que no quiero verla!
La vaca del viejo mundo
pasaba su triste lengua
sobre un hocico de sangres
derramadas en la arena,
y los toros de Guisando,
casi muerte y casi piedra,
mugieron como dos siglos
hartos de pisar la tierra.
No.
¡Que no quiero verla!
Por las gradas sube Ignacio
con toda su muerte a cuestas.
Buscaba el amanecer,
y el amanecer no era.
Busca su perfil seguro,
y el sueño lo desorienta.
Buscaba su hermoso cuerpo
y encontró su sangre abierta.
¡No me digáis que la vea!
No quiero sentir el chorro
cada vez con menos fuerza;
ese chorro que ilumina
los tendidos y se vuelca
sobre la pana y el cuero
de muchedumbre sedienta.
¡Quién me grita que me asome!
¡No me digáis que la vea!
No se cerraron sus ojos
cuando vio los cuernos cerca,
pero las madres terribles
levantaron la cabeza.
Y a través de las ganaderías,
hubo un aire de voces secretas
que gritaban a toros celestes,
mayorales de pálida niebla.
No hubo príncipe en Sevilla
que comparársele pueda,
ni espada como su espada,
ni corazón tan de veras.
Como un rio de leones
su maravillosa fuerza,
y como un torso de mármol
su dibujada prudencia.
Aire de Roma andaluza
le doraba la cabeza
donde su risa era un nardo
de sal y de inteligencia.
¡Qué gran torero en la plaza!
l¡Qué gran serrano en la sierra!
¡Qué blando con las espigas!
j¡Qué duro con las espuelas!
¡Qué tierno con el rocío!
t¡Qué deslumbrante en la feria!
¡Qué tremendo con las últimas
banderillas de tiniebla!
Pero ya duerme sin fin.
Ya los musgos y la hierba
abren con dedos seguros
la flor de su calavera.
Y su sangre ya viene cantando:
cantando por marismas y praderas,
resbalando por cuernos ateridos
vacilando sin alma por la niebla,
tropezando con miles de pezuñas
como una larga, oscura, triste lengua,
para formar un charco de agonía
junto al Guadalquivir de las estrellas.
¡Oh blanco muro de España!
l¡Oh negro toro de pena!
¡Oh sangre dura de Ignacio!
¡Oh ruiseñor de sus venas!
No.
!Que no quiero verla!
jQue no hay cáliz que la contenga,
que no hay golondrinas que se la beban,
no hay escarcha de luz que la enfríe,
fno hay canto ni diluvio de azucenas,
no hay cristal que la cubra de plata.
No.
!Yo no quiero verla!

García Lorca amaba la tauromaquia

Cuerpo presente:

La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.
Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.
Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.
Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.
Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve
se calienta en la cumbre de las ganaderías.
¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llenarse de agujeros sin fondo.
¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.
Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos;
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.
Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.
Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.
Que se pierda en la plaza redonda de la luna
lque finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.
No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

García Lorca amaba la tauromaquia

Alma ausente:

No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce el niño ni la tarde
porque te has muerto para siempre.
No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.
El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y monjes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.
Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.
No te conoce nadie. lNo. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de tu boca.
La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.

(FiN) García Lorca amaba la tauromaquia

FiN

FUENTE: Un texto lorquiano de 1930 descubierto en Nueva York

El amor del hablar: la lengua universal – Joan Maragall

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